viernes, 14 de marzo de 2014

Las doñas de otrora. Nuevo cuento.

Siguiendo en mi nueva línea de animaros a leer algo sustancioso, aunque solo sea los fines de semana, pongo en el blog un nuevo cuento que escribí hace poco tiempo. No sé si os gustará, si se notará mucho que me estoy volviendo asocial y estupefacto, harto de tanto mangante y tanta chifladura.
En fin, solo son cuentos, ¿no?
¿Acaso vuestra vida da para algo más que ésto?


Las doñas de otrora

Una mirada cariñosa a un tiempo y personas que tal vez nunca existió. Lo soñaríamos.

−¡¡Eslovenka!! ¿Está listo mi té?
−Su café está ya servido en el salón, señora Limana. Si me acompaña…
− ¡Limona! Limona, par diez; ¿cuándo aprenderás a hablar bien mi idioma? Sucia extranjera. ¡Uf! Odio la tila.
Acompaña con infinita paciencia la atlética chacha los dubitativos pasos de la doña apoyada en su fuerte brazo para conseguir avanzar por los largos pasillos de su inmenso hogar. Una vez la tiene sentada y el café servido se le ocurre (¿por qué tendré que pensar yo? No me pagan por ello) tomar el teléfono y acercárselo a la señora.
−Señorra, ¿quiere usted llamar al servicio técnico de los televisores?
− ¿Por qué? ¿Ya no funciona el que tengo? Trajeron uno nuevo la semana pasada.
−Sí, perro dejó de funcionar la noche pasada cuando le lanzó usted la teterra. Pantalla rota. (Ya van dos teles este mes)
− ¡Ah! Ya. Es que salía otra vez esa impresentable, esa descolocada, esa…
−Es su hija mayor, señora.
−Ni en sueños; está desheredada. Cuando yo muera ya puede ir de nuevo a correr los toros a Benavente; que de mí no va a recibir un euro. Gracias por el teléfono; llamaré a mis amigas. Retírate.
− ¿Va usted a charlar con las doñas?
−Correcto, largo. Es top secret.

Retira con presteza el servicio y se lo lleva a la cocina; esperará sentada en su cuarto el próximo timbrazo de alarma leyendo sin parar. Quiere mejorar su nivel de lengua española para encontrar cuanto antes trabajo en otra casa, en un bar, donde sea, fregando oficinas; el caso es poderse marchar cuanto antes. Y nunca más volver a escuchar a la gran dama.


− ¿Qué me cuentas, Fefa?
−Gibosa está la luna, Chucha.
− ¿A quién quieres jorobar ahora?
−A mi nuero, que es un crudo. Tenemos que ponerlo a rebozar.
−Ya, falta le hace un hervor; parece que se bañara en leche. ¿No le iba muy bien con el bufete?
−Ya lo creo; sale a pufo por mes y no para de hacer caja. Espera un segundo, que me llama Conchitón.
− ¡Ay! ¡Hola Chucha! Cuanto tiempo. ¿A quién gritas así? ¿Es tu sobrino?
−Es mi perrito, está paranoico total.
−Vamos, como tu marido.
− ¡Ay no! Ahora está muy bien. A ver si me lo saca de paseo y se van los dos a mear al parque.
−Cuanto le quieres y que bien le cuidas…
−Ayer le llevé a la pelu, ¡50€! Y sigue como un cencerro, pero después de bañarle y cortarle el pelo, al pasarle el secador, ¡no veas cómo me lamía satisfecho!
−Claro, si después de cuarenta años casados no le has ensañado aún quien manda…
−Tu marido sí que sabe lamerme bien, y no te digo el qué.
−Por cierto, ¿el tuyo ya volvió de Suiza? ¿Qué tenéis en Berna? No para de ir y volver ese hombre.
−Quiere comprarse un apartamento.
− ¡Ah! ¿Con vistas al lago?
− ¿Lago? ¿Qué lago? ¡A la caja fuerte del banco! Eres tremenda Chucha. ¿Y que nos cuenta doña Fefa?
−Cuéntanos tú: ¿Cuándo te harás por fin la reducción de pecho? Porque un día de éstos vas a pegar en los pezones con las rodillas; como si fueras futbolista.
−Perdona…; las tengo bien puestas todavía, guapa. Me costaron un pastón.
− ¿No te las puso el médico ese…? ¡Las que producen cáncer! Te las tienes que quitar inmediatamente.
− ¿Qué me dices? ¿Qué me haga otra operación? ¿Y quién paga el convite?
−Le demandas, que te las cambie por otras nuevas y de paso que te plise el rostro.
− ¡Qué…! ¿Tú sabes lo que me gasto cada mes en botox, bonita?
−Pues ya te lo podrías poner en el culo; vi ayer tus fotos en el Hola, las de la boda de la condesa de…
− ¡Las pasaron por el photoshop! Me lo dijo mi sobrina Chuchina; que me cambiaron la expresión con un programa de ordenador.
−Qué te van a cambiar…, pero si en todas las fotos salías mirando el paquete del nuevo condesito. Por cierto, ¿lo cataste?
−Un flojo, Chucha, un flojo. Media Academia de Caballería levantando el sable a la salida del templo y en cuanto lo tenté en un rincón ¡le salió una voz de pito!
−Si ya no hay hombres.
−Pero, pero, pero, ¿y con ese paquete que sale en las fotos…?
−Toman hormonas, Fefa. Y anfetaminas. Les achuchas la hombría y se desinflan como suflés.
−Pues entonces será que no le calentaste lo suficiente.
− ¿Qué no? ¡Ardía! La cara se le puso roja como un tomate.
− ¡Conchitón! Tú ya no calientas ni sentándoles en la vitrocerámica.
−Tú no le vistes cuando perdió la visión en mi canalillo.
− ¡Juá! ¡Canalillo dices! Lo tuyo es ya el Canal de Panamá. Pero si te habrás pasado por la piedra a media Marina Mercante.
−Y a los de la Armada también. Me tendrías que haber visto hace dos semanas en el Parador Nacional de Ferrol; en la cafetería, con tres guiris encima. A nada que las meneaba ¡aullaban!
−Cuando te ligaste al comodoro; cuenta, cuenta.
−Calla, calla, no me lo recuerdes que me parece que lo tengo comiéndome el cogote todavía. El tío cabezón días y días con que me divorciara y me fuera a vivir con él a Pensilvania, o no sé dónde. Todo el día dándome la matraca con lo bien que viviría en Los Hamptons, que tenía allí una cabaña y un yacht para salir a navegar y no sé qué. ¡Qué pesadito el rico!
− ¿Y por qué no te fuiste con él? Si lo de aquí lo tienes más que conocido.
− ¿A Siberia? ¿Tú sabes cómo nieva en esa tierra? Y cuando para de caer nieve les viene un huracán y tienes que salir corriendo en chancletas. Deja, deja, que una ya no tiene edad para aventuras con los indios.
−Entonces hiciste lo propio; imagina que te levanta un huracán de esos y aterrizas en Quebec. ¡Con lo mal que se te da a ti el francés!
−Ya, ya, cariño; hablarlo, lo que se dice hablarlo nunca lo he hecho con profundidad.
−Claro, es por la pronunciación. ¡Y como a ti enseguida se te llena la boca!
−De canapés, eh, de canapés de caviar y fromasgss.
− ¿Qué eso del fromass? ¿Un nuevo aparato que te has comprado para hacerte tilín?
−Es que para hacerme tolón ya tengo a mi marido. No, boba, es queso, queso francés, de alta expresión y profundo buqué. Bueno, ¿qué?, que va siendo hora. ¿Nos vemos en la terraza de siempre?
−A la hora de siempre. ¡¡Eslovenka!! Jesús, ¿para qué me pondrían un timbre? Os dejo chicas, ya os contaré.
−Hasta luego Chucha, sigues siendo una buena vicetiple: y tú también, Conchitón, arréglate rápido que siempre llegas la última.
−Oye, guapa, que yo no tengo tu carrito eléctrico para llegar volando a todas partes. ¿Es verdad que antesdeayer atropellaste a chico de 18 años?
− ¡Guapísimo! Le senté en las rodillas y se derretía. Ya os contaré. Nos vemos.


Dura es la vida de chacha, y más con jefa mandona y califal; hasta la noche estará leyendo, si se lo permiten, “La busca” de Pío Baroja. (Tiene una buena biblioteca la doña; perro un carácter terrible, me parece que nunca los leyó. Tengo que aprenderr a pronunciarr esta lengua terrible. ¿Cómo piensa esta gente, estas personas?) Hay que vestir a la señora, sus muletas siempre a mano, calzarla (¿Los chapines blancos? ¿O las bailarinas rosas?) Peinarla, maquillarla, ¡sus guantes! (¿Los de color crema? Los de blanco roto; van a juego) ¿Las gafas de sol? ¡Ah, sí! Están aquí, y también las de cerca y las de lejos, y el par nuevo que le trajo su hijo de Montecarlo. (Nunca se sabe) ¿Qué reloj de muñeca querrá ponerse hoy? ¡Ah, ya! El Certina, nunca falla. ¿El chal por si refresca? Tendré que cargar con él.
− ¡Eslovenka! ¿Has llamado al ascensor?
− ¿Ascensor? Sí, ahorra llega.
−Que lenta eres, sucia extranjera, ya tendría que estar en la calle. Por cierto, vas muy guapa; ya tienes edad para saber que hay un tiempo que se sale perdiendo yendo vestida y otro que en el que se gana bastante. Tú estás en la frontera. ¿Sabes algo de ese novio tuyo? Me refiero al que mide más de dos metros.
−Vendrá a verme el próximo fin de semana.
− ¿Y eso? ¿Alguna novedad en lontananza?
−Juega contra nuestro equipo de balonmano.
− ¿El de mi hijo? Le diré que lo fiche si se atreve a pedir tu mano.
−Muchas gracias, señorra Limana.
− ¡Limona, cojona! Limona. Puerca extranjera; anda vamos, que me caliento y tendré que tomar un refresco.


Plácidas tardes de sábado en las terrazas fenomenales al solecito de finales de verano, charlas interminables, cotilleos irracionales, risas sensacionales. ¡Ancla la moto, Chucha, que te nos vas!
−Ya te digo, entre col y col un buen nabo.
− ¡Lechuga! ¿Tú no has leído tanto a Torres y Villarroel? Se te va la pinza por la edad.
−La pinza, ¡ya! Tú no has visto a ese jabato que pasado tras de ti; y las dos tontitas que iban con él. Por cierto, ¿qué sabes de tus sobrinas, Fefa? ¿Siguen creciendo?
− ¡Cómo no van a crecer! Están en la edad del desarrollo; ¿Por qué lo dices?
−Las vi ayer, tienen unas piernas kilométricas; y los pechitos en las paperas.
−No me dirás que no son guapísimas.
−Pero con menos seso que tu Lulú. ¡Ven corazón! ¿Quién te quiere a ti?
−Es que es muy lista. Mañana la llevo a la pelu. ¡Solo las puntas!
−Mirar, ahí pasa Menchu; siempre tan florida ella.
−Calla, calla, ni la mires; desde que sale con Maridientes ya no la dirijo la palabra.
− ¿Y eso? Si sois tan amigas…
−Pero ahora sale a alternar con esa cabra ebria de Dientes y ni la saludo.
−Ya, Mari se pasó con la nueva dentadura. Sales con ella de noche y va alumbrando las aceras con el brillo que despiden los caninos que tiene ahora.
− ¿Pedimos otra ronda?
− ¡Aggg! No me apetece más té, Conchitón.
− ¡Si es por reírnos del camarero!
−Ya, le tienes frito. Vale, pero la pagas tú.
−Es un cubano muy simpaticón; siempre nos cuenta algo picante.
− ¿Y no será que le quieres dar un repaso? Es un chico muy guapo.
− ¡Pero si es torneador!
− ¿Tornero? ¿De los que hacen piezas para las máquinas?
−No, boba, ¡que tornea! Ya sabes, hombre con hombre, ¡se frotan!
− ¡Ah, eso! Pues, chica, y yo que no le visto la pluma…
−Chucha, sigues siendo intachable. No te has fijado que el chico es un gavilán. Ahí viene. Morenito, por favor. ¿Tu chica tomará algo ahora?
− ¡Uy! ¿Qué son esas voces, esos gritos?
− ¡Petardos! Atronadores. Pero, pero, ¿qué viene ahí?
−La desesperación, doña, la desesperación.
− ¡Eslovenka! ¡Tú qué sabrás! Calla extranjera, que nadie te ha dado vela. Camarero, disculpe, ¿qué es ese jaleo?
−Son mineros, señora, una manifestación. Se han quedado sin trabajo.
− ¿Y todas esas mujeres?
−Esposas e hijas. Las más combativas.
−Nos vamos, Fefa; ya mismo. Arranca la moto o te quedas aquí.
− ¡Aggg! No soporto los plebeyos; que se vayan a África. Si la mitad son negros…
−Vamos, vamos, nos pueden pegar, robar, ¡yo qué sé! Adiós, adiós, muac, muac. Nos vemos.
−Nos vamos todas. ¿Eslovenka? Acércame las muletas. Fefa, te llamo desde casa. Abur.


Una riada humana inunda el paseo con pancartas, voceando y tirando petardos. Las doñas salen de estampida, cada una en una dirección distinta, hacia sus lujosas moradas. (Y nosotras que decíamos que al fin España era de derechas) (No hay derecho, que protesten en las montañas) (A estos habría que aplicarles el código de los visigodos, verías como no chistaban) Caminan presurosas pero en una rinconada, ya cerca de casa, doña Limona resbala y cae al suelo sin que la criada pueda evitarlo.
Imposible levantarla; se forma un corro de gente sobre ella y un minero telefonea al servicio de ambulancias. En pocos minutos ya está en la camilla y es introducida en una UVI móvil.
−No es grave; no se preocupe. Una rotura de cadera. ¿Familiar suyo?
−Su criada; necesito ir a su lado.
−No hay problema; puede subir a la ambulancia. Nos vamos para el complejo hospitalario.
Arranca la ambulancia sin sirena ni luces giratorias; cosa de rutina. Una abuela que se ha roto la cadera. Sin acelerones, bestia, que ya sabemos que sacaste el carnet de conducir en el ejército. Esto no es un tanque.
Llegan raudos al servicio de urgencias del hospital y facturan a la vieja con celeridad. Hay hostias de las buenas en el centro de la capital; policías y mineros se están dando cera; estarán ya bien adobaos todos. Parten veloces; hoy no pararán hasta las tantas de la madrugada. Ya se sabe, noche de sábado, y si no son los de las despedidas de soltero son las putas y sus chulos. Siempre hay jarana en la ciudad de los dos ríos. (Pero el caso es que tenemos trabajo y estamos entretenidos)


Tras el preceptivo protocolo médico la doña es llevada a una habitación de una planta elevada.
−Tiene usted suerte, doña, estará sola. ¿Usted se quedará con ella toda la noche?
−Sí, su hijo está fuera de la ciudad, de viaje, ya está avisado. Yo la cuidaré.
−Si ocurre algo raro pulse este timbre. Le hemos dado un sedante; se dormirá enseguida. En esta butaca podrás dar cabezadas y si quieres puedes bajar hasta la cantina a comprar café o refrescos; aún no han cerrado. ¿Fumas?
− ¿Eh? Oh, no; deportista.
−Así estás de guapa. Que paséis buena noche las dos.
En minutos la luz tenue y el silencio hospitalario obran el milagro de ambas estén ya dormitando. Las horas se estiran como chicle y por la ventana entra una ligera brisa que amaina el furor y templa cansancio y dolor. Pero, como dijo un sabio occidental, ¿accidental? ¿Instrumental? ¡Ah, ya! Un futbolista: Una noche de hospital puede ser moito longa. Eso.

−Eslo, ¿estás dormida?
−No, ahora no.
−Alcánzame la botella de agua.
− ¿Dolorida?
−A mi edad ya no hay día ni hora que algo no te duela.
Una noche de hospital se puede hacer eterna entre lo que se sueña y ensueña, lo que se duerme y lo que se quisiera dormir. Hay mucho dolor a pesar de los sedantes y se pierden las prevenciones a la hora de charlar; vivimos atados por una madeja de prejuicios interiores y casi nadie en este mundo es consciente de ellos. Pero la noche es oscura ahí fuera y están en un hospital.
−Me preocupa cómo estará el piso cuando volvamos.
−No se preocupe, doña, estará limpio y ordenado; como siempre.
−Eso espero. Tenemos aspirador, pero, gracias a Dios, nunca lo hemos tenido que utilizar.
−Y su hijo llegará mañana.
−Eso de poco me sirve. Ese pasó del chupete a la novia, ¡es que no podrá estar solo ni una hora! Por cierto, no disimules, que sé bien con quien pasa las noches cuando duerme, es un decir, en casa.
−Es que es un hombre muy fogoso, ¡y me quiere!
−Mi hijo nunca ha querido otra cosa que su propia satisfacción, ¡si lo sabré yo que le he parido!
−Es muy cariñoso y me hace buenos regalos
−A ti y a otras cuatro más. El día que termine de hundir el negocio que le dejó su padre, que ya no faltará mucho, se buscará una mujer rica que le mantenga y a seguir viviendo del cuento.
−No diga eso de su hijo; usted es buena madre.
− ¡Que no lo diga! ¿Tú sabes a qué viene de verdad mi hijo? A parte de darte a ti unos buenos apretones. ¿No?
−No, no lo sé.
−Pues a "comunicarme" que se divorcia de su esposa. Ya ha largado a la segunda pues le habrá echado el ojo y el gancho a la tercera. ¡Ay! Tontona. ¿Esperabas algo de él?
−No, no sé, algo; ilusiones.
−Claro, eres mujer, ¡y muy guapa por cierto! Si yo tuviera de nuevo tu edad. ¡Íbamos a montar la marimorena!
−Sí, ya, con su dinero hoy día podría lograr cualquier cosa.

−No, bonita, no, el dinero propio, ni tocarlo. Nos ganaríamos el mundo con nuestros dos ojitos para buscar las presas y aquello sobre lo que nos sentamos para cazarlas. Anda, Eslo, durmamos un poco; que la vida es sueño, y los hombres puercos que roncan.


No sé si os habrá gustado el pequeño cuento, pero es que yo salí con una chacha,  una sirvienta, antes de ir a hacer el servicio militar, y a veces me da por rememorar.
Entonces cuidaban niños, ahora cuidan abuelas. Y si no las habéis conocido, seguramente no podréis imaginaros cómo era una doña, una doña de las de antes. Aún queda alguna, buscarla, y os asombraréis.