jueves, 28 de junio de 2012

Camino de Santiago por el norte. Laredo-Güemes

No eran las 6.30 de la mañana y ya tenía a mi encantadora peregrina italiana en pie y dispuesta a caminar. Como una vez que te han despertado es bobada que sigas en la cama me vestí y la acompañé a caminar por el largo paseo de la playa de Laredo.


Era tan temprano que estaba todo cerrado y ni un triste café podíamos tomar. Pero la mañana tenía un hechizo especial y su dorada luz lo llenaba todo.

Dejábamos, pasito a pasito, Laredo y su estupenda playa llena de embarcaciones deportivas.

Al llegar al embarcadero nos enteramos que la primera barca no llegaría hasta las 9 de la mañana, ¡y todavía no eran las 8!
Pasé tanto tiempo viendo a los pescadores que casi termino pescatero.

 Un matrimonio italiano con el íbamos coincidiendo día a día se ofreció para curar los pies de su compatriota Francesca mientras esperábamos. Entraba un viento del norte, se cubrió el cielo, y comenzaba a caer una lluvia fina que nos obligó a echar mano de los chubasqueros para cubrirnos un poco.

Al fin llegaron las 9 y pudimos embarcarnos para Santoña. El abuelo peregrino, de Palma de Mallorca, nos encandilaba con sus historias y relatos de sus 23 anteriores recorridos por el Camino de Santiago. La cantidad de anécdotas se volvía exponencial. Que si en la Vía de la Plata, que si por el  Camino Portugués, que si...
La barca lleva a los peregrinos.
El chavalín de la gorra, un peregrino inglés, que estaba perfeccionando su nivel de español se quedaba a ratos entre asombrado y alucinado.

Y al fin desembarcamos en Santoña, enfrente mismo del monumento dedicado a Juan de la Cosa, el extraordinario navegante.
Nos fuimos hasta la plaza Manuel Andújar para buscar un sitio donde desayunar convenientemente. Juntamos varias mesas y venga cafés y croissants. Cuando comenzamos a caminar eran casi las 10 de la mañana y nos quedaba toda la etapa por delante.
¡Para qué madrugaran tanto los peregrinos! Si los kilómetros son los mismos los hagas a la hora que los hagas.

Salimos de Santoña camino de sus preciosas marismas. Pasas por delante del penal del Dueso, y sigues hasta la playa de Berria. Por la acera caminas hasta el final y buscas las flechas que te indican el senderín de subida al Brusco.

El Brusco es un montecito que separa las playas de Berria y de Noja. No es gran cosa pero es algo dificultoso atravesarlo y el peregrino mallorquín marchó por la ruta de los ciclistas. Que ya no tiene las piernas para andar por estas trochas.


A Francesca le costó un poco subir el Brusco. La suerte es que el día fue cambiando y pudimos quitarnos los chubasqueros para no sudar tanto por sus cuestas. Al fondo dejábamos Santoña y sus marismas. A nuestros pies la playa de Berria y sus largas olas que tanto aman los surfistas.

Bueno, ya estábamos en lo alto del Brusco. Delante teníamos la larguísima playa de Noja que invitaba a darse un chapuzón tras la sudada.

Pero nos quedaba la bajada. A la muchacha le costó un montón y pasó algún rato malo en el descenso pues el caminito se las trae, arena y rocas, y ella tenía los pies fastidiados y doloridos. Así que con calma; que nadie corre tras de tí.

Al llegar a la playa decidimos caminar por la arena en vez de tomar un camino asfaltado que la recorre en paralelo. Nuestros pies lo agradecerían.
Muy buena la idea de poner en esa roca una flecha, porque si no somos capaces de seguir todo recto y acabamos en Irlanda en vez de seguir para Compostela.

Una delicia caminar por la playa. Pero echas casi una hora en atravesarla.


Íbamos caminando con tranquilidad y el día se volvía progresivamente más luminoso y caluroso.


A si que al llegar al final de la playa paramos en una cafetería de Noja para tomar unas cañas mientras contemplabamos el recorrido que habíamos hecho esa mañana.
Al mediodía nos pusimos de nuevo a caminar pues nos quedaban muchos kilómetros por delante hasta llegar al albergue.
Es muy diferente este Camino de Santiago de los que se recorren por el interior de la península y la verdad es que me ha encantado.
Algunos albergues privados tienen precios elevados pero también se encuentran albergues de hospitaleros voluntarios.

De la playa subimos a la iglesia de San Pedro donde me encontré con una preciosa talla barroca dedicada a San Roque.
Francesca, que vive cerca del Santuario de Asís, me charló largo y tendido sobre este santo italiano y tan querido de los españoles.
La salida de Noja es por la calle que hay justo enfrente de la iglesia hasta tomar la carretera que te lleva al barrio de San Pantaleón. Aquí las flechas te indican que continues para pasar por Castillo.
Hay que ir con cuidado porque te puedes recorrer media Cantabria Infinita como te despistes.

Hay que atravesar el Valle de Meruelo pasando por este pueblo y San Miguel. Donde paramos a comer. Coincidimos de nuevo con la pareja de peregrinos catalanes y decidimos entre todos que no era cuestión de caminar sin alimentarse; con lo que nos quedaba para llegar al albergue.  Después de tomar café salimos de San Miguel de Meruelo por la carretera que sale del centro del pueblo; no por la que veníamos.  Seguimos caminando por asfalto pero a la sombra de los árboles casi todo el rato. Pasaremos cerca de Bareyo para dirigirnos a Güemes.


Cuando vimos el cartel de Güemes pensábamos que habíamos llegado. ¡Pero que va! Nos quedaba una buena tirada atravesando barrios y más barrios hasta llegar a la Cabaña del abuelo Peuto; que está en lo alto de un monte.
http://www.alberguedeguemes.com/

Dentro de sus fabulosas instalaciones se encuentra el albergue de peregrinos El Cagigal patroneado por el incombustible padre Ernesto. Una fundación llamada Brezo es la que provee de personal para que lleven adelante esta gran obra. Pues también es albergue juvenil para que los pequeñajos hagan acampadas.




Después de una charla explicativa sobre Ernesto, el cura minero, su vida y su obra, nos llamaron para cenar todos juntos; al viejo estilo peregrino que yo echo tanto de menos.

Después de cenar nos fuimos para la biblioteca a ver el futbol. Jugaban las selecciones de España y Francia. Las señoras de pelo blanco, muy francesas ellas, tuvieron que aguantar alguna chanza de los españoles allí presentes. Se tomaron la derrota de su equipo con gran elegancia. Pero entre pitos y flautas algunos no nos acostamos hasta por lo menos las 12 de la noche.
Un gran albergue, si señor.
¡Ah! y de los que solo te piden la voluntad. Donde más deja uno de sí mismo.