domingo, 27 de octubre de 2013

La crux de los ángeles. Mi nueva novela épica fantástica.

Ya ha salido a la venta mi nueva novela: La crux de los ángeles.
Una fantasía épica que propone una serie de enigmas a vuestra consideración, el principal de ellos es: ¿fueron los españoles los primeros europeos en ir a América para conquistar tan inmensos territorios?
Yo creo que sí, pero la aventura original fracasó y hasta se borró de las crónicas de la Alta Edad Media toda posible referencia a semejante fiasco.
Investigando la historia de España di con algo que me parece que no tiene parangón en la historia de la humanidad: El rey Alfonso II El Casto lanza un sorprendente ataque sobre la ciudad de Lisboa en el año 798 y la arrasa volviendo a sus territorios del norte cristiano con un fabuloso botín.
Hasta aquí lo que cuentan los libros de historia. Pero también nos cuentan es que al año siguiente los nobles deponen a Alfonso y le encierran en un monasterio y allí le tendrán encerrado durante más de 8 años.
¿Mantener durante años preso a un rey? ¿Al glorioso y poderoso rey Alfonso II? ¿con todas las riquezas que les había conseguido? ¿Qué había hecho Alfonso?
Leer esta novela y saldréis de dudas. Yo fui de asombro en asombro al escribirla y es lo que os prometo con su lectura: ¡os quedaréis asombrados!
Os subo al blog el primer capítulo para que vayáis entrando en esta prodigiosa aventura.


Tres bajeles y un botín inesperado

En la paz del monasterio, recogiendo manzanas, una clara mañana de lluvia fina y fresca el rey pasea y rememora.
Recuerdo; recuerdas, sí, las jornadas felices cuando saliste victorioso del asalto a Lisboa. Un botín inmenso, artesanos judíos y esclavos africanos engrosando las filas de tus tropas con los condes al frente, de regreso a las montañas del norte; apenas sufrimos bajas. Pero encontramos algo más, algo grandioso que conseguimos tras cruel batalla en el puerto magnífico de la ciudad amurallada. No se esperaban nuestro veloz ataque con las primeras luces del alba: tres estupendos bajeles arrebatados a la morería. En ellos te embarcas con tu tesoro y esclavos y das la orden de partir hacia las costas asturianas.
Sobrevivieron al asalto algunos marinos moros que contigo llevas forzados y vigilados. Navegación de cabotaje; siempre a la vista de la costa por si hay que realizar un rápido desembarco. Son hábiles estos navegantes. Al paso por la costa galaica un fuerte temporal nos sorprende y deciden refugiarse en el puerto seguro de una pequeña ría. Apenas poner pie en tierra tu atenta mirada de guerrero observa una extraña y pequeña nave amarrada y desierta. Preguntas por sus dueños.
Son un pequeño grupo de monjes irlandeses que llegaron un par de horas antes y el señor del lugar les ofreció refugio y cama. Ya le ves llegar deprisa y corriendo con dos guardias detrás. Y a tus pies se postra raudo al reconocerte.
− ¡Qué gran alegría! ¡Qué gran honor para nuestra casa! ¡El rey ha llegado! ¡El rey! −Grita dando grandes voces.
−Vale, vale, no grite más mi noble Arnaldo; ya le habrán oído hasta en Mondoñedo.
−Señor, disculpas pido y mi casa ofrezco. Todos le hacíamos atacando Lisboa.
−Atacada y arrasada la hemos dejado. Estos barcos son parte del botín que me traigo de recuerdo. ¿Qué historia es esa que me han contado los pescadores de unos frailes foráneos?
−En mi torreón les tengo refugiados. Vayamos presto mi rey a su resguardo del temporal y podrá conocerlos.
Una noche grata fue aquella, recuerda el rey, mientras lava un par de manzanas en una fuente y se las desayuna. Inmediatamente le cayeron bien aquellos monjes, le recordaban los años que pasó en su juventud en Samos con otros similares. En cuanto supieron que era el rey de España le pusieron al corriente de sus planes: Iban a Roma para dar cuenta a su obispo y a la cristiandad entera de un importante hallazgo de su obispo marinero. Brandan, o algo así dijeron que se llamaba, había navegado hacia el oeste y había encontrado varias grandes islas prácticamente deshabitadas. ¿Al oeste? ¿Más allá de la mar océana?
Aquella noticia le pareció fiable por venir de quienes venía y hacia quienes se dirigía. Esa noche y sucesivas una clara idea, pero arriesgada, se fue formando en su dura mollera de rey monje; con los bajeles al resguardo del puerto de Gijón apenas llegar a su enclave palaciego convocó a curia palatina a todos sus nobles en una fecha cercana. Algunos aún estaban de regreso de sus últimas correrías por la costa occidental de España.
Hay días que huelen a triunfo desde el primer momento que te sientes respirar, al salir del mundo de los sueños, antes aún de abrir los ojos. Reunidos los nobles en su palatino retiro les expuso su proyecto en distendida charla.
− ¿Y dices Alfonso que ese Barandán obispo encontró una isla al occidente?
−Encontró varias y algunas muy grandes. En cuanto los monjes lleguen a Roma, si no lo han hecho ya, la noticia correrá como los galgos en todas direcciones. Incluso los morucos saldrán a toda vela para buscarlas y reclamarlas para sí, el Emperador Carlos estará ya desplegando velas; menudo águila está hecho.
−Y tú tienes tres de los mejores bajeles que existen; entiendo.
−Y los suficientes navegantes bien avezados en surcar los mares.
−Pero los pescadores siempre han dicho que no se puede ir muy lejos hacia occidente; que vientos y corrientes te mandan de vuelta a la costa a poco que te alejes.
−No se preocupe por ello mi conde Teudane que ya se encontrará el modo y manera de superar con esos buques lo que consiguieron unos monjes con sus lanchas.
− ¡Pero provisionar tres bajeles para la conquista saldrá por un pico!
−Y de los grandes, mi conde Fruela. ¿Quién de vosotros quiere liderar la empresa? −Todos callados; lo suyo son los caballos y las yeguas, no son marineros. Tras unos minutos de callada ausencia y mirada extraviada a los vencejos que les pasan cerca uno de los nobles se atreve a abrir la boca.
− ¿Y este convite cómo se paga? ¿Vas a ir tú?
−Yo no iré pero ya tengo el hombre que dirigirá la travesía náutica. Será mi amigo Teodoro el conde bizantino, bien ducho en manejar esas naves, quien embarcará con todos sus hombres. Pero solo son quince soldados a repartir en tres grandes barcos; lo justo para vigilar a los marineros moros. Y el convite se paga a escote, como siempre, y a la vuelta se reparte; no vamos a cambiar ahora nuestras costumbres por unas cuantas islas. No me digáis que no tenéis posibles con todo lo que nos hemos traído de Lisboa; a alguno le tentará ser conde de una isla propia. Necesito soldados, cien por nave, es lo mínimo, son trescientos; también irán unos cuantos pescadores; así mismo embarcaré seis de mis judíos que son hábiles artesanos de los metales y entendidos en minerales. Pensarlo un momento: ¿y si encuentran plata y oro en esas islas vernales? Lo diré por última vez, ¿Quién se apunta a este festín? Porque en cuatro días levantaran velas y se irán.
No hizo falta decir más, recuerdo bien; casi hay combates a espada allí mismo (y no sé si no habría alguno a mis espaldas, que bien conozco a los nobles) En cinco días estábamos en el puerto despidiendo los bajeles. ¿Un pico? Una montaña costó aquello. Solo con lo que tuve que pagar por unas velas nuevas luciendo la hermosa Cruz Patada hubiera levantado una iglesia.
La impedimenta, los alimentos, las cubas de agua, todo estaba maravillosamente ordenado nave tras nave. No me había equivocado con Teodoro; un regalo del cielo aquel hombre que había conocido en Victoria y se vino conmigo a las Asturias. Gente rara los romanos, pero fiables soldados y muy devotos; y nadie discutió su jerarquía al mando. Años se había pasado en los bajeles del Emperador de Bizancio antes de venir a España y aquello se notaba a simple vista. Los morucos se los habían arrebatado al Emperador Romano y ahora me harían a mí Emperador Hispano.
Les saludé con la mano al verles partir y mi pecho henchido de emoción y orgullo me obligó a hacer grandes esfuerzos para no gritarles al soltar amarras. (Como encuentren algo de plata se van a enterar los morucos el verano próximo. ¡Les echo a todos de España!)

Fue la última vez que les vi; nunca más se supo de ellos. El mar se los tragó. También se debió tragar a los monjes el gran océano pues han pasado los años y nunca llegó noticia de ellos a obispo alguno. Y yo sigo preso; ocho años ya; me siguen teniendo prisionero los que a mi convite acudieron; ocho años llevo ya en este pequeño monasterio. ¡Qué cruel es la vida! Tenía tantos grandes sueños, una ciudad nueva, un gran templo, un imperio…


¿Qué os parece el inicio?
Pues la aventura no ha hecho más que comenzar.
Para los lectores españoles tenéis este enlace donde podéis descargarla:
La crux de los ángeles

Y para los lectores de U.S.A. os indico este otro:
La crux de los angeles