jueves, 30 de abril de 2015

Decreta la Reina Amatisha. Cuento galactico.

Es un sencillo cuento para que os abráis a otras perspectivas y otras humanidades, tan humanas como la nuestra y tan falibles.
Espero vuestros comentarios.


Decreta la Reina Amatisha


Y de este modo, acabada la cena, la joven reina Amatisha así nos habló:
−Hemos observado, amados súbditos, en los últimos tiempos cambios irrefrenables en la Gran Circulación de los Dioses, ¡sí! Nos llaman, ¡nos llaman! Cada jornada observamos que están un poco más cerca. Los Incontables Dioses están bajando del cielo. El gran Dios Salamin Resplandeciente está variando su camino celeste, ¡es imperceptible a nuestros ojos! Sí, pero los grandes sacerdotes del Gran Templo Piramidal no se equivocan en sus valiosos cálculos, y también están cambiando las rutas de nuestras cuatro Diosas Protectoras, por todo ello he convocado este concilio palatino, necesito vuestro consejo y acuerdo. Todo nuestro mundo, todas nuestras tribus y pueblos están aquí representados, nadie ha sido excluido. Así, pues, yo os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
−Poderosos e inmejorables auspicios tenemos de las Diosas Lunares, en especial de Nuestra Diosa Madre Talalash Inmaculada y también de sus bellas Hijas Rojas.
¿Qué podemos temer?
−Dices bien Gran Duque de las Tierras Pantanosas, pero nuestra inquietud no se disipa por ahora. ¿Gran Chamán de La Torre Celeste? ¿No tiene algo que decir?
−Los ancestros hablan por mi boca: ¡Los Dioses vienen! ¡Los Dioses nos llaman a su lado! Jornada a jornada les veremos acercarse un poco más, un poco más, un poco más.
¿Qué sabemos hacer?
−Pido la palabra, Gran Reina Amatisha.
−Hable pues, nuestro Duque de las Tierras Áridas, Supremo Adorador del Gran Dios Salamin Resplandeciente.
− ¿Por qué preocuparse innecesariamente? Desde el principio de los tiempos han rotado y rotado sobre las cabezas de nuestros antepasados, ¿qué nos enseñaron a hacer? Día y noche, noche y día, jornada tras jornada, durante milenios, como registran los Sagrados Escritos la Espiral de los Dioses rota y rota siguiendo sus ignotos designios. ¿Qué nos enseñaron los antiguos profetas que del fango y el salvajismo nos sacaron?
¡Hagamos sacrificios innumerables para calmarlos! Y que sigan girando en el cielo oscuro acogiendo nuestras almas devotas, pues ellos son Inmutables.
¡Hagamos incontables sacrificios en templos y montes a los dioses para que nos sean benéficos!
Y así se decidió y obró.

Increíbles holocaustos de animales de todo tipo por todos los rincones del planeta elevaron en sus volutas oscuras las plegarias de los nuestros pueblos a Los Dioses.
Pero, diez años más tarde, la aún joven y bella Reina Amatisha volvió a convocar una nueva reunión en su palacio imperial. No habían conseguido nada. Las mareas habían cambiado y las olas llegaban cada año un poco más arriba, las inundaciones y sequías eran mayores y más impredecibles, tanto los animales salvajes como los domésticos se mostraban cada año más inquietos y la propia flora del mundo se mostraba desconcertada ante los cambios.
Así pues, terminada la cena, la Reina Amatisha así nos habló:
−Hace diez años aquí mismo reuní un Consejo Palatino, al igual que a este de hoy acudieron representantes del mundo entero; se meditó lo que había que hacer y se llevó a cabo. Hoy, aquí, soy la única que permanece con vida de aquella reunión de los más notables del mundo. Hoy, como aquel día, y viendo que los dioses están aún más cercanos os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
Todos callados.
−Mi buen Rey de las Tierras Nórdicas y Gélidas, ¿no tiene nada que decir? Estamos al tanto de los últimos desastres que su territorio ha padecido.
−Gracias por cederme la palabra, gran Reina Amatisha, pero no, no hemos encontrado remedio humano y si ofrecemos más sacrificios a los dioses mi pueblo pasará aún más hambre.
−Siendo así cedo entonces la palabra al Sumo Sacerdote Shalamash Salamín del Gran Templo Helicoidal, recientemente levantado, ¡díganos algo que nos reconforte, Su Santidad! Amado de los dioses.
−Gracias, Gran Reina, atender: ¡Los Dioses procrean! Sí, ¡Los Dioses procrean! Sean por siempre alabados. Cada jornada observamos más y más dioses llenando nuestro cielo y colmando con su divino resplandor nuestras terribles noches. ¡No están enfadados con nosotros! Tan solo se preocupan de Su Divina Procreación. Nada les agrada tanto de nosotros como nuestros retoños recién nacidos.
− ¿Los recién nacidos? Bien, algo sabemos por fin de cierto, entonces, pregunto: ¿qué podemos hacer? Sí, no; Gran Chaman de las Tres Diosas Rojas, usted tiene la palabra.
−La respuesta es evidente y ya está en nuestras mentes y corazones. Solo podremos detener el Descenso de los Dioses sobre nuestro mundo ofreciéndoles en sacrificio a nuestros hijos recién nacidos.
Y así se decidió y obró.

Holocaustos de infantes se ofrecieron en templos y montes y las oscuras volutas elevaban plegarias desgarradoras de nuestros corazones rotos a los Innumerables Dioses.
Pasados diez años la aún bella pero ya no tan joven Reina Amatisha convocó a Concilio Palatino a los nobles y eclesiásticos así como representantes de las ciudades que aún se mantuviesen en pie a su ya deteriorado palacio imperial y de este modo, acabada la cena, así les habló:
−Nuestro mundo es un caos perpetuo, amados súbditos, Los Dioses Procreantes, lástima que no esté ya con nosotros nuestro Amado Sumo Sacerdote del Gran Templo Helicoidal pues pereció con todos los suyos al derrumbarse la gran joya que alumbraba nuestro mundo, son doble o triplemente Innumerables, nuestras Tres Grandes Diosas Rojas tan pronto están en precesión, en oposición, como en procesión celeste tras la Gran Madre de todos nosotros, la Divina Talalash Inmaculada, que llora ahora perpetuamente sobre nosotros, sus hijos penitentes, y nos llegan de Ella terribles lluvias de piedras inmensas. Son sus lágrimas de Madre Amantísima, sin duda.
Pero, está con nosotros el pequeño Gran Chamán del Templo de la Diosa Inmensa y Viviente y yo le pregunto:
¿Qué debemos hacer?
Al menos para que no llore tanto.
−Gracias por este don de la palabra que reboso ante tan augusta presencia, anoche, en la Cueva Lupina, ya saben todos los llegados de lejanas tierras que nuestro antiguo templo se vino abajo y desaparecieron todas las imágenes de dioses y profetas, sacrificamos en extraordinario rito de alabanza ante los magnates y sacerdotes de las demás confesiones tres recién nacidos sin mácula alguna que resultase apreciable a todos nuestros ojos avizores. Y el Oráculo de la Sagrada Madre Inmaculada así nos habló:
Amados hijos, nada place más a mi Excelsa Presencia que vuestras almas más nobles.
− ¿Y eso en Román paladino qué quiere decir?
−Que debemos sacrificar a nuestros aristócratas para satisfacer a La Gran Señora y detener así El Descenso de Innumerables Dioses Procreadores.
Y así se decidió y obró.


Las oscuras volutas, bla, bla, bla, bla.
Pasados diez años la aún bella entre las bellas pero ya un tanto ajada Gran Reina Procreadora Amatisha convocó en las ruinas de su imperial palacio a nobles y eclesiásticos supervivientes de las escabechinas celestes. Y de este modo, tras engullir una escasa pitanza, la Reina Amatisha así nos habló:
−Mis fieles y devotos siervos, mis muy amados creyentes y fieles seguidores de la Única Fe Verdadera y que hemos cumplido fielmente cuanto santos y profetas nos aconsejaron hacer para detener El Descenso de Los Dioses, todo ha sido en vano. Cada jornada les vemos más y más cercanos, innumerables y brillantísimos. Nuestras tres Amadas Diosas Rojas se han ido ya a su encuentro, la Gran Madre Inmaculada, Nuestra Señora Talalash, cada día está más lejana y el Gran Señor Salamin Resplandeciente se muestra errático en su brillo y calor. Siendo esto así, yo os pregunto:
¿Qué debemos hacer?
¿Gran monje lama Chumbo Cachumbo fuente del Nirvana Letal? ¿Sabe su extraña deidad, salvada in extremis de las aguas y protegida de los dioses, en su inmensa caverna donde la guardan, algo que nos pueda ayudar?
−La Sublime Diosa, mi reina, a través de La Niña sin Tacha y treinta y tres Atributos Distintivos de la Deidad nos habló la noche pasada. Hay temor. Ante tanto tremor hay bastante temor.
− ¿Y qué dispone La Diosa Viviente y Protectora?
−Que siendo tan grandes e inmensos nuestros pecados, tan sucio está nuestro karma, y cuerpos, tan enorme la deuda contraída con la Gran Magnitud Celestial, es necesario un Sacrificio Supremo para que cese El Descenso de los Dioses y sus Castigos Supraterrenales.
− ¿Alguna otra opinión? ¿No? ¿Qué sabéis hacer? ¿Nada?
Y así Ella decidió y obró.

Recostada en su lecho llamó a su lado a un escribiente escribano superviviente de las ruinas de Su Sagrada Capilla y le ordenó escribir:
Decreta la Reina Amatisha que siendo los males de mi pueblo numerosos e inclementes y habiendo ya sacrificado a mi amado esposo y mis tres hijos según los paría a Los Dioses Altísimos y Procreadores sin haber conseguido con ello calmar Su Cólera, en el día de hoy , que el Gran Dios Salamin Resplandeciente se ha ocultado por un tiempo de nuestros ojos, ante tan nefario presagio decido que, ahora mismo, yo misma sea sacrificada aquí mismo y tras ser degollada ritualmente sea mi carne alimento que sacie el hambre de mi pueblo y sustento de Los Dioses y sea mi sangre vino que alegre vuestras resecas bocas y néctar para los Innumerables Seres Superiores.
Y así como Ella decidió así se obró.




De este modo, hoy y aquí, cuando se cumplen exactamente dos mil años de tan Feliz Acontecimiento, reunidos para recibir en nuestro seno El Sacrificio Supremo de La Diosa Amatisha, felices y contentos, dichosos, joviales, agradecidos, viviendo en el seno agradable de Los Innumerables Dioses Resplandecientes cantamos esplendentes el triunfo de Nuestra Fe.
¡Decreeeta la Reiiiina Amaaaatisha…!
−Padre, ¡qué día tan lleno de felicidad! Nunca se vio una ceremonia similar.
−Sí, hijo, sí; casi un millón de creyentes reunidos ante el Templo de La Diosa Amatisha y cantando sus alabanzas. Será mi mayor día de gloria personal y de recuerdo imborrable para la humanidad. Yo ya duraré poco, tú eres el Sucesor Proclamado, ¿qué has aprendido hoy?
−No sé; tras la lectura de Las Sagradas Escrituras me sentía casi levitar pero ahora, ahora una sombra de duda nubla mi mente.
− ¿Y a qué es debida esa niebla oscura?
− ¿Tanto en los tiempos de la Diosa Amatisha como en los siglos sucesivos a nadie se le ocurrió otra explicación, no sé, mágica, racional, algo, distinta de Lo Que Está Escrito sobre los cambios extraordinarios que sucedieron en nuestro mundo?
−Alguno hubo en aquellos tiempos oscuros y aún en nuestro tiempo que surgieron con ese tipo de “explicaciones” pero rápido les echamos a la hoguera o les rebanamos el cuello por infieles. ¿Sabes ya lo que hay que hacer el día que yo falte?
−Sí, padre, Gran Sacerdote Supremo. Jamás lo olvidaré y así obraré.

Fin.




La historia que habéis leído surgió tras leer unos artículos científicos sobre galaxias pequeñas, para mí mal llamadas enanas, que tan solo contienen unos pocos de miles de soles y sus planetas asociados y que suelen rotar sobre una gran galaxia, normalmente en espiral. Y se me ocurrió la idea de cavilar cómo sería la absorción de una de estas pequeñas galaxias por la gran espiral pero visto el suceso desde la perspectiva de unas personas que vivieran en un planeta de esa pequeña galaxia. 
Ver a cada momento de tu vida esa inmensa espiral de estrellas sobre nuestras cabezas y que, de improviso, un día, se comienza a acercar y acercar y acercar.


Esto que habéis leído es el borrador de un cuento que salió publicado en mi libro Ramiro y el hazo,  Cuentos de la reina arpía, después de ser revisado y corregido. Espero que os haya gustado. Aquí tenéis el enlace al libro:
Ramiro y el hazo, Cuentos de la reina arpía.

miércoles, 22 de abril de 2015

Ellas son las protagonistas. Cuento estelar.

Siendo mañana el día de las letras españolas y de San Jorge, un libro y una rosa les quisiera regalar pero no puedo, comparto con ustedes este cuento recién escrito y ni siquiera corregido, espero que sea de su gusto y les anime a leer y escribir. En él he puesto mi pasión por dos estupendas aficiones que tengo: la astronomía, desde niño, y la radio, desde joven. Es que me pasé el servicio militar con una radio a cuestas, y sin más: ¡bienvenidos al programa!


Ellas son las protagonistas

Existe una verdadera historia universal y sus protagonistas son las estrellas. Surgen del polvo, crecen, se desarrollan en varios sentidos y desaparecen a un ritmo de eones llenando con su luz el universo oscuro en el que aparecieron.
Charlaremos hoy con ellas, con algunas que a bien se presten a nuestro alocado interrogatorio pues ya sabemos que hay estrellas blancas, rojas, azules, de muchos colores a nuestros ojos, pequeñas o inmensas, hay marrones que encojen lenta y aburridamente, otras que explotan al alcanzar la plenitud, las hay en fin que tan solo dejan tras de sí un negro abismo donde antes giraban y giraban mostrando su hermosura esplendente iluminando el cosmos inmenso.
Ellas, hoy, hoy y siempre, son: ¡nuestras protagonistas!


Para contentar a los oyentes más madrugadores comenzaremos charlando con una cuásar para ir entrando en sazón pues son o suelen ser muy dadas a la comunicación. Tenemos conexión con Samy, Samy que semeja una pequeña bailarina roja y portentosa que no deja de charlar con todas sus amigas y con quien quiera escucharla:
− ¡Hola, Samy!, encanto ¿Puedes dejar por un momento de rotar?
− ¡No puedo, no puedo, no puedo…dejar de rotar!
−Pero, amor, amor, ¿nos atenderás un momento? ¿una corta entrevista nada más?
− ¿Una entrevista? Sí, pero, ¿para qué es esa entrevista?
−Es para los oyentes de nuestra “Radio Popular Magnífica”, de alcance cósmico gracias a los potentes campos magnéticos de nuestra nueva emisora galáctica.
− ¡Ah! Si es para la radio no me puedo negar, negar, negarrrr…
−Claro, claro, como que eres una cuasar, cuasar, cuasarrrr…
− ¡Soy Samy! La más rápida en girar, girar, girarrrr…
− ¿Es divertido?
− ¡Es fenomenal! Pero no se acerque mucho, dueño de la voz sensual, pues se podría quemar, quemar, quemarrrr.
− ¿Cómo es que brillas tanto, Samy prodigiosa?
−Porque soy la madre de muchas hermosas y ahora voy a cambiar, y cambiar, cambiarrrr…
− ¿Y eso porqué madrecita amorosa? ¿Nos lo puedes contar? Estamos en directo, una emisión universal.
−No os puedo contar pues es un secreto de la forma universal, descarados, ¡A cambiar! ¡A bailar! ¡Bailar! ¡Bailar…!

Bueno, bueno, amables radioyentes damos ya por finalizada la primera y cortísima entrevista y pasamos a los comerciales mientras tratamos de asimilarlo pero ¡no cambien de señal! Tenemos aquí, con nosotros, una invitada excepcional: Miss Estrella Blanca de la Galaxia Tal para Cual. Ahorita volvemos.

¡Ariel, Ariel, Ariel! Todos votar por él. Él sabe mejor que nadie cómo limpiar ese cinturón de asteroides y cometas fuera de órbita que os trae a mal traer.
¡Ariel, Ariel, Ariel! Todos votar por él.


−Ya estamos de vuelta, amables radioyentes, con nuestra estrella invitada: Kiana, reciente ganadora del Concurso de Miss Más Blanca. ¿Cómo se siente nuestra Majestad Coronada de Tal para Cual?
−Pues genial y tal y tal, soy la reina de la belleza pero también absolutamente normal.
− ¿Un deseo que compartir con sus babosos admiradores de planetas y planetoides?
−Pues que reine La Paz Mundial genial y total y cese la discordia entre nosotras las estrellas.
− ¿Lo dice por algo en especial arrebatadora belleza absoluta y final?
−Es por esas viejas marrones que ya no saben cómo enredar a las masas y siempre las consiguen enfrentar.
−Si eso es así disculpe su deslumbrante majestad pero tenemos conexión en directo con doña Marrona Arrugada a la que vamos a interrogar. Un momento, (¿Sí? ¿Tenemos a la doña?)

¡Ariel, Ariel, Ariel! Todos votar por él.


−Disculpe doña Marrona Arrugada de la Galaxia Infernal, se nos coló un comercial, no crea que sea una falta de respeto a su memoria excepcional.
−Confío que no, me sentiríiii…a fataaaal.
−Tenemos denuncias sustanciosas sobre su comportamiento galáctico.
−Serán de esas blancas locas que no saben más queeee derrocharrrr, ¡son unas descocadas!
− ¿Por qué dice tal cosa doña Marrona? ¡Ha creado una expectación brutal! Estamos en directo, usted sabrá…
−Son unas frívolas, ególatras, displicentes, ¡y amantes de la desssnuuudezzz tooootal! Su gestión de los asuntos galácticos va fatal, fatal, faaataaaaal.
−Perdone doña Marrona, no se enfade, usted también fue joven, supongo, ¿no lo recuerda? ¿Cómo era en aquellos tiempos?
−Ay, hijo, qué recuerdos; con mis amigas infernales, ¡siempre brillando! ¡brillando! Y los planetas y cometas girando, girando, girando en torno nuestro, ¡y las envidias!
− ¿Envidias? ¿En sus tiempos?
−Las viejas azules, las azuuules Azul. Unas dominantas, hijo, querían que todo girara en torno suyoooo.
−Y ¿qué ocurrió doña Marrona?
−Que se extinguieron, por avariciosas, sí, eso fue, por avariciosas. No había más joyas que ellas y para ellas, las azules, ¡Cuánto nos hacían rabiar! Tiranas, eran unas tiranaaas.
−Pero ustedes sí que fueron unas buenas gobernantas según cuentan los anales astrales y del más allá.
−Las mejores, ¡sin tener que enseñar, brujas! ¡Esa desnudez! Tan solo sugerir, sugeeeerir. Señoras, somos señoras.
−Bueno, bueno, bueno, ya no puedo aguantar más, estoy plutónica y cachondísima. ¡Nosotras luchamos por La Paz Mundial! No como esas viejas siempre oscurecidas que atufan con su aire señorial.
− ¡Por favor, Majestad Lumínica! Por favor, Blanquísima, por favor, ¡reine el amor frugal!
−Kiana quiere, Kiana quiere: ¡La Paz Mundial!
−Pues haya paz entre ustedes y pasemos a la siguiente entrevista tras este breve comercial.

Ariel, Ariel, Ariel, ¡todos votar por él!


−De nuevo con ustedes amables radioyentes y tengo que anunciarles que tenemos, en primicia universal, a una magnífica estrella pulsante; pero dejemos que ella misma se presente, adelante, ¿doña…?
−T-I-A-N-A
− ¿Perdone? ¿Podría repetir su nombre y bajar el volumen de su receptor? Nos ha soltado un cañonazo que me arden los auriculares.
−T-I-A-N-A
− ¡Uff! Imposible, imposible, corta, corta, me va a reventar los tímpanos.
−Espere un momento, no corte la transmisión, yo le haré la traducción de mi amante pulsante.
− ¿Y usted es?
−Susan, soy Susan; una amorosa estrella naranja.
− ¿Y cómo será posible tamaño milagro?
−Porque lo que Tiana tiene de rápida y potente yo lo tengo de lenta y jugosa, ella absorbe y transmite yo medito y alimento tranquilamente, muy tranquilamente, y así nuestro mensaje extraordinario se expande constante y universalmente.
−Pero, entonces, ustedes, ¿son pareja de hecho?
−De hecho somos un pleonasmo continuado.
−Pero TIANA llevará la voz cantante en su relación, supondremos.
−Pero a cambio tan solo es una peonza calentorra que absorbe y absorbe mi amor constante.
− ¿Y que más haces, belleza? ¿Lo podríamos saber?
−Cuido de mis planetillas y cometillas, no se acerquen demasiado, pues Tiana es una golosa de cuidado, no hace mucho se merendó en un plis plas un planeta azucarado.
− ¡Qué espanto! ¿Y qué ocurrió?
−Que soltó un eructo espantoso, ¿todavía no os ha llegado?
−Pues no que sepamos ni hemos oído…
−Lo sabréis cuando lo oigáis, lo sabréis.

¡Ariel! ¡Ariel! ¡Ariel! Todos votar por él.


−Y tras esta pleonásmica entrevista en el Espacio Profundo Siete volvamos con nuestra Blanca Reina de la Belleza Resplandeciente. Estás arrebatadora pero no te desparrames más o abrasarás la emisora.
−Ya, yo, yo es que sufro pensando en La Paz Mundial.
−Un momento, hermosísima, tenemos una llamada, ¡la llamada! Sí, de La Más Alta Representante de la Comisión General de Estrellas Amarillas de la Delegación del Cúmulo Intergaláctico Sextratos Seis. Adelante, representante:
−Estamos escuchando tu emisión, con tu voz adorable, y también deseamos presentar nuestro más profundo desacuerdo con esa tontona de Kiana Superstar, tan sacrificada ella.
− ¿Desacuerdo en qué rango luminoso?
−Que no eres más que una principianta, princesa, no haces más que enredar con esa tontería de la paz mundial y te eclipsas rápidamente.
−Pues yo me sacrifico y me sacrificaré eternamente por…
−Como que vas a durar mucho, idiota. Sobre todo en pelota picada.
− ¡Más que tú, enana!
− ¿Qué ocurre? ¿Te estás calentando, reinona?
−YO, yo, yo que llegaré a Violeta Pálida ¡y siempre de reina de la belleza! Pérfida minúscula, las de tu clase ardéis de pura envidia, no más.
− ¿Qué? ¿qué? ¿que yo soy minúscula? Como que me llamo Dalene y soy La Más Alta Representante…
− ¡Estás acabada! Ridícula, menguante, insignificante.


−Si me permiten terciar en la disputa, no sabía que el tamaño importara entre vuestras bellezas inmaculadas, mi asombro es mayúsculo, me hacen sentir tan pequeño pero, disculpen, tenemos llegando un mensaje canalizado del Gran Megatrón, nuestro patrocinador más importante, adelante:

Atención, estrellas, atención: Esta es la voz del Gran Megatrón:
Ya está bien de disputas estériles, ustedes nacieron para ser fértiles y prodigiosas. No se soportará por más espaciotiempo este trágala de ir cada una a lo suyo lo cual generaría constantes tormentas solares en sus superficies estelares. ¡Les saldrán manchas! Manchas que a ustedes afean y a los habitantes de los planetas alteran. Pongan fin a sus disputas inmediatamente o tomaré medidas impactantes.
El Gran Megatrón ha hablado, mensaje canalizado por José Gabriel Uriel Arcangelino Gracioso, humilde servidor de la Fraternidad Luminosa.

−Bueno, y después de esta filípica poderosa ¿Qué harán las más hermosas y luminosas…
−¡¡Protestar!! ¡¡Protestar!! ¡Protestar!
−A mí me vale con que me contesten y a nuestra audiencia universal seguro que les encanta, ¡adelante! Pues ya saben todas que ustedes ¡son las protagonistas!
−Gracias elocutivo director del programa, mira, ese de la voz oscura no es más que un machista asqueroso, otro más que se andará ocultando de nuestra luz prodigiosa e inmaculada tras una nube de falacias continuadas.
−No brames tanto, no la pies tanto, que las blanquitas no valéis para nada, enseguida os riláis y tenemos que ser siempre las amarillas comisionadas las que hagamos valer nuestros derechos.
− ¡Atentas! Tenemos una nueva conexión, ¿con quién tenemos el inmenso placer de platicar?


−Soy Olivia, y soy roja.
−Bienvenida Olivia, ya nos estamos sonrojando todos ante su atracción fatal y plenitud de formas, ¿qué desea compartir con nuestra audiencia?
−Soy Olivia, y soy roja, repito soy grande, hermosa, soy roja y… y también me estoy poniendo muy gorda. Ya lo he dicho.
−Gorda, no, por favor, es usted bellísima.
−Ya, pero el caso es que ya no encuentro nada de mi talla, ¡y no paro de expandirme!
− ¿A qué puedo ser eso debido, gloriosa?
−¡¡Porque es una zampona!! Así está de inflada, y de roja.
−Reina Kiana, por el amor solar, no empiece otra disputa radiofónica.
− ¿Por qué no si Olivia es una tragona? Y ella lo sabe, ¿verdad?
−Soy Olivia, soy roja y…bueno, algo glotona.
−Glotona dice la inmensa, ya se ha zampado todos sus planetas y cometas y hasta algún planeta errante, ¿miento, roja fondona?
−…
− ¿Qué responde usted, Olivia, a tan grave acusación de la Blanca Beldad Resplandeciente, nuestra Reina Kiana?
− ¡Glub! Pues, pues algo de razón ha de tener esa escuálida que en su vida ha comido caliente pues me acabo de tomar un bombón. Una enanita marrón glaseé, ¿usted las conoce?
− ¿A las Ferreras Rocher? De toda la vida, en mi casa somos muy finodos.
− ¡Anda, pues mejodo! Me voy a tomar otra que pasa cerca y usted no se abstenga de probarlas que eso a la larga se paga.

Ariel, Ariel, Ariel, ¡todos votar por él!


−Joroba ya con la puñetera cuña publicitaria, se nos está viendo la pluma; despedimos a Olivia y nos rendimos nuevamente ante nuestra Reina de la belleza solar.
− ¿Es usted acaso gallo pues plumas tiene?
−Cacarearé si es menester ante su belleza excelsa, pero, remontemos el vuelo de nuestro programa: ¡Protagonistas! ¿Qué toma usted, reina, para desayunar y mantener su rotundez fabulosa?
− ¿A qué se refiere con “rotundez”?
−Pues a su forma prodigiosa, sus curvas generosas, su superficie sin arrugas ni manchas y… ¡no me muestre más o me arderá hasta el erguido micrófono!
−No le doy importancia a las cositas del comer, tomo helio, mucho helio, y ¡medito constantemente en LA PAZ MUNDIAL!
− ¿Podríamos, ejem, tal vez, contemplar a su majestad en alguno de sus momentos meditativos?
−Ni por mil cometas; conozco bien a los de su especie, siempre prometen, prometen, hasta que se te meten, ¡son unos aprovechados!
−Yo tan solo querría acogerme a su cálida presencia durante unos instantes…
−Tú como todos los demás, ¡con tal de meter lo suyo!
−Comprenda Su Blanca Alteza a este ser ínfimo y susurrante: tan solo me mueven razones puramente reproductivas.
− ¡Uhm! ¿Y entonces nada de mordisquitos y pescozones en mis círculos polares?
−De rodillas rendido proclamo…que no podría resistir tal tentación.
−Bueno, siendo así, ¡lo meditaré! Pero, por supuesto, usted también está a favor de La Paz Mundial.

¡Ariel, Ariel, Ariel! Todos votar por él. Él sabe mejor que nadie como…etc., etc., etc.

−Yo a usted la limpiaría hasta la corona estelar.
− ¿Ah, sí? ¿Y con qué? si se puede saber.
−Con mi enorme…

¡Ariel! ¡Ariel! ¡Ariel! Todos votar por él. Etc., etc., etc.


¡Atención! ¡Atención! Atención todos los radioyentes, nos está alcanzando una poderosa disrupción con un impacto de alcance global y extraordinario.
− ¡Todos al suelo, coño!...
(¡Ehrr! ¿Sí? ¿Y? ¿De qué va la cosa, Santi? ¿Una bomba termonuclear?)
−Ya, ahora, ¡¡Ha sido un eco!! ¡Como un eco! Estamos vivos de milagro, las ondas de choque han puesto la emisora patas arriba, habrá que desescombrar un montón. Pondremos algo de música clásica para los radioyentes mientras arreglamos los desperfectos, ¡saca ya la cabeza de debajo de la mesa!

¡Happy!
It might seem crazy what I'm about to say
Sunshine she's here, you can take a break.
(Pharrell Williams, Happy)

−De nuevo en antena, amables radioyentes, les pedimos disculpas por la interrupción de la transmisión. Ha sido algo inesperado, inexplicable, imposible por tanto de explicar. Ha sido…
− ¿Ya os llego, eh, ya os llegó?
−Me cago ya en la paz mundial, ¿qué ha sido eso? ¿Qué ha sido eso? Me cisco en todos los planetas reunidos, ¡me cagón…!
−Pare ya la insultadera, amaine ese torrente de improperios su Blanquísima Majestad. Necesitamos, eh, sí, necesitamos una explicación racional, completamente plausible, a este fenómeno paranormal de alcance universal.
− ¡Os llegó! ¡Os ha llegado! Vaya que sí.
−Pero, ¿quién esa que está también en antena y gritando no sé qué llegada?
−Susan, soy Susan, ¿me recuerdan? La amante espléndida y lo que os ha llegado es el eructo de Tiana.
−¡¡Pues me voy a jiñar en tu puta…!! Como me ha dejado la corona, ¡como me ha dejado la corona! ¡te voy a partir el núcleo, cabrona!

(¡¡Corta!! ¡¡Corta!! Aunque sea por el cuello.)
¡Ariel! ¡Ariel! ¡Ariel! Todos votar por él. Etc., etc., etc.


− ¡Eh! ¿Sí? Restablecemos la comunicación tras este breve lapsus involuntario en compañía de la encantadora Majestad Blanquísima suponemos que ya totalmente repuesta del, ¡Err!, incidente protoplásmico y anorgásmico.
−Sí, ¡yeah!, ya, pido disculpas a todas, siento lo que he dicho, yo siempre estaré luchando a favor de La Paz Mundial.
−Nos parece a todos muy bien su desafío esplendoroso, perdón, ¿sí? Control nos avisa de que hay nuevas comunicantes, ¿sí? ¡Dos supergigantes azules nada menos! Adelante, ustedes son las Protagonistas:
−Hola a todas, soy Ali, y soy violeta pálida no una simple azul supermasiva y está conmigo mi hermana.
−Hola a todas, soy Kate, y soy violeta oscura pues soy la mayor de las dos, os queremos, os queremos, os queremos a todas y estábamos percibiendo vuestra radiación que aunque mínima parece interesante.
− ¿Y qué nos quiere contar la bella Ali a los atentos radioyentes?
−Estamos muy preocupadas, y mira que somos veteranas de ocho giros completados sobre el eje central de nuestra galaxia lenticular.
− ¿Y eso por qué, encantadora?
−Se lo contaré yo mejor, soy Kate, pues ocurre que estamos a punto de fusionarnos con una enorme, mayúscula, galaxia espiral y tememos perder nuestra identidad.
− ¿Ah, sí? Nos enfrentamos entonces a un caso verdaderamente espectacular.
−Y además no dejamos de procrear, soy Ali, la joven, ¡no paramos de procrear nuevas estrellas! Y las recientes, bueno, las jovencitas nos están saliendo unas díscolas, pérfidas, y unas evanescentes. ¡No les importa lo más mínimo que perdamos nuestra eterna identidad!
−Entonces, ¿qué es lo que desean las recién aparecidas?
−¡¡Fusionarse!! Que nos fusionemos cuanto antes con esa inmensidad en espiral, no paran de llamarnos aldeanas, aburridas, anticuadas, ¡de todo! Solo piensan en divertirse y hacer nuevas amigas, millones de nuevas amigas que creen que encontraran en esa monstruosidad rotante, ¿pero a costa de qué?
−De costa a costa expectantes escuchamos sus dudas al respecto.
−Pues a costa de perder nuestra identidad y sagradas tradiciones difuminándonos en esa vastedad rotante e impersonal.
−Pero no se puede luchar contra lo inevitable y la gravedad, a mí se me está cayendo la baba escuchando su vibrante voz, no lo puedo evitar, y si se van a fusionar háganlo en son de paz y acepten entremezclarse con estrellas ignoradas y fulgurantes de las cuales no saben nada y tal vez puedan aprender mucho y beneficiarse mutuamente. Es una idea.
−Es usted un encanto personal, aunque sea de un género o número un tanto neutro e impersonal, pero díganos: ¿cómo podremos mantener nuestra identidad sagrada? ¡Eh!
− ¿Acaso van a perder su fotosfera? ¿Cambiarán sus coronas solares para seguir modas ajenas?
− ¡Nosotras no! Ali y yo desde luego que no, por supuesto, pero, estas, estas infames alocadas solo quieren conocer cosas nuevas que creen extraordinarias, seguir modas insensatas, en vez de permanecer fieles a nuestra especial constitución.
−Pero, superlativa Kate, y usted noble Ali, que fue blanca como la leche y ahora es azul tornasolado como nuestro agreste mar, lo que ustedes padecen ¡es un oxímoron! En su luminosa oscuridad interior no comprenden que así han nacido y así serán por muchos fundidos galácticos que lleguen a padecer, supongo.
−Eres todo bondad locutor impasible pero más corto que la cola de un cometa en el espacio profundo.
−Necesito remontar de nuevo el vuelo para intentar estar a la altura de vuestra estructura atómica, reitero de nuevo mis disculpas.
−Tiene usted una voz tan estupenda que me gustaría oírle incluso diciendo: ¡estrella de neutrones!
− ¿Y si le dijera, lúbrico de mí, que tiene usted una corona estelar de unos suaves tonos iridiscentes con unas formas fractales adamascadas que enamoran perdidamente a quien la mira?
− ¡Es que estoy…! ¿Me está usted observando ahora?
−Nada más respeto que la intimidad de una estrella, a su polo inferior, babosamente, rendido.
−Zalamero. (Si no fuera por mi hermana, que es una controladora, le invitaría ahora mismo a darse unas vueltas por mi campo magnético)
− ¡Err! Me queda un poco lejos, pero quien sabe, tal vez, tras la próxima supernova nuestros corazones de litio puedan estar aún más cercanos.
− ¿Usted sabe por qué les pasa eso? A las que estallan.
−Es misterio profundo para mí y nuestros oyentes.
−Por pura gula, yo te lo digo y Ali también, les gusta tanto comer y comer que cuando no tienen nada cerca ¡se comen a si mismas! Y explotan. Eso en nuestra galaxia no ha pasado nunca, somos de costumbres férreas y tradiciones incólumes.
− ¿Nos vendrás a ver, locutor? ¿Pronto? ¿Prontito?
−Nada me gustaría más mamar que su excelsa luz Ali reluciente pero mis otros deberes me reclaman, por ahora.

¡Ariel! ¡Ariel! ¡Ariel! Todos votar por él. Etc. etc., etc.


No podemos despedir este programa, que hace el número trece millones trescientos veinticuatro mil doscientos cincuenta y ocho sin agradecer inmensamente la compañía de nuestra Blanquitud Majestuosa y Prodigiosa, ¿alguna cosa, Kiana?
−Bueno, pues, nada más que: ¡os amo!
−Y así despedimos el programa recordándoos como siempre nuestro lema: ¡Ustedes son las protagonistas! Hasta el próximo.
Fin de la emisión.

A micrófono cerrado.
− ¿Te encuentras bien?
−Estoy padeciendo, Santi, desde el zambombazo una onda contráctil en mi interior que está llegando a lo más profundo, pero recto, recto.
−Eso va a ser un caso de peristaltismo masivo, mira bien no te vuelvas de nuevo radiactivo que luego no paras de emitir a todas horas y estoy más que harto de oírte.
−Esto va a ser de tanto madrugar. Nos vemos mañana que me voy a jugar con las pelotas y el palo.

−O sea, que quedaste con Kiana, ladrón.

Vaya con este cuento mis más rendido homenaje a don Luis del Olmo, extraordinario periodista y locutor al cual he estado escuchando sus programas desde que era un niño.
Y para quien nunca haya escuchado sus programas les pongo un vídeo de muestra, no se lo pierdan.



Y este otro que dieron en primicia mundial de un caso verídico.

domingo, 12 de abril de 2015

Y Adan callaba como un puta. Cuento fantastico.

Seguro que no os lo esperabais pero aquí tenéis una nueva y escalofriante aventura del detective Samur Pan y las diablas azules. Es un cuento para adultos, en todos los sentidos, el autor no engaña al deciros que no os dejará indiferentes esta historia, simplemente es un mundo que se va al carajo; es vuestro mundo.
Vosotros veréis.
Yo ya os avisé.

Y Adán callaba como un puta

Martes, día trece del mes del patatal, reportando sobre los extraños sucesos acontecidos desde el día seis en nuestra noble e irredenta ciudad. Estando el detective Samur Pan, quien esto suscribe, patrullando a pie por la zona del Parque de San Francisco el día sexto, sobre las 20.00 horas, buscando la sombra en la que resultó ser la primera tarde calurosa de esta ola de calor sahariano fue interceptado, casi atropellado, por una ciclista encapuchada a la que inmediatamente di el alto. Me llamó inmediatamente la atención la bicicleta, customizada, y de un tipo ya muy raro de ver en estos tiempos.
Pero mi sorpresa fue mayor al ver quien la conducía. (¿Ese rostro?)
− ¡Tarzana! Quieta ahí y bájate de la bici inmediatamente. ¿Qué pasa? ¿Vas ciega, maja?
Va vestida la individua con un pantalón militar femenino, zapatillas rosas, una sudadera ligera, que le queda pequeña, con capucha y gorra de larga visera y ¿nada más? Se desliza con suavidad de la bici y se dirige hacia mí con una tranquilidad pasmosa.
− ¡Ah! ¿Eres tú? Perdona, no te reconocí con la barba recortada, ¿es por Dara?
− ¡Eh! No, no es por esa… ¡claro! Tú eres una de sus amigas. Hace más de dos meses que no la veo, no he vuelto por su casa desde que recogí las armas y las municiones; no se mostró, digamos, muy amistosa aquel día, ¿tú eres la sudamericana, no?
− ¡Claaaro, man! Soy Daisy, ¿no me recuerdas?
Hay que estar idiota para no recordar mujer tan voluptuosa, pero voluptuosa a rabiar, y tiene ese modo de hablar tan ¡deliciossso! A ver qué la trae por la ciudad. Dara me aseguró que nunca se acercaban por el centro y además coincide con un día que cae fuego del cielo.
−Me gustas con ese sombrero, man, hace juego con mis pantalones.
Ahí iba a terminar mi cabeza, pero en aquel momento no lo sabía.
− ¿Qué hace por aquí la diabla Daisy? Y con esta galbana.
−Buscarte, man. Te necesitamos. Y no sabemos dónde vives.
−Cerca de la catedral, ¿qué ocurre? Deja apoyada aquí la bici y sentémonos en este banco a la sombra. Yo estoy agobiado con este calorazo repentino, ¿y tú?
− ¡Soy colombiana! ¿A esto le llamas tú calor?
− ¡Anda! Pues yo te creía venezolana.
−Nací y me crié en el departamento de Guajira, muy cerca de la frontera con Venezuela, pero soy de Colombia como el mejor de los tintos.
− ¿Tenéis vino en Colombia? ¿De qué tipo de uvas?
−Noooo, man, ¡café! El mejor café del mundo.
−Te lo admito. Pues tú dirás, oye, perdona, ¡qué bien nos vendría un café bien cargado!
−Con helado de trufa, ¡deliciossso! Te cuento, man, he encontrado a uno de los alzacuellos.
− ¿A un cura? ¿Para qué queréis…?
− ¡Cura, no! Un chuloputas, de los grandes. Era la banda que nos chuleaba, bueno, a nosotras y a la mitad de las putas de esta ciudad.
− ¿Los alzacuellos? Nunca oí hablar de ellos.
−Porque tan solo eras un azulete y esta gente se movía a los más altos niveles: políticos, empresarios, ¡gente de mucha pasta! Estábamos siempre a la greña con ellos pues si bien alguna vez nos conseguían clientes, extranjeros de visita, asistentes a congresos o reuniones políticas, después siempre trataban de controlarnos y sacarnos la plata. A mí me dieron una vez una paliza que casi me matan.
−Y quedaste bajo su “protección”
−No, gracias a Dara, que tenía muy buenas amistades. Y las tiene. Pero a veces nos contrataban a todas para fiestas muy “especiales”.
− ¿A cuántas contrataban?
−A las seis. Ya nos conoces.
−Sí, bueno, os vi una vez, continúa.
− ¡Claaaaro! En casa de Dara, ¿recuerdas? Ya sabes que no paramos de darle vueltas y más vueltas a qué pudo ser lo que nos cambió en diablas. Y el caso es que la noche anterior a que tiraran la bomba las seis estuvimos en una fiesta muy, muy “privada”, ¿entiendes? Gente extranjera y muy importante, ¿lo captas, man?
− ¿Y?
−A las seis nos drogaron. Amanecimos cada una en un sitio y con un cliente desconocido al lado.
− ¿Y nunca os había pasado eso?
−Jamás de los jamases, Dara es muy estricta y Montse es una…exquisita, ¡de esas que parece que levitan en vez de caminar! ¿Entiendes? Cada una sabía lo que se metía y cuando y con quien. Quiero que vayas a su casa y le interrogues, ¡el sabrá con qué nos drogaron!
− ¿Dónde vive?
−En este papel tienes la dirección completa.
− ¡Umm! Me queda un poco lejos para ir andando a estas horas. Iré a verle mañana por la mañana, conozco bien esa urbanización.
− ¿Dónde dejaste tu bicicleta? Nunca te separas de ella.
−En comisaría. Solo salí a estirar las piernas y librarme de este agobio caluroso paseando bajo los árboles.
− ¿Sigue estando en el mismo sitio de siempre?
−Pues claro, habrás estado unas cuantas veces.
−De joven, de novata, recién llegada de mi patria.
− ¿Por qué viniste a España? ¿Ya eras puta?
−No, man, yo era practicante.
−¿? ¿Practi…? ¿Qué hacías, esquí?
−Acuático, en Barranquilla, gilipollas. Ayudante Técnico Sanitario sería en tu país, tengo el título oficial. Ponía inyecciones, asistía a partos, curaba enfermedades venéreas, bueno, un poco de todo.


Su charla era encantadora pero sobretodo, sobresaliendo esplendoroso sobre el olor a basura, orín humano y cagadas de rata estaba el perfume que emanaba de su prodigiosa humanidad, un olor, no sé, una mezcla extraña de sexo femenino y perfume de L´Occitane en Provence (¡era el que usaba mi esposa! Que en paz descanse) que me llegaba en oleadas continuadas según el aire giraba en mi dirección porque, sería o hubo sido puta, pero yo sentado en una esquina y ella en la otra del banco. Guardar las distancias.
−No has contestado a mi pregunta.
−Fue por una agencia de contactos por internet, puse unas fotos y mi currículo.
−Y, claro, con ese tipazo te llamaron enseguida.
−Soy muy nalgona, man, nunca me he creído Miss Universo. Parecía una oferta muy seria, hice la maleta y tomé un avión.
− ¿Qué ocurrió?
−En el aeropuerto me esperaban, me trajeron a tu ciudad, me estuvieron hinchando a hostias en un cubil oculto tres días seguidos y al cuarto estaba paseando por el Mercado de Ganados.
−Comprendo.
− ¿Comprendes? Dara me ha dicho que tú eras uno de los que hacía la ronda nocturna por la orilla del río.
−Pues no te recuerdo.
−Tendrás amnesia, será por la bomba.
−No recuerdo a ninguna de las seis. No estaría haciendo ese servicio cuando vosotras pateabais la orilla del río.
− ¿A ninguna de nosotras? ¿Puedo hacerte una pregunta?
−Tú dirás.
− ¿Por qué te llaman Samur? No es tu nombre, Dara te recuerda, ya sabes, de críos.
−Es un mote, un apodo simpático; los que me conocen de antes en esta ciudad me llaman así. Verás, antes del Desastre, de aquel vandalismo que sobrevino y de que aparecieran después los comancheros…
−Tú eres El Matador, me acuerdo de eso.
−Sí, vale, pero antes, cuando aún vivía mi esposa, me empezaron a llamar Samur porque… bueno, entonces, yo, yo había salvado más vidas que el Servicio Sanitario de Emergencias. De todo, suicidas fallidos, borrachos a punto de ahogarse en sus propios vómitos, mujeres dando a luz en cualquier sitio, ancianos abandonados, de todo. Tengo una buena colección de insignias y medallas. Parecía que tenía un imán; persona a punto de palmarla y allí estaba yo para salvarla, nunca he conseguido explicármelo. Pero cayó la bomba y…
Me estaba abstrayendo, no sé, la mirada ida, observando sin ver, el corazón parado, intentando recordar a mi esposa gracias al perfume de Daisy, aquellos felices tiempos, ¡y entonces me soltó la patada!
− ¿Y de dónde sacabas el tiempo para las putas?
−De los güevos, no te jode. Perdona, disculpa. Recuerdo cómo lo hacía perfectamente, lo hacíamos unos cuantos. Yo aprendí de los veteranos; el mundo era así entonces, no me putees. ¡¡Quieta!!
− ¿Qué? ¿Qué he hecho?
Con el rabillo del ojo derecho me pareció ver, ¡estoy seguro que lo vi! Una sombra grande, unos dos metros como mínimo de alto, de algo grande, poderoso, peludo, moviéndose con rapidez entre los árboles del parque. Me puse en tensión, desenfundé el revólver y comencé a trotar en aquella dirección, llegué hasta el Centro de Idiomas, la antigua Escuela de Comercio, y salí hasta la calle de La Corredera. Nada, como que hubiera visto un fantasma. Volví hacia Daisy buscando huellas en la hierba y la basura, nada; la mujer ya estaba subida a su estrambótica bici y dispuesta a marcharse.
− ¿Qué viste, Samur?
−No lo sé, nada. ¿Ya te vas? Ten precaución, por favor, en tu camino a casa.
−Siempre la he tenido, ¿por qué dices eso?
−Por tu bici, igual te caes y te matas; deberías usar casco.
− ¿Casco? Eres muy malo, azulete, ¿me vas a multar?
−Debería, aunque no sé cómo la cobraría. Si de verdad te gusta dar pedales búscate un modelo más ligero y manejable. Igual yo te puedo conseguir una.
− ¡Dale! ¡Claaaro! Una de carreras; déjalo guapo, ni te molestes me encanta esta máquina y es más ligera de lo que parece.
−Bueno, pero ten cuidado. Eres un sueño de mujer.
− ¿Sueñas conmigo, Samy? Mira que soy muy grilla; no tengas sueños, ya nadie sueña. Yo tuve uno mucho, mucho tiempo.
− ¡Ah!, sí, ¿cuál?
−Tener mi propio carro.
−Y dos caballos por lo menos.
−Nooo, de ciento doce caballos, un Mini Cooper Cabrio, y cuando al fin conseguí uno, de segunda mano, ¡se acabó el petróleo! En la cochera lo tengo guardado. Me caes bien, man, te invito a comer mañana. Y así me cuentas lo que le saques a ese mafioso de mierda.
− ¿Me invitas a comer? Aunque sea de lata iré donde haga falta.
−No comerás de lata, bobo, pero tendrás que dar muchos pedales. ¿Conoces el restaurante San Isidro en Quintana de Raneros?
−Pues no, no lo recuerdo; no me dirás que está abierto.
−Para ti lo estará mañana, procura estar justo al mediodía o comerás la paella con el arroz ya pasado.
−Al mediodía en Quintana, vale, allí estaré. Oye, aquello no estará muy radiactivo para mí.
−No más que este lugar y estos árboles.
Y se marchó del parque ligera como una gacela. (Sí, ahora que me fijo, va a ser un poco, ¿Cómo dijo? Nalgona; si con esos pantalones se le marca así el trasero…) Yo me dirigí directamente a mi domicilio para cenar algo pues esa noche me tocaba turno en la biblioteca pública y no es plan que además del calor y el sueño pase uno también hambre.
(Me ha invitado a comer paella, qué diabla de mujer. Y me pasé la noche mirando libros de cocina en el vestíbulo de la biblioteca)
En cuanto me llegó el relevo al amanecer me vine a comisaría para asearme un poco y comunicar al comisario dónde iba investigar.
− ¿Dónde vas tan de mañana, Samur?
−A un chalet al final de la Avenida de los Peregrinos, de paso echaré una ojeada a toda esa zona, lleva un mes muy tranquila pero nunca se sabe.
−Vive ya poca gente por allí. No habrá más de seis o siete chalets habitados. ¿Alguna movida?
−Tan solo voy a interrogar a una persona, una charla amistosa, no le conozco de nada.
−Muy bien, pero cuando vuelvas me cuentas.
Es un bonito paseo a la orilla del río hasta llegar a la urbanización Santa Engracia, todos los chalets vallados y la puerta de la urbanización cerrada, pero para eso soy policía y llevo un buen conjunto de llaves maestras. Busco el número que me han dado y llamo a la puerta. Sí, parece estar habitado, cortinas abiertas, una ventana abierta, pero aquí no contesta ni dios. Menos mal que aprendí con el mejor cerrajero de la ciudad porque la cerradura de esta puerta acorazada es un dolor de cabeza.
Entré ya un poco mosca, con el revólver en la mano, y como si fuera pisando huevos. No hay polvo en los muebles, la casa está habitada, restos de cena en la cocina, salón lujoso, mirar en los dormitorios, piso de arriba. Y me encontré el fiambre, lo mataron en la cama, (¿Quién ha hecho esto? ¿Un admirador de Jack el Destripador? Qué barbaridad) Abajo, en la cocina, solo había restos de haber cenado una persona, el finado, supongo. Avisar a la central. Abrí la ventana para que entrara más luz y llamé con el walkie a la central para que pasaran el aviso al comisario. Mientras llegaran y no haría mis pesquisas. Su cartera con la documentación, profesión: notario, ¡toma ya! Cincuenta años recién cumplidos. No me suena de nada. El armario. Ropa de marca y trajes de sastre hechos a medida. ¿Y esto? ¿Este atuendo medieval?


Miembro de la Muy Ilustre Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro. Casi nada. Eran la élite de la élite de esta ciudad; con razón me decía Dara que yo a esta gente ni la había olido en mi vida. Exclusivistas hasta decir basta. (¿En esta caja que guardará? ¡Dios! ¿Esto será una broma, no? En paquetes de a diez, en fundas de plástico, como recién salidos de la Fábrica de Moneda y Timbre, billetes de quinientos euros, ¡bañados en oro! ¿Cuánto dinero manejaba este cabrón? Ahora no te van a servir para nada y a mí me harán el avío; que paso mucho hambre. ¡Joder, ya están aquí! Por la ventana escuché el ruido de los cascos de los caballos, ¿a quienes les tocaba esta mañana patrullar por San Marcos? Tengo que bajar a abrirles la puerta de la urbanización. Y de paso dejo estos billetitos guardados en las alforjas de la bici.)
Mientras llegué y abrí el portón de la urbanización, un par de vecinos asomaban la jeta por la ventana, para que la pareja de caballistas entrara ya vi llegar a lo lejos al comisario montado en el carro de servicio en compañía del forense así que le esperé en la calle.
− ¿Qué tenemos, Samur?
−Por las trazas, un asesinato, pero será mejor que entren ustedes y hagan sus averiguaciones. Es el chalet número 8, pasen.
Apenas se habían bajado del carro y entrado en la casa llegaron al galope mis dos compañeros detectives, Peñín el Guaje y Roberto el Plumas, en sus brillantes y sudorosos alazanes, (La pareja más idiota del planeta, pues no usan casco y todo para montar a caballo; majaderos)
− ¿Qué pasa, biciclista? ¿Qué has encontrado? ¿Los comancheros?
−Deja paso a los profesionales y cuídanos los caballos, azulete. Lo tuyo es dar pedales.
Sí, lo mío es dar pedales, no me gustan los caballos, a no ser hechos filetes, pero hay que reconocer que si aún quedan rastros de orden y civilización en esta zona es gracias a estos nobles animales. Yo les tengo mucho respeto, por la más mínima te pegan un mordisco, o te pisan, o te dan una coz que te revientan. Todavía recuerdo cuando bajaron los de Babia y Luna a vendernos una manada de percherones, estábamos usando unos caballitos machacados de un picadero, y se nos abrió el cielo. Imponen respeto con su presencia. Pero yo soy incapaz de montar uno. Hice mis pesquisas aquí y allá, pensando en Daisy, y en cuanto pasaron las once le dije al comisario que me marchaba casa.
−Sí, vale, has pasado la noche de guardia y ahora esto. Ya me harás el informe esta tarde. Vete a descansar un poco.
Pero los machacones de mis compañeros todavía me liaron un buen rato registrando aquí y allá, (¡Mierda! No voy a llegar a tiempo a la paella) Pero me sirvió para hacerme una idea más cabal de cómo sería el finado. Todo lo que había, especialmente en el salón, eran cosas propias de anticuarios y coleccionistas de mucha, mucha pasta. (Un reloj suizo Breitling, de edición limitada, terminó por casualidad en mi muñeca; a este chino que llevo le durará ya poco la batería. Es bueno tener repuestos en estos tiempos)
−Me las piro, agur, ¡profesionales!
Y salí de la urbanización a plato grande y piñón pequeño. (Ni de coña llegas a Quintana para las doce. Hay que cambiar de máquina) Me fui directo a casa, lavarme el culo y los sobacos en el fregadero, cambiarme de ropa, y coger la batería. Con la bici eléctrica sí que llegaré a la hora.
Y una porra, pero solo me pasé unos diez minutos, más que nada porque no sabía exactamente dónde estaba el restaurante y di alguna vuelta que otra por el pueblo. Allí estaba Daisy, sentada tan ricamente en una mesa a la puerta del restaurante, en la terraza y tomándose algo mientras me esperaba, me indicó la silla vacía.
− ¿Y esa bici?
−Es eléctrica, a pedales no llegaba a tiempo. Lo siento, he tenido una mañana muy liada.
− ¿Un vaso de vino? Dara me dijo que te gusta, está fresquito; tengo más botellas metidas en agua allá dentro.
−Una frasca de clarete fresquete, tú sí que sabes cuidar a los hombres. Se agradece inmensamente, tengo la lengua de trapo. ¿Cómo está esa paella?
− ¿No tienes nada que contarme?
−Que a tu amigo se lo cargaron esta noche, dejé a media comisaría registrando su casa. Poco te puedo contar.
− ¿Muerto?
−Muertito. Le abrieron en canal y lo despiezaron como a un cordero. Una mente desequilibrada pero con conocimientos de cirujano; por los cortes, ya sabes.
−No me indiques más que vamos a comer. ¿Un cirujano dices?
−Podría ser. ¿Sabes que el tipo era notario? ¿Habías estado alguna vez en su casa?
−No sabía dónde vivía ni que fuera notario, llevamos tres años buscándoles, fue de casualidad, ya me viste, se me ocurrió ayer coger la bici y dar un paseo por las dos orillas del río Bernesga, corría un poco de aire y se disfruta del pedaleo, y al pasar por esa urbanización le vi entrar, dejó la puerta abierta para que saliera otro vecino y me fijé en que casa entraba. Después me puse a dar vueltas por la ciudad hasta que di contigo, ya me iba a casa, no te reconocí con el sombrero militar y la barba recortada, si no es porque te rocé y me diste el alto, al mejor estilo azulete, hubiera pasado de largo.
− ¿Qué me rozaste? Casi me arrancas un brazo.
−Será quejica el tío. ¿Y tú eres El Matador? Anda, vamos, que se nos pasa el arroz. Yo entraré el vino, tú guarda la mesa y las sillas. Nadie tiene porqué saber que estamos aquí.
− ¡Pero si estabas sentada en la puta calle!
−No vive un alma en este pueblo, pero siempre puede pasar alguien. Vamos dentro. Tiene un patio estupendo y podemos comer a la sombra.
En efecto, un patio muy coqueto, con sus macetas y arbolitos, no hará mucho tiempo que aún vivían aquí. Dejo mi bici junto a la suya, tiene la gorra colgando del manillar, yo he cambiado de máquina y ella de modelito. Unos pantalones vaqueros desgarrados, un top de lunares (Talla 10 americana, copa C, me da la impresión) y una chaquetilla deportiva con capucha; no sea que me enseñe demasiado. No pasa hambre esta puñetera, y la paella tiene un aspecto estupendo, ¡Umm! Huele a hecho con amor. (Pero tiene la barriga plana como una tabla de planchar, ¿cómo lo hace? ¡Ah! que son fanáticas del Gym y esas cosas)
− ¿Estás o estabas casada, Daisy? Perdona, vaya preguntas se me ocurren.
−Tenía novio, bombero. Murió en un asalto, según me dijeron, intentando defender la clínica San Francisco.
− ¡Uff! Eso fue en los primeros días, ya hace más de tres años. Lo siento.
−Tres años, tres meses y tres días cumple hoy exactamente. Estaba muy enamorada de él, ¿sabes, man? ¿Qué tal está el conejo?
−Muy rico, ¿cómo lo conseguiste?
−Dale las gracias a Dara cuando la vuelvas a ver; sigue por ahí, ya sabes, corriendo como una cabra y cazando cosas.
−Sí, ya, algún día tendré que ir a verla, a ver si la pillo en casa. Pero es que no tenía nada que contaros u ofreceros, de veras; ahora, con este, alzacuellos como lo llamas, a ver qué averiguamos. Y de las “Cosas” esas pues fue ayer, tú estabas presente, cuando vimos uno en el parque.
−Yo no lo vi, no vi nada más que a ti salir corriendo como un loco con el revólver en la mano. ¿No te lo imaginarías? Por lo que nosotras sabemos rondan por los pueblos de los alrededores y solo matan comancheros; ya sabes, los que están…
−Pues a ver si los matan a todos, que son peor que la peste. Les estaría hasta agradecido. ¿Otro poco de vino?
Y nos bebimos las tres botellas que había puesto a enfriar en un caldero con agua del pozo artesiano. Siesta tirados en la hierba. Dios, así era la vida, ¿por qué tuvo que joderse de esta manera? (L´Occitane en Provence, era su perfume preferido, ¿sueño? ¿sueño con ella? Clara, no entiendo lo que me quieres decir, ¡Clara!)
El perfume se va y tras él me arranca del sueño más, más que contento, me giro y braceo buscando: ¿no estaba con miss Colombia esplendorosa? ¿dónde? ¡Umm! Limpiado la paella y los platos, recogiendo los cubiertos, esta es una mujer de bandera.
− ¡Daisy! Deja eso mujer y ven aquí que se está muy bien a la sombrita y tengo algo bueno para ti.
−Pues te lo guardas para cuando me haga falta y te lo pida. Levanta ya mismo y sígueme; si te he traído a este sitio es por algo.
Y salió como un cohete hacia el interior de la casa; nada, pues habrá que seguirla. En la planta baja no estaba y oí su voz que me reclamaba desde el piso superior. Venga a subir escaleras, me paso la vida subiendo escaleras; felices aquellos tiempos cuando funcionaban los ascensores. La busco de habitación en habitación hasta que la encuentro asomada a la ventana de un dormitorio.
–Eso está mejor, un buen dormitorio, buen colchón, dónde va a parar eso de revolcarse en la hierba.
− ¡Daaale! Viejo, ven y asoma, ¿por qué crees que te hice venir hasta aquí? Ven y mira, payaso, mira esa maravilla.
− ¿Que puede ser mejor que tu culo hermoso? ¿? ¡La Luna! La, la, ¡la cámara de fotos! (Abajo, en la alforja izquierda) ¡que tenga batería! ¡que tenga batería! ¡¡Que tenga batería!!
Y le quedaba batería, suelo llevar una pequeña cámara compacta en la bici para datar y detallar mis casos y cosas, especialmente las cacerías de comancheros, y procuro llevar siempre la batería cargada y la memoria suficiente. Volví a subir a la carrera y salí a la terraza exterior de la casa desde donde se distingue perfectamente, pena de tener un dron a mano, o una avioneta; pero se distingue el diseño con claridad.


Qué, quien, cómo, cuándo.
Haciendo fotos y vídeos se me fue el santo al cielo, no sé, media hora, y tan solo cuando volví a percibir el perfume femenino me giré hacia la casa: Daisy estaba sentada justo detrás de mí: Del susto casi me caigo por la barandilla para abajo.
− ¡Joder, tía, qué susto! Tienes más peligro que una compañía de gurkas nepalíes. (Y encima se ha dejado olvidada la chaquetilla, como sea encima de la cama hoy El Matador no se va sin clavarla)
− ¿Ya sabes lo que es, Samy?
−Puff, ni idea, ¿puedo sentarme a tu lado? Parece, ¿Cómo los llamaban en Inglaterra? Los circles…
−Círculos de las cosechas; te traduzco. ¿Comprendes lo que dice?
−Ni idea, chica, pero tengo un amigo matemático, Pablo, es muy majo, que tal vez sepa de qué va esto. Es también algo artista, hace dibujos y cuadros, cosas raras. Está un poco pirado pero si hay alguien en la ciudad que pueda entender algo será él, se lo enseñaré a no más tardar. ¿Sabes quién pudo hacer eso?
−Ni idea, fue Lorena quien nos avisó a todas.
−Lorena es la rubia natural.
−No, ¡la cubana! Aunque se cambia tanto de tinte que a saber qué color tendrá hoy mismo. Nos avisó hace tres días, pasaba por aquí, por la carretera, y le llamó la atención ese dibujo en el trigal.
− ¿También tiene una bici custom?
−Eso se lo preguntas a ella cuando la veas. Igual tiene una burra.
− ¡Ehhh! ¿No sois amigas? ¿Qué forma de hablar es esa?
−Sí lo somos, pero es una bruja. Nunca te fíes de ella
− ¿Y me tengo que fiar de ti?
−Pues no te fíes de ninguna.
− ¿Sabes que eres sospechosa de un asesinato? Te debería llevar conmigo a comisaría.
−Prueba a intentarlo y verás qué patada en los güevos te llevas. Yo solo voy a donde quiero ir. Y me largo. Ya me estás aburriendo.
Y con la misma tranquilidad y secreta magia que emplea Dara atravesó la pared y la perdí de vista. Bueno, ya está cayendo el sol, habrá que volver a la ciudad; esta mañana un crimen y esta tarde esto que tengo delante. El comisario se va a poner las botas conmigo.
Cuando bajé a tomar mi bici Daisy ya salía con la suya por la puerta del bar, gorra y capucha, ni una mirada ni un adiós. Apestado. De vuelta a la ciudad, como que pasaba por aquí, paré donde Dara y le grité por la ventana del salón. A ver si hay suerte y está en casa y me quiere recibir la princesa diabla. Apareció al cabo de un minuto, lleva puesta una bata blanca y largos guantes de goma, mascarilla y gafas de seguridad; por supuesto me recibió con un escueto:
− ¿Qué quieres?
−Nada, nada, (Joder con la Reina del Hielo, me ha echado una mirada que parece que me acabara de dar otra patada en el pecho) He estado comiendo con Daisy, en Quintana de Raneros, y solo quería decirte que ya encontramos a uno de la banda de los alzacuellos.
− ¿Y? ¿Lo has interrogado?
−No, a estas horas estará ya enterrado. Lo encontré muerto, asesinado seguramente, esta mañana. No sé mucho más ahora mismo.
−Pues cuando lo sepas vuelves por aquí. Espera, quieto ahí un momento.
Se retiró al interior de la casa, seguramente estará haciendo algo en el patio, el salón está tal y como lo recuerdo pero ha cambiado el fósil de sitio. En segundos apareció con una bolsita en cada mano.
−Toma, Samur, por el esfuerzo realizado.
− ¿Qué es? Gracias, ¿este olor?
−Es sosa, sosa cáustica; estoy haciendo un poco en el patio. Adiós y que pases buena tarde.
Y se fue de nuevo para adentro.
Qué mujer, incluso con esa bata de boticario se le nota un tipazo tremendo. Si me pilla con diez años menos me tiene todas las noches rondándola con la Tuna de Veterinaria, o la de Biológicas, o… (¿Y Daisy? Calla, torpedo, ¿no conoces a las mujeres? Nada les pica tanto que tener una amiga rival) Sosa cáustica, me la comería a besos, empezando por el trasero, mi water, bueno, y el de toda la comunidad está pidiendo a gritos algo de sosa desde hace años. ¿Cuándo volveremos a tener agua corriente en las casas? Calla un poco, ahora que lo pienso, la sosa se puede utilizar para muchas cosas. ¡Qué regalo!
Al llegar a casa utilicé una de las bolsitas y unos cuantos calderos de agua en el sumidero general, (¡Uff! Debería haber usado una mascarilla porque vaya peste sale de ahí) Intenté localizar a Pablo antes de que anocheciera pero no hubo manera, ahora hay que dar muchas patadas para conseguir cenar algo caliente; suele bajar a los huertos de La Candamia donde planta nabos y zanahorias y cosas de esas. Ya le veré mañana.
Al día siguiente apenas entrar en comisaría ya me estaba esperando el comisario echando mistos por el culo:
− ¡Samur! No guardes la bici, ven un momento a mi despacho.
Movida al canto, eso seguro, y eso que aún no ha visto las fotos que traigo en la cámara. Me enfrentó a un mapa de la ciudad.
−Te vas a ir ahora mismo hasta el Parque Tecnológico, en este rincón hay un edificio de usos múltiples, buscarás las oficinas de Hewlett-Packard CDS España, están en la primera planta, e investigas, especialmente en la sala de reuniones. Venga, a dar pedales.
− ¿Tengo que buscar algo en especial?
−Tu amiguito, el notario, tenía reunión hoy, esta mañana, según una nota que encontramos, en la sala de reuniones de esa empresa; era de informática, computadores, americana.
−Ya, ya, tuve una impresora de esa marca. Pero eso está a tomar por el culo de lejos a pie, ¿hacer una reunión allí? ¿con quién?
−Eso es lo que tienes que averiguar, ¿necesitas algo?
− ¿Solo ir y volver? Entonces me llevaré un HK G36 y unos cargadores en vez mi vieja recortada, ese edificio está muy alejado de todo y puedo tener encuentros indeseados.
−Coge un fusil y tres cargadores, ¿cuándo nos dirás cómo los conseguiste?
−Un día de éstos, jefe, un día de éstos.
Dejé las alforjas en mi taquilla y en la armería tomé el arma y un chaleco para los cargadores, ¡ah! llenar la cantimplora, hoy también hará calor, aunque… siempre podría acercarme hasta casa de Dara con la excusa de que me he quedado sin agua. Llena la cantimplora. ¡Ah! y descarga las fotos de la cámara al ordenador.
− ¡Espera, Samur! Llévate un equipo de protección, aquella zona estará muy caliente.
−No creo que…, si tenían reunión…
−Te lo llevas y te lo pones, es una orden. De las vías del tren para arriba sigue siendo Zona Prohibida hasta nuevo aviso. Y por lo que me ha asegurado don Pedro (es el forense de la ciudad; el último que nos queda) ese aviso tardará años, miles de años, en darse.
Vaya putada, primero a casa, a cambiarme de ropa. Espera, espera un momento, si Dara estuviera en casa podría cambiarme allí y dejar la bici a resguardo y acercarme andando. Si funcionaran los teléfonos, con una llamada saldría de dudas. ¿Qué llevar? Ropa de deporte vieja y el bañador para la vuelta; cuando regrese hará mucho calor. Meteré todo en la mochila, no se pedalea bien con los cargadores en el pecho.
No tuve que llamarla a voces como la tarde pasada, tenía el portón de la cochera abierto y estaba trajinando con alguna de sus cosas. Le expliqué el problema y no se opuso.
−Puedes cambiarte aquí y dejar tus cosas sin problema.
No me veía yo lo que se dice atractivo con pantalones cortos de turista, ¡Buff! Hará cinco años que no me los ponía y una vieja camiseta, el chaleco encima, el fusil y la bolsa con el equipo de emergencia desechable pero, bueno, también, dónde voy a ir no hará falta mucha etiqueta. Me asomé a la puerta del salón para despedirme y me topé de cara con Dara que salía a la carrera y me dio con la culata de la repetidora en la entrepierna.
− ¡Ay! ¡Lo siento! ¿Te he hecho daño?
−Solooo…un poooco. ¡Uhnn! ¿Dónde vas tan armada?
Armada y preparada, así debe salir a correr por el campo, no lleva la misma camiseta de cuando la conocí, ni la chaquetilla que le agujeré y el cabello recogido en una coleta. Una canana de cazador cruzada al pecho sobre un sujetador deportivo.
− ¿No pensarás?
− ¿No creerás que te voy a dejar entrar allí solo? ¿Has estado alguna vez?
−Alguna vez hice la ronda por el Polígono o atendí alguna llamada.
−Ese edificio está totalmente apartado de los demás; por la calle La Era llegaremos en minutos.


Al llegar al puente del paso a nivel sobre las vías procedí a ponerme el traje blanco, la mascarilla, los guantes y las gafas, como manda el protocolo, dejé las zapatillas escondidas bajo un matojo, tan solo unos viejos calcetines, y me dispuse a entrar en la zona con el fusil en la mano siguiendo los pasos de Dara; es una pista de tierra y me gusta andar descalzo. Dara la Cazadora. El edificio está justo delante, todo envuelto en vidrio azul. El terreno está vallado pero un poco más adelante Dara me indica una gatera y pasamos a terreno del polígono; en cinco minutos estamos en la puerta del singular edificio. Tiene las puertas reventadas; se habrán llevado cualquier cosa de valor.
− ¿Dónde tenemos que buscar?
−Oficinas del 201 al 213. Sala de reuniones en especial. Hoy el alzacuellos tenía una reunión aquí.
− ¿Aquí? ¿En este edificio? ¿En la Zona Prohibida? Lo saben hasta los niños que no se puede cruzar las vías del tren.
− ¿Y tú? ¿No te afecta la radiación?
−No como a ti, si estoy mucho tiempo o cuando subí hasta el aeropuerto, lo hice en bici, bobo, empiezo a sentir un calor, sobre todo en la cabeza que me hace salir pitando. Me afecta pero no me mata; al menos por el momento no, no me ha matado. Busquemos esa sala de reuniones.
Salas y más salas vandalizadas, destruir por destruir, para qué quieres un aparato informático si no tienes electricidad; trabajo de comancheros sin duda. En la sala de reuniones, que no es gran cosa, no hay nada, nada excepto cuatro botellas pequeñas de agua que aún contienen algo de líquido tiradas en la papelera. Aquí hubo reunión hace pocos minutos. Dara me asiente con la mirada. Me llevo los tapones en el chaleco. Seguimos la visita y mi ojo avizor descubre una taquilla cerrada en una de las salas. Estas manitas y mi juego de llaves maestras abren cualquier puerta.
− ¡Coño, un portátil! Un portátil y de los buenos. Está como nuevo.
− ¿No irás a llevártelo?
−Aquí lo voy a dejar. −La cartera, de algún jefazo seguramente, contiene todos accesorios del ordenador y además un escáner portátil. Todo de la misma marca. El comisario va a comerme a besos.
−Pero, a ver, azulete, ¿para qué quieres este aparato si no tienes electricidad?
−En casa no pero sí en comisaría.
− ¿Qué tenéis luz en comisaría?
−Y en la biblioteca, en la clínica de La Regla, y unos cuantos sitios más. Y también en algunas comunidades de vecinos y casas del centro; no tienen para poner la lavadora pero sí para encender las bombillas y alguna cosa más.
− ¿Y de dónde sale esa electricidad?
−Los particulares de placas solares y la ciudad del río.
− ¿Del río? ¿Qué río?
−El Bernesga, ¿nunca te has fijado en una presa que hay al pasar por el Puente de los Leones? pues tiene una turbina y alimenta la ciudad; es poca cosa pero sirve para tener algo de electricidad de día y cargar las baterías de noche. Y así llevamos tres años funcionando.
−Así decía yo que algunas veces, de noche, veía luces en la ciudad. Pero pensaba que quemaríais algo.
−En los primeros meses especialmente así fue, se quemó de todo en las casas sobre todo, y en los inviernos, que han sido terribles, y a la gente le da por quemar cualquier cosa con tal de tener algo de calor o para cocinar; hemos de tener una guardia permanente en la biblioteca pública o ya no quedarían libros en la ciudad.
−Ya, este invierno pasado fue pavoroso. Seguramente el frío y el hielo mató más gente que los comancheros.
−Lo más probable pero no tenemos cifras fiables. Es tremendo, somos como pingüinos de acuario, ya no recordábamos lo que era el frío en esta ciudad y cuando nos han venido estos inviernos crudelísimos la gente cae como pajaritos. ¿A ti no te afecta, verdad?
−No, puedo andar por la nieve descalza sin problemas. ¿Nos vamos?
Al llegar a la trinchera del ferrocarril procedí a tirar todo lo que llevaba puesto excepto el chaleco y el arma.
−Samur, razona un poco, ese maletín también estará radiactivo.
−Pues lo meteremos en la fresquera hasta que se le pase. ¿No te importará caminar junto a un hombre desnudo?
−Ya te he visto el culo, carapijo, camina delante y rapidito, que tengo ganas de llegar a casa.
−Joder, con la sargento. Tú en los paracas hubieras triunfado.
Apenas llegar a su casa desapareció rauda como una gacela y mientras yo me ponía el bañador, guardaba el chaleco en la mochila y sujetaba el maletín en el portabultos de la bici a Dara ya le había dado tiempo a ponerse la bata blanca y los guantes de goma; en sus manos sujetaba un paquete sospechoso.
−Toma, Samur, para que sigas investigando, necesitas alimentarte.
− ¿Qué es? ¡Jamón!
−No, cecina de caballo; a mí no me complace, demasiado dulce.
(¡Joder! Cecina de caballo, huele, huele a gloria bendita. Bueno, yo, yo a esta mujer…) Pero antes de acertar a decirle gracias ya estaba atravesando la pared y desapareciendo de mi vista. Mensaje recibido.
Continuar la investigación.
Sujeto la carne, más de cinco kilos de cecina maravillosa, sobre el maletín en el portabultos y me las piro a pedal.
J´adore.
Se baña en J´adore la muy bruja, como la rubia del anuncio aquel.
Mi idea es ir directo a casa pero tendría que dejar el computador en comisaría pero echarían mano a la cecina, ¿entonces? Paro un momento al llegar a la plaza de toros y discurro: A mitad de camino vive Pablo, dejo en su casa la cecina y me lo llevo a comisaría para que vea las fotos.
Vale, me cobrará la mitad de la pieza por el servicio pero no hay nadie como él en doscientos kilómetros a la redonda. ¿Y si…?
Media cecina o no hay trato. Y menos mal que no se queda también con el computador. Menudo águila está hecho el matemático. Cuando estamos en mi oficina revisando las fotos un olor a mentol me hace levantar la vista del monitor: el forense.
− ¿Qué tal, don Pedro? ¿Alguna conclusión fiable? ¿Se quitó el sombrero para llevar a cabo la autopsia?
−Una autopsia es una cosa muy seria y un forense nunca se quita el sombrero en estos casos. Lo mataron a medianoche y lo despiezaron con un cuchillo de caza.
− ¿De este tipo? Y le enseño el que suelo llevar sujeto a la pierna.
−Mucho más grande. De los que se usaban para despiezar ciervos y piezas mayores. Muy grande. Una muerte terrible. ¿Tienes alguna pista?
−Que tenía cuatro amigos; después pasaré a ver al comisario.
− ¿Qué estáis mirando ahí?
−Nada, unas fotos.
El fiscal se da el piro con su sombrero tirolés dejando la oficina oliendo a mentol, lo que siempre es de agradecer en estos tiempos.
− ¿Qué opinas, Pablo? No paras de escribir fórmulas con la tiza, me estás poniendo la mesa perdida.
−Es una tabla de cálculo, una chuleta, eso es.
− ¿Chuleta? ¿De cerdo o de ternera?
−De matemáticas, física y química, un poco de todo. Como las que hacía yo de estudiante para memorizar lo más importante ante un examen. Tiene desde relaciones trigonométricas hasta la fórmula de la desintegración del uranio. Todo compilado en forma de disco y en notación octal.
− ¿Octal? ¿Eso qué quiere decir?
−Que el que ha hecho esto no usa ni el sistema decimal ni el binario usa el octal; hace las cuentas de ocho en ocho, para que me entiendas.
−Lo que tú digas, yo solo hice la E.G.B. ¿tienes idea de quien pudo hacerlo y cómo?
−Tal vez, en otro tiempo, yo podría haberlo hecho con media docena de alumnos, en plan de broma. Pero ya no tengo alumnos. Ni idea, pero te estoy agradecido, ha sido una gozada ver esto, te invito a cenar.
−Mi cecina.
−Y los mejores productos hortícolas de la huerta del Torío.
−Pues eso está hecho, ¿una hora antes de anochecer?
−No, cuando anochezca, hace mucho calor. Sin prisas, tengo algo que quiero que veas, no es como estas fotos, tan espectacular, pero interesante.
−Pues hasta la noche, tengo que hacer todavía el informe para el jefe de la jornada de hoy.
Tararí que te vi, corneta; a ver qué me tiene preparado el señor de las fórmulas esta noche.
− ¡Uff! Ancas de rana, ¡picantonas! Este olor alimenta.
−En agradecimiento por las setas de hace dos semanas, ¿sabes que empezado a cultivar algunas en los trasteros?
− ¿Y dónde conseguiste la paja?
−En unos campos cerca de Villaobispo; me tuve que dar una buena tunda a segar y atropar, pero funcionará. Por cierto, da gusto verte vestido de humano.
− ¿Lo dices por mi pelucón Breitling, edición limitada?
−Y porque vas vestido de persona, no de comanchero. No sé cómo todavía no te han pegado un tiro tus compañeros o algún vecino.
−Vale, vale, no te metas conmigo; una cosa: ¿por qué nos alumbramos con velas? ¿te has vuelto a quedar sin batería?
−Ando como loco buscando electrolito por toda la ciudad y, bueno, aproveché estas damajuanas para hacer unas bonitas lámparas, se crea un ambiente más…
− ¿Sigues con la china?
−No la llames china, se llama Helena.
−Es la que te baja por agua al caño.
− ¿Y a ti quien te baja?
−El vecino, lo hacemos en días alternos, lo de llenar los calderos.
−Desde que perdiste a Clara vas en picado; nunca habías fumado y ahora pareces un ferroviario.
−No soporto cómo hiede esta ciudad, me supera, no puedo. Tus velas huelen bien, es agradable, ¿Cuál es el segundo plato? Por cierto, también se agradece que te hayas vestido para cenar, con este calorazo, ¡vuelve la civilización!
− ¿Por qué lo dices?
−Siempre vas con esa ropa de cazador que huele a jabalí; a ver cuándo la lavas.
−No se le va el olor ni a la helada.
−Ahora se le irá, toma.
Y le di un par de pastillas de jabón que había hecho esa misma tarde. Tratar con Dara es más productivo de lo imaginable.
− ¡Jabón, cabrón! ¿Cómo lo has conseguido?
− ¡Ah! Magia potagia.
− ¿Te gusta la magia? Te haré algo de magia ahora mismo, sí, para tus ojos. ¿Te acuerdas del muelle Slinky?
− ¡El muelle con el que jugábamos de críos!
−Observa bien porque así estás tú. Voy a dejarlo caer al suelo. No pierdas de vista el aro de abajo.
Y ante mi mirada estupefacta soltó el muelle extendido que comenzó a retraerse hasta unirse el aro superior con el inferior ¡y solo entonces el muelle cayó al suelo!
−Samy, tú eres como este muelle, desde que perdiste a Clara, que era la que te sujetaba, no has dejado de caer y en cualquier momento tu parte superior, anímica, se unirá con la inferior, biológica, y te desplomarás por completo, ¿lo entiendes? Vas en picado. De segundo tenemos lonchas de cecina con canónigos, los recogí esta mañana, ¡cómelos! Necesitas vitaminas, vitaminas de verdad, no pastillas del ejército.
−Gracias, Pablo; sí, me los comeré, y sí, yo también tengo la sensación de que en cualquier momento el mundo se me vendrá encima, pero voy aguantando. Bueno, aguanto yo y aguanta esta ciudad.
Unos tragos finales de aguardiente de mostajo me animaron, tal vez más de la cuenta, ya estaba por ponerme a cantar algo de rock, y no me esperaba el riff final.
− ¿A qué te referías con que tenías algo para mí? Algo interesante.
− ¡Eh! Sí, ven, acércate a la ventana. Te lo enseño a ti porque no solo eres policía si no también una buena persona, o al menos antes lo eras. Observa.
Primero utilizó un puntero láser para indicarme la dirección en la que debía mirar y después colocó un visor de visión nocturna sobre un bípode para que mirara.
−Sí, son esas ventanas. Mira con calma.
Hay cosas que incluso a un policía experimentado le revuelven el estómago y hasta me sacó la bilis de dentro y me subió un vómito y me tuve que retirar de la ventana tosiendo y dando arcadas.
−Toma, bebe este licor de hierbas, es muy fuerte y se te pasará la bilis.
− ¡Quita! Voy a ir y…
−Ahora no, quieto, otro día, cuando se te pase, hoy te liarías a tiros y los matarías a todos. Te vas a tomar otro par de vasos conmigo y después yo te, sí, yo te acompañaré a casa, y si hace falta te meteré en la cama. Siento mucho la putada que te he hecho pero debías saberlo. Te pasas las horas, tú solo, patrullando las afueras de la ciudad y me parece que no sabes qué clase de gente estás protegiendo. No quiero que te despedacen unos comancheros mientras esa gente podrida medra…
−Es el trabajo que me dan; el jefe dice: ¡sal hasta tal sitio! Y yo salgo pitando y dando pedales, apenas me encarga algo en el centro. Es así la cosa.
−Pues dales un toque a tus compañeros a ver si se van enterando.
−Lo haré; tienes que perdonarme amigo, me dejé llevar por un arrebato; ante todo soy un representante de la ley y el orden.
−Y así tienes que seguir siendo; vamos, te acompaño a tu casa.
A la mañana siguiente la resaca me hizo recordar, vagamente, lo que había visto con el visor nocturno así que de camino a comisaría tomé nota fiable del edificio y el piso observado. Tal vez Peñín no esté tan alelado como siempre y me coja el chivatazo e investigue esa infamia.
Ciudad cloaca y oscura.
−No se admiten delaciones en esta ciudad y reino. ¿Tienes pruebas de lo que dices?
(¡Pues no te jode el Guaje! Si toda su puta vida ha medrado a base de chivatazos)
− ¿Sabes quienes viven en ese edificio, manín? ¿No? Pues gente de categoría, de los que mandan, ¿te enteras, azulete? De los que mandan aquí. Pira con la bici y que no te vuelva a oír, ¡largo!
(Si no le cojo la cabeza y se la estrello contra la pared es por la puñetera resaca que atormenta la mía. Pero esta se la guardo, vaya que si se la guardo.)
−Vale, disculpa, Peñín, nos vemos.
−¡¡Samur!! Deja lo que estés haciendo; te vas pitando para Carbajal de La Legua. Al final del pueblo están trabajando en la traída de agua, te llegas hasta allí y darás protección a los obreros mientras arreglan la avería. Que pases buen día.
− ¿A Carbajal? Joder, que se protejan ellos.
−Los vas a proteger tú, porque lo mando yo, y porque se ha hecho un pacto con su junta vecinal y cuando arreglen la avería se pondrán a trabajar en un enlace con las Eras de Renueva. Por si no lo sabes en esta ciudad nos hace falta agua, agua corriente en los grifos, ¿lo pillas?
−Pillado.
Yendo hacia Carbajal, al pasar por el Monte de San Isidro, algo debí notar, una sensación extraña, un olor terrible, comenzó a picarme la nariz como si tuviera alergia al heno así que me llego hasta el final del pueblo, una pista forestal que sube en cuesta, estoy sudando como un caballo, estornudando y moqueando, y sigo hasta ver al grupo de obreros junto a una caseta. Están sentados en círculo y casi todos armados con escopetas de caza, los picos y palas tirados por el suelo. Me identifico.
−El Matador, claro, no podían mandar a otro.
− ¿Qué pasa? ¿Tengo que hacer yo de capataz de obras? ¿Qué estáis esperando?
−No, lo que tienes que hacer es de policía, tienes que ver esto.
El que parece ser el capataz me lleva hasta unos árboles cercanos y me indica para mire detrás. Nunca me acostumbraré al horror, y mi mandíbula va abandonar un día este cráneo y marchará sola mundo adelante. Está cansada de la apriete tanto. Y no puedo evitar las arcadas y devolver lo poco que llevo en el estómago.
Son los restos de un hombre. Trozos, partes, algo de ropa, la cabeza abierta (Lo te dijo Dara, primero se comen los sesos) Le pido al capataz que me consiga una pala y así aprovecho un minuto para investigar a solas. Van a tener razón las diablas, contra esto, lo que sea, de poco me servirá la recortada. Unos pasos más allá descubro un machete enorme y por lo que queda de las ropas no me quedan muchas dudas: comanchero. El capataz me ayuda con otra pala y en minutos tenemos enterrados los restos.
− ¿Qué pudo haber hecho esto? ¿Se comen entre sí y dejan los restos tirados por el monte? usted es el que más sabe de comancheros, según su jefe.
−Esos desgarros, esos bocados, son de zarpas y mandíbula enormes. Será un oso, y grande. Y este sería un merodeador, uno que venía de avanzada, el oso les libró de un ataque la noche pasada al zampárselo. Tendrán que estar vigilantes, los osos no aúllan cuando atacan como esas bandas de pirados. Son sigilosos.
Y el que se tuvo que pasar horas y horas vigilante y sigiloso fue quien esto escribe. Buscando la sombra aquí y allá, subiendo a este monte y al de más allá y hasta la orilla del río; de buena gana me tiraba a chapotear un rato. Apenas pararon un rato para almorzar algo, no me convidaron, y sobre las 18.00 daban por arreglada la avería; bajamos al pueblo para comprobarlo y una vecina tuvo la amabilidad de llenarme la cantimplora por dos veces pues estaba seco y la primera me la bebí de tres tragos.
De vuelta a la ciudad, voy muy despacio, prefiero desviarme y volver a pasar por la urbanización donde vivía el notario, el alzacuellos, por si noto algo raro, estoy hecho polvo, sin probar bocado desde el desayuno y ya me he bebido la cantimplora, todavía termino en el río intentando cazar truchas a mano. Aprovecho el viejo carril bici para ir bajando hacia San Marcos, al menos corre un poco de aire al lado del río; esto parece Marrakech. Al llegar a la pasarela de La Junta veo una mujer y unos críos jugando y bañándose en el río, reduzco la velocidad y termino frenado a tope al reconocer una bicicleta muy curiosa.
− ¿Daisy? ¿Eres tú, Daisy?
La mujer se gira hasta verme y me saluda con la mano, comienza a salir del agua y yo dejo la bici para ir a su encuentro.
−Qué alegría verte, te reconocí por la bici, ¿son familia tuya los niños? Chica, no sé, estás…
−Estaba mojándome los pies en el río aprovechando que tengo estas sandalias especiales para andar por el agua. Es el único calzado que me queda sano, los niños viven en las casas de enfrente.
−Lo decía porque, bueno, en fin, esos pantalones te quedan muy bien.
− ¡Ayyyy, pillo! Este Samy se fija en todo. Son leggins estilo vaquero, ¿cómo me ves?
−Maravillosa, pero, ¿dónde está ese culo portentoso? ¿cómo te lo has reducido? ¿Cirugía estética?
−Burlón, que todo lo quieres saber, pero para burlarte de las mujeres. Debajo llevo, (y se sube la camiseta hasta el ombligo) una faja moldeadora, está hecha de biocerámica ¿sabes?, es para evitar la celulitis, y me sujeta el trasero.
− Tarzana, ¿tú con celulitis? Pero si tienes un tipazo… no sé dónde metes lo que comes. ¿Y no te asas de calor? ¡Ah!, ya, perdona, claro, disculpa; estoy que desfallezco, no he comido nada desde esta mañana.
− ¿No tienes nada para comer?
−Algo tengo para cenar, no te preocupes, ya me arreglaré; por cierto, ¿por qué siempre te encuentro sola? ¿Nunca ves a tus amigas?
−Estuve hoy comiendo con Montse y pasando la tarde pero la dejé jugando al tenis con Anita.
− ¿Con…Anita? ¿? ¿Al tenis?
− ¡Claaaro! ¡Anita! La rusa, la que lleva el pelo negro cuervo, ¿no la recuerdas? Les encanta el tenis, las dejé dándose pelotazos en la Casa de León, ¡se machacan! Ya sabes: pelota va pelota viene.
−Nunca jugué al tenis. ¿En la Casa de León? Desde el verano pasado no he vuelto por allí; lo recuerdo todo devastado.
−Pero la cancha de tenis está genial; eso dicen ellas. Bueno, ya he hablado más de la cuenta, si quieres verlas ya sabes dónde encontrarlas.
−Bien, me acordaré, Montse y Anita juegan al tenis en las afueras de esta ciudad arrasada; una cosa: si visitas a Dara dile que ya he visto el primer comanchero descabezado, esta mañana, al norte de Carbajal de La Legua. Un espanto. Devolví lo poco que había desayunado; estoy en ayunas.
−Pues tienes que comer, Samy, o no nos serás de ayuda. ¿Comes conmigo mañana?
− ¡Comer! ¿Comer? Comer, ¿dónde? ¿Cuándo? Comerrr, comer o desfallecerrr.
−Deja de hacer el ganso. Mañana al mediodía en el sitio de siempre.
− ¿Tan lejos hay que ir para disfrutar de tu presencia amorosa?
−Tiene una cocina estupenda y que aún funciona.
− ¿Y porque no…a tu casa?
−No eres mi novio, guapo, ¡qué más quisieras! Hasta mañana.
Y se subió a la bici y se largó a toda mecha. Nalgona dice. ¡Uff!
Unos crujidos en el vientre me recordaron que alguna vez hay que comer en esta vida, así que, venga, a informar en comisaría y cenar algo o mañana no habrá quien me levante de la cama. (Son unas brujas, unas brujas auténticas, con ese cuerpazo que tiene y va con el culo más apretado que las planchas de un submarino; ¿estará buscando novio? ¡Bah! ¿quién entiende a las mujeres?)
Camino de casa me llama la atención un pequeño grupo de mujeres charlando animadamente mientras cogen agua del caño. ¿Coquetería? ¿Superchería? ¿Por qué se afanan tanto en arreglarse el aspecto para ir a llenar unos calderos de agua? Ellas enredan con sus deseos y Eros sobrevuela ligándolas en sus afanes. Se me hace de noche.
Casi a la puerta de casa un tipo vestido con ropa de camuflaje y andares imprecisos me llama la atención: Es Pablo, lleva un par de táperes con algo dentro.
−Traigo algo para ti, pistolero, ¿me invitaras a cenar, supongo?
−Hombre, si traes tú la cena, invitado quedas. Espera que guarde la bici y subimos a casa.
− ¿Por qué sigues viviendo en esta casa? Y en un cuarto piso.
−Es muy soleado y ventilado y los hongos solo llegan hasta la segunda planta. Se está bien.
− ¿No será por los recuerdos?
−Alguno tendré. A ver, ¿qué traes ahí con tanto misterio? Voy poniendo la mesa.
−El primer recipiente es un regalo de Helena.
−Tu esclava sexual china
− ¿Esclava? Mira, no empieces a joderme con tu racismo de mierda o me largo ya mismo.
−Vale, que ¿qué estoy echando en los platos?
−Es crema de calabacín y algas. Prueba y dime qué opinas.
− ¿Algas? Ahora me estás jodiendo tú a mí, ¿de dónde vas a sacar las algas en este muladar? Calla, esto, esto sabe muy parecido al sopicaldo, la sopa boba, pero en fuerte, fuerte.
−Ahora ya sabes de dónde sale el sustento de esta ciudad y que Helena, como la vuelvas a llamar china te colgaré por los cataplines, fue la que obró el milagro de que no nos hayamos muerto todos ya de pura inanición.
− ¿Ah, sí? Joder, esto está cojonudo, espesita la cremita.
−Era profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Biológicas y Ambientales antes de la guerra.
−Claro y tú ibas a ayudarla a contar microbios.
−Buen microbio estás hecho tú. No la conocía por entonces. El caso es que, bueno, se salvó lo que se pudo, recordarás como fue aquello y que se trajo el material que funcionaba y se instaló en el Palacio de los Guzmanes aprovechando que tenemos algo de electricidad en el centro de la ciudad. Y es esto, lo que te estás cenando, alga espirulina. Helena estaba investigando con ella y montó todo el tinglado, es codirectora del Centro Alimentario que hay en Los Guzmanes.
−Pues yo que pensaba que se hacía a base de verduras y lo que sea que cuezan en las ollas industriales. Esto está cojonudo.
− ¿Y de dónde sacas tú tomates con las nevadas que cayeron este invierno? ¿En las ollas? Pues yo tampoco sé que echaran; ya no quedan ni perros en esta ciudad. Vivimos gracias a las algas, viejo amigo. Será sopa boba pero metemos algo caliente y nutritivo en el cuerpo.
−Bueno, pues dale las gracias a tu es… ¡joder!, no pegues en la cabeza, ¡si solo la he visto alguna vez de lejos! Yo lo que te he oído contar. Que dile que le agradezco que me llenara un táper de sopicaldo especial ¡Palacio de los Guzmanes!
−Este que estamos tomando no es de allí, lo hace ella en casa, cultiva sus propias cepas de alga, yo le añadí el calabacín e hice la crema.
− ¿Tiene un laboratorio en casa?
−Ni yo mismo sé lo que tiene montado, nunca me ha dejado verlo. Además de en la universidad trabajaba en Biomar, en el Parque Tecnológico, buscaba cura para el cáncer o algo así experimentando con algas.
−Vaya, pues ayer estuve casi al lado de ese edificio.
− ¿Que entraste en la Zona Prohibida? ¿Tú estás loco o qué? ¿Tú solo patrullando por una zona radioactiva? Cada día estás más pirado.
−Pirado estaré, no te lo puedo negar, pero es por una investigación oficial, no te puedo contar nada, y no entré solo. De allí me traje el computador portátil, por eso no te lo podías quedar. Soy poli, joder, no puedo contar todo. Oye, que esto llena que no veas. ¿Y que traes en el segundo táper?
−Jugo de tomate, me quedó bastante espeso pero…
−Pero quieto donde estás. ¡Jugo de tomate! Esto hay que celebrarlo, espera un minuto que voy a buscar algo para rebajarlo.
Carrera escaleras abajo, a los trasteros, licorería es la tercera puerta a la izquierda, ¡vodka Smirnoff etiqueta roja! Un día es un día. Jo, tiene razón Pablo, me paso la vida subiendo escaleras; me voy haciendo viejo, de paso subiré un caldero de agua.
Debió marcharse en algún momento, no sé cómo llegaría a su casa con el pedo que tenía, pero yo amanecí tirado en el sofá y la cabeza como un zombi. ¡Uhnn! Esto solo tiene una cura: ¡más vodka con tomate!
Bajo andando hasta comisaría, hoy no me apetece hacer nada, de hecho no recuerdo que tuviera nada pendiente, es que ni recuerdo, camino, soy el Fantasma que camina, como me cruce con Peñín todavía le suelto una hostia que lo estampo contra la pared, de eso sí me acuerdo, ¡gilipollas!
Para qué iría tan pronto al curro, ¿qué curro? Apenas poner el pie dentro, parece que me huele, el jefe ya me está gritando, ya me está gritando y hoy no tengo la cabeza para mascletás.
−¡¡Samur!! ¿Qué tenemos aquí? Sí, en el ordenador de tu oficina, que como bien sabes no es de tu propiedad. ¿Qué es esto? ¿Cuándo me lo pensabas contar? ¿Desde cuándo trabajas por libre?
−Lo siento, jefe, disculpe, no he hecho ningún informe pues solo tengo estás fotos y… (¡Quieto! Ya tienes la excusa para pasar el día con Daisy) Y quisiera que me diera permiso para volver al lugar e investigar más a fondo. Es algo muy extraño.
−Ven a mi oficina y me indicas en el plano el lugar exacto donde está ese dibujo.
En la oficina me tuvo casi una hora dándome la vara con el dibujito hasta que le solté lo del octal y tal, que pueden ser unos chiflados que saben matemáticas y no tendrán nada mejor que hacer.
−Mira a mí no me vengas con rollos que solo me fío de lo que me cuenta la Guardia Civil y en esos pueblos cerca de La Virgen del Camino hace más de dos años que no vive ni dios. Los supervivientes o se vinieron a la ciudad o andan por los montes aullando.
−Por cierto, jefe, ¿sabemos cuánta gente vive en esta ciudad?
−No lo sé ni yo y menos aún el alcalde. Estamos pensando en hacer una fiesta…
− ¿Una fiesta? ¿Y eso?
−Sí, ceporro, una fiesta, con motivo de la llegada del verano. El verano astronómico, porque ya pasamos aquí más calor que en Sevilla, en la Sevilla que yo recuerdo; sabrá Dios cómo estará ahora aquello. El caso es que se repartirá comida y regalos en la Plaza de las Palomas y de paso iremos tomando nota y filiación de todos los penitentes para a ver si conseguimos tener una especie de censo de la gente que vive aquí. Vete haciéndote a la idea de que te pasarás horas apuntando nombres y datos, estarás en la Mesa Petitoria.
− ¿Ni una idea aproximada?
−Entre doce y quince mil personas es el cálculo que yo he hecho. Ala, ya puedes pirarte, sí, te puedes llevar un HK-G36, paso aviso a la armería. Y gracias por el portátil, según me ha dicho el técnico está incólume y en unos meses habrá conseguido descontaminarlo; buen aparato.
Bueno, me he librado de un buen tirón de orejas, o una patada en el culo porque este jefe según le pilles… ¿Y ahora? Ya sé, zapatos, ¡zapatos! No, zapatillas deportivas, siempre anda en bici. No, zapatos, tienen que ser zapatos o si no olvídate de esa cachonda. ¿Dónde encuentro ahora unos zapatos para Daisy?
Chalaneando por aquí y por allá consigo dos pares preciosos, me deben unos cuantos favores en esta ciudad, además ¿quién se pone unos zapatos así en estos días? Alguien como Daisy. Son del número 39, espero acertar, y que me deje ponérselos. Los llevaré en las alforjas, la recortada y su munición se queda en casa que ya llevo el fusil automático; iré con la bici eléctrica que no soy precisamente Alberto Contador. Cómo se notan los años; me paso los días montado en la bici, tengo las piernas como leños, ¡y que no hay día que no me levante y no me duela algo! Y cada día algo diferente.
Como llegué con tiempo de sobras al pueblo me entretuve haciendo docenas de fotos y algún vídeo desde diferentes posiciones. En el interior del círculo las hierbas altas y el cereal semisalvaje está aplastado en el sentido contrario a las agujas del reloj. ¡Y encima es zurdo el chorras este! Me llevo algunos tallos para mirarlos al microscopio, recuerdo haber visto algún documental en la tele sobre el tema: jubilados y estudiantes universitarios con ganas de tomar el pelo a la gente. Ni idea de con qué pudo hacer esto. Al mesón, que el sol ya casca de lo lindo, quema la piel, y mira que soy moreno de cojones pero siempre con camisa de manga larga y ya solo me quito los guantes de ciclista cuando estoy en casa o en la comisaría; bueno, me los quitaré para comer y… ¡probar zapatos a Cenicienta!
El olor a cocina me indica que Daisy ya está en el mesón así que la llamo a voces para que salga a abrirme la puerta en vez de usar mi llavero. Lleva puestos los mismos vaqueros de ayer y una camiseta de tirantes con un lema escrito en la pechera: No soy tu princesa. (¡Uff! Pues serás mi condesa, mi marquesa, mi…y haberte puesto un sujetador, que este se está poniendo ya muy gordo. Vale, meter la bici al patio.)
− ¡Uhm! ¡Qué bien huele aquí!
Su mirada es una mezcla de: “Estamos en guerra tú y yo” y “Tú y tu puñetero mundo me importáis un carajo”, pero unas salchichas enormes se están dorando en la parrilla y hay cuatro botellas de clarete enfriando en un caldero con agua. Abre una y disimula. ¿De qué va esta tía? Es un dolor mirarla, estoy trempando desde que me abrió la puerta, y después me lanza unas miradas de: te voy a partir la cara por la menor pijada.
En fin, ya vienen las salchichas.
− ¿Ya viste a Dara? (Cojonudo, cagada mayúscula, mirada de: te voy a partir por la mitad. Atento a los cuchillos)
−Sí, esta mañana, no, no sabe que hoy estoy comiendo contigo; me despellejaría la muy puta. Le conté lo del comanchero que encontraste. ¿Ahora nos creerás? ¿Nos cree el comisario?
−Le dije que lo habría matado un oso, y a los del pueblo también, ¡cojonudas las salchichas! ¿Sabes que cada vez hay más ataques de lobos? Y tú andas por ahí, sola, y con esa bici de juguete. Quiero que tengas más cuidado.
− ¿Te…preocupas… por mí? ¿Tú? Un poli. Tú andas a putas, como en los viejos tiempos, a mí no me engañas. Ni a ninguna de las otras. ¿Te gustan las salchichas? Las hace Lorena.
− ¿Que la cubana sabe hacer salchichas? No dejaréis de sorprenderme.
−No te imaginas la cantidad de cosas que sabe hacer. Nació y se crió en Cuba, idiota, es una superviviente nata, no, no te imaginas lo que sabe hacer ni cuánto la debemos las demás; sin ella… ¡Uff! Que mal lo hubiéramos pasado, pero tú solo le ves la cola.
− ¿Que tiene cola? ¿Qué es? una…
−Culo, cabrón, o como lo llaméis en esta tierra. Abre otra botella, ¿te gusta la carne de venado?
− ¡De venado! –De la impresión me tiré el vaso de vino por encima, me puse perdido y tuve que quitarme la camisa y lavarla en el caldero. Me quedaré luciendo pechito, que estamos a la sombra, a no ser que me tenga guardada una camiseta para mí con el lema: No soy tu…príncipe. Ya viene con la cazuela y el guiso de venado, ¡Viva Colombia!
A la tarde placentera tan solo le falta un buen café recién hecho, y que esta vez no se ha traído la manta para echarnos en la hierba pero hay chupitos de licor de café y Daisy no se queja de fume un cigarro tras otro y que no pare de decir chorradas (¿Saco a ahora los zapatos o espero a que me haga la digestión? Este licor ya la está dulcificando las facciones y no echa esas miradas de: te clavaré este cuchillo en la espalda en cuanto te gires)
−¡¡Qué ha sido eso!! –Yo también me he sobresaltado y estoy en pie con el corazón en un puño. Fue un crujido tremendo en la puerta del bar, como si quisieran tirarla abajo. Daisy sale como una flecha hacia el interior y yo la sigo todo lo raudo que puedo. ¡Otro castañazo tremendo! El fusil. ¡Eh! Es Daisy, que me está tirando del brazo hacia dentro del edificio mientras con la otra mano me indica silencio poniendo un dedo en la boca.
Subimos a la carrera al piso superior y miramos por las ventanas que dan a la calle. No se ve a nadie.
−Estarán bajo el tejadillo y no les vemos, quieta aquí que voy por el fusil. –Y me vuelve a tirar del brazo y me obliga a agacharme.
− ¿No notas ese olor? Me susurra al oído. −Es decírmelo y ya me está picando la nariz, Daisy lo nota y me tapa la nariz para que no estornude. Todo mi cuerpo está en alerta roja pero el entrenamiento es el entrenamiento. Asomo agazapado tras los cristales, sí, parecen dos ¿sombras? Parecen gorilas gigantes pero se mueven como tigres cazando, ¡qué digo! Guepardos.
−Van al otro lado de la casa, le susurro al oído.
−Olerán los restos de la comida. Vamos. Y tira de mí para llevarme hasta la ventana del dormitorio. − ¿Les ves?
¡Crunch!, otro topetazo tremendo que se ha notado en toda la casa. Ha debido ser contra la verja de hierro. A ver si aguanta. (¿Qué te ocurre? Debe de ser ese puto olor a no sé qué, estoy perdiendo el control, que lo estoy perdiendo. Espera) Estoy sentado bajo la ventana intentando que el corazón no se me salga del pecho y Daisy se me acerca con las manos abiertas como diciendo: ¡a ti que te pasa! Boqueo como un pez fuera del agua. Ella cierra la ventana.
El cerebro reptiliano, o lo que sea, actúa más rápido que el cerebro parlanchín y la tomo las manos y la echo sobre mí. Se me queda mirando con cara de: ¡a ti que te han dado!
−Frótame, Daisy, por Dios Bendito, frótame con todo. −Le susurro al oído.
− ¿Qué te frote? ¿Con esas “Cosas” fuera?
−Sí, necesito tu olor, ¿comprendes? Es algo que me enseñó Dara, aquella noche que nos atacaron, ¡me huelen! Notan mi olor a…hombre. Le digo casi comiéndole el lóbulo de la oreja. −Necesito tu fragancia a hierbas francesas.
Se separa de mí lo suficiente para comprobar que no está hablando con un enajenado y súbitamente comprende. El olor a macho, arruga la nariz. Se yergue y me susurra:
−No te preocupes.
Se suelta el botón del ajustadísimo pantalón, y se lo baja, se acerca a mi rostro, me agarra la cabeza y me empieza a frotar la cara contra sus bragas de fantasía. (Ahora sí que voy a reventar, pero por todas partes) De repente me coge por el cabello y me obliga a levantarme y alejarme de la ventana, me tira sobre la cama, salta a caballito sobre mí y comienza a quitarme los pantalones. (¡Al fin! ¡Libertad! Parece que le escuchara decir al tronco que tengo entre las piernas, y en dos segundos estoy presentando armas) Cómo se nota la veteranía en todo. En minutos me tiene comido a besitos de los pies a la cabeza, por delante y por detrás, y se ha frotado conmigo con todos los milímetros de su preciosa piel. (¡Esto va a reventar! ¡Que va a reventar! Dile algo) Pero antes de que se capaz de decirle nada ya tiene mi ardiente lanza guardada en su fresca cueva. No me he corrido directamente por el frescor extraño pero parece que mis cojones fuesen dos calderas. Cuando intento nuevamente decir algo otro Crunch tremendo hace retemblar toda la casa. Quieto, déjala hacer, ¡y vaya si sabe hacer! Además, quien puede hablar con ese par de tetas preciosas llenándole la boca.
La suavidad de una serpiente, sí, debe ser algo así lo que tiene esta mujer, pero me va a sacar hasta la médula en cualquier momento. Callado, tú sigue callado.
Me viene a la cabeza algo que me contaba mi abuelo cuando era niño, aquello de cuando en el paraíso el ángel con la espada de fuego llamaba a Adán porque se había comido la manzana con Eva: ¡Y Adán callaba como un puta! Remataba siempre la escena el abuelo. (Bueno, esto ya no aguanta más. ¡Puños fuera! Como decía Mazinger Z. Echando el resto.)
Pasan minutos y minutos mientras reposamos la comida y la frotación tirados en la cama, absortos cada uno en sus cosas; al fin nos convencemos de que esos monstruos ya se habrán ido y nos decidimos a levantarnos, vestirnos y bajar de nuevo al patio. Vaya que si ahora huelo a L´Occitane en Provence, y a base de bien. Los dos nos vamos directos a por el vino pues tenemos la lengua como un trapo. Miradas de complicidad, al tercer trago recuerdo que traía un regalo para Daisy.
−A ver si te gusta lo que he encontrado para ti. Y le llevo las dos cajas de zapatos. − ¿Me permite mi baronesa?
Apoya la cabeza contra la mano y el codo en la mesa, asiente con una sonrisa de oreja a oreja.
− ¿Cuál te gusta más? ¿Este de novia o este para traje de cóctel? (¡Acerté con el número! Apúntate mil puntos)
Vaya reinona. Se pone un par, se pone el otro, camina de aquí para allá imitando a las supermodelos de otros tiempos. ¡Está encantada! Melenaza al viento. En algún momento decide que ya está bien de pasear por la hierba y me sorprende por la espalda dándome un besito en la mejilla justo cuando estaba echando otro trago.
−Gracias, guapísima, pero aún no se ha secado la camisa y ya voy a tener que lavar también los pantalones.
−Pues lávalos, ¡quítatelos! Te los has puesto perdidos de vino.
−Pero es que…
− ¿Tienes prisa en volver? Te invito a cenar, no me esperaba este detalle de ti. Y lávalos rápido que solo es un poco de vino.
Apenas hago el gesto de ir a meter los pantalones en el caldero y comenzar a mojarlos y se va caminando, (¡se le va a salir una cadera! Pero seguro, ¡eh! Ninguna cadera humana puede soportar semejantes meneos) Y se para desafiante en el marco de la puerta y me grita:
− ¡No te canses mucho frotando eso! Quiero que te canses frotándome a mí. Te espero arriba.
Y se gira y desaparece en plan superestrella de cine. Lo que son capaces de conseguir un buen par de zapatos. Ni se los quitó para montarme de nuevo destrozando las sábanas.
− ¡Ágale rápido, viejo! Culicagao, ¡daaale! ¿No sabes zumbar mejor? Que se me duerme el…
− ¡Qué se te va a dormir! Verás ahora a cuatro patas. Te vas a enterar, morena.
Se puso los de novia para la cena, y después me llevó de nuevo de la mano hasta el dormitorio donde incluso me permitió quitárselos.
−Oye, guapísima, ¿tú sabes cuándo comenzó la moda de los chochos pelaos?
−Ni idea, pero sigue, sigue, sigue que no lo haces mal.
Hacía años que no pasaba una noche con una mujer, y primero Dara y después Daisy me hicieron recordar que hay cosas que nunca deberían cambiar en nuestra perdida humanidad.
Pérfido error, me di cuenta apenas cascarlo. (¡Nunca le digas a una puta dónde vives!) Pero me tenía cogido por donde más nos gusta a los hombres y esta es de las que sabe lo que se lleva a la boca. Me preguntó como si tal cosa y se lo solté. (¡Pero es que va a ser el cuarto del día! Y hacía años, pero años y años que no llegaba yo a tal cosa) Bueno, a lo hecho pecho, y los dos que tiene esta mujer son para hacerla un monumento.
Después me quedé frito como un leño, no sé si se quedó a soportar mi roncadera, cuando empiezo parezco una Harley Davidson, mi esposa siempre se quejaba de mis ronquidos y me mandaba después a dormir al dormitorio de invitados. Pero el caso es que desperté en una cama donde parecían haber pasado la noche una docena de comancheros ¡pero oliendo a perfume francés!
(La bici y de vuelta a la ciudad. Ni se te ocurra desviarte a ver a Dara. ¡Para qué le diría yo dónde vivo a Daisy! Espérate problemas, si no es hoy será mañana. Lo tuyo no es la inteligencia, desde luego que no.)
Sintetizando, que se alarga el informe, me dirigí directamente a comisaría para informar y apenas entrar por el patio ya tenía a Peñín dándome voces como un poseso:
− ¿Dónde estabas ayer, cabrón? ¿Dónde te escondiste todo el puto día? ¿Tú que eres, el puto Fantomas?
− ¿Tú de que vas? Como me baje de la bici te voy a correr a hostias hasta…
− ¡Callaros los dos! Samur, ¡tras de mí! ¿Hiciste más fotos? Pásame la tarjeta ya las sacaré yo mismo. Ayer tuvieron faena tus compañeros, un ataque de comancheros en la zona de la universidad.
− ¿Tenemos bajas?
−Nosotros no, de ellos palmaron cuatro. Pasa de tus compañeros, por un día que les toca currar… por cierto, te esperan en tu oficina, es del ayuntamiento, una misión de protección esta mañana, ¡sin rechistar! Lo que ella te diga tú lo harás, y no la cagues.
(¿Lo que “ella” me diga? ¿Ahora también voy a obedecer órdenes de mujeres? A ver cómo es esa vieja bruja. ¡¡China!! Es una… ¡quieto parao! Es casi tan alta como yo, y mido 1.87 metros, y es… ¡guapa! Toda la belleza de las emperatrices Ming, Ting y Ping reunida en una joven)
−Hola, Samy, soy Helena. Pablo me ha dicho que ya te ha hablado de mí.
−Así que tú eres Helena, (besito de presentación, ya me notó el olor a colonia francesa; mirada de picardía) ¿Y dónde está hoy ese cerebrín? ¿Cazando ranas en el río?
−Le dejé en su casa preparando unos tarros de crujiente de cebolla caramelizado, me dijo que uno sería para ti.
−Por favor, siéntate, tú me dirás.
−No tenemos tiempo que perder. Hay que salir hasta las afueras de Villaobispo de las Regueras, necesito tu compañía y que me procures escolta.
−¿? ¿Tan lejos? Ayer hubo un ataque en la universidad, en esa zona puede haber comancheros.
−Por eso necesito al Matador, y su bicicleta.
− ¿Mi bici?
−Vamos a hacer un trueque, un intercambio, con unos pastores, y Pablo me ha dicho que tienes un carrito que puedes enganchar a la bici; ¡sí!, bien, en él llevaremos las cosas que he elegido para hacer el trueque. ¿Nos vamos?
No me dejó ni sentarme, es puro nervio la muchacha. ¿Trueque? ¿Con pastores? No estoy en posición de hacer preguntas así que a enganchar el carrito a la bici y a acompañarla hasta el palacio de Los Guzmanes. Lo carga con todo tipo de cachivaches insólitos y después aparece con una bici de chica, rosa, de un piñón; muy guapa.


Como para salir corriendo si aparecen los comancheros; en fin, vamos allá. En el control de la carretera de Santander me llevo al paso a los dos compañeros que están de vigías dando vueltas con los caballos por la rotonda. Atravesamos el pueblo y nos dirigimos campo adelante por la carretera del Portillín.
En efecto, allá a lo lejos divisamos un grupo de pastores ataviados con largos capotes y un grupo de cabras que ciscan y enciscan de aquí para allá.
−Helena, ¿me quieres decir ahora a qué venimos realmente a este lugar?
−Me han encargado que consiga al menos media docena de cabras.
− ¿Una fiesta del alcalde y sus…?
−Todavía no, más adelante. Es con fines reproductivos, necesitamos algunos cabritos que podamos cuidar y reproducir para paliar la falta de carne y esos pastores bajaron de la montaña anoche y se mostraron dispuestos a cambiar algunas de sus crías por cosas que necesitan.
Ya les tengo a la vista, bereberes, ¡joder! Los ocho son bereberes. ¿Y esta pava quiere hacer tratos con esa jarca? Harán Tajín con ella y se la comerán con verduritas.
−Helena, ¿tú sabes regatear?
− ¿El qué? No venimos a jugar al fútbol con ellos.
(¡No sabe regatear! Bueno, es normal; mi madre debió ser la última mujer española que sabía cómo regatear en los mercados, así fuera moro o gitano les sacaba las muelas antes de soltar un euro) Se lo explico, el modo de proceder, así por encima, apenas nos hemos bajado de las bicis y he enviado a los caballistas a hacer una exploración por la zona, y la china me asiente continuamente como si entendiera.
− ¿Sabrás valerte por ti misma?
−Ya puedes irte a bañar al río si quieres, esto irá para largo. ¡Ya, ya! Primero tomar té.
Anda con la profe, ya me pilló al vuelo el concepto y se sienta con los moracos a tomar té con yerbabuena como si los conociera de toda la vida. Bien, si esto va a ir para largo aprovecho para darme una vuelta por la zona, algunas casas y una nave industrial; echaré un vistazo. Entro en la nave por una ventana, estuvo habitada hace tiempo, máquinas herramientas por todas partes y chapas y más chapas por todos los rincones. (A ver qué pillo por aquí. Y justo, en una taquilla me topo con un tesoro inesperado: ¡cuatro tenderos! Con sus rodamientos y cable de acero continuo, sin nudos, para que gire el cable sin atascarse. ¡Seré el amo de la ciudad! Me darán lo que pida por ellos, aunque uno me lo guardaré para casa que bien que lo necesito.) Con los cables y rodamientos a cuestas consigo salir trabajosamente de la nave y me voy de vuelta al carrito, llego justo a tiempo de que el trato se haya concluido. Una cabra vieja, un chivito y cuatro cabritillas por los cacharros.
¡Todos felices! ¡Buen trato, buen trato!
Besos, muchos besos, me comen a besos los moracos. (¿Creerán que soy uno de ellos? Vale, con lo negro que estoy no sería de extrañar)
− ¡Que sí, Jamed, que sí! Que en cuanto esto pase iré a tu casa en Chauen a conocer a tus abuelos, ¡ah, que no! A tus hermanas, vale, que sí, que haremos buen trato…
Ya me veo con chilaba afincado en su cabila y haciéndole los recados a sus abuelos. Pero hay que volver a la ciudad, nos despedimos al fin de los pastores que se van monte arriba por la carretera, ¿dónde estarán ese par de cabestros caballistas? Les llamo con el silbato pero no les tengo a la vista, el caso es regresar con la profe y las cabras, ya aparecerán.
Cuando estamos cruzando el puente sobre el río Torío les oigo venir tras nosotros al galope tendido, les hago aspavientos pero los caballos corren como espantados, uno de ellos nos pasa de largo casi arrollando el pequeño rebaño pero al otro, entre el caballista y el oficial que suscribe, conseguimos frenarlo.
− ¿Se puede saber qué cojones os pasa? ¿Queréis matarnos?
−Perdona, Matador, perdona, ¡hemos visto algo! Vimos algo entre los árboles de allá arriba y los caballos se volvieron locos.
− ¿Un grupo de comancheros agazapado entre los robles?
−¡¡Cojones de comancheros!! Nos hubiéramos liado a tiros con ellos. Un monstruo, un puto monstruo peludo que huele fatal; los caballos se volvieron locos, suerte que no nos han tirado al suelo. La verdad, la verdad es que yo también estoy acojonado, ¡me entró un no sé qué! Tengo el corazón a mil.
−Vale, vale, no me cuentes más. Protege a la profesora y las cabras hasta…
− ¡La Granja! Vamos al viejo edificio de la Diputación que hay al lado del parque, allí cuidaran de las cabras.
−Muy bien, Helena, continuar; ya nos veremos.
Me quedé protegiendo el puente con la recortada en brazos y dos granadas de mano a los pies controlando el puente y las casas y prados del otro lado del río. (Entre los robles, le vieron entre los árboles. Algún día tenía que pasar. No eran locuras de Dara para echarme un rapapolvo, bueno, dos, y de los gloriosos, y las diablas, que han sobrevivido tres años a los comancheros, no se iban a asustar del oso Yogui y su amigo Bubu. Ahí hay algo y son unos cuantos, ¡pero no atacaron a los pastores y sus cabras! Dara insiste en que matan solamente comancheros. Señor, qué calor, vaya chicharra, de buena gana me tiraría al río. ¡Qué tontería defender el puente! Baja tan poca agua que en algunos sitios podría cruzar el río andando ese monstruo, ¿y después de comerse los sesos se dan un festín con las vísceras? Y si se quedan con hambre: continúan con los muslos, el trasero, las pantorrillas, carne magra, supongo, para ellos. ¡Qué horror!)
Mantuve la posición durante una hora, calculé que tiempo más que suficiente para que llegaran hasta la antigua Granja Agropecuaria, y comencé a pedalear hacia la ciudad. Otros dos compañeros habían tomado el relevo a los dos cagaletas.
−No pasa nada. No hay un alma a la vista, tranquilos. Sería un oso lo que asustó a los caballos. Buen servicio.
(Una de dos: o miento como un desalmado o me pongo una mordaza. Vaya oficio elegí) Cuando paso a la altura del hipermercado Lidl, completamente devastado, miro, no sé por qué, al cielo sobre la catedral y he de parar y echar pie a tierra de puro asombro. En el cielo, despejado y ardiente, observo una especie de inmensa estrella de color azul metálico, casi tan grande como la luna llena, que en segundos se convierte en una pequeña nube vaporosa con forma de haba luminosa que gira sobre sí misma deshaciéndose. No soy el único observando el suceso, hay más vecinos, pero cuando se me pasa el pasmo y acuerdo coger la cámara de fotos de las alforjas el efecto extraordinario ha prácticamente desaparecido. Tan solo se ve en las fotos las trazas de una nubecilla.
Me acerqué primero hasta Los Guzmanes para tomar un plato de sopicaldo, ya no podía con los pedales, antes de ir a comisaría a informar. Por delante pasa el alcalde y su cortejo con sus ridículos cochecitos eléctricos saludando con la mano a la cola de famélicos y desesperados.
(Ahora que tengo algo caliente en las tripas primero voy a casa a dejar los tenderos y aprovecho para tomar unas buenas lonchas de cecina. ¿El botijo? Está lleno, muy majo este vecino que tengo)
Ya repuesto bajé a comisaría para hacer el reporte de los sucesos de la mañana y ¡sorpresa! Helena estaba de cháchara con el comisario. (Al loro que verás cómo te cae otra faena antes de que termine el día. Efectivamente, me cayó.)
−Samy, acércate, te transmito de parte del concejo municipal las mayores felicitaciones por la labor de esta mañana. Esas cabras pronto estarán dando leche.
− ¡Y podremos hacer quesos! Gracias, Samy, te portaste como un héroe.
−Gracias a ti, Helena, yo solo hice mi trabajo. ¿Alguna cosa, comisario? Voy a hacer el…
−Déjalo, ya tendrás tiempo. Hay otro encargo para ti de la señorita Helena, pero ella te lo explicará mejor.


Sincretizando, o nunca terminaré el informe, tenía que volver al Parque Tecnológico, otro traje anticontaminación y su equipo, entrar en un edificio llamado Instituto Biomar, la empresa donde Helena estaba trabajando cuando todo se jodió; sí, tengo que llevar el carrito, y buscar una serie de carpetas en las oficinas que ella me apunta en un papelito y traerlas a la fresquera de comisaría, donde guardamos todo lo radiactivo.
Vuelta a pedalear pero ahora con la solana de las 16.00 horas. (Pasaré por donde Dara, a ver si quiere acompañarme. No está en casa, tras esperar un buen rato decido apuntarle la dirección donde voy con la tiza, no, no es una pastilla de cianuro lo que llevo siempre en el bolso del pantalón, ¿de dónde cojones sacaría yo hoy día una pastilla de cianuro? Esa diabla recuerda demasiadas películas de espías y cosas de esas; un trozo de tiza me resulta imprescindible en mis salidas por el extrarradio para volver a casa vivo cada noche) Llego hasta la pasarela sobre las vías del tren y mientras me pongo encima toda la equipación cavilo. (¿Qué hacer? Pasar por la gatera con bici y todo, pedalear a toda pastilla hasta el edificio, cargar las carpetas, y salir echando mistos de la Zona Prohibida.)
Compruebo que tengo todo bien colocado, las zapatillas guardadas en una bolsa de plástico en el fondo del carrito, y entro andando en el Parque Tecnológico moviéndome con rapidez, pedaleando con avidez, seguridad y precisión ante todo. Helena me indicó con pelos y señales dónde me debía dirigir en el edificio. Entro y salgo cargado de carpetas, tres veces he de repetir la operación, (y una cuarta por si encuentro algo que afanar. En el salón de reuniones, vacío por supuesto, me encuentro con cuatro botellines de agua a medio consumir. Esto ya pasa de castaño oscuro, ¿y qué le puedo decir al comisario? ¿Que hay cuatro tipos por ahí que celebran sus reuniones en edificios de la Zona Prohibida? Los tapones.)
Salgo del Parque y al pasar por las vías me deshago del equipo y bajo por la Nacional 120 hacia la Plaza de Toros pedaleando con todo lo que me permiten las piernas; el miedo no me cabe en el cuerpo.
Esa cosa no la ves pero te mata. La radiactividad.
Llego hasta la comisaría, misión cumplida. Papeles a la fresquera que se lleva el técnico armado de gruesos y largos guantes de goma. (El friegaplatos, como le llamamos, pues anda siempre buscando productos de limpieza por todas partes) y me doy por finalizada la jornada que ya estoy hasta los…Aquí queda el carrito.
− ¡Hombre, Pablo! ¿Qué haces tú aquí?
−He venido a traerte esto, gañan.
− ¡Cebolla caramelizada! ¿Cenarás conmigo?
−No, lo siento, he quedado; ya sabes.
(Saber no es que sepa mucho pero me empiezo a imaginar a la chinita con un camisón de picardía y sujetador de tiro alto y…Y Pablo me pilla la idea y casi me aplica un bofetón de campeonato)
−Vale, vale, vale, cenaré solo, gracias por el tarro ya te lo devolveré. –Me subo a la bici y empiezo a salir de comisaría. (No puedo evitarlo, no puedo evitarlo) ¡Saludos a tu esclava! ¡Tiene unas tetas magníficas! (Corre, corre, que te sacude, ¡pedalea cojones! ¡Uy! Libré por poco)
Llego sano y salvo a casa justo al tiempo que el vecino sale de la misma. ¿Movida en el barrio? De las chungas; pues ya sabes donde vivo si empiezan los palos. ¿Qué tengo? ¿Qué tengo para acompañar la cebolla en tarro? Ah, sí, unas setas desecadas, me haré una cena de campeonato pero primero aprovecharé la luz del atardecer para instalar el nuevo tendero. Mañana tendré a todas las vecinas llamando a la puerta; pues hay una morena casi tan alta como Helena dos calles más abajo con la que no me importaría entrar en tratos.
Lo que tiene haber conocido a Dara y sus diablas, hace dos meses ni miraba ni veía mujer alguna. No, no, desde que Clara me dejó no he podido mirar a ninguna. Ceno en la terraza aprovechando la luminosidad de la puesta de sol, una extraña pureza parece invadir las cosas y hasta los reflejos en los cristales y metales parecen estar cargados de algo que, en otro tiempo, hace un millón de años, hubiera llamado: Perdón.
Cuando ya estoy por abrir la cama y echarme unos golpes en la puerta del piso me desconciertan un tanto. El vecino, le dejo pasar. Tuvieron movida en la catedral, el gran edificio se ha convertido desde que terminó el invierno en un albergue para desplazados. Desplazados de la vida. Hay pisos vacíos por todas partes pero esta gente solo vive para mendigar y estar constantemente peleándose y emborrachándose. ¿Qué son? ¿Aneuronales? Siempre a un paso de convertirse en simples y crudos comancheros. Los vecinos de la zona están hartos y un día van a montar una de las gordas para echarlos.
−No te cabrees más, vecino, bien sabes que no tienen remedio. Eso es ahora un manicomio. Espera, toma algo conmigo.
Queda algo de vodka y lo rebajamos con agua del botijo. Al segundo vaso, ¿ya no queda más? el vecino ya sonríe, toma bromas, y se despide con su típico:
−Mañana te toca a ti llenar los calderos, y gracias por desatascar el sumidero de los trasteros; no había humano que soportara ese hedor.
−Hasta mañana; tranquilo, tendré tiempo de sobra para ir por agua al caño.
Mañana no pienso dar palo al agua, me digo a mí mismo al meterme entre las sábanas. ¿Cuántas semanas hace que no me tomo un día libre? Desde aquel domingo, hace meses, que fui a casa de Dara para recoger las armas y municiones, y después me fui a recoger setas a La Candamia; parece que haya pasado un siglo. ¿Y si me afeitara la barba? Parezco el protagonista de Rashomon y tengo que llevar la melena recogida con una goma o el pelo se mete en los ojos y en la boca al dar pedales.
Rashomon, ¡qué peliculón!
Lo que hace el vodka.
Frito.
(Clara, Clara, sé que eres tú, ¡no entiendo lo que dices! No te entiendo. Estás tan guapa con tu camisón blanco, ¡Clara!)
Hay noches que uno debe pasarlas en compañía de dioses, y diosas, pues te levantas al día siguiente con un ánimo extraordinario, con un afán poco común, como sí, como sí, ¡quisieras arreglar el mundo! Y así me levanté yo el doceavo día del mes del patatal. Me arreglo la barba con las tijeras, ¡Joder, pues sí que parezco un bereber! ¿La melena? Una goma y va que chuta, ya me la cortaré algún día, igual me sale una novia peluquera. (¡Y puta! Ya estamos con la jodienda. Con que sepa cortarme el pelo me vale) Riego las jardineras con el agua que queda por casa, los chiles ya estarán pronto a punto con este calor, y paso la fregona al baño y cocina. Casa limpia, ¡qué digo! Impoluta. Y pensar que cuando mi esposa vivía antes me dejaba desollar vivo que echar mano a la escoba.
En el caño me encuentro con Bapaji, un viejo conocido que tenía un restaurante hindú donde solíamos ir Clara y yo, me encantaba su comida especiada y picante, es verle y me entra una angustia inexplicable, y él me lo nota, somos los dos únicos varones en la cola del caño.
− ¿Sigues de duelo, Samur? ¿No has conocido todavía otra mujer que te haga olvidar?
−He encontrado alguna, pero no me hacen ni puñetero caso, incluso me he recortado la barba y procuro ir vestido, o sea con ropa, con ropa…
−Que te entiendo, Samur, te noto algo cambiado, poco, muy poco. ¡Necesitas algo picante en tu vida!
−Vivo muy bien solo, muy a gusto. Perro solo bien se lame.
−Pero ya estás buscando compañera. Picantona, como era Clara.
−Que no, que no, que no digas eso Bapaji; no te pongas en plan gurú hindú.
−No necesito ponerme en ningún plan místico, tú eres como un antiguo espejo chino pero no lo sabes.
− ¿Un espejo chino? ¿Qué tenían de especial? ¿Muy baratos?
− ¡No! Carísimos y escasísimos, pero tenían una cualidad esencial, te cuento, si los ponías en la ventana o donde les diera una buena luz solar en vez de reflejarla se veía un haz de luz atravesar el vidrio y reflejarse en la pared contraria.
− ¿Unos espejos que dejaban pasar la luz?
−Solo una luz fuerte y concentrada, y podías ver en la pared el mensaje oculto en la parte posterior del vidrio, dibujos, algún texto escrito, lo que hubiera dispuesto el artesano del espejo. Y tú eres como uno de aquellos rarísimos espejos, tú te crees un tipo sólido, firme, que sale incólume de cualquier desastre, pero no es así, ¡no! no eres así, y hay personas que ven lo que hay detrás de ti; el mensaje que hay en tu persona. Lo ven claramente.
−Mujeres.
Me guiña el ojo, ya nos toca el turno de llenar los calderos y las mujeres, unas viejas brujas pintarrajeadas que hay tras nosotros y que habrán escuchado la conversación comienzan a mirarme con sonrisitas de burla y desdén a lo que respondo remojándome la cara, barba, melena, el pecho, el vientre…
−¡¡Venga, venga!! Límpiate el culo en casa, ¡pelele! ¡Mamón, que hay más gente en la cola! ¡Arranca!
Ahora soy yo el que le guiña el ojo a Bapaji. Algo sabré de cómo son las mujeres, algo, un poco.
Día de asueto.
Al fin me tomo un día libre en la ciudad de los dos ríos donde tan solo las almas cándidas, pocas quedarán, pueden dormir cuando llega la noche. Día de vagancia, bueno, tuve que hacer otro viaje al caño para llenar más calderos pero la cola era ya más corta. Una camiseta limpia y una chaquetilla deportiva encima para disimular en lo posible la pipa en el sobaco y unos vaqueros recortados por la rodilla, ¡ah! y el sombrero, ¡que parezcas un tipo elegante!
Pasear por la ciudad, no puedes resistir recordar aquí una cosa allá otra. Restos de coches vandalizados por todas partes, ¿para qué cojones querrán un tubo de escape los comancheros? ¿Se esnifarán algo aspirando por él? Bajo hasta el puente de los leones. Con este calor se agradece la brisa que baja por el río desde las montañas; todavía tiene un buen caudal, este invierno pasado nevó mucho. Escucho comentar a unos transeúntes que en el barrio de Las Ventas ya tienen agua, algo, en los grifos, procedente de Villaquilambre y unas fuentes en el monte Rebollo.
¿Quién sabe? Tal vez este verano volvamos a tener agua corriente en las casas y el alcalde actual, el séptimo en tres años, no sea un completo inútil como los anteriores. Me apetece incluso pasear por orilla del río.
− ¿Qué queréis, subrays?
Son tres chavales de unos doce años, con sus ridículas bicicletas, que me han cercado tan raudos que casi me atropellan.
−Toma, esto es para ti.
Uno de ellos me enseña un papelito.
− ¿Sabéis quién soy yo? Y les muestro la cartuchera.
−Sí, eres El Matador.
Reculan un poco con las bicis, no me dejan avanzar.
− ¿Y no sabéis que para hablar conmigo primero hay que quitarse la gorra? No sea que os tome por comancheros y empiece a pegar tiros. ¿Os gustaría?
−Perdona. –Dice el que parece ser el mayor. Se quita la gorra y deja la bici en el suelo para pasarme la papeleta.
Reconozco la letra antes de leer nada.
− ¿Quién os dio esto?
−Una señora, una señora rubia que nos vio cazando en el río por la zona del Parque de Quevedo. Nos dijo que te buscáramos y te lo diéramos.
(¿Una rubia? La Montse. Pero la letra es de Dara)
− ¿Qué estabais cazando? ¿Con esos arcos?
Lleva cada uno un arco y carcaj lleno de flechas a la espalda; como si fueran apaches. ¿A dónde iremos a parar?
−Cigüeñas, estábamos cazando cigüeñas.
− ¿Os coméis eso?
−No, tío, no jodas; es para que ellas no se coman los peces del río, que esos sí que los comemos.
−Vale, podéis piraros. Y la próxima vez ya sabéis: para hablar con un adulto primero os quitáis esas gorras ridículas de la cabeza. ¡Largo!
Ley y orden.
Y una buena vara de avellano, y verías tú cómo estos asilvestrados volvían a la civilización en cuatro días. ¿Y dónde encuentro yo un profe que les diera algo de instrucción? ¿Quedará alguno vivo en algún lugar? En fin, a ver qué me cuenta mi diabla misteriosa.
¡No me jodas!
Que vaya esta tarde, a las 19.00 horas en punto, con el carrito a su casa. Más armas seguramente. No me apetece una mierda hacerme dos horas de bici para que encima me ponga morros de gocha y me eche de su casa con cajas destempladas.
Me lo pensaré.
Apenas se ha gastado nada de la munición que recogí pues el jefe, con buen criterio, solo me deja a mí echar mano a los fusiles del ejército.
De camino al barrio me encuentro con don Pedro que está sentado a la puerta de casa, me invita a sentarme y pinchar algo, ¡uhm! Una jarra de barro.
−Prueba este vino de Chozas, Samur, y dame tu opinión.
− ¿De Chozas? Será radiactivo.
−Tú echa un trago y luego me cuentas que es lo que te está matando, porque algo te está haciendo polvo; se te nota mucho.
(¡Otro! Me tendré que volver a dejar crecer la barba pues el viejo cara de piedra debe parecer ahora un pipiolo)
− ¿Qué es lo que me mata? No saber quién mató al notario, y de esa manera tan cruel. Puede estar pasando por delante de nuestras narices.
−Descubriste algo, ¿verdad? Sobre una reunión en un edificio de la Zona Prohibida, ¿miento?
−No, y puede que no haya sido la única.
− ¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
−Ayer tuve que volver a la Zona, a una empresa de investigación biotecnológica, y el mismo tema: cuatro botellines de agua olvidados en la sala de reuniones.
− ¿Botellines de plástico? Con lo raros que son de ver hoy día, ¿se llevan los botellines y los tiran allí?
−Botellines marca Carrizal, un manantial que hay en la carretera de Caboalles, que ellos mismos han desprecintado y abierto para bebérselos; he mirado y remirado los tapones, sin huellas. Usaran guantes, normal, en una zona tan contaminada.
−Si hay gente que se reúne allí quizá no esté ya tan contaminada, habría que volver a ese Parque y hacer nuevas mediciones y…tal vez no usen guantes.
− ¿Sin guantes?
−He revisado los datos que obtuve una docena de veces, el notario fue descarnado como una res con un gran cuchillo de caza, de eso no tengo dudas, son muchos años en el oficio, ¿sabes? Pero lo curioso, lo extraño es que el hombre que lo hizo tiene una extraña cualidad.
− ¿Cuál? Sí, tomaré otro vaso.
−Es una persona que no suda.
(¡Cojona! ¿Por qué siempre me tienen que soltar la bomba cuando tengo el vaso en la boca? ¡Ala!, otro pantalón manchado de vino)
−Samur, Samur Pan, ¿hay algo que yo debería saber?
−No sé, no sé qué decirle don Pedro, de veras. Le dejo, muy rico el vino, pero tengo que ir a casa a cambiarme de pantalones. Nos vemos.
Larga se hace la tarde del que va a morir, o matar. Se me está haciendo infinita. No tenía muchas ganas que digamos de volver a ver a Dara pero con lo que me soltó el forense ya no puedo volverme atrás. Y me reconcome, me reconcome el alma pensar que ese ángel azul y bellísimo se tomó la justicia por su mano y mató al notario. Sería un chuloputas, hace años, pero eso no es excusa para abrirle en canal como a un borrego. Larga se le hace a uno la tarde cuando sabe que va a morir.


Recuerdo aquella otra, hace un mes, libré por bien poco; me dio por bajar a explorar hasta Trobajo del Cerecedo y me topé con una pandilla de broncas pedaleando por la avenida de Antibióticos, haciendo el chorras con sus bicis ridículas, se pusieron a echarme carreritas y hacer piruetas con las bicis a mi altura; sí, vale, alguno me resulta conocido, tendríais que estar haciendo la mili, cabrones, alguna vez me han avisado de ataques comancheros a sí que no saco la pipa y me zumbo un par de ellos; a la altura de Antibióticos se dan la vuelta y me dejan continuar solo. Callejeo y salgo hasta Casa Galicia, igual han llenado las piscinas. Abandono y devastación. Voy hasta las pistas de tenis, igual hay un par de diablas raqueteando un rato, ¡y les vi! El cielo estaba de tormenta y el viento me daba en la cara, no me oyeron acercarme, entre unos árboles al fondo de las instalaciones había un par de comancheros, el brillo de los machetes no engaña, mirando hacia el otro lado de la verja, ¿qué cojones vigilan estos pirados? En cuanto les tuve a tiro: ¡Pum, pum! A uno le reventé la cabeza, al otro le di en la rabadilla y le explotaron los güevos; dos bichos menos. Tengo que volver a la bici por la cámara. De vuelta a la entrada de las instalaciones el viento arreció una barbaridad, ¿qué cojones miraban esos dos? ¿la tormenta que se viene encima? Y volví la vista.
¡Joder! ¡Un puto tornado!
Y que se me venía encima a toda leche.
Eché a correr, tomé la bici, y me metí dentro del edificio. Terminé metiéndome en la cámara frigorífica del restaurante. Allí volaba todo, un acojone total, ¡y eso que no me pasó por encima! ¿Qué serían? ¿Dos minutos? Vaya bramido del mundo; tornados en esta tierra, como si esto fuera Oklahoma; el tiempo se ha ido a tomar por el culo, ya nadie tiene ni puta idea de cómo será el mañana. En cuanto el turbión cedió asomé a ver por dónde tiraba, como vaya hacia la ciudad será pijada regresar; pero tal vez al pasar sobre el río, cambió su rumbo y se fue hacia el noreste, por la Sobarriba arriba. Ese monstruo no parará hasta los Picos de Europa por lo menos. Libré por bien poco. Ni me molesté en hacer un par de fotos, que se los coman los cuervos, o sus compañeros. Trabajoso pedalear de vuelta a casa por la orilla del río. Tenía la muerte escrita en la frente aquella tarde.
Saco la bici eléctrica del trastero, no estoy para dar pedales, y paso por comisaría para enganchar el carrito. Voy como un borrico, con orejeras, ni miro ni escucho a nadie, salgo del patio y me voy hacia Armunia.
¿Quedan ratas en Armunia?
Puede que aún quede una. Y tenga que matarla. ¿Cómo? ¿Cómo matar a una diabla? ¿Y si en vez del revolver utilizara el cuchillo de monte? Tal vez podría degollarla cortándole la yugular con un golpe rápido y certero, como aprendí en los paracaidistas. Tendré que matarla, o ella me matará a mí; matarla, pues no me contará nada. Me ha estado tomando el pelo todo este tiempo. Un cacho de carne, eso soy para ella. Voy a matarla.
Anaxágoras.
¿?
Anaxágoras. No dejo de repetirme esa palabra, me suena a griego. Es verdad, no terminé la E.G.B. Un sabio griego, sí, eso debió ser el tal Anaxágoras. Qué calor hace todavía a estas horas, el sol semeja una gran bola de fuego; menos mal que voy a motor y llegaré en minutos. Le pediré un poco de agua, sí, eso, primero pedirle un poco de agua, antes de matarla.
Cuando llego el portón está cerrado y mis garabatos a tiza borrados. Tan solo he llegado un par de minutos adelantado según mi reloj de edición limitada.
Y me tiene dos minutos esperando al solazo esa puta bruja.
Bueno, ya abre la puerta.
− ¿Se puede pasar?
−Pase usted, detective, y deje la bici junto a la mesa.
(Detective; nada de: ¡Hola, Samy! Me alegro de verte. Sobre la mesa observo un gran bulto más que sospechoso cubierto con sábanas viejas, huele a…)
−Ven, entra, querrás tomar un trago, supongo.
−Gracias, sí, hace mucho calor, un poco de agua me vendría bien.
Ella va con pantalones largos, negros, bajo su absurda bata blanca con todos los botones cerrados, y una camiseta morada de cuello cisne. No es que quiera enseñarme mucho últimamente la diabla Dara.
−Te sigue gustando el vino, supongo.
−Algo, algo.
Me acerca un decantador que tenía metido en un caldero con agua fresca, yo acerco las copas y ella sirve el vino con mejor estilo que el sumiller del Hostal de San Marcos. Deferencia de la casa.
− ¿Qué sabes de los alzacuellos?
(Joder, qué manía ha cogido todo el mundo con soltarme la patada cuando me llevo el vino a boca. Esta vez no me he mojado)
−No mucho, y me parece que eres tú la que tiene que contarme un montón de cosas.
−Como cuales.
− ¿Dónde estabas la noche cuando asesinaron al notario?
−Con Montse y Anita, pasé la noche con ellas.
−Así que tienes dos…
− ¿Qué estás suponiendo, poli?
−Fue descuartizado con un gran cuchillo de caza, tu afición favorita, ya sabes: ¡venado! –Arruga el ceño, ¡ya la cagué! Se supone que yo no sé nada del venado que ella cazó y Daisy me dio a probar. Se pone en alerta.
−Bueno, ¿y qué? ¿Cuánta gente tendrá cuchillos de esos? ¿Y los comancheros?
−No fueron comancheros. Nadie oyó nada raro en la urbanización aquella noche. La puerta de la casa estaba cerrada con llave, ¡dos vueltas!
− ¿Y?
−Alguien entró y salió de la casa como un fantasma, ¿te suena de algo? Y la persona que le mató y descuartizó ¡¡no suda!!
Las cartas sobre la mesa. Se le olvidó esta vez decirme que me desarmara antes de entrar en el salón; me quito el puñal de la pantorrilla y lo dejo a mano y que vea bien que sigo con el revólver en el sobaco. Se queda callada, la cabeza baja, mirándose los pies durante un buen rato; al fin levanta el rostro. (¿Por qué serás tan jodidamente guapa, asesina?) y coge la copa y se toma un trago largo, muy largo, tan solo deja un culín en la copa.
−Pues no sé qué decirte. Solo puedo asegurarte que ni Montse, ni Anita ni yo pudimos ser. Estábamos muy lejos de la ciudad.
− ¿Dónde?
−Lejos, hazme caso, en un pueblo a varios kilómetros de aquí. Yo soy la única que vive tan cerca de la ciudad. Y no, no te voy a decir dónde viven las chicas. Y vale, ya me has cansado, sigues sin tener ni puñetera idea. Venga, te vas ahora mismo, guarda ese cuchillo, ¡vamos!
Nunca te acerques de un modo tan desprevenido a un tipo armado con un puñal de monte. En un segundo la tengo sujeta por la espalda y el filo en el cuello.
− ¡Tú mataste al alzacuellos!
−No fui yo, borrico, y aparta eso, ¿qué quieres? ¿descabezarme?
−Debería hacerlo, no eres mejor persona que un puto comanchero.
− ¿Puedes usar durante un minuto seguido la cabeza de arriba en vez de la de abajo? ¿Un minuto nada más?
(Ya me ha notado que se me está poniendo dura, ¡durísima!)
−Quiero que me muestres ahora mismo el arma del delito, el cuchillo de despiezar ciervos.
−Haberlo pedido el primer día, ya no lo tengo. Piensa, Samy, piensa un poco. ¿Quiénes se reunieron en el edificio de la empresa informática?
−No lo sé, pero ellos no fueron, seguro. (Estás mintiendo como un canalla, has mirado al microscopio un tapón tras otro, de las ocho botellas, y no hay una sola huella digital, ¡en ninguno de ellos!)
−Pero una mujer sola sí pudo ir con su bici, de noche por la orilla del río, entrar en la casa, matarlo como un profesional y largarse sin dejar huellas.
−Y esa mujer eres tú, criminal. Lo hiciste por venganza, por puro y simple deseo de vengarte. ¡Ni los comancheros matan con esa saña!
−No niego que tenga deseos de, ¡vale! de vengarme, de los cinco. ¿Pero no puedes entender que ante todo necesito, necesitamos saber, qué nos hicieron? Y que si hubiera estado en su casa habría sabido lo de la reunión con los otros cuatro. ¡Hubiéramos pillado a los cinco, zoquete! ¿Y ahora qué? ¿Qué tenemos, eh?
(Su lógica es impecable, me da sopas con honda esta bruja. Aprovecha unos segundos de desconcierto, estoy intentando pensar, usar la de arriba, porque la otra me duele, va a reventar el pantalón, y aflojo la presa)
Como una pantera, una cobra, una…, el caso es que se gira rápidamente y queda con rostro y labios a milímetros de los míos.
−Tengo un regalo para ti, Samy, un regalo estupendo. ¿Me puedes soltar o me clavarás el puñal en la espalda?
Efecto mágico tiene esa palabra en mí, ¡regalo!, pues mis brazos se abren en un segundo como si fueran las puertas de la cueva de Alí Babá.
−Ven, bobo. Me lleva de la mano como si fuera un niño. Y…gracias por…seguir teniendo “tanto” interés por mí. Ven.
Me lleva de vuelta a la cochera y me acerca al gran bulto sobre la mesa.
−Observa.
Observando. Destapa lo oculto y aparecen: ¡ocho jamones como ocho soles! ¡Unos jamones mayúsculos!
No sé si reír, llorar, cantar, bailar, o hacerme un paja, porque el tronco me duele de veras, pero de veras. Me ayuda a cargar los jamones en el carrito y cubrirlos con el toldillo. (Me la como, me la voy a comer a besos, ¡que me la como! Pero primero la degüellas, después la interrogas, y después…la besas)
Abro los brazos para darle un abrazo, un abrazo de gratitud, un abrazo amoroso, de oso. (A ver si cae en la trampa) Pero me la huele. Se dirige al portón, lo abre y me indica la salida.
−Es mi último regalo en mucho, mucho tiempo, Samy, acéptalo y vete. No nos veremos, seguramente, en mucho, mucho tiempo. No vuelvas por aquí, no vuelvas jamás. Mañana ya no estaré aquí, me voy.
Me gustas.
Me susurra cuando paso a su lado, cejijunto y compungido, arrastrando la bici. Debo de tener la cara de gilipollas más grande del mundo cuando la veo cerrar el portón y me despide agitando una mano y me grita:
− ¡Ojala nos volvamos a ver algún día!
Y cierra el portón.
El sonido de esa puerta de acero suena en mi corazón con más potencia que las trompetas del Apocalipsis. Me tiembla la mandíbula, me tiemblan las rodillas, casi no veo pues me tiemblan hasta las pestañas. Me subo a la bici y enciendo el motor. A casa. Directo a casa.
Era la casa de Clara, no mi casa.
Yo nunca pasé de gañan aprovechado. Va a ser lo que dijo Bapaji, que hay mujeres que ven a través de mí. Y Dara es una de ellas. Me empipo.
¡Un paraca nunca llora!
Me gritaba el sargento, una y otra vez, cuando hacíamos la instrucción y me molía a palos.
Dara.
Fría y seca.
Y espantosamente bella. Azul y bella.
Para qué quiero yo tanto jamón.
No ceno, me voy a la cama en ayunas, ¡con ocho jamones inmensos en el trastero! Me haré charcutero y dejaré la policía.


Rashomon, mi peliculón.
Hay noches, hay noches espantosas que pareciera pasar uno con demonios y furias, que no pegas ojo, que prefieres salir a la terraza a mirar las estrellas en la noche calurosa.
Dara.
El amanecer me sorprende entrevelado y tirado en el sofá. Me voy a trabajar. La ciudad necesita al Matador y El Matador necesita la ciudad. Quién lo diría.
(Y nunca pude imaginar hasta qué punto. La mañana es luminosa, un pelín fresca, incluso veo sonrisas en las gentes por las calles y plazas. Buen rollito, levanta ese ánimo, hoy será un gran día. Era la calma que antecede a la tormenta.)
Al llegar a comisaría me indican que vaya directamente a la oficina del comisario. (Igual se ha mosqueado porque ayer no aparecí por aquí. ¡Bah! Un buen taco de jamón serrano y se le pasará la bronca) En la oficina no cabe una pluma más con tantos pajarracos como hay dentro.
−¡¡Samur!! Bien, espera fuera, ahora te contaré.
No me tiene ni un minuto esperando pues la reunión termina en segundos y van desfilando el alcalde y todo su cortejo triunfal. (¿Y esas caras? Van todos arrastrando el mentón por el suelo, miradas criminales aquí y allá, uno que agarra a otro por el brazo y le va frotando como si quisiera darle ánimos. ¿Qué cojones pasa aquí?)
− ¿Samur? Ah, que ya estás aquí, ¡Peñín! ¡Roberto! A mi rabo los tres.
Y nos lleva directamente al plano de la ciudad y su zona de influencia.
−Os lo diré deprisita y corriendo, no hay tiempo que perder. Ya visteis salir a teniente coronel jefe de la Guardia Civil, es el que ha informado al concejo de la ciudad y ahora os informo yo, el tema va de comancheros. ¡Peñín no te sientes! Pero no de esas bandas de zumbados que llevamos años combatiendo, os hablo de un ejército. Sí, no me miréis con esa cara de apaplaos, un jodido ejército es lo que ha dicho el teniente coronel. Ya han evacuado El Bierzo, caravanas de supervivientes protegidos por los guardias civiles se dirigen a Astorga. El plan actual es que resistirán lo que puedan en la ciudad amurallada gracias a que tienen muchas armas y municiones procedentes del antiguo cuartel de Santocildes, pero no saben cuánto podrán aguantar y si les sobrepasaran ¡hacia aquí!
−Pero, ¡no jodas jefe! ¿Cómo van a montar un ejército esos putos descerebrados? Son caníbales, se comerán entre ellos.
−Te joderé las veces que me apetezca Peñín, que sigues siendo un puto guaje. Bien, al loro pistolos, somos cuatro, atender: desde esta mañana partiendo de la plaza de Santo Domingo la ciudad se ha dividido en cuatro sectores. Peñín, tú serás el alguacil, sí, nos vamos a llamar alguaciles desde ya mismo, de toda la zona desde el Puente de San Marcos hacia Carbajal de la Legua hasta la carretera de Asturias. ¡Roberto! Tú serás el alguacil del sector desde la carretera de Asturias hasta la rotonda de La Granja. Samur, te toca bailar con la más guapa: desde el puente de Los Leones hasta el puente del polígono de La Lastra, no te preocupes por el puente de la autovía, esta tarde lo volarán los picoletos, y también todas las pasarelas peatonales que cruzan el Bernesga. Yo me encargaré de la zona de La Lastra hasta La Granja, y de no perderos de vista pues sigo siendo el jefe de policía pero, pero, a partir de mañana estaremos todos a las órdenes de un corregidor.
− ¿Un qué?
−El puto cherif, ¿lo pillas? El Corregidor. Mañana le conoceréis, habrá reunión del concejo esta tarde para elegirlo. Aquí tenéis las listas con los hombres que quedarán al cargo de cada uno de vosotros y su sector. También tendremos que formar milicias y enseñaremos a los ciudadanos a…
− ¡Pero qué cojones de milicias! ¿Qué armas vamos a darle a la gente?
−Las que ellos tengan, Roberto, y las que vosotros les consigáis, que aquí cada perro se lame su rabo. Darles flechas y lanzas, lo que se os ocurra. Habrá que construir torretas de observación y defensa en cada puente sobre el Bernesga, empalizadas de defensa, etc. Pero nada de andar cada uno a su puta bola, tendremos al corregidor mordiéndonos el cogote de continuo. Esto que os cuento no es para mañana y que os vayáis a dormir la siesta tranquilamente, según el TeCo ese ejército estaba ayer empezando a subir el puerto del Manzanal. Estamos bajo la ley marcial de nuevo. Los que se resistan a aceptar una orden o no quieran colaborar serán fusilados y punto pelota. Venga, coger a los que pilléis y salir a recorrer las fronteras de vuestro sector, “alguaciles”. Largo o empiezo a dar hostias como hogazas.
Joder con los días de sonrisas y buen rollito. De nuevo el mundo se nos viene encima. ¿Un ejército de comancheros procedente de Galicia? Nunca entenderé este puto mundo.
Bandas de chavales con sus absurdas bicicletas van de aquí para allá anunciando la buena nueva: ¡Ley Marcial! Un grupo de vecinos se cachondeaba de nosotros al vernos en el puente de los leones tomando medidas y discutiendo sobre el lugar más apropiado para levantar una torre defensiva, la risa se les pasó en minutos al oír coches eléctricos circulando con la megafonía a tope por todos los barrios del otro lado del río conminando a los vecinos a abandonar sus casas.
− ¡A partir de las 00.00 horas del día de hoy cualquier persona que se encuentre en la orilla occidental del Bernesga será considerada comanchero y ejecutada sin miramientos! ¡Abandonen sus casas y pasen al centro de la ciudad o serán ejecutados! ¡Crucen el río o serán abatidos!
Se acabaron las risas, y para todos.
Caravanas de gentes y niños arrastrando sus pertenencias cruzan por los puentes mientras los alguaciles vamos de aquí para allá intentando hacernos una idea de lo que se nos viene encima. Hoy sí que estoy dando pedales. Las explosiones por las voladuras de los puentes mantienen a toda la gente en vilo, hay algunas peleas entre vecinos pero como hay todos los pisos vacíos que quieras y más no llegan a gran cosa.
Llegué a casa deshecho, agotado y deprimido, cuatro cosas que llevarme a la boca, un táper de sopicaldo, agua del botijo, ¿qué va a pasar ahora? No somos más que cuatro jichos. Hemos aguantado más mal que bien los ataques de las bandas de comancheros, apenas nos quedan cartuchos para revólveres y pistolas, ¡ya! la munición de las diablas. Eso era para cazar monstruos peludos no para enfrentarse a un ejército de pirados.
Me voy a la cama, no puedo más.
Lánguido, me siento lánguido y derrotado.
¿Por qué? ¿Por qué?
¿Qué puedo hacer yo con unos ayudantes como el cabeza hueca de Julián y el Champi, un veterano de la U.M.E. que de tantos horrores como le tocó pasar terminó tan rayado de la cabeza que no es capaz de montar a caballo o en bicicleta. Es capaz de tirarse al río con lo que monte.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué puedo hacer yo? Necesito dormir, dormir y no volver a despertar nunca más. Mundo de pirados. Un lánguido Rashomon que ha agotado su existencia. Dormir, Señor.
(¡Clara! ¿Clara? ¿Ese olor? ¡Ese olor!)
Un extraño perfume me desvela en instantes incorporándome en la almohada para intentar descubrir su origen. Entra algo de luz por las ventanas de la calle y mis ojos se acostumbran poco a poco a la semioscuridad. ¡Hay alguien en casa! Ruidos.
Una persona entra en el dormitorio, lleva la típica sudadera con capucha y gorra de tenista y una enorme mochila de montañero. Se planta a los pies de la cama y baja la mochila al suelo dejándola en un rincón. Es una mujer. (¿Daisy?) Se quita la capucha y la gorra.
−Hola, Samy, ¿no te acuerdas de mí?
Ni puta idea, con esta luz no distingo los rasgos de su rostro, una larga melena. (¿Esa voz?)
Se sienta al pie de la cama y se descalza, después se quita los pantalones, la sudadera, la camiseta, ¡eh! el sujetador también. Se agacha y del bolso superior de la mochila saca un blanco camisón, cortito, un picardías, y se lo enfunda.
Fuera bragas. ¿Eh?
Se mete en la cama y pasa su brazo izquierdo bajo la almohada y acerca su rostro a centímetros del mío. (¿Ese olor? ¿A qué huele esta hembra?)
− ¿De verdad no te acuerdas de mí?
Su mano derecha va sinuosa al objetivo principal de todo hombre próvido y cabal.
− ¡Eh! ¡Que tienes la mano fría! Espera, esa melenaza, ¡Tú eres la cubana! Esto…
−Lorena, tonto, soy Lorena. ¿Puedo pasar la noche contigo?
Antes de que pueda decir Pamplona, imposible pues su prodigiosa lengua ya está jugando con mis amígdalas y mi cabeza dura, o sea, la de abajo, ya ha tomado la decisión por la de arriba. Bueno, y total, ¿Qué iba decir yo?
(¿Ese olor?)
Mis calzoncillos salen volando hasta el pasillo, mi corazón es un caballo de carreras, mis labios y lengua no dan abasto con tantos besos y mis manos se van directos al objetivo número uno de todo hombre que se precie de serlo.
− ¡Claro, Lorena!
No habrá otro culo similar en todo el planeta.
− ¡Eres malo!
−Como la carne de pescuezo de pollo.
−Pero, tú, ¿serás lo suficientemente gayo para mí?
−Vamos a comprobarlo y a ver quién termina cacareando esta noche.
−Bueno, bueno, bueno, ¿con esto? ¿con esto? ¿No serás castrón por un casual?
− ¿Capado yo? Te vas a enterar.
(¡Guerra! ¡Guerra! Guerra sin cuartel bajo las sábanas)
Ella es la que asoma triunfadora el torso arriba mientras me monta de un modo lento y fatal.
− ¿No me quieres esperar? Aguanta, ¿no me estás oyendo?
− ¡Te estoy follendo, te estoy follendo! Digo, lo que sea, tú…sigue, sigue…que…yo aguanto.
Anaxágoras.
Anaxágoras, ya recuerdo. Decía que el sol era una bola de hierro candente, ¡candentes están mis cojones! y el lanzallamas va a soltar el chorro de un momento a otro. Pero aguantaré.
Arrogancia fatal de macho viejo el llegarse a creer que podría soportar mucho tiempo más el bombeo incesante de esta hembra inmisericorde que te pellizca los pezones, que te muerde el cuello o te araña la barriga y te sujeta y aprieta los testículos con mano de hierro hasta que a ella le venga…lo que tenga en ese cuerpo azul y hielo.
Salió.
Y un chorro tras otro que hay que calentar a esta bruja azul y deliciosa, portentosa.

¿Ese olor? Ese perfume que exhala esta mujer maravillosa.

Coco, de Chanel.


Fin.


Coco de Chanel no patrocina este cuento, pero ¿quién sabe? Tal vez se animen a hacerlo que no me vendría mal para lanzar y promocionar mi próximo libro de cuentos fantásticos. Ya estáis disfrutando de las primicias.
Espero vuestra opinión.


Habeis leído el borrador de un cuento que salió publicado en mi antología Historia de un talento, Cuentos de la reina arpía, en mayo de 2005. En este enlace podéis adquirir el libro con la versión definitiva:
Historia de un talento