jueves, 28 de mayo de 2015

Vosotras las protonas; un cuento químico.


Vosotras las protonas

El amor es química pura, siempre escuché decir, ¿usted también? Lea este cuento y descubrirá el porqué de este dicho.


En el principio estaba sola.
Flotaba en una oscuridad total sintiéndome perfecta y absoluta en mi vacuidad infinita. Estaba sola. Inmensa, me sentía inmensa y completa; pero, en algún momento y debido a un misterio para mí indescifrable apareció él: mi primer neutro compañero.
Y nos acoplamos.
Maravillosamente, todo hay que decirlo, y nos frotamos y frotamos hasta que surgió nuestro primer electronauta, ¿todavía está por aquí o ya lo hemos perdido? ¡Ah! Aún sigue por ahí zumbando; no cambies de órbita ni te aproximes que me tienes contenta. En fin, éramos una pareja feliz y contenta constantemente chocando con otras parejas en un maravilloso baile de enamorados perpetuos y ocurrió lo inesperado: os conocimos a vosotros, nuestra primera pareja de compañeros frotadores, y nos acoplamos.
¡Vaya que si nos acoplamos!
Y como vosotros, los neutros, nunca se sabe de qué lado giráis pues ocurrió que nació nuestro segundo electronauta, ¿sigues por aquí? ¡Sí! Te queremos, sigue girando, sigue girando que eres un sol.
Éramos intensamente dichosos los seis siempre frotando y girando y cambiando de posición, especialmente social, pues nosotras dos reinábamos en aquel marasmo de protonas sin pareja y las aburridas parejas únicas. Sí, estuvimos reinando y reinando únicos en el cosmos.
− ¿Y qué ocurrió para que finalizara tu reinado tatarabuela?
− ¿Quién es este electronauta? ¡Ah! uno de los nuevos; bien por vosotros lo hago, por vosotros lo cuento, antes de nos hundamos en el abismo primordial para desaparecer por completo.
Ocurrió que nos copiaron.
Otras parejas, unas pocas por aquí, unas cuantas por allá, se fueron también acoplando imitando nuestra doble pareja y llegó un momento que ya éramos tantas las dobles que no había manera de diferenciarnos. Todas hacíamos lo mismo, frotando, frotando, y con nuestra pareja de electronautas girando y girando.
En fin, tampoco lo pasábamos tan mal; pero llegó un momento que nos resultó monótono, más que nada porque estos dos, nuestros primeros neutros de nuestra larga existencia, son unos sosos y unos aburridos siempre frotando de la misma manera. Sí, bueno, os quiero, chochos, que ya no hacéis más que chochear. Me hacéis recordar cuando flotábamos en el vacío primordial, siempre girando, girando, girando.
Pero ocurrió algo asombroso, encontramos casualmente a una pareja encantadora, vosotros, y decidimos acoplarnos con ella también, ¡para volver a reinar únicos en el cosmos! Una decisión maravillosa, ¿no es cierto? Y ocurrió algo inesperado en aquel momento: se nos coló un neutro aislado de rondón y se acopló con nosotras seis de un modo que sigo sin comprender pero que resultó un cambio inesperado, rápidamente tuvimos un nuevo electronauta y establecimos una sociedad innovadora basada en las relaciones triangulares. Nosotras, las protonas, teníamos una variedad asombrosa para elegir en nuestros frotamientos y por tanto formamos un grupo muy sólido; tan sólido, tan que nos solidificamos, nos solidificamos y mantuvimos firmes durante eones mientras las demás protonas y sus neutros giraban de aquí para allá como tontonas y las parejas simples y dobles nos admiraban o envidiaban.
De nuevo reinas.
Hasta que lograron copiarnos, y más y más protonas se solidificaron a nuestro lado, pero, mirándolo bien, éramos un grupo muy sólido, inquebrantable, firme. Y así permanecimos largo tiempo. Pero como nos gustaban tanto las relaciones triangulares un día discurrimos aceptar con nosotros una pareja que andaba por ahí un tanto desvalida, ¡qué bien! Una relación más amplia y mayor variedad en nuestros frotamientos, rápidamente tuvimos nuestro cuarto electronauta. Sí, ya sé que se nos fue; era un díscolo y era de prever que en algún momento nos dejaría, pero entonces ni lo imaginábamos. Y permanecimos firmes explorando las posibilidades de nuestra nueva disposición frotacional, firmes indefinidamente.
− ¿Y qué ocurrió tatarabuela?
− ¡Ay! Qué casino eres.
Que nos unimos a otra pareja más, más que nada por ver dónde nos llevaría nuestras relaciones triangulares, ¡éxito! Fue genial, en instantes ya teníamos con nosotras otro nuevo electronauta. Algo fabuloso y todos nos empleamos en explorar nuevas relaciones triangulares. Y sólidos, eh, muy sólidos en nuestra relación continuada y hasta aumentó nuestra amplitud de miras.
−Sí, claro, nos aumentó tanto…
− ¡Calla, tú, neutro, que eres un neutro! Nadie te ha concedido la palabra.
Continuo. Este sí que es un cansino.
Vale, nos ampliamos, y ocurrió que pasamos de las relaciones puramente triangulares a las extraordinarias relaciones tetratrónicas al aceptar con nosotras a la nueva pareja. Nuestra solidez llegó a ser incomparable, nuestros seis, por entonces, electronautas brillaban incomparables y otras protonas al poco comenzaron a imitarnos pues ni tan siquiera la oscuridad expansiva lograba afectarnos.
Fue entonces cuando formamos las mallas.
Mallas y mallas de relaciones tetratrónicas e intuimos interacciones ramificadas que podían llegar a un punto extremadamente organizado. Justo lo que nos hacía falta.
− ¿Y qué pasó tatarabuela?
−Otro casino, anda guapín, vete a girar a la tercera capa que no estoy para bromas.
Bueno, pues debió ser un despiste, no sé si mío o de alguna de estas, pero el caso es que admitimos con nosotras a una protona libre que giraba descocada, bueno y así sigue, mirarla, pasando de uno a otro constantemente, bueno, el caso es que la imitamos, y enseguida tuvimos otro electronauta con nosotras.
Nuestras relaciones trigonométricas pasaron a ser hexagonales, ¡algo maravilloso! Y entonces, entonces, entonces primero pasamos por un estado de fluidez total, algo para nosotras completamente desconocido, ¡es que se nos iba el…! Casi se me va ahora al recordarlo, la fluidez, y como reacción alocada agilizamos aún más los intercambios de neutros y la frecuencia de frotamientos, resultado: ¡volvimos a flotar! Flotábamos como antaño, no cabíamos de gozo por nuestro sensacional descubrimiento y rápidamente otras muchas protonas abandonaron las redes tetratrónicas para fluir y flotar como nosotras.
Ascendíamos, ascendíamos sin parar nuevamente y nuestros siete electronautas eran los seres más gozosos que se pudiera imaginar.
¡Liberadas! Liberadas de las cadenas de las mallas tetratrónicas.
−Estábamos muy bien por entonces, yo lo recuerdo, abuela.
−Sí, yo también me acuerdo.
Pero nos volvimos golosas y aceptamos, alocadamente, también hay que decirlo a una nueva pareja que flotaba libre y ¡eureka! Nos salió bien la jugada, rápidamente teníamos con nosotras no solo una nueva pareja, más variedad, sino que también un nuevo electronauta y además ocurrió algo curiosísimo: como nos imitaban constantemente desde el tiempo de nuestro fugaz reinado al poco comenzamos a unirnos con otros grupos de protonas que también habían adoptado las relaciones cubicas, cubicas y óctuples, frotamientos octales, ¡qué ilusión! Con lo cual teníamos a mayores la duplicidad de relaciones, o sea duploctales; eso sí, cada uno en su grupo y el vacío en el de todos. Fueron tiempos increíbles y por dónde pasábamos levantábamos admiración e imitación.
Y dimos un nuevo paso en nuestra cambiante condición y aceptamos con nosotras un neutro que flotaba solo y sin tener dónde acogerse, eso sí, un neutro muy simpático, cosa rara en estos setas de neutros que tenemos con nosotras. En principio no notamos algún cambio en especial en nuestra manera de rotar intercambiándonos las parejas pero, pero, algo observamos en nuestras imitadoras y seguidoras universales: por la más mínima e inescrutable causa ¡desaparecían! Así que ante el temor de que nos ocurriera a nosotras del mismo modo dimos un paso sin medir las consecuencias, ¡temíamos por nuestra existencia geométrica y la de nuestros electronautas! Pues habíamos nuevamente procreado y teníamos que cuidar de nuestros nueve chiquitines, ¿qué hacer? ¿qué podíamos hacer?
Adoptamos a una pareja simple y alcanzamos el número y estado que encontramos ideal, ¡éramos decimales! Y pronto tuvimos la gran satisfacción de tener sobre nosotras nuestro décimo electronauta.
Como señoras, grandes señoras, nos sentíamos décimamente superiores a las protonas solitarias y enseñoreábamos el espacio profundo sin que nada, absolutamente nada, nos pudiera afectar. Reinonas. Nuestras relaciones trigonocúbicas eran inmejorables y vivíamos gozosas e inmutables. Hiciéramos lo que hiciéramos y por más que nos intercambiásemos nuestra estructura permanecía imperturbable. Firmes permanecimos convencidas de haber dado el paso adecuado.
− ¿Y qué ocurrió tatarabuela para que no estemos así de bien?
−Pues que capturamos, sí, no me mires así. Capturamos.
Y resultó ser una pareja muy salada, tuvimos otro electronauta y no paramos de reír y reír hasta que nos dimos cuenta que estábamos dejando de flotar y de nuevo formábamos una estructura peculiar, estupendamente triangular y magnífica. Pero nuestro onceavo electronauta nos salió un tanto díscolo y tuvimos que recrecernos creando una nueva capa donde mantenerlo girando sin que revolviera a los mayores pues les dejaba descompuestos con tanto choque así que a las primeras de cambio: ¡tú p´arriba!
No sabíamos dónde nos metíamos.
− ¿Por qué? ¿Qué pasó abuelita?
Que de tanta risa como nos daba y sin mirar más allá asimilamos a otra pareja simple por si ver si se multiplicaba el cachondeo, ¿y qué ocurrió, eh, qué ocurrió?
Que nos volvimos tristes e irritables; a las primeras de cambio mandábamos a nuestros queridos electronautas y al nuevo a las capas más lejanas por no tener que soportarlos. Pero eso sí, volvimos a nuestras añoradas relaciones tetratrónicas, tan queridas, tan estables; nuestros frotamientos eran constantemente hexagonales, la nueva pareja estaba encantada recién abandonada su relación simplemente doble y extremadamente anticuada. Nos volvimos, no sé cómo decirlo, extraordinariamente familiares. Por un lado apenas soportábamos a los pequeños electronautas pero por otro todos nuestros desvelos estaban en protegerlos, en no perderlos. ¡Había que hacer algo!
Nuestros doce pequeñitos.
Pronto serían trece.
De todas partes nos llamaban, todas las protonas, desde las simples alocadas hasta las imitadoras compactadas querían que estuviéramos a su lado y nos relacionáramos con ellas. Había que hacer algo, o nos disolveríamos sin remedio.
Adoptamos deprisa y corriendo otra pareja, pero volvió a ocurrir algo insólito, ¡se nos coló de rondón un neutro pinturero! Y nos volvimos reflectantes auténticas, pero aun así firmemente acopladas pues hicimos un nuevo cambio en nuestras relaciones frotacionales, adiós tetra, hola de nuevo tríos a tope; eso sí, profundamente densas a pesar de nuestro vacío interior.
Y de nuevo nos imitaron con fruición.
Al poco volvíamos a ser muy abundantes e indiferenciados. Y fue cuando se produjo la primera debacle: un par de nuestros electronautas nos abandonaron, nos abandonaron sin más.
El vacío exterior que nos dejaron no se podía llenar con nada, nada podía consolar nuestra pérdida. Pero al poco otros dos electronautas llegados de no se sabe dónde llegaron y se instalaron en las órbitas abandonadas.
¿Qué era esto?
Y otro poco después otros dos se fueron y otros dos ajenos ocuparon su lugar.
¡Esto hay que pararlo como sea! ¡Nos quedamos sin los nuestros y tenemos que cuidar de los ajenos!
Nos reunimos todas las protonas en un cónclave secreto y decidimos dar otro paso, tal vez este neutro, sí, eres muy simpaticón, que teníamos a mayores era el causante de que perdiéramos a nuestros electronautas y nos llegaran otros ajenos así pues decidimos adoptar una protona solitaria como solución final a nuestros problemas.
¡Éxito a la primera!
Rápidamente tuvimos un nuevo electronauta con nosotras y se detuvo aquel continuo trasiego de creaturas. Pero la alegría nos duró poco. De vez en cuando, cuando menos lo podías esperar uno de nuestros pequeñitos nos abandonaba dejando su vacío atemporal y cuando estábamos rotas por el duelo otro electronauta aparecía para llenar su hueco.
Era algo que ocurría de pocos en pocos, un enigma, un misterio. Establecimos grandes redes octogonales intentando resolverlo mientras disfrutábamos de unas nuevas y sanas relaciones óctuples, siempre triangulares, eh, no vayáis a creer que habíamos perdido el tino. Unas sólidas relaciones grupales y un contacto constante con nuestras imitadoras a través de intensas redes sociales que expandieron nuestro conocimiento del medio y afirmaron nuestra solidez exterior.
−Pero, entonces, ¿qué pasó, bisabuelita? ¿Qué pasó, eh?
−Que alcanzamos la perfección.
Por casualidad, pero alcanzamos la perfección. Adoptamos otra pareja, vosotros, sois encantadores, y conocimos la perfección de las relaciones monoclínicas adoptando unas estructuras perfectamente tetraédricas que nos volvieron inmutables y faraónicas.
De nuevo reinas.
Y entonces sucedió. Cuando más a gusto y calentitas, agradablemente frotacionales, explorando prodigiosas relaciones tetraédricas con nuestras imitadoras en la oscuridad expansiva ocurrió.

Sentimos El Soplo.

Una onda que nos atravesó, algo inmaterial pero aun así perceptible llegó de no se sabe dónde y nos calentó, nos calentó a base de bien, nos calentó tanto, tanto, que nos pusimos a brillar, a brillar y brillar, ¡nos convertimos en pura luz! Por unos instantes éramos simplemente luz, prodigiosa luz.
Y nos apagamos.
Como si hubiéramos agotado nuestro ser y alcanzado por instantes lo que hay más allá de la perfección y ya más no pudiera ser. Os queremos pequeñitos, nos queremos todas. Pero vamos a desaparecer, nos extinguimos, hemos agotado nuestro ser en una increíble aventura y nos toca desaparecer.
He disfrutado intensamente.

¡¡Qué ocurre!!
¡De nuevo El Soplo!
¡¡Es mucho más intenso que el anterior!!
¿Y ahora qué?
¿Ahora qué?

Comenzamos de nuevo a calentarnos y a brillar, amada protona.
−Calla, rancio, que tú nunca entiendes nada. ¿Qué nos ocurre? ¿Qué nos está ocurriendo? Brillamos y crecemos, ¡es eso! Estamos como creciendo, creciendo, creciendo en la oscuridad expansiva, ¿qué? ¿qué puede ser lo que está ocurriendo?
−Que, vosotras, las protonas, ya nos habéis metido en otro lío monumental. A saber en qué parará la cosa y que nuevas relaciones triangulares tendremos que explorar.
−Que te calles, rancio, que estás mejor callado. Escuchar, ¿no oís como una voz? Una voz de protona. ¿Qué dice? ¿Qué dice?


¡Loot! ¡Loot! ¡LOOT! ¿Pero tú que has creado?

Fin.

¿Después de leer este cuento no comienzan a sentir la química como algo realmente apasionante?, algo que merece su exploración personal. Alguien me dijo que con la química no se puede escribir más que fórmulas, fórmulas y más pesadas fórmulas, que era una chifladura escribir sobre química o física a no ser un tratado de divulgación científica, y yo a la gente así, parafraseando a la conocida canción les digo: campo y onda, ¿cómo puedes ser dos cosas a la vez y no estar loco? O partícula, que todavía me lo pones peor.

Conócete a ti mismo. Dijo un sabio.

Este es el boceto de un cuento que salió publicado en mi libro: Ramiro y el hazo, Cuentos de la reina arpía.
Ramiro y el hazo