sábado, 5 de abril de 2014

Cuando nos quedamos sin red. Cuento.


Crear historias de amor para lectores inteligentes es una empresa que, supongo, a nadie dejará indiferente y bajo esa premisa os presento un nuevo relato, apenas pasado del papel al ordenador, para vuestra consideración sincera.
Esperaré sentado vuestra sentencia.
Hacerlo rápido pues nos quedan pocos días, antes de que ocurra.

Cuando nos quedamos sin red

Sí, todos lo recordamos; fue cuando comenzó este espanto. Fue aquella noche, sobre las 23.35, hora de Berlín, creo recordar, cuando se disolvió la red, paulatinamente, silenciosamente, como si una inteligencia supranatural hubiera decidido desconectarnos de la nube de comunicaciones y regresarnos a nuestro estado anterior, natural, cuando estábamos desconectados, a solas con nosotros mismos. Y entonces conocimos, reconocimos, nos reconocimos, en el horror que somos.

Mi esposa me dio la primera muestra de extrañeza e inquietud a su jovial manera; estaba hablando por teléfono con una de sus hermanas, una de esas charlas interminables por teléfono que hacían entonces, ¿alguna de vosotras las recuerda? una, dos, tres horas desollando a otros familiares, compañeros de trabajo, o simples conocidos, lo que se os pasara por la cabeza.
− ¿Qué ocurre, Aurora? ¿Por qué te enfadas?
−La tonta de mi hermana, me ha colgado en mitad de la conversación; espera, se va a enterar ésta. Oye, Dani, no sé qué pasa, intento llamarla y no da el tono.
−Mándala un mensaje de texto y te despides hasta mañana.
−Lo intento, pero me indica el iPhone que no tiene cobertura de red. ¿Tú entiendes algo?
−Problemas de tu compañía telefónica, ¿Cuántas veces te habré dicho que te cambies a la mía? Usa mi teléfono y la vuelves a llamar.
− ¿Dónde está?
−En mi bolso, colgado del perchero.
−Oye, guapito, ¿por qué no dejas de leer medio minuto y me lo traes tú? ¿Sigues leyendo a Cicerón?
−Parecido, es ciencia ficción. Asimov. ¿Te apetece tomar un vino o ya es muy tarde?
−Sí, gracias, ¿queda blanco? Godello si hay, y si no Verdejo.
−Me parece que no, tan solo algo de clarete. Voy por el teléfono.
Tenía la acendrada costumbre de apagar el teléfono móvil apenas entraba por la puerta de casa así que mientras se encendía fui descorchando una botella de vino que estaba en el frigorífico y me serví un par de copas.
−Ahora te traigo el teléfono, ¿por qué no pones la tele? Te distraerá, llevabas no sé cuánto tiempo hablando con tu hermana.
− ¿Mido yo cuánto tiempo pasas tú al ordenador?
−Vale, no empieces, voy por el móvil.
De vuelta a la cocina y con el aparato en la mano comprobé que también se encontraba sin cobertura.
−Lo siento, yo también estoy sin red. Pero puedes utilizar el teléfono fijo; espera, ¿qué raro? Perdona, tampoco hay línea en el fijo, cero decibelios de intensidad de red en todos los trastos. Bueno, pues, ¡déjalo para mañana! Habrá fallado algún satélite de comunicaciones. Mañana por la mañana seguís hablando. ¿Está rico ese vino? Nunca había traído esa marca, estaba de oferta.
−Sí, está bien, pero es un fastidio; teníamos que corregir unas cosas de horarios y calendarios para hacer cambios a partir de mañana mismo. Pon la tele, anda.
La siguiente sorpresa nos llevábamos al comprobar que ni la televisión de pago por satélite ni la de señal digital terrestre estaban disponibles.
− ¿Tampoco hay tele?
−Nada, ¿quieres ver un programa grabado?
−De eso nada, a estas horas no me pones un programa de esos de extraterrestres o la vida salvaje en las selvas de Borneo. Apágala.
−Chica, ¿qué quieres que te diga? Habrá una tormenta o temporal y se habrá ido la señal en media España.
−Tormenta, ¿en dónde? ¿En las Islas Canarias? ¿No ves los días que estamos teniendo totalmente despejados y con este calor tremendo?
−Bien, no sé; consulta en tu iPad si ocurre algo raro en algún sitio. Tal vez sea una tormenta solar extrema que nos está alcanzando.
−Tú sí que tienes una buena tormenta, ¡pero en la cabeza! No leas esas cosas antes de acostarte. Alcánzame la iPad.
Tampoco funcionaba. Sin señal.
−Espera un segundo, comprobaré la red wifi.
El router no daba más señal de vida que el piloto de estar encendido, ¡uyuyuyuyuy! Encendí el ordenador de mesa. (No creo yo que las líneas telefónicas también hayan dejado de funcionar. Son cables de cobre que llevan más de cuarenta años colgando de las paredes del edificio) Estaba equivocado. No había conexión a Internet de ningún tipo. Volví a apagarlo.
−Bueno, mira la hora que es, me voy a ir a la cama en cuanto apure esta copa; ya no me apetece ni leer. ¿Se habrá chafado alguna red y las demás han caído en cascada? Mañana estarán restablecidas; voy a apagar todos los aparatos y me marcho a dormir.
−Espera un poco, no es tarde, y te tomas el vino conmigo, no tienes por qué beber la copa de un trago. ¿Por qué no pones la radio?
− ¿La radio a estas horas? No sé si tendrá pilas, ¿para qué?
−Tal vez haya comenzado la Tercera Guerra Mundial, ¿no me decías algo esta tarde de follones entre rusos y polacos? Tal vez la hayan liado.
−No creo, ¿Quién tiene ganas de meterse en semejante verbena? Con los primeros fuegos artificiales se acabaría la bachata en quince segundos. Vale, encenderé la radio.
Más extrañeza. No sintonizaba emisoras nacionales, pero la búsqueda automática dio con una emisora local; la de la Virgen del Camino.
− ¿De qué hablan?
−No sé qué del aeropuerto, espera, que han apagado las luces.
−Bueno, pero eso es normal; a estas horas no hay vuelos. ¿No hay otra cosa?
−Es que también han dejado a oscuras la zona militar.
− ¿Y qué? Será para ahorrar.
−Ahorrar. No sé, pero no es normal. Habrá algún tipo de alerta. Los militares funcionan de un modo distinto a los civiles.
−No empieces a estas horas con tus historias de la puta mili. ¿No hay otra emisora? Da igual, por lo menos ponen música; anda pon otras dos copas, solo pasa un minuto de las doce, ahora darán las noticias. Tendremos el reloj adelantado.
−Negativo al cambio de emisora, positivo al vino fresquito, esperemos las señales horarias.
Me dirigí a la cocina para sacar la botella del frigorífico y al regresar a la sala me saltaron las alarmas interiores. Teníamos las ventanas abiertas para que nos alcanzara algo de frescor y me di cuenta de que la calle se había quedado a oscuras. Apenas serví dos nuevas copas levanté la persiana para asomar a la calle. El alumbrado público había fallado y algunos vecinos estaban haciendo lo mismo que yo: asomarse extrañados.
Por la calle grupos de chavales corrían excitados gritando y saltando como cabras a la escasa luz de la media luna y la que salía de las ventanas de las casas.
− ¡Tú, cabrón! ¡Tira el spray, hijoputa! Como baje te suelto una hostia que te enciendo.
− ¿A quién vas a dar tú, puta vieja?
−El que te voy a dar soy puto hispano de mierda, como te acerques a la fachada te pego un tiro entre ceja y ceja.
Al ver asomar el cañón de la escopeta los chavales salieron a la carrera en incluso alguno perdió la gorra; corrían como liebres, me hizo gracia.
− ¿No le habrás puesto munición de jabalí, verdad?
−La tengo cargada con postas. Ya jode las veces que nos han grafiteado la calle. Como pille a uno le caliento, ¡vaya que sí le caliento! Oye, ¿tú sabes qué pasa?
−Ni idea, vecino, ni idea. No tenemos teléfono ni Internet ni televisión y la radio, una emisora que encontrado, solo pone música. ¿Y vosotros?
−Estamos igual. Y ahora se quedan las calles a oscuras con esos salvajes aullando y corriendo en bandadas de aquí para allá.
−No son más que estudiantes, los jueves ya se sabe, ¡están de botellón!
−Pues que se piren a la orilla del río a mamarse. Como vea a uno meando en los contenedores de la basura le voy a soltar un tiro en las posaderas que se va a acordar toda su puta vida.
−No mates a nadie que no es para tanto. Voy a ver si me acuesto que mañana es día de labor.
− ¿Quién da esas voces? ¿A quién va a matar?
−Juanón, el vecino de enfrente; está montando guardia con la escopeta en el balcón no se pongan a cagar entre los contenedores o nos llenen la fachada de pintadas aprovechando que se ha ido la luz de la calle. ¿Qué dicen los de la radio?
−Que el apagón debe ser general, toda la ciudad, Trobajo del Camino, La Virgen, todo se ha quedado con las calles a oscuras. ¿Es eso posible? Son tres municipios separados.
− Pero estarán todos conectados al misma compañía eléctrica, fallos en cascada. Bueno, tenemos luz en casa. Me tomo el vino y me voy a la cama.
− ¡Pero si mañana no madrugas! ¿No puedes quedarte un rato charlando conmigo? Aprovecha esta noche, que hoy no tienes a tus amigos de Facebook para dar la brasa a alguien.
−Vale; mientras tengamos luz en casa… Ponen buena música en esa emisora.


Para qué diría yo nada. En instantes nos quedamos a oscuras y la radio silenciosa. (¿Y ahora qué? ¿Puse pilas nuevas en las linternas? Comprobación empírica.)
− ¿Dónde vas?
−Un momento, porfa, voy por las linternas.
−Podemos encender las velas.
−Sabes bien que yo no soporto el tufo que sueltan. Verás qué linterna compré a un moro la semana pasada, parece un foco de estudio de televisión. Un segundo.
Fue más de un segundo, y de dos; pues al caminar prácticamente a oscuras y con las prisas, descalzo, tropecé con una de las patas de una silla, (Juramentos en arameo que procuraré omitir, a la pata coja hasta el dormitorio) ¡Ajá! La linterna de pila de petaca no falla jamás y la del morito, será china seguramente, es un cañón de luz. Bueno, supongo que ahora sí que nos podremos acostar y mañana Dios dirá.
No sé qué diría pero de acostarse nosotros nada de nada, y nadie. De la calle comenzaron a llegar voces y sonidos de carreras al por mayor. Me asomé de nuevo a la ventana. Grupos de encapuchados armados con palos y piedras la emprendían con los escaparates de los comercios y antes de que pudiera ni chistar ya estaban prendiendo fuego a los contenedores de la basura.
− ¡La revolución! ¡Empieza la revolución!
Gritaban como poseídos, o drogados; putos zombis.
Ya la estaban liando los mierdas de babilonios; los que más me joden son los que se ponen la careta sonriente. Unos caganidos que no han currado en su puta vida.
− ¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo?
−Lo único que se les ocurre al irse la luz es arrasar todo lo que funcione; la cabeza no les da para más que para llevar capucha.
Por la mía pasaron en instantes docenas de ideas, conceptos, paradigmas vanos. Ya lo veía venir.
−No sé que estará pasando en Kaliningrado pero aquí vamos a tener verbena de la buena esta noche, me temo. Saca las cosas del refrigerador y ponlas en el fregadero y las cubres con los cubitos de hielo.
− ¡Sé mejor que tú lo que tengo que hacer! Apártate de la ventana.
− ¿Por qué? ¿Quieres que me pierda la gran verbena de San Isidro Labrador?
− ¡Que te quites inmediatamente! Baja las persianas y cierra las ventanas, todas, ¡ya!
No hizo falta que me lo repitiera. En instantes comencé a escuchar los sonidos de las escopetas de bolas de goma de la policía nacional. Detonaciones secas, gritos desgarrados e insultos en varios idiomas. Habrá batalla. Andan todos con ganas de untarse y se van dar betún del bueno. ¿Dónde tengo el walkie talkie? ¡Ah, sí!
− ¡Auro! Un segundo. ¿Tenemos agua corriente? abre un grifo.
−Funciona, pero no tenemos gas. Tendrás que ducharte con agua fría si es en lo que estabas pensando.
−Me vale con que pueda lavarme los dientes. Me llevo al baño todas las cazuelas.
− ¿Para qué quieres las cazuelas?
−Y la sopera que nos regaló tu madre. Trae todo al baño, llenaré la bañera, tenemos que llenar todo lo que tengamos. ¡Ah! y las cafeteras.
−Pero si no hay corriente eléctrica, ¿cómo vas a hacer café?
−Usaré el liofilizado. Las cafeteras tienen depósitos, a llenarlos.
−Mira, para, para ya; me estás poniendo de los nervios. No empieces con paranoias como esos americanos que salen en el National Geographic Channel. No empieces. No estamos tan locos.

Empezamos, y nunca terminamos, pero seguimos corriendo cual manada de mamuts hacia el barranco y despeñadero. Algo nos estaba ocurriendo. Por la ventana de la cocina escuchamos en esos momentos los inconfundibles sonidos de los disparos de pistola automática y revolver americano.
−Espero y confío que sean al aire o correrán ríos de sangre catedral abajo. Hay que llenar la bañera y todos los cacharros que tengamos.
−Hazlo tú, yo bajaré todas las persianas y cerraré las ventanas. Nos asaremos con este calor extraño pero es que nos está entrando el humo de los contenedores; ¡vaya peste! ¿Qué podemos hacer? ¿Qué hacemos, Dani?
− ¿Dejar de fumar? Así los mecheros nos duraran mucho más.
El inconfundible olor producto final y complejo de nuestra avanzada civilización se nos estaba colando en el piso y la colleja de mi esposa me hizo reaccionar. Mentalmente repasaba las provisiones de alimentos y agua que teníamos en casa, y también las que dejábamos en el trastero para que estuvieran más frescas. ¿Leche? ¿Cuánta? ¿Agua? tanta, más la embotellada. ¿Pan? ¿Vino? ¡Umm! Chocolate; compré unas cuantas tabletas que estaban ayer de oferta.
Por el walkie talkie escuchaba las comunicaciones de la policía. Aterrador pasatiempo. Se batían en retirada; a esperar refuerzos. Un sargento gritaba a su capitán que despertaran a todo dios, al puto ejército, o quemarían media ciudad esta misma noche.


Más tiros; estos no se andan con florituras. Habrá llegado la Guardia Civil. Le deben estar viendo las orejas al lobo. Y el lobo está bien cebado y crecido con tantos años de crisis, estafas, desfalcos, y lunes poniendo los güevos al sol; en paro. El que no tiene callos en las pestañas de ver tanto hijoputa no sabe de lo que hablo. Hay ganas de jarana, de la grande, por todos lados. Estos no son cuatro estudiantes de novatadas de principio de curso o borrachos de despedida de soltero, estos parece que han entrenado. O estarán tan hartos como yo. Esto es un cabreo monumental y más de uno va a salir por la tronera esta noche.
− ¡Auro! ¿Qué haces?
−Echar un cigarro, no te jode. ¿No oyes los disparos y los gritos?
−Quítate el pijama y te vistes con ropa de senderista, ¡ya!
− ¿Nos vamos de excursión?
−Puede, y a saber dónde terminaremos. Cámbiate rápido.
− ¿Ropa de senderista a la una de la mañana?
−Está ardiendo el ayuntamiento y no sé cuántos sitios más. Y ya han cortado el agua. Bomberos kaputt sein. ¿No querrás vestir de Dolce y Gabbana si tenemos que salir corriendo? Bajo por las mochilas al trastero y subo en un minuto. Cámbiate y saca mi ropa también.

Por las escaleras coincidí con algunos vecinos, unos subían, otros bajaban, alguno ni se sabía, se habría vuelto gallego en ese punto y momento alarmante. Yo tan solo les entendía decir: ¿Qué pasa? ¿Qué hacemos? ¿Dónde vamos? Me zafé lo mejor que supe y conseguí llegar al trastero. Las mochilas a mano y revisión ocular y rápida de cuanto atesoramos. Al salir de nuevo a las escaleras escucho un par de tiros y gritos desgarrados en la calle. Me atrevo a asomar la jeta por la puerta de la calle. Juanón se ha cargado a un tipo que yace a cuatro palmos con la tapa de los sesos al aire y otro encapuchado camina pesaroso agarrándose a las paredes.
−No tires, vecino. ¿Dónde dejaste las postas?
−Las guardo para cuando lleguen los rusos. Esos hijoputas se pusieron a llamarme fascista; ¡a mí! ¿Qué es, moro o negro?
−Espera un momento, a ver si le encuentro la documentación. Un segundo. Yago Fernández, de Oviedo, España. Era un carbayón, Juanón; asturiano como tú. Se pasaría con la sidra y se puso ofensivo. Me voy para adentro que parece que viene una mara calle arriba, no asomes que están pegando tiros por todos lados.
Subí los escalones de cuatro en cuatro y gritando a los vecinos de la escalera que se metieran en casa a la carrera y trancaran sus puertas con todo lo que tuvieran. ¡Cagando leches o nos matan a todos! Silencio en toda la puta casa y que no se vea una jodida lucecita. Como que estamos muertos. Entré en el piso y encontré a mi esposa echa un flan pero ya vestida con ropa deportiva.
−Tenemos que llenar las mochilas, pero que no se oiga una voz. ¿Dónde está tu gorra?
− ¿Mi gorra? ¿Para qué quiero una gorra a las dos de la mañana?
−Mañana también saldrá el sol, te ayudaré a buscarla; tranquila.
− ¿Qué son esas voces en la calle? ¿Ya no hay policía?
−Lo que ha desaparecido es la sensatez. La gente ha saltado a la calle y se reúne en bandadas; tienen menos sentido que los estorninos. Habrá pillajes y violaciones en masa. Tú callada y haz lo que yo te diga.
− ¿Pero cómo se pueden comportar así? ¿Solo porque se ha ido la luz?
−Y el agua corriente, Aurora. Somos así, puras bestias, con poco más seso que los bisontes. Sin electricidad ni agua corriente no hay civilización occidental que valga; los vaqueros han pegado cuatro tiros y se ha producido la estampida. Nos quedaremos en la cama calladitos y descansando. ¿Vale? Hay que descansar; mañana será otro día.
− ¿Descansar? ¿Con esta tensión de nervios? Calla, ¿qué se escucha en la sala?

Era la radio, se me había olvidado apagarla. Los locutores estaban comentando lo que estaban viendo.
− ¡En directo! Desde La Virgen del Camino, León, España, emitiendo con baterías, estudio uno.
− ¡Joder, es que no tenemos otro! Calla un poco, Alfredo. A quien nos escuche: ¡Esto es un puto caos! Cuando nos quedamos sin energía salimos a la calle para ver qué pasaba y desde aquí arriba vemos todo el valle de la ciudad de los dos ríos. Los helicópteros de la Guardia Civil no paran de dar pasadas yendo y viniendo, al aeropuerto ha llegado hace poco más de media hora un Hércules de la Fuerza Aérea Española, automóviles de todo tipo no dejan de llegar a la Base Aérea. Se ven tráficos aéreos pasando en todas direcciones. ¡Un momento! llega Rufino con noticias frescas. Esperar a que se ponga los cascos. ¿Qué nos cuentas de tus notas de actualidad impagable para deleite de nuestros oyentes?
−Ni cascos ni hostias. Esto es una calamidad, Alfredo.
− ¿Qué dices, Rufo? No jodas el ambiente calamitoso que estamos creando. Estamos intentando hacer un programa tipo La Guerra de los Mundos.
−Ya, y tú eres Orson Welles, no te jode. Escuchar, escuchar todos los radioyentes, no estoy borracho o de pachanga. Estaba ahí fuera, echando un cigarro mientras estos dos intentaban poner de nuevo en marcha la emisora con baterías de camión. Veremos mañana, si los camioneros no nos cuelgan por los güevos de la espadaña del santuario de la Virgen, pero a lo que vamos. Se ven incendios desde aquí arriba hasta donde alcanza la vista, y son muchos kilómetros, y cuando ya no sabía que pensar sobre la estupidez humana la catástrofe se nos ha venido encima.
− ¿Catástrofe, qué dices de catástrofe? La gente tiene ganas de cambio, ¡de auténtico cambio! Están aprovechando la oscuridad para agitar el árbol patrio y que caigan de una vez tantas frutas podridas como tiene. ¡Es una bendición lo que está pasando!
−Y una polla como una olla; no me habéis dejado continuar. No lo habréis escuchado metidos en el estudio con los auriculares puestos. He visto un avión, un puñetero Jumbo o un 777, algo inmenso, que intentaba aterrizar en el aeropuerto que tenemos ahí al lado.
− ¿Que has visto un avión transoceánico aterrizando en nuestro aeropuerto? Cuenta, cuenta.
−Intentando aterrizar. A la desesperada. Y se ha estrellado. Habrá docenas, qué digo docenas, habrá cientos o miles de muertos y heridos. La mayor parte del avión ha caído sobre Trobajo del Camino, la pista le sería corta o estaba mal iluminada, o con ninguna iluminación, y se ha ido a caer sobre el pueblo. Dad la voz de alarma a ver si alguien nos escucha, yo me piro ya mismo a buscar a mi mujer y mis hijos. Os advierto, las carreteras están a oscuras y habrá accidentes en cualquier curva; bajar con precaución a la ciudad. Yo me largo. Esto es una catástrofe, una catástrofe. ¡Quitar el puto rock and roll! Nos vemos mañana. Si es que hay un mañana.
− ¿Un avión? ¿Un jodido 777? ¿Sobre Trobajo? Yo también me las piro. Tengo que ir a buscar a mi novia; está de fiesta en un pub rockabilly. Agur, y ser solidarios en la desgracia. ¡Larga vida al rock and roll! Leandro se va.
−Pero, pero, pero, ¡me vais a dejar petado con una exclusiva mundial a la mano! ¡Es la oportunidad de nuestras vidas! Nos escucharan millones y millones, mañana o pasado; lo estoy grabando todo. Y lo seguiré emitiendo hora tras hora.
−Mira, por mí, como si te quitas el tatuaje que te hicieron sobre la raja del culo con la lima de uñas. Hay muertos e incendios por todas partes y no me voy a quedar aquí metido poniendo discos. ¡Allá tú y tu conciencia!


Conciencia no sé si tendría o de qué nivel el locutor radiofónico pero aguantó toda la noche poniendo música. De vez en cuando tomaba el micrófono y comentaba sobre los incendios que veía cuando salía a la calle, fuera del estudio radiofónico, y lo que le confesaba algún transeúnte que por allí pasaba, el desiderátum. Nosotros escuchábamos las sirenas de las ambulancias, los bomberos, los policías, un puñetero maremágnum por las ventanas, teníamos la del dormitorio entreabierta, hacía demasiado calor para ser mayo. Sentados en la cama, los grandes cojines en la espalda, fumando un cigarro tras otro.
−Mañana la cama va a atufar a tabaco rubio, Auro.
−Oleremos a pestes todos. ¿No notas esa pecina que entra por la ventana?
−Huelo la muerte a leguas, corazón. Estaba recordando documentales sobre el gran apagón de Nueva York en 1.965, por entonces era un niño; nunca pensé que viviría algo similar.
− ¡No me engañes! Tú ya has pensado en esto, lo otro, y lo de más allá cuatro o cinco veces antes de que ocurra. ¿Qué hacemos, Dani? ¿Cómo podríamos ayudar a esa pobre gente? Lo estarán pasando mal.
−No podemos hacer nada más que estorbar. No tenemos coche y cualquiera sale a la calle con lo que se escucha por el patio. Antes de apagar el walkie escuché a un policía gritar que habían sacado del cuartel del Ferral a los de la U.M.E, así que tranquilízate.
− ¿Eso qué es? ¿El servicio secreto?
−Cagativo, como decía mi capitán. La contrata de la limpieza, pero para toda la región militar. Ellos tienen medios para afrontar este desastre o se los buscarán. No le des más vueltas e intenta dormir un poco; cuando amanezca tendremos que estar despejados. Cerraré la ventana para no escuchar tanto jaleo. ¡A dormir, corazón! Hay que descansar algo.
La tempestad estaba encima, en las calles, en los campos, y yo no era capaz de imaginar hasta dónde llegaría el oleaje. En su desesperación tronchaban los árboles y arrancaban los arbustos de cuajo de calles y jardines para lanzarlos sobre los automóviles o los escaparates de bancos y comercios y sus pobres mascotas aullaban aterrorizadas o huían espantadas hacia el río. Yo tan solo escuchaba, oía e imaginaba, recapacitaba, ¿cómo llegamos a este punto? ¿Por qué se forzó tanto hasta llegar a la fractura? Necios y sordos nos cavamos nuestra propia tumba. ¿Quisieron que esto fuera así? ¿Que ocurriera de este modo? ¿Qué sucedieran estas cosas? La llegada del alba pareció aquietar como ensalmo mágico el furor de las bestias y poco a poco el silencio volvió a su gobierno apacible. Nos quedamos traspuestos, tal vez el agotamiento nervioso, y el despertador de mi esposa nos sobresaltó tal como si sonaran las trompetas del Juicio Final; hasta ese punto se nos había ido la conciencia.
Tuve que ayudarle a incorporarse pues no se veía capaz por si sola.
−Vamos, Aurora, lávate la cara y despertarás; yo te prepararé el café con leche.
− ¿Seguimos sin luz en casa?
−Seguimos, pero tal vez haya vuelto el agua.

Negativo, los grifos ni tan siquiera goteaban y la única luz era una extraña claridad que entraba por las persianas. Fui levantando una por una, primero las del patio, no parecía haber cambio alguno. Excepto que no se escuchaba a vecino alguno. Las que daban a la calle mostraban un campo de batalla, contenedores de basura humeantes, jardineras destrozadas, escaparates rotos y comercios que habían sufrido el pillaje de las masas humanas. Alguna columna de humo lejana aparecía sobre los tejados pero lo que más sobresaltaba era esa calma irreal, que te golpeaba como algo físico, un campo cuántico de maldad humana; ni tan siquiera se veían palomas por la calle.
Había charcos de sangre aquí y allá.
Tomamos un desayuno frío sentados en la mesa del comedor, callados, sin poder sostener la mirada del otro.
− ¿Me acompañas hasta el trabajo? No tendrás nada que hacer, supongo.
−Claro que te acompañaré, quiero ver cómo están las cosas después de esta noche tan oscura. No te cambies de ropa.
− ¿Te crees que voy a ir a trabajar vestida de montañera? Ni lo sueñes.
−Hazme caso, por una vez. No sabemos en qué estado estarán las calles del centro y si podrás entrar a trabajar. Confía en mí, seguimos en estado de catástrofe y hasta que vuelvan las cosas a su estado anterior es mejor que hagas lo que te pido. En esta casa el único ducho en temporales soy yo. (Pero no en tempestades semejantes; putos jipis, estaban esperando la oportunidad para que ardiera Troya; a ver como salimos de ésta)
−Vale, te haré caso en lo de la ropa. Tenía que poner dos lavadoras esta mañana.
−Ya las pondré yo si restablecen la corriente. Por el momento seguimos sin red telefónica así que puedes dejar el móvil en casa.
−Ni hablar del peluquín, ya lo arreglaran en cualquier momento. ¡Cómo vamos a estar sin teléfono un día entero!, ¡Aggg! Qué olor viene del wáter, mira a ver si puedes hacer algo.


Asco daba caminar por las calles, asombro el centro de la ciudad ¿han vuelto los vándalos o habrán sido los baugadas? Todo patas arriba y tanquetas de la Guardia Civil atravesadas en los cruces principales, tan solo algunas chicas en bicicleta y críos en monopatín se movían veloces por asfalto y aceras.
−No sé si podréis hacer algo con los ordenadores apagados.
−Trabajaremos como cuando no los teníamos, todavía me acuerdo, y la gente necesitará medicinas y muchas otras cosas más. Hasta la noche.
Un beso fugaz y de vuelta al hogar.
En una esquina me tropiezo con un viejo amigo, un sargento de la policía municipal, va de paisano pero el walkie talkie en la mano le delata.
− ¿Qué pasa, Chepo?, ¿haciendo horas extras para subir tu cotización a la Seguridad Social?
− ¿Horas extras? Ya estoy jubilado hace meses pero con este caos he venido a echar una mano a los compañeros. ¿Qué tal la noche en tu barrio? Fue donde empezó el follón, según me han dicho.
−Seguramente; había fiesta de estudiantes, ya sabes, cientos de universitarios llenando calles y bares, y se quedaron sin teléfono y después vino el apagón. Ardió Troya.
−Debió ser la hostia; me han comentado de por lo menos cinco muertos por bala y tres compañeros heridos, ¡y de los nacionales ni puta idea! Hubo tiros por todas partes.
−Es que a la fiesta de los estudiantes se unieron fieras de otro pelaje, de los que tiran de chicharra y saben a lo que van. Han reventado comercios, bancos, de todo. ¿Pillasteis alguno?
−En los cuartelillos no cabe una aguja. Algo bestial. Y encima lo del avión. Todos los hospitales están colapsados, el ejército ha montado hospitales de campaña y están usando los botiquines de los cuarteles. Solo en Trobajo cuentan los muertos por docenas, o por cientos; ni se sabe.
−Pero tienes alguna idea de lo que ha ocurrido, supongo.
−Algo me han comentado un par de guardias civiles, que a su vez tienen comunicación con los militares.
− ¿Cuándo llegarán los refuerzos?
− ¿Refuerzos? ¿Cuándo? No hay y seguramente nunca.
− ¡Qué me dices! ¿Cómo no van a mandar ayuda? ¡Esto es una emergencia nacional! Tendrían que estar ya mandando gente de todo el país para echar una mano.
−Inexacto; como mínimo toda España y Portugal se quedó anoche si redes de comunicación, fallando la red se fue la luz, sin electricidad no funciona nada y no tenemos agua corriente.; tendrás que ir a hacer la colada al río.
−Pues no veas el montón de ropa que tengo para lavar. Así que hemos vuelto al paleolítico; te dejo, voy a ver si consigo encontrar pilas.
− ¿Para qué quieres pilas si esto es el puñetero apocalipsis?
−Para que no me falte ni la luz ni la sensatez. Yo también tengo walkie talkie y no quiero que se quede sin carga; os estaré escuchando.
−Sigues siendo Ladmis Pan, supongo.
− No he cambiado de distintivo, nadie se acordará de él salvo cuatro amigos. Pero solo estaré a la escucha.
−Déjate de chorradas; si lo ves mal llama.
−Vale, cuídate; a ver cuánto aguantan las emisoras.
La tienda de Más barato que en Canarias había sido devastada pero encontré algunos paquetes de pilas que guardar en la mochila. (¡Necesito fuego! ¿La ferretería más cercana? Caminando por La Rúa se me abrieron las puertas del cielo) Una enorme moto japonesa yacía a la puerta del Casino. Navaja multiusos y su estupenda batería ya estaba a resguardo en mi mochila. La ferretería estaba abierta y pude comprar un par de camping-gas, cuatro bombonas y tres paquetes de pastillas para barbacoas.
− ¿Te vas otra vez de campamento a la montaña? ¡Con la que se ha montado esta noche!
−Se estará mejor en el campo. Acampada en el hayedo, chuletas y salchichas. A última hora les preparo leche pantera y aullarán como lobeznos.
−Qué suerte tienes de poderte ir a la montaña, está todo patas arriba. Estos políticos que tenemos no valen más que para meapilas. ¡Con este caos y estarán todos metidos en la cama! No vuelvo a ir a votarles.
−Yo tampoco. Gracias por todo y hasta otro día.
Mientes como un bellaco. Está esto bueno, como para marcharse de fin de semana a Picos de Europa y dejar a Aurora sola en casa.
De camino a casa paré en el mercado cubierto para comprar algún recado de mi esposa. Casi todos los dueños de los puestos estaban en el bar y los juramentos que soltaban debían estar haciendo vibrar las campañas de la catedral. Aun así conseguí algo de pan, un par de hogazas. No podré congelarlas pero aguantarán una semana en el trastero. Latas, mis últimos euros se fueron en comprar unas latas de espárragos. Tenía que haber ido ayer al cajero automático, ¡tú siempre con la cabeza en el hiperespacio profundo!
La pequeña mochila a tope y bolsas en cada mano, caras espantadas y abuelas musitando: te lo estaba diciendo, que esto venía, que nadie para el agua mansa.
Me acordé entonces de mi abuelo materno. Tómatelo como si fuera una riada y ponte al margen y anda con tiento; sea de agua o de gente malhumorada el resultado es el mismo si te pilla desprevenido.
Orden en el caos, que la casa no sea un desbarajuste, prever lo inesperado, estar a la que salta y el walkie y la radio siempre a mano. ¿Qué hacer? ¡Ah, sí! la cama. De vez en cuando encendía uno u otro aparato por si escuchaba alguna conversación y sobre el mediodía me animé a dar una vuelta por el casco antiguo.
Todo el mundo intentaba simular que no pasa nada pero es un intento baldío. Niños y jóvenes no tenían clase y deambulaban en pandillas, mucha gente que ni recordaba que tenía una bici en su trastero la había sacado para poder ir de un sitio a otro pues el tráfico rodado había sido restringido; apenas se veían pasar por las calles alguna ambulancia y coches de policía. Panchitos y cucarachas parecían haberse escondido en las alcantarillas pero algún chino había abierto su tienda de chucherías.
Era todo una gran simulación, no se podía esconder la gran preocupación que nos acongojaba; nada funcionaba. Pasamos todo a modo manual, desenchufados; verás que bien lo pasamos. Las escasas sonrisas tan solo se veían en caras de ancianos que recordando tiempos pretéritos no se alarmaban o inquietaban porque no hubiera teléfono o electricidad, que no funcionasen los semáforos o que hubiera que ir por agua potable a un caño que aun manase, un artesiano. Estos pacíficos ancianos fueron probablemente la primera generación humana que conocieron la electricidad y el agua corriente en sus casas, sufrieron tiempos muy duros, hambruna y represión, para que sus nietos tuvieran a mano tantos juguetes. Sonreían ante las inquietudes de sus nietos.
Una comida fría y solitaria, vino templado y casi media hora antes de lo habitual saqué la bici del trastero para dirigirme al trabajo. Entonces comencé a ser consciente de la magnitud de la catástrofe; lo que había comenzado como una bronca nocturna en mi barrio había alcanzado cotas de rebelión ciudadana en el centro y desastre mayúsculo en los barrios al otro lado del río. Barricadas, habían intentado poner barricadas atravesando coches en algunas calles pero habían sido destrozadas por las tanquetas del ejército o de la Guardia Civil.
En una rotonda una pareja de municipales me echan el alto a pesar de voy rodando por el asfalto y mi carril.
− ¿A dónde va usted? No puede pasar, documentación.
− Al trabajo, tengo que pasar. Curro en la Compañía Nacional de Transporte Ferroviario.
− ¿Y no sabe usted que no funcionan los trenes? ¿No se ha dado cuenta al pasar por la estación? ¿Ignora que no hay electricidad en ninguna parte?
−Disculpen ustedes, pero tal vez ignoren que muchos trenes funcionan con locomotoras diésel. Si queremos recuperarnos de este desastre cuanto antes los trenes tienen que empezar a correr por las vías; y a eso voy. Si me lo permiten.
−Le dejamos pasar, pero que sepa que entra en zona de guerra; puede que no salga vivo de ese barrio que hay detrás de nosotros.
− ¿La plaza del Huevo zona de guerra? ¿Ya están los latinos bailando bachata a estas horas?
−Sí, están de danza con los conguitos, los tanos, los moritos, los rumanos, y cuarenta putas razas más que viven en esa zona. Sabes dónde te metes, estás advertido.
−Yo nací en ese barrio sin par y me bautizaron en esa iglesia que veis. Sé de dónde vengo y a dónde voy, pero gracias por la advertencia.
Si ya iba con la mosca en la oreja los munipas me hicieron ponerme en alerta naranja. Había grupos aquí y allá, casi todos con palos y barras metálicas que ni se molestaban en esconder. ¡Uff! Tómatelo como un final de etapa de la Vuelta Ciclista a España, al menor signo extraño esprintar con todas tus fuerzas.
No fue necesario; a quien cojones le importa dónde vaya un cabrón de ciclista. Paso franco hasta el bar de Ono; hay cuatro compañeros de trabajo ya vestidos de paisano y tomando un chato.
− ¿No vienes un poco pronto para fichar? Y para lo que hay te podías haber quedado en casa.
− ¿Qué pasa? ¿Estamos de huelga?
−Que no funciona prácticamente nada y falta la mitad de la plantilla. Echa un trago.
Eché dos y les acompañé hasta la puerta de la Base, donde habían dejado sus automóviles. Nada indicaba cambio alguno al entrar. El potente sonido de una locomotora diésel me reconfortó más que un discurso real televisado. Somos la última línea roja que defenderá esta puñetera civilización, cuando nosotros paremos vosotros volveréis a las cavernas; putos yonkis del teléfono móvil.

El jefe me recibió con un escueto:
− ¡Ah! Eres tú el que está de tarde.
− ¿Qué pasa por aquí? Al venir comprobé que no han quemado la estación. ¿Sale algún tren de viajeros?
−Ni de viajeros ni de nada. Todo parado. No hay comunicaciones.
− ¿No funcionan las señales ni los cambios de aguja? ¿Nada?
−Nada. Estamos en contacto con el ejército para ver si conseguimos sacar algún tren pero por el momento nada de nada. Cámbiate rápido de ropa, estarás de vigilante. Es posible que manden soldados esta noche para que vigilen las instalaciones.
− ¿De artillería?
−De lo que tengan, tal vez haya un vigilante jurado que pase por aquí de vez en cuando; no le putees, que te conozco. Al loro porque como puedan los tanos se llevaran hasta los raíles de las vías con este desbarajuste.
− ¿No tendremos una ametralladora de dotación en algún botiquín guardada?
−Ni se te ocurra hacer el rambo y procurar los cuatro pasar buena tarde. ¿Sabes lo de Trobajo? ¿Le pilló a alguno de los tuyos?
−Ni idea, ¿sabes tú algo?
−Hoy han faltado al trabajo quince compañeros, todos los que vivían en esa zona.
− ¿Qué tarea nos dejas para la tarde?
−Quiero todas las diésel funcionando al mil por mil. No funcionan los ordenadores, lo que gastéis lo apuntáis en este cuaderno. Tenemos funcionando los compresores, si necesitáis gasoil para algún aparato sacarlo del depósito de la calefacción que está lleno, y puedes cargar los walkies en el cuarto de baterías.
− ¿Y no anda ni un puto tren? Tanta fibra óptica y tanta gaita escocesa de última tecnología para qué, ¡eh! ¿Para qué?
−Solo las emisoras y el tren-tierra. ¿Cómo van a salir los trenes sin señales automáticas? ¿Cómo mandas los mensajes de estación a estación?
−Joder, con el telégrafo; seguirán funcionando digo yo.
− ¿El telégrafo? Muy bueno lo tuyo, me voy a casa riendo. Suponiendo que quede alguna línea que no se hayan llevado los cables los tanos o los rumanos, ¿dónde encuentras tú hoy día un telegrafista? Están todos jubilados hace años.
−Te das una vuelta por los bares del barrio La Sal y encuentras por lo menos cinco promociones en buen estado y otros tantos que hicieron la mili en ferrocarriles. No se les habrá olvidado el código, raya, punto, raya…
−Anda, venga, déjate de chorradas, me voy a casa. Cierra todo bien antes de irte. ¡Uhnn! Te doy permiso para salir en la hora del bocadillo a ver si encuentras a algún compañero de los viejos tiempos y te da alguna idea.
Las locomotoras diésel ronroneaban como mansos gatitos tras varias horas de cuidados intensivos de la brigada de tarde y antes de pararlas las dejamos a resguardo dentro de las naves de la Base. Ya se había pasado la hora del bocata pero me largué a dar una vuelta por el barrio, ¡un día es un día! Salí hasta el bar que hay junto a la mezquita a darme un clareo y tomar algo.
El humo del gasoil nunca le ha sentado bien a mi organismo y aunque he procurado conseguir mutaciones favorables en mis pulmones fumando cartones y cartones de Camel, con filtro, no consigo evitar nunca que me entre una tontuna extraordinaria al inhalar durante horas esos vapores cancerígenos de nuestras locomotoras.
Me encuentro en la puerta a Jamil, un tío de lo más majo del mundo, le cojo de la mano y me lo llevo al bar.
− ¿Qué pasa, cucaracha? ¿Cuándo vuelves a Senegal?
−Hoy no puedo, jefe, ¡me habrán hundido la patera la noche pasada!
−Pues ven a tomar una Coca-Cola, ¡pero estará caliente!
− ¡Como las tomaba siempre en Dakar! Recordaré África gracias a ti. ¡Alá te bendiga!
− ¿Por una Coca-Cola? Tan barato no se venderá. Deja eso, cuenta, ¿qué pasó anoche en el barrio?
−Perdimos la cordura, que El Señor sea misericordioso con todos nosotros.
−Nunca hemos tenido gran cosa así que el perdón será rápido, ¿hubo peleas?
−Todos contra todos, calle contra calle; latinos contra gitanos, moros contra cristianos, argelinos contra marroquíes. ¡Fue Satán que nos echó a unos contra otros!
−Todo lo más os daría un empujoncito, porque ganas de gresca teníais a toneladas. ¿Y esta noche qué? ¿Qué se está preparando?
Bajó la mirada el buen hombre hasta las baldosas del suelo, tuvo que posar el refresco en la barra, le temblaba la mano. Y empezó a farfullar en árabe. Un golpe en el hombro y volvió a esta dimensión del conocimiento; ya se habría subido a la tercera o cuarta planta.
− ¡Jamil! ¿Qué?
−Malo, jefe, malo.
− ¿Vienen los demonios a llevarnos?
−Vienen tantos que su número es superior a las arenas del desierto.
−Vale, ya pillé el mensaje. Cuídate y no salgas de noche a la calle.
− ¿Por qué?
−No te vaya a pillar con la bici, ¡estará todo oscuro y no te veré! No te enfades, cucaracha, saldremos de ésta.
−Español, espera. ¿Por qué tienen que pelearse simplemente porque se hayan quedado sin luz? ¿Por qué?
−Porque ahora son conscientes de que vivían en las tinieblas y cuando una luz les alumbra, aunque sea de bicicleta, se ven los unos y los otros como monstruos. Y los monstruos se pelean, y se matan. Hazme caso, no salgas en cuanto oscurezca.
−Que El Señor te bendiga, español.
−Gracias, que nos bendiga a mí y a todos los ciclistas.


De vuelta a las instalaciones de la Base, caminando por las vías abandonadas del Paso a Nivel, me encuentro con que delante de mí van cinco gorrinas. (¿Cómo llevan la visera?, de lado, folloneros; atento. ¿Qué serán? ¿Tanos, hispanos, o algún tipo nuevo de mutantes extraños)
−Disculpen, (muy suavemente, háblales con dulzor almibarado) ¿dónde van ustedes? ¿Saben que se encuentran en unas instalaciones de propiedad estatal?
Al girarse observo con claridad que llevan palos y bates de béisbol. (Al loro o estos panchitos van a hacer un home run con tu cabeza al menor despiste)
− Sí, ¿pasa algo? ¿Quién cojones eres tú para echarnos?
−Un humilde trabajador por cuenta ajena que no les está echando nada, simplemente les está advirtiendo que encuentran en una zona prohibida y que se meterán en problemas si no se van enseguida.
− ¿Nos vas a crear problemas tú, gordo de mierda? Me dice el que puede ser el mono jefe de la pandilla blandiendo su bate con pericia.
− Yo no les voy a crear nada pues no tengo por qué hacer nada; me basta con pulsar este botón y esperar resultados.
Al ver el walkie talkie en mi mano izquierda les entran las dudas; puede que su plan de saqueo se venga abajo si no logran desmontar mi velada amenaza. Inician un movimiento como de irse pero les noto al instante la jugada; uno de ellos hace como que se queda rezagado y, de improviso, se da la vuelta y se lanza hacia mí como para darme un cabezazo. (¡Vaya! ¡Pues sí que lo tenía ensayado este chimpancé! Ha frenado a menos de un centímetro de mi frente) Al ver que ni he pestañeado (ese truco ya lo usaba yo cuando tenía ocho años, palurdo; y se caían todos) se me pone chulito.
− ¿Me vas a echar tú? ¡Eh! ¿Me vas a echar? (Ahora el viejo truco de incitar el primer golpe para que sus amigos me muelan a palos en cuanto levante la mano)
En instantes los dedos de mi mano derecha ya habrán alcanzado los cinco kilopondios por metro cuadrado de presión y el brazo se ha armado para soltarle una hostia que ni el badajo de la campana mayor de la catedral conseguiría superarlo. El pavo me pilla la jugada y da dos pasos para atrás y se pone a bracear como un chimpancé en celo.
− ¿Me va a dar? ¿Me vas a dar, eh viejo?
Solo consigue arrancarme una sonrisa el puto zombi que me va de oreja a oreja y mientras espero pacientemente a que sea él el que intente soltarme una galleta un sonido a mis espaldas me hace cambiar el gesto al instante. El inconfundible sonido del cerrojo de un fusil ametrallador al cerrarse y enclavar un proyectil.
−Este no te va a dar, pero yo sí; y entre ceja y ceja como no os piréis ya mismo. Escucho decir detrás de mí.
El mono se aparta sobresaltado para ver quien habla con esa voz tan fuerte y autoritaria y aprovecho para gira el cuello lo justo para mirar con el rabillo del ojo. Sombrero y ropa de camuflaje, fusil de asalto calibre 5.56, insignias de artillería y compañía de transmisiones; cabo. Los chimpancés salen a la carrera y saltan la tapia en cuestión de segundos largándose cagaditos de miedo.
−Gracias, mi cabo.
−De nada; nos han ordenado pasar la noche en esta Base. Estaba de reconocimiento, localizando puestos de guardia.
−Le ayudaré gustosamente, ese papel que lleva no le servirá de gran ayuda.
Porta un plano de las instalaciones que tendrá cincuenta años de antigüedad como mínimo; un poco más y se lo dan en papiro. Será de cuando hacían la mili en ferrocarriles. Rápidamente se despiertan mis dormidos instintos militares, tanto tiempo adormecidos.
−Tendrá que dejar una pareja subidos al puente del arenero; se divisa medio barrio. Eso para empezar.
− ¿Hiciste la mili en El Ferral?
−Castellón de la Plana, Infantería Motorizable, cabo de transmisiones; por cierto una chulada el walkie que lleva. ¿Cuántos hombres para esta misión?
−Me han dejado nueve, pero esto es enorme.
−Pasaréis la noche en vela pero esta Base no deja de ser un fortín, lleno de agujeros; controlaréis kilómetros cuadrados pero con los dos barrios enfrentados y vosotros en medio seguro que no os aburriréis.
−Eso seguro. Vamos, tus compañeros se marcharon al llegar nosotros; puedes largarte cuando quieras.
−Le echaré una mano para localizar puestos seguros. No quiero que le metan fuego a toda la Base esta noche esas pandas de tarados.
Pasé un buen rato en compañía de los militares yendo de una punta a otra, subiendo y bajando tejados, recordando viejos tiempos siempre con una radio en la chepa.
− ¿Cómo están las cosas en Trobajo del Camino? ¿Sabéis el número de víctimas?
Los helicópteros pasaban sobre nosotros yendo de aquí para allá.
− ¿Se ha restablecido ya el tráfico aéreo?

No sueltan prenda, bien entrenados, ni que yo fuera un puto talibán. Estarán volando a ojímetro. Finalmente el cabo me coge por el codo para indicarme que me las pire, pero ya.
−Marcha ya, que está oscureciendo, o si no vas a tener que pasar la noche con nosotros. Se va a cortar todo tipo de tráfico en cuanto oscurezca.
−Voy en bici y paso por cualquier sitio. ¿Ley marcial y toque de queda?
−Algo similar, el protocolo establecido para estos casos. Arranca sin perder un minuto.
En cuatro o cinco estaba saliendo de la Base y dando pedaladas por las estrellas calles ya casi en penumbra. En una de ellas, de las más estrechas, dos familias gitanas están haciendo la cena con dos hogueras en mitad de la misma. No puedo pasar.
− ¡Uhnn! ¿Alubias estofadas y Olla podrida? Se me está abriendo un apetito de oso.
Una abuela gitana, enlutada, pañuelo negro cubriendo sus cabellos se me encara.
− ¡Mira tú, el payo! Cómo sabe lo que cocinamos.
−Como que viví en el barrio Las Ventas; y, oiga, yo de payo no tengo nada. Me parece que voy a tener que hacer lo mismo en mi calle para cenar caliente.
− ¡De Las Ventas de Nava! Entonces habrás probado muchos pucheros de cuando niño. ¿Cristiano?
− ¿Castellana?
− ¡Gitana de León! Dejarle pasar vagos, que se le hace de noche.
A su voz la tropa calé se abre como las aguas al paso de Moisés y yo meto otro piñón para largarme velozmente de la zona.

No tientes tu suerte, no la tientes, que ya estás muy viejo. Próximo chekpoint la rotonda de la estación de Adif. La misma pareja de policías municipales, el mismo procedimiento estándar: DNI, carnet profesional, la VISA, y casi tengo que enseñarles las escrituras de una hijuela que me legó mi abuela para ver si así me dejan pasar.
− ¿Todo tranquilo por el centro?
−Todo en calma, pero no pares hasta llegar a casa.
− ¿Y ese humo? ¿Están quemando la catedral?
Los dos munipas se sorprenden casi tanto como yo y rápidamente comienzan a hablar por las radios.
−Negativo, están ardiendo los pinos, al otro lado del Torío, por la zona de Villaobispo.
No tienen que decirme más; bajo de la rotonda con el plato grande y el piñón pequeño. Villaobispo, mi hermano, se nos mete la noche encima, no llego ni de coña dando pedales, ¡mierda! Confío que el fuego no pueda cruzar el río, aun baja bastante agua. 


En el Burgo Nuevo tengo que frenar y echar pie a tierra. Otra panda de gorrinas haciendo la gracia, llevan la visera hacia delante, hispanos, ¿dominicanos? Uno de ellos se me acerca por el flanco derecho haciendo el gorililla.
− ¡Príiiimo! No va a poder pasar sin nos da algo.
Mi puño derecho sale disparado como un obús, y porque no me dio tiempo a apretar más los nudillos que si no le quedaba un piño fijo; sale disparado su cuerpo a dos metros de distancia intentando mantener la cabeza pegada a los hombros. Sus compañeros se abren y corren a auxiliarlo; me las piro.
− ¡Hijoputa! Nunca putees a un ciclista que va dando pedales. Putos ñoquis.
Subo hasta la plaza de la catedral, ya se ven claras las estrellas en el naciente y la luna aclara la zona. Las llamas avanzan insaciables hacia la urbanización de Las Lomas. ¡Cuántos recuerdos! Tantos amigos que se han ido, cuántos cuentos no habré escrito a la sombra de uno de esos pinos o tomando un caña el bar. A ver cómo se para ese infierno sin agua, sin bomberos, y de noche. Vamos a casa, Aurora aguarda.
Apenas enfilo de nuevo Calle Ancha abajo me para un grupo de ninfas bárbaras; llevan pantalones cortados por las ingles, la barriga al aire y ¿para qué se cubrirán los pechitos? Eva no se andaba con tantos miramientos para comerse una manzana o un platanito.
Frenar y echar pie a tierra. Una de ellas, rubita, con unas piernas de dos metros de largo, se me acerca con una navajita en la mano y me la acerca al cuello.
− ¡Danos todo lo que tengas o te rajo! ¡Ya mismo! ¡Pero ya!
¿Pero esta boba qué se pensará? ¿Qué me está mandando un WhatsApp? Parece que se me ha pegado a la ropa el olor a humo y a puchero gitano; quieto Dan, se van a enterar las pibitas.
− ¡Jaaa! ¡A mí! Al sobrino del Calata le van a chorar unas guajas. Por las tres calaveras, ¡jaaaa! Como tenga que posar la bici os voy a dar…
Mi acento caló no lo superan ni los nietos del Tío Caquicho y la chavala retrocede sobresaltada. Con el casco, la gorra, y las gafas cubriéndome la cabeza las chicas no saben ahora si han parado a un gitano o a un castellano. Sígueles el rollo.
− ¡Jaaa! Lleváis una ropa muy bonita. Mañana podéis pasar por mi puesto en el mercado y os venderé unas braguitas muy, muy, baratitas. ¡Ja!, y medias preciosas a mitad de precio. Y por ser tan guapitas también unos tops maravillosos.
− ¡Déjalo, Susana, déjalo! Grita una de las pijas. Es un merchero. ¡Apártate!
−Sí, anda bonita, vete a casita y usa la navajita para hacerte la manicura.
Se abren como mariposas.
A estas pipiolas las pillo yo con treinta años menos y me paso una noche de miedo a costa suya.

Miedo, ¡para qué lo nombraría! Su poder oscuro, imperfecto. Miedo; ya se me revuelven los genes más antiguos.
Dejo la bici en el trastero y subo las escaleras de cuatro en cuatro. Está en casa. Sentada en el sofá, apenas alumbrada por una vela olorosa.
− ¿De dónde vienes a estas horas?
Toma, la primera en la frente. Y aún no me he podido ni descalzar.
−De la peluquería, había pedido hora.
− ¡Pero si la policía me ha asegurado que aquello es zona de guerra! ¡Que se matan por las calles a palos y tiros! ¿Qué hacías allí hasta estas horas?
−No hagas caso a lo que te digan, son tácticas de desinformación. Estaban todas las pelus del barrio abiertas, y la iglesia y la mezquita. Otra cosa será a estas horas, que ya no se ve a jurar. Confío que se les haya pasado las ganas de gresca. ¿Cenamos?
− ¿Dónde conseguiste el camping-gas?
−Pues dónde va a ser, en la ferretería. ¡Ay! Se me olvidó comprar el reborde para la puerta de la cocina, y lo tenía apuntado en un Post-it. Perdona, esta mañana no tenía la cabeza clara.
− ¿Y cuando la tienes? Haré yo la cena, ¿abres tú el vino?
− ¡Descorcharé nuestro mejor reserva! Tal vez tengamos visita.
Con todas las ventanas abiertas el humo de las velas se iba con facilidad y casi pudimos disfrutar de una velada romántica, cenar viendo las estrellas del cielo; como si estuviéramos en la montaña. Y nos queda tabaco en abundancia.
− ¿Tú cómo lo ves? ¿Qué tal en el trabajo?
−Pues casi como cualquier otra tarde, pero sin trenes. Ni los militares saben cuanta gente habrá muerto, casi todo Trobajo del Camino ha ardido y solo las vías del tren evitaron que los incendios pasaran hacia el barrio Paraíso.
−Vamos, que aquello es un infierno.
− ¿No ha estado siempre al lado del paraíso? Tan solo la vida los separa.
−No te me pongas místico ahora y abre otra botella. ¿Por qué miras tanto por la ventana? ¿Está Venus en conjunción con Júpiter, o algo así?
−Tu pasión por el Ribera del Duero no desfallece ni en la peor de las tempestades. ¡Brindemos por ello! En otro tiempo hubiéramos viajado en el Titanic.
− ¿Cuándo se fue a pique?
−Te habría conseguido un bote salvavidas, atiende: ¡que silencio! Es extraño, pero se agradece.
−No habrá un alma aparte de nosotros en todo el edificio. Se han debido marchar todos los vecinos.
−Tendrán casa en el pueblo y se habrán ido de fin de semana. ¿Te sirvo otra copa?
Supongo que la luz de las velas no traicionó mi gesto de preocupación. Mala cosa; debería preguntarle a Juanón si le sobra una escopeta y munición gruesa. La radio a mano, el walkie, ¿y si pudiera acoplarlo a la antena del Canal Plus? (Ves, Dan, lo que hace el vino, ¡ves!)
− ¿A que ya estás con la cabeza en el S.E.T.I.?
−Casi, cómo me conoces. Espera, se oye algo en la radio.
Alfredo, nuestro impagable reportero radiofónico está haciendo un reporte terrorífico y majadero. Confiesa entre líneas que ha asaltado el bar cercano a la emisora y le está atizando al Chivas 25 años, ¡con Coca-Cola!
Hay gente que nunca tendrá clase, así viva cien años.
−El recuento de víctimas mortales asciende a cuatrocientas veintiuna según últimos informes militares a los que he tenido acceso. Los incendios siguen activos pero los vientos del sur, livianos, están echando las llamas hacia San Andrés del Rabanedo. Los chicos de la U.M.E. están cavando zanjas para cortar el avance de las llamas y confían en salvar la capital del municipio. Otro incendio, que desde aquí arriba he estado viendo se ha ido desplazando desde los pinares de Villaobispo y se dirige hacia Villamoros y Villavante; confiemos que no cruce el río y abrase Villanueva del Árbol y toda la zona de urbanizaciones. En la lejanía se observan incendios en toda la provincia, mires al norte, mires al sur, se ven fuegos en todas las direcciones. ¡Glub! Volveremos a las cavernas como esto dure mucho, ¡viva el canibalismo!
−Oye, apaga la radio, no soporto a ese idiota mamado.

La noche. Siempre temimos la noche; tal vez grabados en nuestros genes primates estén los temores de millones de años durmiendo al aire libre, escuchando las risas de las hienas acechando a los hijos de nuestros ancestros, los exploradores. Nosotros vivimos en ciudades desde hace unos pocos siglos pero, como los pelos de las axilas y otros rincones magníficos, no nos ha dado tiempo a liberarnos de esos miedos profundos que resurgen al pasar una noche a oscura.
Aurora y yo teníamos linternas, varias, incluso una que funciona sin pilas, con una dinamo accionada con manivela. Pero de todo se cansa uno; intentamos dormir como siempre, como llevábamos haciendo más de diez años juntos, y que fuera lo que Dios quisiera.
Lo que quiso fue un espanto.
Sobre la media noche comenzamos a escuchar de nuevo voces y carreras, aullidos desgarradores y lloros de crías. Ya estábamos acostados.
−Dani, ¿por qué no te levantas y miras por una ventana a ver qué pasa? Sé que no estás durmiendo.
− ¿Cómo lo sabes?
−Porque no estás levitando o roncando. Levántate a mirar.
¿Qué podía ver en una calle oscura? La luna estaba como velada y apenas se distinguían bultos que corrían de aquí para allá. Apenas asomé las narices con la ventana abierta comencé a escuchar detonaciones, tiros de corto, de calibre largo, de caza, de todo tipo. Se estaban tirando cuanto tenían vecinos y visitantes; bueno, antes agotaran las municiones. Cerrando y de vuelta a la cama. Muy oscuro para hacer fotos.
− ¿Ya están otra vez a tiros por el barrio?
−Sí, y esta noche incluso de ventana a ventana. Esta majadería no tiene sentido alguno, no lo tiene, no lo tiene, no…
−Bueno, pues déjalo. Venga, volvemos al salón; total, no vamos a poder dormir.
−Tal vez deberíamos hacer como la noche pasada y vestirnos por si hay que salir pitando.
−Ni se te ocurra, no te voy a permitir que me estropees la tapicería del sofá con tus pantalones de montañero. Estamos mejor en pijama; hace bastante calor.
Esta noche, noche de viernes, ¡tendría que estar toda la juventud de fiesta! No se capta emisora alguna ni con la radio pequeña ni con la grande. ¡Si tuviera onda larga como las antiguas! Y el walkie yo no quería escucharlo pero Aurora se puso a escanear automáticamente captando emisiones de policías y militares.
Yo prefiero estar sentado en el sillón de orejas y con los pies encima de la mesa (esta noche Auro hace la vista gorda; aprovecha y estira las piernas) con los ojos cerrados, como si estuviese durmiendo. Serán ya las cuatro de la mañana y no paran de dar la brasa. Pero, bueno, ¿qué quieren? ¿otra puñetera guerra civil?
−Dani, espabila, ¡escucha esto! escucha.
Está sintonizando el canal de la policía nacional y lo que se oye da a entender que los problemas, mayores aun, se aproximan. La marabunta ha logrado cruzar el viejo puente romano y se dirige hacia el centro de la ciudad. Los maderos se retiran a la desesperada hacia la plaza de la Inmaculada. The military is missing.
−Ahí no podrán pararlos, es una plaza abierta.
− ¿Entonces dónde?, ¿dónde Dani?
−Te lo diré cuando lleguen a Botines, tal vez allí lo consigan.
Pero no pudieron parar esa riada humana a la desesperada; serían miles, supongo. La gente de los barrios, hartos y ahítos de pegarse y matarse unos a otros se debieron poner de acuerdo para lanzarse a atacar a la gente del centro, y como aquí solo vivían ya cuatro ancianas, los jóvenes fueron desahuciados años atrás, arroyaron con facilidad a los maderos y tuvieron vía libre para saquear cuanto se les antojara.
No había pasado una hora cuando empezamos a escuchar grupos de saqueadores en nuestra propia calle. Más tiros y más ayes. Atento. En minutos escuché cómo tiraban abajo la puerta de la calle de cuatro patadas.
− ¿Qué hacemos?, ¿Dani? ¡Espabila!
−Tú callada y espera sentada.
A grandes males grandes remedios nos enseñaron los abuelos. Esperé a oscuras tras la puerta de casa. Un grupo había entrado en la casa y corría escaleras arriba y abajo. Observaba por la mirilla pero no conseguía identificarlos por ir con gorras y encapuchados. ¿Panchitos? También hay mujeres. Daban patadas a las puertas intentando echarlas abajo. Un par de encapuchados de liaron a dar patadas en nuestra puerta gritando:
− ¡Abrir, hijoputas! Sabemos que estáis en casa.
Ya podéis pegar con los cuernos, mamones, es una puerta acorazada.
− ¡Nos follaremos a tu mujer y te daremos por el culo, cabrón nazi, y después te sacaremos las tripas!
Ya me estaban calentando, y mira que era templado yo, pero terminaron de joder la marrana cuando empezaron a atacar la puerta con lo que me pareció una pata de cabra. (¿Me vais a joder la puerta y después la esposa? Os vais a enterar, prendas.) Un segundo, visualiza, ¿para qué jugaste tantos años al balonmano? Cámara, ¡acción!
La mano derecha abre de golpe la puerta y la izquierda golpea con el hacha de trinchar en la cabeza del que estaba intentando apalancar, cambio de mano y le atizo al compañero en la nuca cuando intenta huir escaleras abajo; ni les das tiempo a decir: ¡bachata! Mano de santo, los demás capuchinos salen pitando escaleras abajo.
Me adjudico su barra de acero, podré abrir alguna cabeza gritando: ¡Palo a Roma! pero aunque bajo las escaleras a saltos no me dan tiempo los hijoputas, salen por la puerta de cuatro en cuatro.
− ¡Auro!
− ¿Qué? ¿Qué ha pasado?
−Nada reseñable, coge tu mochila, nos vamos.
− ¿Cómo vamos a salir a la calle con toda esa gente gritando y asaltando casas? ¿En pijama?
−Haberte cambiado, comodona. A la calle no, al trastero. Volverán por sus compañeros.
− ¿Por quienes?
−Ponte la chaqueta, puede refrescar.
Bajamos las escaleras y nos vamos a los trasteros; el nuestro no es muy amplio pero cabemos los dos colgando la bicicleta del gancho.
− ¿Y crees que aquí estaremos seguros?
−Más que en el piso. Son dos puertas blindadas las que tendrán que joder para poder tocarnos. Espera, vamos a extender los sacos de montaña y las esterillas. Estaremos comodísimos, pero procura hablar bajito.
−Pues no se está tan mal usando las mochilas de almohada, debí tirar ese par de zapatos. ¿Y ese olor? ese olor que sale por la tapa del pasillo es insoportable.
−Usa tus pañuelos de papel perfumados y lo soportarás. Veinticuatro horas sin agua corriente y estarán todas las tuberías atascadas. Pero, mira: ¡tenemos cava! Alegra esa cara, no va a ser todo malo.
Al cuarto cacillo de cava ya sonríe mi amada y empieza a hacer como si no hubiera pasado nada.
¿Nada? Nunca entendiste a las mujeres.
−Les mataste, Daniel, a los dos; eres un homicida. ¿Sabes lo que has hecho?
−Más o menos. Corazón, yo estoy aquí de paso, no me voy a dar golpes de pecho por eso. No se cruza el océano para joder a los naturales del país a la menor oportunidad; esa lección debían traerla tatuada en la frente precisamente ellos, los finados; eran hispanos.
−Pero si tú nunca has sido racista…
−Y estoy ya muy mayor para empezar a serlo. Pero era ellos o nosotros. No debieron tensar tanto la cuerda. Calla un segundo.
Justo lo que había pensado, volvían por sus caídos. Gritos, voces destempladas, lloros y patadas a todas las puertas. Se los llevan. Ni se les ocurre mirar en los trasteros. Acuérdate de encargar mañana dos coronas de flores, lo cortés no quita lo valiente.
−Ya se van, ¿quieres que abra otra botella?
− ¿Dónde está la de Moët y Chandon? ¿Para cuándo la guardas? No pasaremos de esta noche y lo sabes. Esa gente volverá, son vengativos.
−Para cuando vea venir a Cristo montado en una nube a juzgarnos. Abriré otra de cava que tengo aquí a mano; tranquila, que de esta movida libramos.
−No hagas esas bromas, Dani, no digas eso; estoy totalmente acojonada.
Nos quedamos fritos a media botella, calentitos en los sacos de dormir, y no despertamos hasta pasadas las diez de la mañana, subimos al piso cogidos de la mano. No habían conseguido tirar nuestra puerta abajo pero dejé la barra de acero en el paragüero por si regresaban.
− ¿No tenías que trabajar hoy? Ya llegas tarde.
−No, hoy les tocaba a mis hermanas; pero deberíamos bajar a ver cómo está la cosa y si son capaces de trabajar. No me fío de ellas.

Ya no había niños corriendo por las calles ni ancianos dando de comer a las palomas. El sol estaba como velado por el humo oscuro de los incendios y ya no debía quedar un comercio, banco o cafetería, que quedase indemne. La visera de mi gorra no consiguió disimular la negra mirada que se me escapó al ver que en la plaza de Santo Domingo ya no había ni policía ni tanquetas ni nada que recordase el orden establecido.
La farmacia de mi esposa estaba devastada, la farmacia y todos los comercios y bancos de Ordoño II. No quedaba puerta o escaparate en pie. Las hermanas de Aurora se encontraban en la casa de su madre, a salvo. Acojonadas, pero sin mayores problemas; el perro de aguas de Conchita parecía ser la única alma alegre del universo cercano en aquellos momentos.
− ¿Por qué no quedáis con nosotros y estaremos juntos?
− Ni hablar, nos vamos a nuestra casa. Ya sabrá alguien cómo acabar esta locura. Alguien sabrá poner orden, no sé, militares… ¿Dani?
− ¿Y qué van a hacer? ¿Poner obuses de artillería de campaña en el centro de la plaza? ¿Bombardear los barrios o los pueblos de los alrededores? Algo se les ocurrirá. Sí, nos vamos.
Volvimos al barrio cogidos del brazo y caminando cabizbajos, parábamos a charlar con cualquier cara conocida. Cuando falla la civilización aún nos queda algún rasgo de humanidad dormida; volvíamos al viejo sistema de dar razón y recogerla para cuando encontráramos a algún conocido común.



La humanidad, la humanidad aún nos tenía alguna sorpresa preparada. Subiendo hacia la catedral nos sorprendieron los gritos y esparavanes que daba un grupo de gente en un rincón a la puerta de un banco. Nos acercamos a ver qué pasaba.
Era una muchacha, una muchacha mora estaba dando a luz allí tirada en plena calle. Aurora apartó a manotazos a los mirones y comenzó a gritar a pleno pulmón: ¡un médico! ¡Un médico por Dios!
−Auro, para, ¿dónde vamos a encontrar un médico en plena calle? Ayúdame a incorporarla y la llevamos entre los dos hasta el hospital de La Regla.
− ¡Que está rompiendo aguas, bestia! No la toques. ¡¡Un médico!!
Y el médico apareció; era un mochilero, un joven con barba de tres días que acudió corriendo a la llamada. Se hizo rápidamente cargo de la situación pero pasaban los minutos y no era capaz de sacar a la criatura.
− ¡Jesús! No soy capaz, no lo soy. ¿Dónde saco yo ahora una ventosa?
− ¿Ventosa? ¡Inútil! ¿Para qué tienes las manos? ¿Para limpiarte el culo? Saca al niño de una puta vez.

Pues buena era Aurora para estas cosas, cojonuda. Cogió por la pechera al médico y le aseguró que o sacaba al bebé o le metía a él la cabeza bajo los adoquines del pavimento.
− ¿No has aprendido nada en la Universidad? ¡Saca al niño antes de que se ahogue!
−Señora, perdone; llevo dos días de guardia infernal en el hospital y no tengo ni fuerzas ni ideas para nada. Estoy deshecho, deshecho. No soy capaz de sacarlo.
−Pues rómpele el coxis a la madre y saca al niño. Yo te ayudaré. ¡Dani! Aquí a mi lado.
Y el niño salió, y con mi navaja del ejército suizo le cortó el cordón umbilical. Primero tuve que ayudar al médico a incorporarse, estaba que no se tenía en pie y después a la parturienta entre los dos. Aurora tenía en brazos al recién nacido y lo defendía de mirones como una leona.
−Bueno, solo le pido un último esfuerzo: ayúdeme a llevar a esta muchacha hasta el hospital de La Regla.
− ¡La Regla! Imposible. Está ardiendo por los cuatro costados, de allí proviene ese humo negro que veis.
Quemar un hospital. Estando como estamos y le prenden fuego a un hospital. Estaba por poner la visera de la gorra hacia atrás. Ya no entendía nada. Aquella noticia me nubló el entendimiento, (¿ese humo viene del hospital?) y pedí socorro con la mirada a mi esposa. Me lo noto al instante.
−Nos los llevamos a casa. Ya encontrarás el modo de avisar a su familia. Ayúdanos, vivimos aquí cerca.
El mochilero, un chaval majo, nos ayudó a subir la chica a casa y acomodarla en la cama pequeña. Pero cuando comenzó a darnos consejos de cómo cuidar del bebé Aurora le mandó a su casa no muy educadamente.
− ¡Qué sabrá éste de cómo cuidar a un bebé! Que se vaya a dormir que está que se cae. Dani, ¿qué estás haciendo?
−Necesitamos agua, más agua. Ahora somos cuatro en casa. Cuida de la parejita.
Con un par de botellas de litro y medio y las dos de cava que nos habíamos pimplado la noche pasada me dirigí a la fuente de San Martín. Apenas había gente por las calles del Barrio Húmedo, estaban todos haciendo cola en el caño. Estaría dos horas para llenar las botellas, casi a la carrera bajé hasta el Caño Badillo. Suerte. Apenas una docena de penitentes tenía delante; aproveché para pegar la hebra con cuantos quisieran hablar y así mejorar mi visión de la situación real y al momento.
Sí, que estaba fea la cosa. Que habían visto correr por las calles ratas a montones. Sí, que cómo saldremos de ésta. ¿Qué cómo? Pues como toda la puta vida: arrimando el hombro y evitando el salvajismo. Mientras no vuelvan los suevos o los visigodos iremos librando.
Apenas entrar por la puerta de casa y ya Aurora me hace salir a la carrera. Necesitamos leche de sustitución, potitos, vendas, compresas, ¡joder, vaya lista!
−Baja hasta nuestra farmacia o donde puedas, ¡pero no vuelvas a casa hasta que no llenes la mochila con lo que te he pedido!
Ahora me toca hacer de manguta; me pondré la visera de lado y nadie se dará cuenta. Tuve que entrar en tres farmacias hasta completar el pedido y soltar cuatro hostias masculinas y muchas más femeninas, y hasta alguna neutra se me debió escapar.


Tendría que haber traído la barra de acero; ahora soy yo el latino. Habían saqueado también la iglesia de San Marcelo pero en un rincón conseguí una buena porción de incienso; ayudará a soportar el olor a pecina que sale de todas partes y en casa mismo.
Subí las escaleras cantando "Burbujas de amor", me encanta Juan Luís Guerra. Auro ya tenía la comida preparada y en una bandeja la de la muchacha servida.
− ¡Llévasela y no tires nada!
Ya se habían hecho amigas.
−Se llama Hafsa, es de Esauira, ¿no conoces esa ciudad? Tú has estado en Marruecos.
−Pues sí, e incluso me bañé en una playa cercana a la ciudad. Pero en árabe solo sé decir: ¡Salam Aleikum!
Un encanto de muchacha y el niño guapo a rabiar; Auro ya lo había bañado y perfumado. Afortunadamente Hafsa hablaba algo de español así que pronto me fui haciendo cargo del paquete que tenía en casa.
Ella mora, el padre de la criatura bereber, y no, no estaban casados. ¡Como estaban en España y aquí hay tanta libertad!



La había, la había niña azul; yo todavía me acuerdo de aquellos días cuando teníamos libertad y salíamos de manifestación con los sobrinos de la mano, comiendo helados, reclamando más guarderías o el fin de la caza de las ballenas de la Antártida, o lo que nos saliera de los cojones. Aún me acuerdo. Pero llegó aquella estafa monumental, de alcance mundial, y el tema se jodió. La libertad se fue por una puerta y por la otra entró la represión. Agua pasada tal y como estamos ahora.
La tarde transcurrió plácida y silenciosa, las chicas charlaban como si se conocieran de toda la vida en la habitación pequeña y no me dejaban ni acercarme a ver al peque.
− ¿Por qué no aprovechas para escribir un poco mientras haya luz?
−Pues tienes razón. Los bolígrafos no funcionan con electricidad, y compré hace cuatro días un paquete de folios.
Y comencé a escribir, escribir esto, con la sana esperanza de que un día, cuando nos hayamos recuperado de esta catástrofe y vuelvan a funcionar las cosas, cuando vuelva a haber libros y sed de cultura, gente con ganas de leer cosas nuevas, entonces quizás pueda vender esta historia acompañando a otras que ya tengo escritas.
Se venderán como churros.
Tener un bebé en casa fue una bendición divina, una auténtica demostración de su existencia. Hacerle cosquillas en la barriguita y escuchar sus risas nos hacía sentir más cerca de la gloria; cualquiera que exista.
− ¿Sabes ya qué nombre le vas a poner? Lo habrás pensado.
−Alguno tengo en la cabeza, pero esperaré a lo que decida su padre.
−Llamadle Alí, tiene un corazón muy fuerte.
Cenamos plácidamente aprovechando las últimas luces solares.
− ¿Qué te preocupa, Dani? No dejas de mirar por la ventana. Ahora no se oye ni una bronca por la calle.
Ya, pero los gatos andan por los tejados y por la calle corren ratas casi tan grandes como ellos. No le digas nada, ya sabes cómo es para estas cosas.
−Es la luz, una luz muy rara; el cielo está velado. No sé a qué es debido.
−Ahora no te pondrás a darme un mitin sobre el Cambio Climático, que te veo venir.
−No sé, disculpa. Por un lado estoy contento; ese peque y la chica en casa y tú; tú estás maravillosa. La chica con la que me casé.
− ¡Y por la Iglesia Católica! Mira que te pusiste cabezón con el tema.
−Casi dos mil años de cristiandad nos contemplaban aquel día. Las cosas o se hacen bien o no se hacen. ¿Bajo por una botella de cava?
−Ni se te ocurra. Tenemos que cuidar de ellos y mañana sales a buscar a su novio. Seguro que lo encuentras.
−Preguntaré en la mezquita y por el barrio de La Vega, y los bares de la zona. Si está vivo lo encontraré.
La parejita visitante dormía plácidamente y le di un toque en el codo a mi esposa.
−Deberíamos hacer lo mismo; llevamos un par de noches durmiendo poco o nada y se me está cayendo la cabeza.
−Pues acuéstate, yo tengo cosas que hacer.
− ¿Cuáles a estas horas?
−Cosas de mujeres, ¿tú no sabes que los bebés recién nacidos se despiertan constantemente? Menudo padre desastre hubieras sido. Cierra la puerta del dormitorio.
Fue cerrar la puerta, ponerme el pijama, pillar la horizontal y quedarme frito en segundos.
Me despertó Aurora a empellones, asustada.
− ¿Qué pasa? ¿Han vuelto? ¿Saqueadores?
− ¿No notas ese olor? ¡A huevos podridos!
Si hay un sentido corporal rápido en reaccionar en cualquier situación de alarma es el olfato. Y Aurora tenía un olfato superdesarrollado, portentoso. Yo apenas notaba algo, estaba todavía semidormido, pero era una sensación como: ¡peligro, cojones, peligro! Y salí de la cama lo más rápido que pude.
Atrás las cortinas, arriba la persiana, abrir la ventana que da al patio interior. ¡Joder! ¡No puede ser! No puede ser.
Pero al olfato no se le engaña con facilidad.
El cielo estaba encapotado y oscuro, no se divisaba ni una estrella a pesar de estar la ciudad completamente a oscuras. ¡Ese olor! Cerré la ventana y me fui corriendo para abrir una de las que dan a la calle.


Recuerda, montañero, recuerda: es el puñetero olor de las fumarolas volcánicas. Millones de neuronas se habrían puesto en activo simultáneamente reactivando recuerdos dormidos. Recuerda, subiendo al Pico Teide, las fumarolas que había que evitar llegando a la cima; aquel puñetero olor a sulfuro que te avisaba del peligro.
Al asomar me quedé pasmado.
Cielo cubierto por una nube extraña, oscuridad impresionante y el inconfundible olor de los vapores sulfúricos. ¡Pero si el Teide o el Etna están a miles de kilómetros! ¿Cómo es posible?
Y vi caer una paloma.
Una de las palomas que solían acurrucarse en la casa de enfrente cayó a plomo al suelo. ¡Cagando leches! Cerrando todas las ventanas persianas, abajo a tope.
− ¡Despierta a Hafsa! Nos la llevábamos a nuestro dormitorio. Deprisa.
¡Toallas! Empapando toallas. Las más grandes para tapar el tiro de la campana extractora y la parte baja de la puerta de la calle. Nos llevamos a la pareja lo más rápido que pudimos al dormitorio y cerré la puerta. Las toallas empapadas sirven contra el humo pero ¿podrán parar este gas venenoso?
− ¿Y ahora qué, Dani? Estoy asustada, el niño sigue dormido.
−Quedad los tres echados en la cama, yo me sentaré en la alfombra. A dormir.
− ¿Pero cómo vamos a dormir con este olor?
−Usar las toallitas perfumadas, y dame una. Intentar dormir las dos. Cuando se duerme se respira más despacio, se consume menos oxígeno.
− ¿Y tú qué harás?
−Esperar, esperar aquí sentado.
− ¿El qué? ¿Qué esperas? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Lo sabes?
−Porque nos hemos quedado sin red.
− Y ya te lo esperabas.
−No de modo consciente, esperaba otra cosa. Nunca imaginé tanta barbarie humana.
−Pero es que te lo tomas con esa calma, con esa tranquilidad… ¿por qué siempre has sido tan diferente? Ya te conocí así y tus hermanos me lo han confirmado cien veces.
−Porque ya hace muchos años que me di cuenta de que éramos como moscas atrapadas en una red inmensa.
− ¿Y qué tenían de malo las telecomunicaciones?
−Ni veíamos la araña ni nos enterábamos de cómo actuaba su veneno. Teníamos todos una tontería extraordinaria a todas horas, y nos vino esto. Este inesperado final de fiesta. Bebían, bebían y comían en los tiempos de Noé y…
− ¡Eso tú! que eres capaz de beberte una botella de vino para cenar.
−Te casaste con un Gargantúa, lo siento, siento…
−Me casé con el príncipe azul: Daniel.
Su príncipe azul, eso fui siempre. Mi Bella del bosque durmiente, mi amada Aurora. Fueron las últimas palabras que le escuché decir. Me quedé dormido, rendido por el sueño y los vapores.
Cuando recuperé la consciencia Aurora ya no respiraba. Levanté la persiana buscando algo de claridad pero una extraña oscuridad lo invadía todo, ¿cenizas volcánicas? Lo único que conseguí fue despertar a Hafsa y a su bebé, que se puso a llorar. Mientras le daba el pecho conseguí llevarme a mi esposa a rastras hasta la habitación pequeña.
¡Cuántas veces te repetiría que fumabas demasiado! ¡Cuántas veces…! El esfuerzo me dejó atontado, mi cabeza quería explotar, no atinaba a pensar apenas. ¡Café!
(Con leche, Dani, tómatelo con leche en vez de agua; la leche es un gran depurativo) Me parecía escucharla repetírmelo una y otra vez.
Preparé uno bien cargado para mí y otro más suave para Hafsa. Buena idea la del camping-gas.
Ahora estaba solo. Jodídamente solo y teniendo que cuidar de una muchacha extranjera y su bebé.
Me desviví; por Dios que lo intenté.
Cuidarlos, mimarlos, Hafsa no podía levantarse de la cama, pasarían semanas antes de que se recuperara del accidentado parto. ¡Ni una puta mascarilla en casa! ¿Cómo se me pudo pasar por alto? Empapaba toallas y más toallas para tapar cualquier ranura imaginaria por donde pudiera entrar el gas asesino.
Aurora nunca fue religiosa, de la religión imperante en este país y tiempo; nunca soportó a los lambepollas ajenas y le tiraba más la superstición de la bondad infinita y la redención venidera. Coloqué sobre su pecho el pequeño cuadro de la Virgen Niña, su preferido, el único que amaba, y la cubrí con una sábana blanca. ¿No querrá Dios resucitarla? Falta nos haría a los supervivientes de esta calamidad inmensa su enorme corazón humano.
Calamidad. Calamidad. Había que tener el corazón de piedra o una sordera completa para no inmutarse con los gritos y lamentos que comenzó a soltar Hafsa cuando, a media tarde, ya le tocaba al peque tomar del pecho, Alí, como yo le llamaba, y no que no daba señales de vida.
Del primer Alí y de su primo debí conseguir fuerzas, ¿místicas? para lograr arrancar el cadáver del bebé de los brazos de su madre. Ululaba más que sus cuarenta abuelas juntas cuando salí del dormitorio con Alí en brazos. Lo deposité con Aurora, junto a su cara, como si cuentos maravillosos se contaran. ¡Joder! Se me caían lagrimones como bañar a los dos cadáveres. Les cubrí con la sábana.
Ya tienes dos para obrar milagros.
Y abrí una botella de vino. A tu albur, Señor Auténtico.
Hafsa, Hafsa me quería matar, asesinar, pero no podía moverse de la cama. Me estuvo llamando de todo en su jerga mora, beduina, saharaui, tuareg, y todas las demás lenguas de los benditos norteafricanos. Mi cabeza parecía estar sufriendo el embate de una tormenta de arena.
Eso la mató, bueno, supongo que la mató más deprisa que si hubiera estado calmada.
Bueno, ¿y qué? ¿Cuánto aguantaré? Aquí sentado, en la Mesa de Circulación, ¿cuándo sale el próximo tren? escribiendo alumbrado con una de las velas olorosas de Aurora. ¿Quién me iba a decir a mí que agradecería algún día sus jodidas velas perfumadas?
Nuestras noches románticas, sentados en la alfombra, a la luz de las velas, tomando uno de sus tés hace-niños; pareja que tomaba uno de sus tés mágicos, pareja que se quedaba embarazada. A nosotros nos funcionó unas cuantas veces.
Me caigo, cada poco apoyo la cabeza sobre la mesa y se me cierran los ojos, al abrirlos tan solo tengo delante el monitor del ordenador, moderno altar de nuestra civilización finada, ¿cuántas horas te habrás pasado mirando esta pantalla? Tantas horas perdiste de vivir una vida plena. Tal vez incluso lujuriosa, si no te diera tanto la risa, tal vez…
Desapareció la red, y sin red solo hay oscuridad, y nos caemos.
Padre.

 Nada más, que paséis un feliz fin de semana.
Podéis dejar vuestros comentarios y, como siempre, serán atendidos.



No sé qué gustos musicales tendrán ustedes pero mientras sucede o no lo que el relato intuye yo les animo a visionar este vídeo de unas las canciones más bonitas que conozco.


Este es el esbozo de un cuento que salió publicado en mi libro Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos. En este enlace podéis adquirirlo:
Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos.