jueves, 30 de abril de 2015

Decreta la Reina Amatisha. Cuento galactico.

Es un sencillo cuento para que os abráis a otras perspectivas y otras humanidades, tan humanas como la nuestra y tan falibles.
Espero vuestros comentarios.


Decreta la Reina Amatisha


Y de este modo, acabada la cena, la joven reina Amatisha así nos habló:
−Hemos observado, amados súbditos, en los últimos tiempos cambios irrefrenables en la Gran Circulación de los Dioses, ¡sí! Nos llaman, ¡nos llaman! Cada jornada observamos que están un poco más cerca. Los Incontables Dioses están bajando del cielo. El gran Dios Salamin Resplandeciente está variando su camino celeste, ¡es imperceptible a nuestros ojos! Sí, pero los grandes sacerdotes del Gran Templo Piramidal no se equivocan en sus valiosos cálculos, y también están cambiando las rutas de nuestras cuatro Diosas Protectoras, por todo ello he convocado este concilio palatino, necesito vuestro consejo y acuerdo. Todo nuestro mundo, todas nuestras tribus y pueblos están aquí representados, nadie ha sido excluido. Así, pues, yo os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
−Poderosos e inmejorables auspicios tenemos de las Diosas Lunares, en especial de Nuestra Diosa Madre Talalash Inmaculada y también de sus bellas Hijas Rojas.
¿Qué podemos temer?
−Dices bien Gran Duque de las Tierras Pantanosas, pero nuestra inquietud no se disipa por ahora. ¿Gran Chamán de La Torre Celeste? ¿No tiene algo que decir?
−Los ancestros hablan por mi boca: ¡Los Dioses vienen! ¡Los Dioses nos llaman a su lado! Jornada a jornada les veremos acercarse un poco más, un poco más, un poco más.
¿Qué sabemos hacer?
−Pido la palabra, Gran Reina Amatisha.
−Hable pues, nuestro Duque de las Tierras Áridas, Supremo Adorador del Gran Dios Salamin Resplandeciente.
− ¿Por qué preocuparse innecesariamente? Desde el principio de los tiempos han rotado y rotado sobre las cabezas de nuestros antepasados, ¿qué nos enseñaron a hacer? Día y noche, noche y día, jornada tras jornada, durante milenios, como registran los Sagrados Escritos la Espiral de los Dioses rota y rota siguiendo sus ignotos designios. ¿Qué nos enseñaron los antiguos profetas que del fango y el salvajismo nos sacaron?
¡Hagamos sacrificios innumerables para calmarlos! Y que sigan girando en el cielo oscuro acogiendo nuestras almas devotas, pues ellos son Inmutables.
¡Hagamos incontables sacrificios en templos y montes a los dioses para que nos sean benéficos!
Y así se decidió y obró.

Increíbles holocaustos de animales de todo tipo por todos los rincones del planeta elevaron en sus volutas oscuras las plegarias de los nuestros pueblos a Los Dioses.
Pero, diez años más tarde, la aún joven y bella Reina Amatisha volvió a convocar una nueva reunión en su palacio imperial. No habían conseguido nada. Las mareas habían cambiado y las olas llegaban cada año un poco más arriba, las inundaciones y sequías eran mayores y más impredecibles, tanto los animales salvajes como los domésticos se mostraban cada año más inquietos y la propia flora del mundo se mostraba desconcertada ante los cambios.
Así pues, terminada la cena, la Reina Amatisha así nos habló:
−Hace diez años aquí mismo reuní un Consejo Palatino, al igual que a este de hoy acudieron representantes del mundo entero; se meditó lo que había que hacer y se llevó a cabo. Hoy, aquí, soy la única que permanece con vida de aquella reunión de los más notables del mundo. Hoy, como aquel día, y viendo que los dioses están aún más cercanos os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
Todos callados.
−Mi buen Rey de las Tierras Nórdicas y Gélidas, ¿no tiene nada que decir? Estamos al tanto de los últimos desastres que su territorio ha padecido.
−Gracias por cederme la palabra, gran Reina Amatisha, pero no, no hemos encontrado remedio humano y si ofrecemos más sacrificios a los dioses mi pueblo pasará aún más hambre.
−Siendo así cedo entonces la palabra al Sumo Sacerdote Shalamash Salamín del Gran Templo Helicoidal, recientemente levantado, ¡díganos algo que nos reconforte, Su Santidad! Amado de los dioses.
−Gracias, Gran Reina, atender: ¡Los Dioses procrean! Sí, ¡Los Dioses procrean! Sean por siempre alabados. Cada jornada observamos más y más dioses llenando nuestro cielo y colmando con su divino resplandor nuestras terribles noches. ¡No están enfadados con nosotros! Tan solo se preocupan de Su Divina Procreación. Nada les agrada tanto de nosotros como nuestros retoños recién nacidos.
− ¿Los recién nacidos? Bien, algo sabemos por fin de cierto, entonces, pregunto: ¿qué podemos hacer? Sí, no; Gran Chaman de las Tres Diosas Rojas, usted tiene la palabra.
−La respuesta es evidente y ya está en nuestras mentes y corazones. Solo podremos detener el Descenso de los Dioses sobre nuestro mundo ofreciéndoles en sacrificio a nuestros hijos recién nacidos.
Y así se decidió y obró.

Holocaustos de infantes se ofrecieron en templos y montes y las oscuras volutas elevaban plegarias desgarradoras de nuestros corazones rotos a los Innumerables Dioses.
Pasados diez años la aún bella pero ya no tan joven Reina Amatisha convocó a Concilio Palatino a los nobles y eclesiásticos así como representantes de las ciudades que aún se mantuviesen en pie a su ya deteriorado palacio imperial y de este modo, acabada la cena, así les habló:
−Nuestro mundo es un caos perpetuo, amados súbditos, Los Dioses Procreantes, lástima que no esté ya con nosotros nuestro Amado Sumo Sacerdote del Gran Templo Helicoidal pues pereció con todos los suyos al derrumbarse la gran joya que alumbraba nuestro mundo, son doble o triplemente Innumerables, nuestras Tres Grandes Diosas Rojas tan pronto están en precesión, en oposición, como en procesión celeste tras la Gran Madre de todos nosotros, la Divina Talalash Inmaculada, que llora ahora perpetuamente sobre nosotros, sus hijos penitentes, y nos llegan de Ella terribles lluvias de piedras inmensas. Son sus lágrimas de Madre Amantísima, sin duda.
Pero, está con nosotros el pequeño Gran Chamán del Templo de la Diosa Inmensa y Viviente y yo le pregunto:
¿Qué debemos hacer?
Al menos para que no llore tanto.
−Gracias por este don de la palabra que reboso ante tan augusta presencia, anoche, en la Cueva Lupina, ya saben todos los llegados de lejanas tierras que nuestro antiguo templo se vino abajo y desaparecieron todas las imágenes de dioses y profetas, sacrificamos en extraordinario rito de alabanza ante los magnates y sacerdotes de las demás confesiones tres recién nacidos sin mácula alguna que resultase apreciable a todos nuestros ojos avizores. Y el Oráculo de la Sagrada Madre Inmaculada así nos habló:
Amados hijos, nada place más a mi Excelsa Presencia que vuestras almas más nobles.
− ¿Y eso en Román paladino qué quiere decir?
−Que debemos sacrificar a nuestros aristócratas para satisfacer a La Gran Señora y detener así El Descenso de Innumerables Dioses Procreadores.
Y así se decidió y obró.

Las oscuras volutas, bla, bla, bla, bla.
Pasados diez años la aún bella entre las bellas pero ya un tanto ajada Gran Reina Procreadora Amatisha convocó en las ruinas de su imperial palacio a nobles y eclesiásticos supervivientes de las escabechinas celestes. Y de este modo, tras engullir una escasa pitanza, la Reina Amatisha así nos habló:
−Mis fieles y devotos siervos, mis muy amados creyentes y fieles seguidores de la Única Fe Verdadera y que hemos cumplido fielmente cuanto santos y profetas nos aconsejaron hacer para detener El Descenso de Los Dioses, todo ha sido en vano. Cada jornada les vemos más y más cercanos, innumerables y brillantísimos. Nuestras tres Amadas Diosas Rojas se han ido ya a su encuentro, la Gran Madre Inmaculada, Nuestra Señora Talalash, cada día está más lejana y el Gran Señor Salamin Resplandeciente se muestra errático en su brillo y calor. Siendo esto así, yo os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
¿Gran monje lama Chumbo Cachumbo fuente del Nirvana Letal? ¿Sabe su extraña deidad, salvada in extremis de las aguas y protegida de los dioses, en su inmensa caverna donde la guardan, algo que nos pueda ayudar?
−La Sublime Diosa, mi reina, a través de La Niña sin Tacha y treinta y tres Atributos Distintivos de la Deidad nos habló la noche pasada. Hay temor. Ante tanto tremor hay bastante temor.
− ¿Y qué dispone La Diosa Viviente y Protectora?
−Que siendo tan grandes e inmensos nuestros pecados, tan sucio está nuestro karma, y cuerpos, tan enorme la deuda contraída con la Gran Magnitud Celestial, es necesario un Sacrificio Supremo para que cese El Descenso de los Dioses y sus Castigos Supraterrenales.
− ¿Alguna otra opinión? ¿No? ¿Qué sabéis hacer? ¿Nada?
Y así Ella decidió y obró.

Recostada en su lecho llamó a su lado a un escribiente escribano superviviente de las ruinas de Su Sagrada Capilla y le ordenó escribir:
Decreta la Reina Amatisha que siendo los males de mi pueblo numerosos e inclementes y habiendo ya sacrificado a mi amado esposo y mis tres hijos según los paría a Los Dioses Altísimos y Procreadores sin haber conseguido con ello calmar Su Cólera, en el día de hoy , que el Gran Dios Salamin Resplandeciente se ha ocultado por un tiempo de nuestros ojos, ante tan nefario presagio decido que, ahora mismo, yo misma sea sacrificada aquí mismo y tras ser degollada ritualmente sea mi carne alimento que sacie el hambre de mi pueblo y sustento de Los Dioses y sea mi sangre vino que alegre vuestras resecas bocas y néctar para los Innumerables Seres Superiores.
Y así como Ella decidió así se obró.




De este modo, hoy y aquí, cuando se cumplen exactamente dos mil años de tan Feliz Acontecimiento, reunidos para recibir en nuestro seno El Sacrificio Supremo de La Diosa Amatisha, felices y contentos, dichosos, joviales, agradecidos, viviendo en el seno agradable de Los Innumerables Dioses Resplandecientes cantamos esplendentes el triunfo de Nuestra Fe.
¡Decreeeta la Reiiiina Amaaaatisha…!
−Padre, ¡qué día tan lleno de felicidad! Nunca se vio una ceremonia similar.
−Sí, hijo, sí; casi un millón de creyentes reunidos ante el Templo de La Diosa Amatisha y cantando sus alabanzas. Será mi mayor día de gloria personal y de recuerdo imborrable para la humanidad. Yo ya duraré poco, tú eres el Sucesor Proclamado, ¿qué has aprendido hoy?
−No sé; tras la lectura de Las Sagradas Escrituras me sentía casi levitar pero ahora, ahora una sombra de duda nubla mi mente.
− ¿Y a qué es debida esa niebla oscura?
− ¿Tanto en los tiempos de la Diosa Amatisha como en los siglos sucesivos a nadie se le ocurrió otra explicación, no sé, mágica, racional, algo, distinta de Lo Que Está Escrito sobre los cambios extraordinarios que sucedieron en nuestro mundo?
−Alguno hubo en aquellos tiempos oscuros y aún en nuestro tiempo que surgieron con ese tipo de “explicaciones” pero rápido les echamos a la hoguera o les rebanamos el cuello por infieles. ¿Sabes ya lo que hay que hacer el día que yo falte?
−Sí, padre, Gran Sacerdote Supremo. Jamás lo olvidaré y así obraré.

Fin.




La historia que habéis leído surgió tras leer unos artículos científicos sobre galaxias pequeñas, para mí mal llamadas enanas, que tan solo contienen unos pocos de miles de soles y sus planetas asociados y que suelen rotar sobre una gran galaxia, normalmente en espiral. Y se me ocurrió la idea de cavilar cómo sería la absorción de una de estas pequeñas galaxias por la gran espiral pero visto el suceso desde la perspectiva de unas personas que vivieran en un planeta de esa pequeña galaxia. 
Ver a cada momento de tu vida esa inmensa espiral de estrellas sobre nuestras cabezas y que, de improviso, un día, se comienza a acercar y acercar y acercar.

Esto que habéis leído es el borrador de un cuento que salió publicado en mi libro Ramiro y el hazo,  Cuentos de la reina arpía, después de ser revisado y corregido. Espero que os haya gustado. Aquí tenéis el enlace al libro:
Ramiro y el hazo, Cuentos de la reina arpía.