sábado, 17 de enero de 2015

Metaformos insolitos visitan nuestros hangares. ¡Nunca os lo creereis!

Sí, lo sé, nunca os lo creeréis, y además es increíble, o algo así. Yo escribo cuentos fantásticos pero de vez en cuando me llegan noticias que superan, y mucho, mi capacidad de fabulación; ya, bueno, me diréis que es indemostrable pero esto sucedió más o menos tal cual os lo relato. De verdad:
¡Estuvieron aquí!


Metaformos insólitos visitan nuestros hangares

Mundo insólito y canalla. Pudimos cargarnos a toda una raza humanoidea con gran facilidad, pero ¡nos pudo la risa! Nunca nos creerán.

Ustedes, amables lectores, ¿saben o se imaginan cuántas veces nuestra amada humanidad ha estado a punto de alcanzar la extinción total y absoluta en las últimas décadas? ¿No? ¿No? ¿de veras? Pues no dejen de leer esta pequeña historia y así se quitaran una buena venda de los ojos.



Noche de sábado en la Unión de Repúblicas Extraordinarias, noche estrellada, sideral, noche prodigiosa en las estepas ukranionas y en los bosques cercanos. En las ciudades de la zona las gentes se concentran ante los televisores para ver un partido de soccer, es la semifinal de la Copa de Europiya, y la gran Unión de Repúblicas Populares puede llevársela; pero tiene que ganar antes este partido. Corre el vodka y la cerveza desaparece rápidamente en turbios gaznates, hay ambiente de jolgorio general; su equipo puede ganar el partido.
Nadie aprecia ni se apercibe de una estrella roja y pulsante de un modo rítmico, preciso, constante, con destellos verdeazulados e incluso adamascados que baja del cielo hasta posarse en un soto cercano a La Base. ¿Quién iba a mirar en esa dirección? ¿Qué hay allí? ¿Un bosque y una charca donde se crían las ranas? ¿Quién podría preocuparse en una noche así? Para eso están los militares que tienen buenos radares.
Pero en La Base de misiles intercontinentales Smolenskaya Arbat nadie observa algo extraño y cuando se acercan las 22.00 horas proceden al cambio de guardia.
− ¿Novedades?
− ¡Sin novedad, mi sargento!
Y así un puesto tras otro, garita tras garita, por todo el cercado exterior de La Base y los puestos interiores. ¿Y los radares? Bah, algún ping de vez en cuando, vuelos de aves, lo de siempre.
− ¿Novedades?
− ¡Sin novedad, mi teniente!
Así uno tras otro en los puestos cruciales de los silos y controles de misiles nucleares. ¿Los ordenadores? ¿Las transmisiones? Lo mismo de siempre, algún paquete de bits rebotado o extraviado en las madejas de equipos y cables.
− ¿Novedades?
− ¡Sin novedad, mi capitán!
El capitán de servicio de cuartel en esta noche infausta da el parte novedades a las 22.20 horas, hora de Sebastopol, al Coronel Jefe de La Base y este lo pasa al Control Central de Misiles Nucleares.
−Que pasen buena noche, camaradas.
Es el mensaje que recibe a cambio en el papel perforado que su teletipo escupe.


Noche de rutina, pena de no estar viendo el partido en la televisión. ¿Cómo habrá terminado? Bueno, nos enteraremos en el cambio de turno, a seguir con el papeleo, otra noche en calma tensa, pues las aguas de la política siguen turbias y revueltas. Mejor estar aquí con mi perrito Pushkin a los pies, siempre puedo abrir la ventana y sentir los olores del bosque que no estar metido en un submarino posado en los fondos oscuros del Mar Báltico. Este destino es mucho mejor, ¡dónde vas a parar! puedes mirar las estrellas cuando te venga en gana; aquí se puede fumar y respirar a tus anchas.
Que pasen las horas, que en cuanto me venga el relevo me largo de pesca con mi cuñado Vladimir.

Ni las truchas ni las ranas se alteran en la noche esteparia. Reina la calma y tan solo algunos venados han abandonado a la carrera el bosque, asustados por una claridad muy extraña en su zona más densa y cerrada. ¿Un fuego?
− ¿Los tienes en tu rastreador?
−Toda la instalación está completamente escaneada y bajo control. Ciento veinte humanoides, la mitad de ellos inconscientes, y doce animales de compañía, de los que llaman perros, de los cuales tan solo uno está despierto. ¿Qué tienes tú? ¿Qué guardan en esos hoyos profundos?
−Estoy escaneando sus cerebros primitivos, tendré un concepto aproximado en unos instantes. Muestran temor y recelo a dar voluntariamente cualquier tipo de información. ¿Sus instrumentos están operativos?
−Chequeados completamente, son pedestres, de una simplicidad asombrosa, pero eficaces; sistemas de control redundantes y de inseguridad alarmante, ineficaces. Mis nietos juegan con equipos muchísimo más avanzados. Sigue con tu exploración intensiva; tenemos informes incompletos y poco fiables sobre el comportamiento de las gentes de este planeta prodigioso y atrasado.

Los primeros en notar una suerte de “vibraciones extrasensoriales” fueron los soldados del Cuerpo de Guardia Exterior; algunos jugaban al ajedrez y otros leían revistas patrióticas. Comenzaron a sentir como que se les removían sus enormes gorras de plato sobre sus rubias cabezas. El cabo de guardia dio la alerta:
−¡¡Pelotón!! A las armas. Permanezcan en sus puestos, avisaré al sargento de guardia.
El sargento estaba repantigado con los pies sobre la mesa de su cuarto revisando un revista también, de algún modo, patriótica, muy patriótica.
− ¡Vaya, chavalas! De alguna me llegaran sus caderas por las orejas. Mi próximo destino voy a pedirlo a Tayikistán, que son todas pelirrojas. ¡Uff! ¡Eh! ¡¡Cabo!! ¿Cómo entra sin llamar a la puerta? ¿Novedades?
− ¡A la orden de mi sargento! Estamos notando, señor, “vibraciones extrasensoriales”, señor. El pelotón está formado y armado en la puerta del Cuerpo de Guardia dispuesto para recibir órdenes.
− ¡¿Vibraciones?! ¿Extra qué? ¿El pelotón armado y formado? Mira, cabo chungo, como pille una botella de vodka en el Cuerpo de Guardia te vas a pasar cuarenta años haciendo garitas en una base secreta en la costa del Mar de Chukchi; te aviso. Pasemos revista a la tropa; verás tú cómo vibran esos gandules.
Pero mientras el sargento revisaba bocachas impolutas y cargadores cartucho por cartucho del pelotón de guardia los ordenadores comenzaban a operar como siguiendo secuencias extrañas, inapropiadas, sorprendentes, y el teniente Armankoff, que también estaba mirando una revista patriótica, la deja caer de improviso al suelo y se sube rápidamente la bragueta. Algo ha visto por el amplio ventanal que da al cuarto de ordenadores que le ha sorprendido y sale a la carrera hacia los aparatos.
El pájaro en su nido nunca dejará de piar, viejo dicho caucasiano.

Comenzó a azuzar y espabilar a su equipo de controladores para enterarse de lo que estaba pasando. Silla por silla, pupitre por pupitre, fue revisando uno a uno a todos los controladores de los silos de misiles.
− ¿Qué ocurre? ¿Alguien me lo puede explicar?
−Mi teniente Armankoff, Anatoli Vladimirovich, ¿usted sabe si nuestros potentes ordenadores son también adictos al vodka?
− ¿Los ordenadores? ¿Al vodka? ¡¡Sergei Miátlev!! Explíquese, raudamente.
−Se comportan como si estuviesen borrachos, mi teniente. Otra explicación no tenemos. Comienzan secuencias, aparecen desarrollos de instrucciones desconocidas; incluso surgen de improviso subrutinas que no sabemos para qué sirven.
− ¿En conclusión?
−Estamos siendo controlados desde fuera de La Base, mi teniente.
−De acuerdo, pasamos inmediatamente a situación de alerta redundante. ¡Que nadie abandone su puesto! Si alguno tiene que orinar que se lo haga en los pantalones. Voy a avisar al capitán de cuartel ahora. ¡Y se prohíbe fumar desde ya mismo!


El capitán de cuartel de servicio esta noche es un tipo bregado en cien batallas misilísticas, ya ha pasado por un docena de alertas máximas con una mano en el teléfono del Alto Mando de Misiles y la otra en el botón que pondría los enormes misiles balísticos intercontinentales a punto de salir eyectados hacia su destino programado: otras bases similares a la suya extendidas por las fértiles y maravillosas praderas de Arkansas, Tejas, y Nuevo Méjico. Bueno, así se ven en las películas de vaqueros.
Allí es donde pastan los hermosos caballos y beben whisky sus héroes prometeicos: John Wayne y Charlton Heston; aunque últimamente le tira más Richard Widmark en el papel del capitán Archer de El ocaso de los Cheyennes; sí, ese es el papel de su vida. Eso es un auténtico caucasiano, como yo, como mi padre.
Allí, a la tierra de los Cheyennes y los Navajos irán a parar nuestros pajaritos de la muerte. No quedará ni un ser vivo desde Montana hasta el sur del Río Grande, ni uno en cuanto despeguen. Y en las tierras vecinas durarán poco tiempo.
− ¿Se puede saber qué ocurre, mi sargento de guardia? Nikolai Pávlovich, le recuerdo que está de guardia, no cazando patos.
−El cuerpo de guardia está asegurado, mi capitán; reportan desde las garitas del bosque luces insospechadas entre los árboles, el pelotón de la guardia exterior acusa “actividad extrasensorial” y…
− ¿Extra qué...? ¡Uhm!
−Armas de control mental, me temo mi capitán, se están utilizando sobre esta Base.
−¡¡Firmes!! ¿Control mental? ¿Pero usted se cree todas esas tonterías que vienen en las revistas patrióticas? ¡¡Teniente Bolokin!! Me acompaña usted al sargento y se van ahora mismo hasta las garitas que han reportado señales luminosas exteriores. ¿Qué ocurre, asistente Mirikoff?
−Señor, avisan del Control Principal de los Silos.
− ¿Y?
−Los ordenadores no responden a nuestras acciones, están siendo atacados desde el exterior de algún modo. Tememos perder el control.
− ¿Tememos? ¿Quién es el mamoncete que está esta noche en el agujero?
−Armankoff, mi señor capitán.
− ¡El lírico! ¿Gogui Armankoff? ¿El que le escribe poemas a su novia turkmenistana? Voy a bajar hasta allí y ¡como vea una lucecita en rojo donde no debe ese teniente va a pasar el resto de su vida mandando poemas desde la cima del Monte Elbrus!
−Es que su novia, mi capitán, fue declarada miss Ashgabat esta primavera y…
− ¡Es un teniente de la Fuerza de Misiles Estratégicos de la Unión de Repúblicas Socialistas…!
− ¡Que es un pibón, mi capitán!
−En su pueblo con que no tengan barba ya les parecen guapas, pero, ¿qué suena?


La alarma se va extendiendo por toda La Base y los controladores de misiles escuchan órdenes en sonido cuadrafónico:
−¡¡No-podemos-perder-el -control!!
Pero es inútil; ya pueden teclear instrucciones, desmontar tarjetas, desarrollar nuevos algoritmos, recalibrar aparatos, algo, desde fuera de La Base, ha tomado el control de los misiles nucleares y los está armando y activando para ser lanzados hacia sus objetivos programados.
10, 20, 30, ¡no! 40 misiles están ya fuera de control humano y se preparan para despegar. Se inicia la secuencia de salida. Treinta minutos para ignición. El capitán pide instrucciones al comandante de servicio, este a su coronel y el susodicho habla por “un canal seguro” con su general:
−Camarada general, ¿no estarán usando una máquina de control mental con mis hombres, verdad? Pregunto humildemente.
− ¿Quiénes? ¿Los capitalistas? Ellos no tienen esa tecnología; sabemos que su horrible presidente, el infame Clitorix, cortó la financiación a sus “Servicios Especiales” después del ridículo espantoso que hicieron en Cuba. Estamos bien informados y completamente seguros.
−Entonces, ¿son de los nuestros? ¿Contraespionaje? ¿Contrarrevolucionarios? ¡¿Quién está jodiendo a mis soldados?! Humilladamente le pregunto, mi general.
−Tranquilo, mi coronel Serguei Kikvadze; Serge, amigo, tranquilo. No pierda la calma. Consultaré con un par de contactos en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Les sacaré de sus dachas a patadas si es necesario en plena noche.
−Esperaré sus órdenes, mi general; pero no tarde mucho en averiguarlo pues tengo ya cuarenta misiles armados, ¡todos los que están auténticamente operativos! Y se ha iniciado la cuenta atrás. Nos quedan… ¡25 minutos escasos!
Mientras el coronel espera instrucciones con una mano en el teléfono y la otra en la cafetera en una garita exterior un atónito centinela da el alto a una pareja de caminantes nocturnos que llegan hasta su puesto procedentes de la luminosidad inquietante del bosque. Al Alto quien va y el santo y seña responden con la contraseña acordada esta noche. ¿?
Llevan uniformes militares idénticos al suyo, no portan armas de fuego a la vista, pero tampoco llevan insignias ni galones ni la bandera de La Unión en sus chaquetones. ¿? ¿Sombreros de campaña? ¿Oficiales? Por el gran Tolstoi, ¡qué tamaño tienen!
− ¿Cómo venís andando desde el bosque y sin linterna? ¿A qué servicio pertenecéis? –Y les ofrece un cigarrillo.
−Contrainteligencia de La Base; no se preocupe y siga en su puesto, soldado. No, no fumamos.
− ¿Espías? Joder, ya era lo que me faltaba por ver. Esperen aquí que ya llega el sargento de guardia.
Un vehículo militar llega en segundos y tras una breve conversación da la vuelta y se dirige hacia los edificios de Servicio de Control de Misiles, se estaciona ante la puerta de emergencia y los dos misteriosos soldados ¿oficiales de contrainsurgencias? Se bajan, llaman, y les abren la puerta para que entren.


El teniente de servicio en esa entrada intenta retenerlos mientras espera instrucciones superiores. Las luces de emergencia lucen locas, se oyen carreras desbocadas de botas militares y órdenes ladradas de pasillo a pasillo. A pesar de que las identificaciones están en regla un ligero acento extraño hace desconfiar al apurado teniente:
− ¡Un momento, camaradas! ¿Vosotros de dónde sois?
− ¡Eh! ¡Ah, sí! Venimos de Ji Brasil, camarada.
− ¡De Brasil! ¡Mulatas! ¡¡Sócrates!!
− ¿Pregunta por el sabio griego, camarada?
− ¡No! ¡El futbolista! El que marca los penaltis de tacón. ¿No ibais al fútbol? ¿En Brasil?
−Oh, no, no; nosotros solo hacemos labores inteligentes.
−Claro, claro, ¡la inteligencia! (Guiño y gesto de: ¡con las mulatas de la playa!) Paso franco a estos dos grandes rivales del inmoral James Bond.


Ambos le sacan más de la cabeza al ignorante oficial. ¿Siberianos? No con esa cara. ¿Lituanos? Primos hermanos del gran Tkachenko, Vladimir Tkachenko, nuestro gran pívot. Sí, va a ser eso; estos dos podrían jugar en nuestra imparable Selección Nacional de Baloncesto. Qué pena que sean espías.
Los contraespías van de pasillo en pasillo y de nivel en nivel hasta llegar al centro computerizado de control de misiles intercontinentales. Un oficial sale de la sala despavorido desabrochándose los pantalones a la carrera hacia los servicios dejando la puerta abierta: la escena es dantesca. Un teniente va dando la cuenta atrás en voz alta:
− ¡Diez minutos!
El capitán da patadas a los pupitres y a algún programador que le pone el culo a tiro. Dos ingenieros electrónicos están tirados en el suelo con la cabeza metida entre cables y tarjetas de circuitos bajo un pupitre, otro ingeniero está desmontando válvulas de vacío y revisando una por una en un comprobador portátil.
−¡¡Yugoslava!! Y lanza la válvula contra el techo. ¡¡Nuestra Gloriosa Unión de Repúblicas camina hacia el abismo!! Y la sustituye por otra que lleva en una caja.
Nada; la cuenta atrás no se interrumpe.
−Nueve minutos, dice el cantante de la cuenta atrás con su voz de bajo siberiano.
Un programador lleva tiras de papel perforado por los hombros como si fuera un nuevo Laocoonte y con sus gafas de culo de botella de Kvas va revisando agujero tras agujero, perforación por perforación, de una tira tras otra, varios rollos se enredan en sus pies y amenazan con subirse por sus piernas y arrastrarle al Mar de Aral. Hace una seña a los contraespías como diciendo: ¡Estos son unos inútiles! Algún algoritmo mal implementado en el árbol de instrucciones y nos han incrustado una alarma general. Esto nos pasa por utilizar lenguajes de programación pirateados a los hijos de Clítorix, ese infame profanador de estrellas maravillosas y cinematográficas, en vez de utilizar los conocimientos de nuestros extraordinarios matemáticos.
− ¿Juega usted al ajedrez, camarada programador?
− ¿Que si juego? ¡Tengo un Elo superior a 2.000!
−Se le nota, camarada, se le nota; prosiga, prosiga con su investigación.


En otro rincón un ingeniero electromecánico tiene desmontado un panel y medio y prueba los contactos de los pulsadores y lucecitas llevándose los cables a la lengua.
−¡¡Vodka!! ¿No queda vodka en esta pocilga? Esto lo arreglo yo como que me llamo Modest. Modest Víctorovich Zhiltsovich, grabaros mi nombre en los bíceps, ¡inútiles! Que sois unos inútiles, y los electrónicos: ¡unos incapaces! Este va a ser el que fallaba, seguro que era este contacto.
Nada, continúa la cuenta atrás.
−Ocho minutos para el despegue, camaradas.
El capitán grita, grita, brama y suda, suda más que si estuviera en una banya, pero en vez una rama de abedul utiliza tochos de expedientes para sacudirse, a él y a todo se le pone al alcance.
Los equipos sufren ahora un nuevo ataque y comienzan a fallar, incluso el contador que lleva la cuenta atrás se apaga, pero el capitán permanece inmutable en medio del marasmo general; la sauna patriótica le está sentando bien; exultante. Otra medalla que le van a colgar de la pechera. Saca del bolso interior de su chaquetón un viejo reloj cronómetro que recibió por su mayoría de edad de manos de su padre ferroviario cuando aún vivían en Irkutsk y le llevaba los fines de semana a pescar al Lago Baikal. Hay que darle cuerda cada día, pero le ha sacado de más de un apuro, y de dos; sobretodo estando de maniobras encubiertas en la frontera sur de Turkmenistán, y más al sur aún.
−Toma, cantante, sigue la cuenta atrás exacta con esto, pero no lo toques o te descerrajo el cargador completo de mi pistola reglamentaria en el cerebro.
− ¡Eh! ¡Ya! A la orden de mi capitán. ¡Seis minutos!
No hay conexión telemática con el exterior; un silencio escabroso, pegajoso, se apodera de la gran sala de control, la esperanza se difumina, el temor anida en los bajos fondos humanos como una niebla difusa y casi sólida; alguno se descalza.


¿El teléfono interior? Aún da señal.
Llamada in extremis al Puesto de Mando de La Base.
Señal de comunicando.
¿Cuánto tiempo nos queda?
−Cinco minutos. “Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos…” El teniente cantante, jefe de programadores, se pone a cantar en español imitando a Víctor Jara falseando su vozarrón siberiano. “Te recuerdo Amanda…”
−¡¡¡Silencio!!! Prosit, nos quedan cinco putos minutos ¡y no quiero melancolías! Debería estar de vacaciones en Dresde tomando buenas jarras de cerveza, bueno, deberíamos estar todos allí. Sí, en Dresde o más lejos aún.
El capitán está sentado en una mesa con el teléfono en una mano y la gorra en la otra. Los gestos de su rostro pasan constantemente de la desesperación al pánico y los hombres a su mando cambian su temperamento al mismo ritmo que sus muecas. La pareja de Tkachenkos comprende en instantes que allí no hay nada que puedan hacer y abandonan la estancia silenciosamente; caminan por los pasillos con su tranquilo paso de mastodontes imperturbables y salen del edificio hacia unos hangares cercanos para contemplar el despegue de los misiles intercontinentales. 


En la puerta ven a un oficial jugando con un animal, uno de esos que llaman “perro”; aunque hay tropas corriendo de aquí para allá y vehículos militares zumbando de un sitio para otro este hombre parece ajeno por completo al maremágnum general.
− (¿Quién puede ser?)
− (Hombre de mando; un momento: Coronel Jefe de La Base esta noche)
− (¡El hombre al mando!)
− (Sí, interesante; toda su atención está volcada con su perro: acerquémonos)
− ¡Coronel! A sus órdenes.
El coronel, que ha soltado la correa para que Pushkin pueda corretear libremente se gira al instante para devolver el saludo y se queda observando con extrañeza a la asombrosa pareja de gigantes cabezudos.
− ¿Ustedes sirven a mis órdenes? No recuerdo haberlos visto jamás. ¿A qué servicio pertenecen? ¿Por qué no llevan insignias ni indicativos en…?
−Contrainteligencia, mi coronel.
− (¿Estos dos que son, letones? No reconozco ese acento) ¿Quién es usted?
− ¿Yo? Yo es un otro.
−¿? ¡Ah! Y su compañero es un otro-otro yo. Claro, claro, les enseñan a cambiar de conciencia para poder llevar a cabo sus labores de…inteligencia.
−Eso es, coronel, somos metamorfos.
− ¿Meta…? Claro, claro, espías o contraespías o lo que ordene el mando superior. Que interesante.
−Usted ve las cosas con total claridad.
−Aquí y ahora el único que ve bien es Pushkin.
− ¿Pushkin? ¿Nos habla en este momento de poesía, coronel? Que interesante.
−No, hombre, el poeta no, ¡mi perro! Le puse ese nombre cuando me encargaron de su custodia.
El perro, aún más ajeno si cabe que el dueño de las humanas tonterías, corre de aquí para allá, saltando, brincando, jugueteando con una pelotita y haciendo las típicas gracias perrunas.
− (Dos minutos, según hacen ellos la cuenta, para el despegue)
− (Desde este lugar veremos perfectamente el espectáculo)
Uno de los Tkachenkos le da una patada a la pelotita e inmediatamente el perro corre a traérsela para que se la lance de nuevo, al tercer lanzamiento al perro no se le ocurre otra cosa que lamerle la mano al gigantón en señal de agradecimiento.
− (¿Qué ocurre? ¿Qué te está ocurriendo? Te percibo extraño, ente compañero)
−(Es, es, es una reacción, una reacción a algo, algo que…) Y el ente se pone a reír descontroladamente y coge la pelota del suelo y se la vuelve a lanzar a Pushkin. (Deberías probar esta reacción, ¡tienes que probarla!)
Segundos después las carcajadas eufóricas y sincopadas resuenan por todo el hangar. Pushkin redobla sus esfuerzos para acabar con el enemigo mordiéndoles en los bajos de los pantalones, tirándoles de los cordones de las botas, lamiéndoles las manos, etc., etc., etc.
El que no tiene perro no sabe de lo que son capaces esos monstruos de cuatro patas.

Con las manos en el vientre uno de los cabezones se aleja un poco y le grita al coronel:
− ¿De dónde es usted?
−Nací en Kazán, de La Estepa soy.
− ¡Muy ricos los polvorones! Grita el segundo contraespía y se aleja tras el primero intentando contener risas y carcajadas a partes iguales.
Paran imperiosamente un vehículo militar (resulta ser el mismo sargento de guardia que está dando vueltas por el perímetro exterior) y ordenan que les lleven al punto exacto donde fueron recogidos. El centinela tan solo asoma la jeta por la puerta de la garita y observa sobrecogido como la extraña pareja desciende del Lada militar y se encamina hacia el bosque por el mismo sendero por el que aparecieron tan solo hace unos minutos, le hace una seña a su sargento a lo que este responde quitándose la gorra y rascándose la coronilla. ¡Con la que está cayendo y estos tíos no paran de descojonarse!
Les ven perfectamente, al par de paquidermos insondables, caminando a grandes y lentas zancadas iluminados por los focos del coche. Se encaminan directamente hacia la extraña claridad rosada y palpitante en lo profundo del bosque y…


Y de repente los Tkachenkos parecen disolverse y se derrumban hacia atrás todo lo largos que son. El sargento inicia una carrera para ver qué puede haberles ocurrido pero antes de que haya dado ni seis zancadas se frena en seco al ver como un par de seres ¿calvos? ¿esas cabezas? Cubiertos de una larga túnica de un blanco inmaculado, ¿pero si se cayeron al barro? se yerguen ante sus ojos y continúan caminando impasible el ademan.
Antes de que transcurran cinco minutos, el sargento está reportando a voces por la radio y el soldado que ha bajado de la garita para echar un cigarro con el conductor del Lada, ven que una esfera luminosa se eleva sobre las copas de los árboles, se desplaza sobre ellas con la suavidad de una pompa de jabón y lentamente comienza a elevarse como un farolillo chino volador. Una serie de luces parpadeantes en su parte inferior es lo último que alcanzan a ver pues en segundos: ¡zum! La esfera desaparece en el cielo estrellado como si nunca hubiera existido.
¿Lo soñamos?


Tal vez, pero el sargento hizo el parte correspondiente y la cuenta atrás fatídica paró cuando solo faltaban veintidós segundos para el despegue de los misiles y pasaron dos meses hasta que La Base recuperó su anterior normalidad.
Aún un mes más tarde el gran Mariscal de la Fuerza de Misiles Estratégicos de la Unión de Repúblicas Socialistas Anticapitalistas Populares ( S.M.F.U.S.S.R.P.A. en lenguaje nato) Anatoli Mijaíl Ribakof, Micha para los amigos, repasa verbalmente con el coronel el informe “secreto” del incidente que le han remitido recientemente. Punto por punto, paso por paso, rincón por rincón, oficial o soldado raso pasan por su escrutinio; por cierto, vibran, ¡vaya que si ahora vibran! Nadie quiere pasar el resto de su vida militar haciendo guardias en el Círculo Polar Ártico. O más allá.
− ¿Me quiere hacer creer, Serge, que esto es lo que sucedió? Señalando el grueso informe que lleva en las manos.
−No tengo la menor intención de ocultarte nada Micha, me conoces bien.
−Que, que unos metaformos insólitos pasearon por nuestros hangares…
−Metamorfos, mariscal, metamorfos.
− ¡Metaformos! Aquí solo vale lo yo diga. ¿Aquí mismo?
−Y jugaron con el perro.
− ¿Con…Pushkin? Mira, mi querido Serge, esto nunca sucedió, este informe me lo llevo conmigo ¡y nunca nadie dirá o escribirá palabra alguna sobre este tema! ¿Entendido?
(¡Metaformos jugando con Pushkin! Esto nunca sucedió, jamás, y además es imposible. Nadie se creería esta historia ni borracho. Enterraré este informe en la Siberia profunda.¡ NO-PUEDE-SER!)


Pero fue así como sucedió realmente. Tal y cómo os lo contamos. Los metamorfos, con toda su extraordinaria tecnología y su avanzada psicología, no fueron capaces de detectar un pequeño detalle.
¡Es nuestro secreto, vale!
Pushkin no es un perro normal, normal, vamos normal y corriente, y los Tkachenkos no se dieron cuenta. No sabían nada de perros.
Es el segundo perro, sí, ¿verdad?, el segundo, al que le ha sido trasplantada la cabeza de Laika, nuestra maravillosa perrita exploradora espacial. Discípulos del gran Vladimir Demikhov han trasplantado ya en dos ocasiones la cabeza de Laika a otros perros para que su conciencia y conocimientos no se pierdan.
Y lo seguirán haciendo en cuanto Pushkin y sucesores den muestras de agotamiento. Porque, en realidad, esta no fue la primera vez que Laika salvó a la especie humana.
Pero, bueno, otro día os lo contaremos. (Es que ahora nos da la risa)


Este sencillo cuento está dedicado a la memoria del gran escritor ruso de ciencia ficción Viktor Saparin.

 Confío que os guste y espero vuestros comentarios.