sábado, 19 de mayo de 2012

La peregrina aciaga. Cuento completo.

 Añado al blog esta entrada, para el que le apetezca leer algo este fin de semana, con el cuento de la peregrina aciaga; revisado y libre de errores tipográficos. Es el primero de los veinticuatro cuentos del Camino de las luciérnagas; la protagonista no llegará al final de este Camino tan especial, como le ocurre a la mayoría de la gente, pero ella tiene mucho que contar. Confío que os guste.

       La peregrina aciaga

      Por un escarpado sendero, entre robles y matojos, subía una chica cargada con una pequeña mochila y un gran pesar en su corazón. Parecía que la cuesta nunca se acabara, y la angustia le absorbía. Estaba a punto de caer desfallecida pero tras una curva del monte y el matorral cerrado alcanzó a ver un pueblecito medieval. Encontró casas de piedra, algunas muy remozadas, otras a punto de caer, y ella, mojada por la tormenta, y con el frío calándole hasta los huesos, sintió que el pueblo invitaba a entrar y quedarse. Buscó acogida y se encontró con un albergue que estaba como nuevo pero sin nadie que hubiera que lo hubiera cuidado desde hacía semanas.
      Comenzó por dejar vacía su mochila; después, en la cocina, encendió el gas para tener agua caliente y poder lavar su ropa sudada y sucia. Además, limpió su calzado, también la cocina y todos los platos y cubiertos que encontró; ordenó las mantas y almohadillas; y tras ducharse dejó el baño tan limpio como si fuera el de un hotel.
      Con ropa limpia y cara alegre salió a dar un paseo por las calles del lugar sin pensar en nada en especial. Una de las calles terminaba en un mirador, con un banco bajo un frondoso árbol a cuya sombra se acogió para observar el paisaje de un valle amplio y soleado con hermosas montañas al fondo apenas cubiertas por un plumón de nubes grises que esparcían una agradable sensación de humedad y frescor.
      Sin darse cuenta casi se le había pasado la sensación de hambre y cansancio con que había llegado al lugar pero, siendo precavida, se dirigió a un mesón cercano para comer algo. Al entrar encontró sentadas dos personas de aspecto extraño. No encajaban con el entorno.  Algo en su persona llamaba la atención. Quizá era su modo de observar las cosas o la serenidad que transmitían. Sentada en la mesa contigua intentaba leer el periódico o mirar la televisión, pero, una y otra vez su atención volvía a la pareja de ancianos que tenía a su lado. Su hablar suave, melodioso, con un fluir natural y armonioso, le atrapaba. Hablaban del tiempo y parecía que el sol y las nubes, la lluvia y el viento, acudieran a escuchar su voz. Al oírles decir que iba refrescar los días próximos no pudo evitar que un escalofrío la hiciera levantarse de improviso y acercarse a la chimenea donde un par de troncos de pino ardían.
    ¿Tienes frío, hija? Le dijo el hombre. Ella iba vestida con conjunto de larga y ligera falda y un sombrero de paja sobre su pelo recogido en larga trenza. Ven y siéntate con nosotros y toma un vaso de vino. Pareces muy cansada.
    ¿Has caminado mucho? Le preguntó la señora.
    Apenas unos 20 km. Esta mañana llovía y me siento con las piernas muy cansadas.
    Entonces necesitas comer y dormir la siesta. Verás cómo te repones.
    Tan solo pensaba comer un bocadillo; no tengo hambre. (Mentía por sentirse acobardada).
    De eso nada; comerás el menú de la casa con nosotros y después te irás a descansar.

Una vez terminaron de comer, Clarisa intentó seguir la charla con aquella interesante pareja de ancianos pero la señora insistía en acompañarla al albergue y que durmiera la siesta pues le notaba unas ojeras muy pronunciadas, pero ella, terca, les desvió hacia el mirador del valle con su mesa y bancos bajo el árbol, hasta que rendida, les confesó que llevaba varias noches sin dormir.
    ¿Y a qué crees que es debido? ¿A los ronquidos propios o a los ajenos? Le preguntó el señor.
    Hace un par de días tuve una extraña y vivida pesadilla que se me quedó grabada de tal forma que en cuanto cierro los ojos las imágenes vuelven a mí y me impiden dormir.
    ¿Tan fuerte fue la impresión? Quizá sea mejor que nos la cuentes; tal vez te ayude a superarla. Necesitas serenarte. Y alegrar esa cara tan bonita que tienes.
    Bueno, no sé; el caso es que hace unos días terminé los exámenes de final de carrera, y no sabía muy bien qué hacer en un futuro próximo así que hice la mochila y vine a hacer el Camino. Pero no conseguía despegarme de los problemas personales y evadirme. Fui hasta Oloron, en Francia, para subir por Somport, y la primera etapa me resultó larguísima y agotadora. Estaba muy cansada, y tal vez aquella noche me pasé bebiendo; el caso es que comencé a soñar que estaba con unas amigas de despedida de soltera, vestidas de piratas, con pañuelo negro y espadas de plástico; la novia, aparte de los zapatos de tacón, tan solo llevaba un provocativo conjunto de lencería blanco muy atrevido bajo una larga y ligera capa blanca con capucha. Recorríamos calles atestadas de gente que entraba y salía de los bares; había un ambiente de jolgorio general y nosotras estábamos cada vez más animadas y desinhibidas, rozando la desfachatez más procaz; pero, en un momento dado, me separaba de las amigas y me internaba en un callejón oscuro. Unas figuras encapuchadas y vestidas de negro aparecían de pronto y me llevaban en andas por una puerta y bajábamos por unas escaleras sin fin. Una habitación enorme y oscura, un camastro frío como el metal, unas manos que me envolvían en finas telas y exclamaban: ¡Tus ideas son tu mortaja!, ¡Silencio o morirás!, y quedé como inconsciente. Al rato desaparecían y me quedaba sola en la oscuridad, las cintas se aflojaban, y me podía incorporar. En un lateral la luz exterior indicaba la forma de una puerta, la abría, y me encontraba mirando las oscuras escaleras y la puerta de un ascensor. Opté por el ascensor para salir a la calle, pero una vez dentro y mientras ascendía oía una voz que salía del telefonillo; era femenina y reclamaba ayuda urgente. En vez de extrañarme le pedía su dirección y que me explicara qué era lo que le ocurría.
    Estoy viendo cosas extrañas, decía la voz, gente desfilando con las ropas más pintorescas.
    Quizá sean mis amigas que están de despedida de soltera y gente por el estilo. No te preocupes.
    Me temo que esto es muy distinto, ven a buscarme y lo verás. Lo que ocurre se sale de lo común.

      Una vez fuera del edificio salí casi corriendo hacia el centro de la ciudad. Según me iba acercando veía gente vestida con ropas conjuntadas, formando grupos compactos, marchando ordenadamente, y actuando de manera maquinal. Como sonámbulos. Todos confluían en una gran plaza circular y se turnaban haciendo una representación teatral en el mismo centro; parecía que hubieran ensayado muchos días los movimientos coordinados, las canciones, los esparavanes, para representar sus pesares personales y profesionales. Otras muchas personas, asomadas a las ventanas insultaban o vitoreaban, y el ambiente era alucinante; en una esquina, junto a un buzón de correos le esperaba la chica de la llamada.
    ¡Hola!, soy con quien hablaste por teléfono. Pensé que estabas aterrada y ahora veo porqué.
    El terror va desapareciendo gracias a éste, y me indicó con la mirada; sobre un buzón de correos un gato de enormes ojos reposaba tranquilo observando absorto aquel desfile de la comedia humana. Transmitía una serenidad extraña y una actitud de quien ha visto de todo. Al poco nos cansábamos de mirar aquel carnaval y bajábamos al metro; las escaleras eran un continuo desfile de los personajes más estrafalarios que se pueda imaginar. Una vez en la estación los trabajadores ordenaban a las gentes en fila india para que desfilaran por el andén. Un tren estacionado servía para que descargaran sus frustraciones gritando proclamas e insultos hacia todo tipo de máquinas y maquinismos que, decían, les tenían esclavizados.
    ¿Y tú que hacías? Le dijo la señora.
    Pues yo apenas tuve tiempo de soltar algunos gritos sobre asignaturas, profesores, currículos, etc., cuando, de repente, las puertas del tren se abrieron y una figura disfrazada de esqueleto y con una hoz de plástico bajó del tren y comenzó a realizar una danza macabra por el andén. La gente saltaba o se agachaba para esquivar los golpes pero todos parecían encantados y aplaudían rítmicamente; pronto me salía del gran corro, dejaba a mi compañera y, con el gato en brazos, me unía a un grupo de chicos vestidos con elegantes fracs, color verde pistacho y sombrero alto con cinta violeta pálido. Subíamos joviales y cantarines por las escaleras; y les acompañaba hacia un improvisado bar en medio de una placita empedrada donde servían cerveza en grandes vasos de plástico. Uno de ellos me preguntó: ¿Tú con quien vienes? Le mostré el gato y le dije: ¡con este!, todo el grupo se giró y otro chico preguntó: ¿Y qué sabe hacer? No sé; mirarle fijamente a los ojos. Todos se acercaron y se quedaron un segundo mirando fijamente al gato y, de improviso, saltaron hacia atrás mirándose los unos a los otros con ojos espantados. ¡Nos ha dicho que estamos soñando y que debemos despertar! Y salieron corriendo en todas direcciones supongo que hacia su hogar. Entonces yo también miré fijamente a sus ojos y le pregunté: ¿Y qué hago yo ahora? El gato guió mis ojos hacia el estrellado cielo y le sentí decir: Sigue el camino de las estrellas hacia la puerta celestial.



      Me quedé mirando hacia el oscuro occidente sobre los altos edificios y, de repente, me desperté en mi litera, sudorosa, y mirando por la ventana la luz del amanecer. Sentí en mi interior que debía continuar hasta llegar a Compostela como fuera, pero la impresión de aquella noche me persigue y no consigo quitármela de la cabeza.
    No te preocupes, chiquilla; son cosas y casos que ocurren haciendo esta senda que has elegido; esta misma noche lo habrás olvidado y dormirás estupendamente. Y para que te convenzas te contaré una historia personal. Me dijo el señor.
         Una noche, hace años recorriendo esta misma ruta con mi mujer, soñé que caminaba por un estrecho camino a la sombra de pequeños árboles. Iba muy cansado y cargado de peso, y a lo lejos divisaba un grupo de caminantes. Buscando compañía aceleré el paso hasta alcanzarlos: eran peregrinos. Marchaban en fila, con paso cansino y la mirada extraviada, la atención absorta en sí mismo; les fui adelantando y ninguno respondía a mi saludo. En el cielo, a nuestra derecha, las estrellas formaban la figura de una inmensa gaviota celeste, sus ojos dos gigantes rojas, y con el pico indicaba el camino hacia el occidente; por el otro lado la luna, nos bañaba con una suave luz rojiza. Al llegar a un cruce de caminos, sentado junto a un crucero de piedra, una figura encapuchada con un hábito negro me hizo parar con una seña de su oscura mano y me hizo una pregunta: ¿Qué se puede encontrar donde terminan los Caminos sobre los restos de una antigua tumba? Le respondí sin pensar: La luz de una estrella nueva que guía nuestro caminar. Camina en paz, peregrino. Me respondió. El camino continuaba con una larga cuesta y, al llegar a lo alto, y volverme a mirar, cuál fue mi sorpresa al ver que me seguía una fila de cansinos bueyes bufando al caminar y con su mirada bovina buscaban en el suelo y los árboles alguna señal. Unos pasos más allá debajo de un gran árbol me senté y recé. Al borde del fin del mundo me encontraba ya, me eché en el suelo y lloré; había encontrado el Camino que cumplía mi destino y a su vera contemplé el lento fluir de las cosas, la caricia de una lluvia suave, el sol alumbrando entre las nubes, y la sonrisa de una muchacha en cada flor. De cada piedra, de cada arbusto, surgía una susurrante voz: ¡Te quiero!, ¡Te amo! ¡No estés triste y sigue caminando!
    No hagas caso a mi marido; bonita, que es muy socarrón. ¡A sus años las chicas le van a sonreír! Te voy a contar la razón de que nos encontremos aquí. No es la primera vez.       
        Nosotros hicimos esta misma ruta hace muchos años, de recién casados, y yendo completamente a la aventura. Eran tiempos de pan llevar y dormir en un pajar. Al pasar por una ermita que hay un poco más adelante yo entré a orar. Tras unos minutos de silencio me pareció ver delante de mí una mujer muy alta y enlutada a quien no conseguía verle el rostro sentada en una silla de madera con alto respaldo. A sus rodillas se hallaba una niña vestida de primera comunión y con una brillante diadema sobre sus rizados cabellos. Un par de finas y luminosas alas vibraban en su espalda mientras ella escuchaba embelesada una sencilla melodía que parecía surgir de la alta figura; algo llamó mi atención desde el exterior, al volver la cabeza hacia la puerta de entrada vi a mi marido y a mí misma sentados frente a frente en una sencilla mesa, con cincuenta años más, charlando y tomando una copa de vino bañados por una hermosa luz azul. Hubo un fuerte destello proveniente del exterior y me desvanecí.
      Desde aquel día nosotros hemos seguido viniendo todos los años a esta tierra y Camino seducidos por aquel ensueño pero sin dejar que se convirtiera en obsesión. Así que tú duerme tranquila y sigue el Camino que has elegido despreocupadamente, que otros sueños u otra ilusión puede aparecer cualquier día y se unirá a los anteriores en una bonita colección que dará color y brillo a tu vida.
      Sigue caminando que la vida te reserva muy bonitas sorpresas y los sueños:
      ¡Déjalos pasar!


Este es el primero de los cuentos de Camino de las luciérnagas, los subsiguientes podéis leerlos aquí: Camino de las luciérnagas