viernes, 10 de enero de 2014

Recuerdo de unas vacaciones en Galicia, año 2.003

Limpiar y organizar el trastero puede traer consigo sorpresas inesperadas, en este caso encontrar un paquete de diapositivas que tenía totalmente olvidadas. Son de unos días de vacaciones con Aurora en el verano de 2.003, cuando la convencí para recorrer el noroeste de España. Como no tenemos automóvil nos moveríamos en tren y autocares de línea de pueblo en pueblo y donde nos apeteciese ahí nos quedaríamos a pernoctar.
El primer lugar fue la ciudad de Oviedo; la estatua está junto a la estación de ferrocarril pues en los días sucesivos utilizaríamos la línea de FEVE para desplazarnos hasta Ferrol.

Íbamos por la costa asturiana y de la Marina Lucense, de villa en villa, parando donde nos apetecía pero al llegar a Burela y ver el tamaño que tenían los percebes, ¡y el precio! decidimos alojarnos en la villa y desde allí ir a un lugar u otro según nos apeteciera. Foz y Viveiro están muy cerca podríamos visitarlos con facilidad.


Yo no paraba de contarle a Aurora anécdotas del Camino de Santiago pero a ella todo eso de los peregrinos le parecía algo infumable así que para que la dejara en paz me invitó a escribir un cuento que le explicara eso de las peregrinaciones al fin del mundo. ¿No dices que escribes muy bien? Pues escribeme algo que pueda leer y a ver si me entero de algo de eso tan raro que me cuentas.
En un restaurante como éste y en las terrazas junto a la playa, con unas cuartillas del hotel, nació El camino de las luciérnagas. Era la historia de dos peregrinos, Flora y Simón, que corrían y corrían uno tras otro ni saber ni porqué ni para qué; como nos pasa a casi todas las personas en esta vida. Lo titulé Corre, Flora, corre y fue el primero de 25 cuentos donde poder dar rienda suelta a mi fantasía y ganas de trasmitir lo mucho o poco que he vivido, y padecido.
Al parecer han gustado mucho a cuantos los han leído.

Especialmente nos gustó Vivero, una ciudad llena de encanto a la que hemos vuelto en más ocasiones. Aurora se asustó un poco con la imagen de la Virgen de Lourdes y los exvotos que había por todas partes. No se sentía cómoda en aquel lugar y tuve que invitarla a comer en el mejor restaurante de Vivero para que se le pasara la impresión, un buen vino Ribeiro puede alejar rápidamente las malas vibraciones.
Lo pasamos muy bien en la Mariña Lucense y disfrutamos de las playas en un ambiente de frescor estupendo. Toda España estaba padeciendo una terrible ola de calor pero allí en el norte de Galicia apenas pasábamos de los 22 o 23º C y estábamos en la gloria; por la noche incluso echábamos una manta sobre la cama para dormir.

Decidimos continuar viaje y aparecimos en Ferrol el día más caluroso que se recuerda por aquellos lares.

No solo pasamos de los 22 grados de Burela a los casi 40 de Ferrol es que además yo sufrí una fuerte otitis, seguramente debido a lo fresquita que estaba el agua del Cantábrico y uno de mis oídos arrastra problemas desde hace muchos años. Tuvimos que buscar una farmacia de guardia apenas dejar las maletas en el hotel pero aún así nos quedamos tres días más para conocer la ciudad y nos gustó mucho. Yo especialmente disfruté visitando el Museo Naval de la Armada Española. Pasamos una tarde entera allí metidos y, además, debía de ser el lugar más fresco de la ciudad en aquellos días de calor agobiante.
Encontramos restaurantes, librerías, bares de chateo, en el barrio cercano al puerto y solo tenemos que buenos recuerdos del Ferrol. Tomar café por las tardes en el Parador Nacional de Turismo resultó algo de lo más divertido que nos había pasado juntos. ¡Había cada cliente que no sabías si reír o llorar!


De Ferrol pasamos a La Coruña y seguimos recorriendo la costa y terminamos alojándoles en un aparthotel  de Os Muiños, Los Molinos. Un lugar ideal, lejano de cualquier lugar ruidoso y del gentío con una playa maravillosa donde unas señoras del pueblo recogían galletas del chapapote que había echado el barco Prestige el invierno pasado. Las gentes del lugar y los voluntarios habían realizado un trabajo extraordinario y las aguas de la playa volvían a mostrar una transparencia prodigiosa.
Una tarde convencí a Aurora para hacer una peregrinación, la última etapa, conocer el final del final. Y ni cortos ni perezosos nos pusimos a caminar hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Barca, en la cercana Muxía.

Coincidimos con un grupo de peregrinos alemanes a los que tuve que guiar para que no se perdieran por el monte pues las señales estaban perdidas y los caminos llenos de maleza aquel verano. Pero había una mañana algo nublada y fresquita y se caminaba con placer.

Tanto le gustó Muxía a Aurora que cuando quisimos visitar el Santuario de la Barca ya era de noche. Más impresionante aún si cabe escuchar el rumor de las olas chocando a los pies del santuario.

Después de tanto hacerla andar, ¡aún teníamos que volver a Os Muiños! tenía que resarcirla de algún modo así que no hubo más remedio que llevarla a cenar a la vinoteca de Lorena, una señora alemana de lo más encantador, y pedir el mejor vino de Galicia para celebrarlo.

Como estuvimos una semana alojados en el aparthotel de Os Muiños:
http://www.aparthotelmolinos.es/
Regresamos en alguna ocasión más hasta el Santuario. Triste la noticia de que se haya quemado en estas navidades.

Una pregunta flotaba en el aire en aquellas jornadas: ¿volveríamos algún día a Muxía?
Bueno, había otra, ¿querría Aurora casarse con este cuentista irreverente y zampón?
Nos casamos aquel mismo invierno y hemos vuelto a Muxía en otras ocasiones.
Pero, vosotros, los que habéis estado en Muxía, en el Santuario de la Barca, ¿recordáis lo que os preguntabais al llegar al fin del mundo? ¿Recordáis lo os llevasteis de recuerdo? ¿Sabéis lo que dejasteis allí, en aquellas piedras, en aquel rincón? Más allá solo están las olas de la Costa de la Muerte.
Vuestra barca propia aguarda varada hasta el final de vuestros días y en el momento postrero de embarcar para la otra vida una pregunta os hará el barquero: ¿Sabes lo que has dejado en el mundo, en la vida, que ahora dejas atrás?