sábado, 8 de noviembre de 2014

La crux de los angeles. Un rio bravo y fatidico. Un nuevo capitulo.

El mapa de la foto recibe el nombre de Sawley, fue realizado en Inglaterra aproximadamente en 1.190 y es uno de los mapamundi más antiguos que se conserva. Muestra la imagen del mundo que tenían los europeos en la Edad Media.

Mirando con detalle el borde occidental podemos observar Hispania con Galicia señalada por la gran catedral de Santiago de Compostela y más allá ¡cuatro islas! Sin nombre, pero sin duda alguna hispanas. ¿Cómo llegó a Inglaterra ese secreto, o mito, o lo que fuera de que había unas islas al borde occidental del mundo?
Pues porque los hispanos ya las conocían.
Leer otro capítulo de mi novela épica y saldréis de dudas.
Pueden contactar conmigo en Goodreads pinchando en el siguiente enlace:
https://www.goodreads.com/LadmisPan


Un río bravo y fatídico

Subíamos siguiendo la orilla occidental del río magno a velas desplegadas, soplaba a menudo un buen viento del sur, pero los remos siempre abajo, los hombres atentos a las órdenes de Aquiles para bogar en un sentido o en otro para evitar bajíos y remolinos que podrían tragarse la galera y las fuertes corrientes que a menudo nos obligaban a dar bandazos. Selvas, marismas, bosques intrincados, encontrábamos en cada meandro del río magno.
Millares de pájaros pasaban sobre nuestras cabezas, de todos los colores y tamaños habidos y por haber; era un nuevo continente y nada nos recordaba algo visto anteriormente. Otras tierras y otros pueblos que nunca habían visto gentes como nosotros y nuestra galera. La mayoría se escondía al vernos o huía; algunos se atrevían a acercarse ofreciendo cestos de aquel extraño cereal que tanto plantaban. La compañera de Peio nos había enseñado rápidamente cómo consumirlos; tostados se nos hacían especialmente agradables y nutritivos. Íbamos constantemente buscando lugares de atraque, despejados, donde poder arrimarnos a tierra y bajar de exploración. El joven conde Bermudo (Se estaba ganando el título a pulso desde que llegamos a esta tierra inmensa. Ya no era el hijo de…) salía con sus quince hombres de batida por los alrededores; no le intimidaban ni bosques ni pantanos y siempre volvía con algo. Extrañas plantas, frutas sabrosísimas, algún ciervo descuartizado y cosas de todo tipo.
Las noches eran plácidas, dormíamos en cubierta a no ser que algún chaparrón veraniego nos obligara a refugiarnos en la bodega. Aquiles aprovechaba para repasar las notas que con el cálamo o el punzón grababa en las tablas de su camarote de capitán. Al amanecer daba permiso a los hombres para darse un chapuzón en las cálidas aguas del río; especialmente los que habían estado de guardia nocturna lo agradecían, risas y buen humor con el desayuno aseguraban horas de buenas brazadas. En cuanto se levantaba algo de aire desplegábamos las velas y seguíamos río arriba. Así llegamos a la desembocadura del primer gran afluente, un río que en Hispania sobrepasaría al Duero mismo. Un río de aguas bravas y tonos rojizos. ¿Cuántas maravillas nos estarían esperando siguiendo al norte?
Dos días después estábamos atravesando un país de grandes e inmensas llanuras y abundantes bosques a la orilla del río; algunos poblados donde éramos acogidos con su singular indiferencia. Ya iba siendo hora de dar media vuelta si queríamos llegar en la fecha convenida, así que buscamos un buen lugar de arribada y procedimos como siempre. Bermudo y sus hombres salieron de reconocimiento de este nuevo país al norte del río bravo. Eran naturales de Gallecia, no tan fornidos como los romanos o los vascos pero ligeros, audaces, y muy andarines, acostumbrados desde niños a marchar por montes de todo tipo y buenos cazadores de ciervos. Habían copiado de los nativos la idea de las jabalinas y todos portaban un par de ellas cuando salían de batida; les servían también para vadear pantanos y arroyos. El resto de los hombres se quedaron en la galera o en la zona inmediata estirando las piernas o haciendo sus propias averiguaciones. Nada hacía presagiar lo que se nos venía encima.
Ya estaba declinando el sol cuando unos soldados en tierra comenzaron a dar voces de alarma. Todos en guardia y deprisa y corriendo a recoger los útiles de batalla. Yo bajé corriendo por la pasarela con apenas una espada y un escudo intentando descubrir a qué venían aquellas voces. ¡Al norte! ¡Al norte! Señalaban gritando los hombres mientras corrían al bajel a buscar sus armas. Pronto descubrí el motivo del griterío y las prisas: era Bernardo que venía a la carrera por la pradera con la espada en la mano; y nadie más. Detrás un grupo de unos doscientos naturales le perseguían armados de jabalinas y lanzándole flechas.
Cuatro voces bien dadas y Aquiles ya tenía formando a los hombres para la batalla detrás cuando Bernardo llegó a su altura.
− ¡Son cientos! ¡Nos atacaron sin previo aviso! Salieron del bosque y nos masacraron. He perdido a todos mis hombres, a todos. −Consiguió apenas decir entre toses de cansancio.
−Sube al bajel y te rearmas, te quiero enseguida en mi flanco derecho. Si quieren batalla batalla tendrán y conocerán el frío sabor de nuestras espadas y picas.
Los naturales, desnudos y pintados de azul, frenaron su carrera al ver nuestra cerrada formación de batalla y pararon un rato a deliberar; tiempo que aprovechamos para preparar mejor la defensa. No íbamos a salir corriendo por cuatro flechas y habíamos perdido quince hombres. Lo iban a pagar caro aunque hubiera que perseguirles hasta el fin del mundo.
Así pensaba, enardecido, ignorante de la desigualdad de fuerzas; desde que habíamos pisado las primeras piedras de aquel territorio solo habíamos conocido gente pacífica y huidiza, ahora tenía delante una nación de guerreros que nos verían como invasores y correría la sangre a raudales. ¡Qué cojones! A eso habíamos venido, no a plantar rábanos.
Antes de que anocheciera lanzaron el primer ataque, una enloquecida carrera hacia nuestras filas para chocar con nuestro muro de picas y escudos. Detrás nuestro veían la galera y en sus ojos brillaba la codicia de alcanzarla y poseerla. La primera envestida fue terrible, el choque feroz, muchas bajas por ambos lados pero les rechazamos y cerramos filas para esperar la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Al fin la noche se cerró y apenas nos veíamos los unos a los otros, retrocedieron los hombres azules. Con Bermudo a su lado Aquiles fue haciendo recuento de bajas. Cuarenta hombres quedaban en pie, alguno mal herido, cuarenta había perdido. ¿Y ellos, los naturales de aquel país? docenas, nuestros hombres les amontonaban levantando una somera empalizada para rechazar el siguiente ataque. Total desprecio de la vida humana.
Era inútil, estábamos en clara desventaja numérica y no había manera alguna de fortificar la posición. Si nos atacaban de noche estábamos perdidos, así que Aquiles preparó el regreso al bajel de manera ordenada y protegida y cuando se retiró la pasarela el ancla ya estaba levantada y los remos echándose al agua. Nos separamos de la orilla a puro remo y aprovechamos la corriente para irnos hacia el centro del cauce lejos de sus mortíferas flechas.
A salvo de sus dardos por el centro del río nos dejamos llevar por la corriente a la luz de la luna; en nuestros oídos resonaban sus gritos espantosos y en nuestros ojos persistía su imagen de guerreros desnudos, pintados, pintados de un extraño color azul. ¿Pictos?


¿Pictos? Gritaba Aquiles a sus romanos. ¿Tendrían alguna relación estas gentes con aquel pueblo terrible con el que combatieron en vano los antiguos romanos de occidente? Las descripciones que había leído en antiguos textos en la lejana Bizancio coincidían bastante, y ese obispo, ¿cómo era? Barandán, eso, había venido desde la lejana Irlanda, ergo, había un paso por el norte que comunicaba Europa y Terra Incognita y que tanto el Imperio Germánico como el Califato Islámico ignoraban. ¡Qué gran oportunidad para el renacer y engrandecer de Bizancio! y de Hispania, que también se llevaría buena tajada. Nos habían dejado maltrechos en la primera batalla pero ya volveríamos con más tropas y mejores armas. De algo estaba ya plenamente seguro, al interior había tribus y reinos organizados; habría pueblos, ciudades, y riquezas; tenemos que cambiar rápidamente de estrategia. Necesitamos y rápido un pueblo aliado. ¿Qué tenemos para negociar? Nuestras naves armadas con las que podemos subir por el río y hacerles la guerra a esos bárbaros; tres bajeles, nada más, eso es poco o nada en esta inmensidad de continente. A ver qué deciden Teodoro y los demás; ahora a descansar que pronto llegaremos a la desembocadura.
Teodoro nos recibió despreocupado y feliz como un gañan; Basilio se había ido con unos cuantos a reconocer la cercana zona de lagunas y pantanos, los pescadores estaban en la bahía blanca echando sus redes y los moros con sus oraciones pues al medio día arribamos. Con Bermudo a su lado le puso al corriente en cuatro palabras. (Nos han jodido bien) Mudó el semblante y mandó dos mensajeros a la carrera para avisar a Basilio y los condes. Tras la cena y en voz bien alta Aquiles relató lo acontecido. Con caras largas y tristes le escuchaban en el gran corro; recelosos, habían perdido a muchos amigos y no sabían cómo había sido. Al terminar el relato los más aguerridos clamaban por hacer al día siguiente una expedición de castigo, embarcar todos y no dejar vivo ni un pintado. Y traernos de esclavas a sus mujeres, repetían los moros, ¡llenaremos de esclavas las galeras! (¡Qué rápido habían aprendido los moros a hablar romano!) Pero se levantó entonces un fuerte viento y comenzó a llover a jarros; todos a refugio de las cabañas, ya se decidiría mañana a la luz del día.
La noche se fue tornando terrible como si el cielo nos devolviera con lluvia y fuertes vientos el odio y deseo de venganza que ardían en nuestros corazones.
Y fue a más, y a más, y a más; hasta vernos arroyados por la más grande y peor tormenta que nunca habíamos imaginado. Los vientos fortísimos levantaban los techados y se los llevaban como si de plumas de ganso les hubiéramos realizado, se derrumbaban muros, gritaban los hombres, llovía a mares. Nadie se atrevía a moverse, excepto los moros y los pescadores que llegaron arrastrándose al fortín, gritaban sobre olas enormes en la orilla del mar que les barrían las cabañas, olas como no habían visto jamás. Se rezaba para adentro, cada uno a su modo y manera, a su dios, deidades, y santos patrones; o aquel gran mal cesaba o no quedaría nadie para contarlo.
Ahora comprendía Teodoro por qué no habían encontrado ni pueblos ni ciudades en las costas de aquella tierra nueva y lejana, terrible. Ahora acordaba, pero tarde, ya era tarde; en cualquier momento podía salir volando por los aires o le tragaría una ola. A la mañana siguiente, sobre lo que sería el medio día pues estaba tan oscuro que no podía asegurarse hora alguna, el viento y la lluvia parecieron darnos pequeña tregua y algunos se atrevieron a asomar la cabeza de la cabaña, lo que quedara de ella. Muros derrumbados, ni un techo en pie, ¿y los bajeles?
− ¡Ay! Jefe, Jefe. −Fueron un par de vascos a buscar corriendo a Teodoro. − ¡Los bajeles han volado!
Con su fiel Orestes al lado se atrevió a asomar por lo que quedaba de puerta amurallada y observó los restos de las tres naves como plantadas sobre las cabañas de los judíos en el brazo de tierra interior. Un nuevo recrudecimiento del vendaval y los aguaceros les hicieron retroceder a la carrera a sus cabañas; bueno, a las paredes que en pie quedaban. Aún pasaríamos otra noche de terror inmenso rezando y royendo protegidos por alguna pared que en pie quedaba. Cuando a la tarde del siguiente día el temporal amainó y pudimos reunirnos en lo que pomposamente habíamos llamado puerto Teodoro hizo recuento.
−Diez hombres muertos y dos desaparecidos, de ellos dos moros y tres judíos; las naves en el promontorio de Moisés (debió ser ese cabrón el que levantó las aguas) Nos vamos todos en formación hasta ellas y vamos a ver cómo han quedado. Girando.
Todos caminando en larga fila, ni dios rechistaba, de a cuatro tras los pasos de Teodoro y nos llegamos hasta donde los bajeles, los restos que quedaban, y los fuimos observando. Irrecuperables; ni siquiera en los mejores astilleros de Bizancio habrían conseguido recuperarlos y volver a botarlos. Todo perdido. Solos en Terra Incognita y los muertos para Dios, que sitio tendrá donde meterlos. Y seguía lloviendo, más fino, pero mojando; más nos calaba la desesperación y el horror inmenso; todos los sueños destruidos, las esperanzas fugadas, la alegría evaporada. Solo dábamos voces calladas.
Noche asolada entre las ruinas de Nueva Corinto, derrumbada. Abrazados los unos a los otros sin mirar a quien te agarrabas; todos menos el vasco, el Peio, que a su nativa no soltaba. Cada vez se entendían mejor los dos, ella Afrodita prodigiosa, y él cíclope de las merinas; bueno, le faltaba el ojo en medio pero la cabeza le alcanzaba. Pasadas dos jornadas se fueron hasta el Jefe y el vasco le contó a Teodoro lo que la mujer le había explicado al ver llegar a Aquiles con tan solo media tripulación a bordo y los gritos y maldiciones que nosotros soltábamos.
−Ella, ellos, su tribu, naturales Cryk; buena gente, pacíficos, agrícolas, cazadores de ciervos, siempre siguiendo los mandatos del Gran Padre Espíritu (Esto tendríais que haberlo visto. Ella, Gran Sultana de los Pantanos, explicándose en su lengua y por guiños y gestos, y el Polifemo euskaro relatando al romano) siempre en paz, no enfadar Madre Tierra y Hermano Mar. Nosotros gente de los bosques, plantar maisses. Hombres pintados deben de ser gente Cheroky, fieros, guerreros, vendrían para atacar gente Cryk y robar sus hermosas mujeres. Cherokys encontrar Aquiles; guerra, guerra, vendrá mucha guerra para los hombres de gran cruz en lo alto. Cryks amigos, Cryks ayudar, Cherokys ¡guak! cortar cabezas de todos.
Teodoro no pudo evitar que una semisonrisa traicionara su belicoso corazón con este teatrillo de la pareja, triunfarían en Constantinopla; si las mujeres Cryk eran todas tan hermosas como la que tenía delante, nunca habían sido capaces de alcanzar alguna hasta que ésta se presentó en Nueva Corinto con su padre y allegados (¡Y la cambiaron por un hacha! ¿Qué era? ¿Esclava? Bruja) ¿Qué mejor razón conocieron los siglos para la guerra en un territorio carente de oro y plata, hierro o estaño? Nunca habrán oído hablar de la bella Helena pero en esas están por estas tierras, robar mujeres, su más preciado tesoro, tomo nota; Menelao y los suyos cruzaron el Ponto amargo por un puto coño y estos reyes y sus lacayos de Incognita aún están en las mismas. Apunta Teodoro y ponle encima una cruz muy grande. A ver cómo salimos de ésta.


Pasamos días de total estulticia y estupidez, nadie daba una a derechas; enterrando a los muertos, buscando a los desaparecidos, cuidando berzas y rábanos, hasta que a Teodoro se le pasó el duelo. Comenzó una mañana dar voces como en los tiempos que en los bajeles bogábamos y nos fue despertando. Destripamos lo que podía haber de útil en las naves, amontonábamos lo que pudiéramos necesitar en los corros altos de cabañas derrumbadas y fuimos haciendo recuento; iros preparando para la partida, nos vamos. El día de San Jacobo tras una oración y cánticos con una de las velas semidesplegada, para que se viera bien la cruz, partimos de las ruinas de Nueva Corinto.
Habían estado días y días discutiendo condes y capitanes que acción tomar, imposible regresar a Hispania, subir por el río magno era ir al degüello y quedarse allí un suicidio; al próximo temporal no quedaríamos ni uno vivo. Acordaron buscar el cauce del gran río rojo que al poniente habían encontrado en sucesivas exploraciones de Aquiles y Basilio con los bajeles. Las arenas rojas serían debidas a un par de razones, tierra adentro habría mucha arcilla, ya podemos hacer aldeas y pueblos, o montañas de hierro; más y mejores armas para ir a buscar a los pintados y no dejar uno con cabeza. O a ambas, que éste era un territorio excesivo en todos los aspectos. Por San Jacobo, nos vamos. Y él mismo fue abriendo la marcha.
Procurábamos ir costeando pues el mar aquel era prodigo en crustáceos de todo tipo y alguna red había quedado sana; pero todo eran pantanos y lagunas, arroyos y charcas pobladas de los dragones de Teodoro y serpientes monstruosas, cuatro hombres se perdieron en cinco jornadas aciagas, y los doscientos noventa restantes a duras penas íbamos progresando tras la Creek; Guaupa, decía llamarse, y a todos nos convino porque se merecía eso y más. Era la única que le encontraba algún sentido a aquella sucesión de pantanos y lagunas, arenas movedizas tanto al interior como en las playas.
Partimos cargando cada uno lo buenamente pudo y algunas cosas en parihuelas, como los restos de las velas. Sabíamos lo que nos esperaba más no que fuera a resultar tan penoso y acerbo. Se había decidido por los condes y capitanes caminar hacia el río rojo de occidente y una vez llegados a sus orillas ya se buscaría lugar donde establecerse. Fueron cuatro jornadas de marcha terrible y penosa, espantosa, por selvas y pantanos, rodeando lagunas y vadeando arroyos llenos de dragones. Teodoro llevaba siempre detrás de él a los tres judíos supervivientes y hasta parecía que les iba tomando cariño por lo esforzados que eran en salir de cualquier atolladero; en cambio con los morucos, bueno, con los moros ocurrió algo curioso en la segunda jornada.
Era una buena mañana y luminosa que estábamos atollados en un terreno arenoso y pantanoso, sería como al medio día, y Jalil mandó parar a los suyos y allí mismo se pusieron a orar a Alá, Alí, y alguno más (¡es que nunca os entendí con la jerigonza que usáis!) allí tirados, enfangados por completo. Teodoro, que progresaba como podía algo más atrás al llegar a su altura paró y esperó a que concluyeran; con los tres hebreos a sus espaldas. Cuando se incorporaron del fango llamó a Jalil a su lado con un gesto de la mano.
−A ver, hombre, que bien se yo que entiendes el romano y lo hablas; respóndeme a una duda que tengo: ¿A qué viene este espectáculo en medio del barrizal? Debería dejar que os devorasen los dragones. ¿No podías esperar un rato a llegar a un terreno franco y seco?
−Es deber de todo buen musulmán orar a Dios al mediodía; esté donde esté.
−Musulmán, ya, claro. Jalil, tú y tus hermanos, ¿Por qué sois todos hermanos? ¿No?
−Todos somos hermanos en la fe del Profeta Único y Veraz.
− ¿Y también lo sois de sangre? ¿Los siete? ¿Y el negrito también?
−Mansur es hermano de fe y le consideramos uno más de la familia; hace ya doce años que pasó de África a nuestra llorada Gades y con nosotros se quedó. Es uno más de nosotros.
−Bueno, es que estoy cansado, y del africano te creeré lo que me cuentes; pero vosotros ¿desde cuándo sois mahometanos?
− ¡Desde siempre! Está escrito, siempre hemos sido y seremos hermanos musulmanes. Siempre y para siempre.
−Desde siempre, ya. Disculpa otra pregunta: tú y tus hermanos de sangre, dejo fuera al negrito, sois tan rubios y de ojos claros como los astures y pelágios que están pasando por delante. ¿Acaso el profeta tuyo y todos los árabes son tan claritos como vosotros que tenéis que cubriros de la cabeza a los pies de puro lechosos que sois? Pregunto.
−Nuestro padre, que en el verdadero paraíso estará disfrutando, siempre nos dijo que éramos de pura raza española, vestigios de la antigua raza española, pura hasta los hijos de Tubal. Rubio era mi padre y también sus tres esposas, nuestras madres. ¡Que todas disfruten de la visión del auténtico Profeta!

−O sea, para que yo me aclare un poco en esta ciénaga, que me llega el barro hasta las corvas: que sois españoles. Pues, escucharme bien, que sea la última vez que os tengo que llamar la atención por una cosa de éstas. Dejaré de llamaros moros desde ahora mismo, ya veis que soy magnánimo, y si algún día llegamos a un terreno habitable por mí como si levantáis una mezquita como la de Córdoba, no hay problema; pero hasta entonces se acabaron las tonterías. Primero hay que salvar la vida; y no voy a perder un hombre más porque esté orando o cagando, me da igual. De aquí en adelante primero me pediréis permiso, y lo digo también por vosotros tres, plateros. Esto no es ni La Meca ni Jerusalén; es un puto infierno y estáis todos a mis órdenes. ¿Entendido? Al primero que desobedezca le corto en pedazos y se los echo a los dragones. ¡Venga! caminando, que quiero salir cuanto antes de este puto fango.

No solo han perdido los bajeles, también diez hombres, están en tierra extraña y una terrible amenaza se abate sobre ellos, ¿cómo saldrán de este paso incierto y cenagoso?
Pues gracias a un regalo, a un fabuloso intercambio, la cosa más inexperada del mundo: una mujer. Una mujer Creek.