viernes, 20 de septiembre de 2013

Atención frotadores. Capitulo primero, para su libre lectura.

En vista del éxito incomparable de ventas de mi primera novela, y que la gente anda mal de dinero, pongo a vuestra disposición y en lectura libre el primer capítulo de Atención frotadores: ¡ondas de choque! ¡ondas de choque!
Es una novela de ciencia ficción, un poco al viejo estilo pulp pero llevado a nuestros días.
Un grupo de profesionales, jóvenes, con experiencia laboral en sus respectivos campos, serán captados por cazadores de cabezas para participar en un experimento secreto y de la más alta prioridad y exigencia.
Los primeros días creerán ser los concursantes de un programa tipo Gran Hermano o algo similar, ¡pero nada más lejos de la verdad! (o, ahora que lo pienso, tal vez hayan acertado)
Si comenzamos por el principio para contar una historia lo primero es presentar a los personajes y el lugar donde transcurre la acción: ¡una nave interestelar!
Disfrutarlo, es gratis.


Proyecto Aurora


21 de diciembre de 2015.
11.30, hora de las Islas Canarias.
Aeropuerto de Los Rodeos, Tenerife Norte, España.
El vuelo 253 ha llegado a la hora prevista.
Los pasajeros están saliendo hacia el hall tras recoger sus pertenencias de la cinta transportadora y los guías turísticos van agrupándoles alrededor de unos cartelones que indican el nombre de la empresa de servicios turísticos. En un rincón, cerca de la puerta de salida, una chica menuda y rubia espera hasta agrupar su pequeño grupo.
Bajo un cartel con un escueto lema Proyecto Aurora se reúnen doce viajeros arrastrando sus maletas.
−Por favor, síganme; su transporte les está esperando. Exclama la guía.
Suben a un moderno microbús y salen raudos del aeropuerto.
− ¿Dónde vamos? ¿Alguno de vosotros tiene la menor idea? Comenta uno de los viajeros de las últimas filas.
− ¿Podríamos parar en algún sitio? Grita una de las viajeras entre volantazo a derecha e izquierda. El desayuno, por decir algo, que nos han servido en el avión se mantiene pegado en la boca del estómago. Necesito parar enseguida y tomar un café decente.
−No se preocupen ustedes. Contesta la guía por el micrófono. Tardaremos apenas unos minutos. No vamos lejos. −En la radio del bus suena una vieja versión de “Volare”, interpretada por Dean Martin.


− ¿Es a la playa? ¿Nos lleváis a alguna playa de la isla? Pregunta una viajera aún más nórdica y rubia que la guía.
− ¡Oh, no! ¿No sois los doce del Proyecto Aurora? Vamos a un valle cercano; pero no puedo daros indicación alguna. ¿Qué sois? ¿Participantes de un nuevo programa de televisión? Porque vuestra empresa lo lleva todo con un secretismo total.
−Tal vez sea algo similar. Tampoco nos han contado mucho. Tan solo que estaremos un tiempo aislados del mundo; el que aguantemos. –Y mira de reojo a sus acompañantes; de los cuales ignora hasta el nombre.
El microbús avanza a buen ritmo por estrechas carreteras subiendo hacia las cercanas montañas mientras los pasajeros se sumergen en sus pensamientos particulares y teclean en sus teléfonos móviles.
A finales del verano pasado fueron contactados por una empresa de selección de personal, auténticos cazadores de cabezas; tuvieron que pasar por una serie de cursillos de cultura general y temas relacionados con temas tan dispares como la astronomía y la agricultura ecológica. En un par de grandes aulas se reunían cada mañana 100 candidatos. Un curso muy caro, de alto nivel de exigencia, material didáctico de última generación; ya no se hacen masters así. Cada día había más sillas vacías.
Después de tres meses de dura competencia y discreta selección fueron llamados, uno por uno, para firmar el contrato laboral en la sede de una corporación alemana (de larguísimo nombre y tipografía Gutenberg) radicada en un gran rascacielos de Chamartín. Duración: un año, condiciones: generosísimas (y más en los tiempos actuales) Se exige discreción máxima por parte de la empresa contratante. Pasados unos días, una mañana, por mensajero, reciben el billete de embarque para la isla de Tenerife.
Ninguno de ellos tiene una idea precisa de la labor que habrá de desempeñar pero han sido seleccionados entre cientos de candidatos por sus cualidades humanas y profesionales; eso les han dicho. Y la empresa da la impresión de ser muy seria y altamente exigente ¿Farmacéutica? ¿Biotecnología? (¿Los servicios secretos?)
El microbús llega a las puertas de una finca vallada y tras unos escasos segundos (los que tarda en abrir la puerta automática) se detiene ante un edificio de tipo industrial; apenas los viajeros han desembarcado sus pertenencias sale rápidamente hacia la carretera con la rubia a bordo. Cuatro personas con batas blancas les esperan a la puerta y les invitan a entrar. Parece una fábrica; tal vez de conservas. Son conducidos y amablemente invitados a entrar en unos vestuarios. A un lado hombres y en el contrario las mujeres.
Tendrán que ducharse (lo cual el que más y el que menos lo agradece infinitamente) y vestirse con una ropa y calzado que les está esperando en montoncitos. Ropa de fibra como la que utilizan los deportistas de élite, y sobre ella tendrán que ponerse una funda plástica blanca, tipo anticontaminación. Zapatillas deportivas; sin calcetines.
Apenas están comenzando a vestirse ya comienzan a bromear si no habrán venido a las Canarias para trabajar en una fábrica de conservas de productos marinos, o algo similar. Y además una redecilla para el cabello (¿envasan embutidos en las Canarias?) Todas sus pertenencias personales han de ser trasvasadas a unas mochilas de alpinista. Su ropa y calzado, maletas, todo lo que han llevado consigo para el viaje, quedarán en taquillas candadas. Hay jarras de café y té con hielo para refrescarse y pastas tradicionales de la isla para un tentempié.
Cuando están ya dispuestos aparecen otros dos individuos silenciosos; por toda identificación llevan una tarjeta en la bata: Proyecto Aurora; y les reclaman para que recojan sus cosas y les sigan. El edificio industrial apenas muestra un largo pasillo, muchas puertas cerradas y una gran puerta al fondo.
Al abrirla, ante sus ojos aparece un largo túnel de plexiglás que apenas deja pasar algo de luz diurna.
−Deberán caminar por el túnel hasta la nave y una vez en ella recibirán más instrucciones. Les dice uno de las batas blancas.
−Les deseamos el mayor de los éxitos para la gran aventura que van a realizar. Les despide el de mayor edad; tal vez el director de la fábrica.
− ¿Qué encontraremos al final del túnel? ¿A qué viene tanto mutismo?
−La nave; estarán muy cómodos. Todo ha sido preparado con mimo para que puedan desarrollar perfectamente su trabajo. −Responde el que debe ser el director con la mano en el pomo de la puerta. En minutos sus dudas se disiparan; estaremos en comunicación constante con ustedes.
−Que pasen buen día, viajeros, y que llegue a buen fin la labor encomendada. Concluye el segundo bata blanca casi empujándoles para salir del edificio.
Un largo túnel de plexiglás oscuro que no permite ver el exterior y una pequeña rampa bien iluminada les conduce a una sala. Un salón comedor, circular y bien equipado, unos cinco metros de diámetro, les espera; llama la atención los muebles de cocina y un estupendo equipo audiovisual; una gran pantalla de televisión. Una larga mesa en el centro y doce sillas; ante cada una hay una tarjeta con sus respectivos nombres. Una gran carpeta con tapas duras y un buen fajo de fichas de trabajo en su interior.
Una voz surge de los altavoces:
−Por favor, tomen asiento. Verán una carpeta con las instrucciones necesarias para comenzar a realizar su labor.
Por el rabillo del ojo uno de los viajeros observa que la puerta de entrada se ha cerrado silenciosamente, la rampa ha desaparecido y el lugar ha quedado perfectamente sellado; pero se sumerge en la lectura de las docenas de fichas que tiene entre sus manos. Tras unos minutos de callada lectura uno de los viajeros se levanta de la mesa.
−Permitir que me presente; me llamo Luis, soy ingeniero electrónico y, al parecer, soy desde este momento el… ¡Uhm! Codirector del Proyecto Aurora (Es un bigardo de casi dos metros de altura, de frente más que amplia, y un aspecto que impone respeto) −Según parece, mi primera misión consiste en hacer con ustedes una visita guiada a las instalaciones siguiendo el plano que tengo en la mano. Dejen sus cosas y síganme; tenemos que salir al pasillo y girar a la izquierda. ¡Vaya!, ya nos han encerrado.



Por los altavoces se escusa música antiquísima: algo así como “Everybody loves Somebody” del inigualable D. Martin.
−Los tres primeros departamentos son dormitorios personales. Si pulsamos este botón se abre automáticamente la puerta.
Tres dormitorios idénticos ante sus ojos. De unos cinco metros de profundidad por dos y medio de anchura a la entrada, tres y medio de fondo con la pared combada; los techos a cinco metros de altura. Una amplia cama a un lado y una mesita compañera; en la pared contraria un alto mueble modular con armarios equipados con ropa y calzado femeninos tras las puertas. Una larga mesa y un ordenador personal es lo más llamativo de un lugar tan impersonal. Parece la habitación de un internado pero tiene buen aspecto. En cada mesita hay un tarjetón con el nombre de la afortunada. No hay ventanas. Paneles modulares de fibra de carbono forman las paredes, excepto las del fondo, que están recubiertas de paneles poligonales de kevlar o fibra similar.
−Según el plano y mis instrucciones, −girándose hacia sus compañeras; hay otros tres cuartos idénticos al otro lado de la entrada (Aparenta como si supieras de qué va esto) Después dejarán aquí sus cosas personales. Prosigamos la visita turística. A continuación viene (¿Uhnn? ¿Almacén de suministros?) Veamos que hay tras esta puerta.
Caminan por un pasillo circular de unos dos metros de anchura y han de hacer cola para entrar y salir de las estancias. Ante sus ojos aparece un almacén de unos 9 metros de pasillo, repleto de armarios y estanterías donde hay todo tipo de alimentos perfectamente organizados por clase y tipo, y al fondo, una gran cámara frigorífica repleta de carnes y embutidos.
−Pero bueno ¿esto qué es? Aquí hay comida para años. Disculpadme; no entiendo nada. ¿De verdad vamos a estar encerrados en estas instalaciones durante un año? Si es así yo no lo hubiera hecho mejor.
− ¿Por qué dices eso, chatina? −Es un tipo cargante, el típico ligón de pueblo, que no le ha quitado el ojo de encima desde que subieron al microbús. (Tiene una caída de ojos que derrite las bragas)
−Me llamo Montse, no chatina. Soy especialista en nutrición, entre otras muchas cosas, y este almacén lo han preparado auténticos profesionales de la alimentación. Esto no es un supermercado ¡es una pasada! Estanterías hasta el techo. La cámara frigorífica podría ser un poco más grande. ¿Y todo esto? Un semillero increíble (¿Qué es esto? ¿Un proyecto secreto de la E.S.O.? ¿La N.A.S.A.?)
−Disculpa, chatina; confío que tendremos oportunidad de conocer tus muchas cualidades. Y me ofrezco voluntario para la explorarlas.
−Ya, tú y los otros cinco que están a la cola. Aparta, que Luis nos llama.
−Por favor, síganme o no terminaremos nunca. Ya se me ha abierto el apetito. A continuación viene, veamos: ¡Ajá! La cocina; por supuesto.
Un cuarto de cuatro metros de entrada por más de cinco de fondo aparece ante sus ojos mostrando una cocina industrial que ya quisieran los más afamados restaurantes; la pared curvada del fondo y el alto techo da sensación de mayor amplitud; todo tipo de utillaje cuelga bajo armarios empotrados, hornos de varios tipos, cafeteras, teteras, un par de robots de cocina, etc.
− ¡Estos serán mis dominios! ¡Vade retro individuos! Pero, disculpen, permitir que presente. −Es un hombre de poco más de treinta años el que ha entrado como un huracán. Moreno, alto, y aspecto de guardaespaldas. Me llamo Iñaki y seré vuestro chef. Para eso me han contratado.
−Pues tendrás que arreglártelas conmigo, Iñaki. Hola a todos, me llamo Montse y soy, además de cocinera, especialista en nutrición; según mis instrucciones seré la encargada de que todo el grupo esté perfectamente alimentado. Tendremos mucho de qué hablar Iñaki, tú y yo.
−Será un placer; pero te advierto que mi último trabajo fue en un restaurante con dos estrellas…
−Vale, vale, ya vemos que no pasaremos hambre. Seguirme que nos queda mucho por ver; da la impresión de que estemos en el interior de un gran queso y se han molestado en cavilar el tema de la alimentación. Aquí tenemos una escalera en rampa para acceder al piso superior, pero siguiendo por el pasillo nos encontramos con… ¡dos impresionantes cuartos de baño!
− ¡Guau! Qué pasada.
Entran en tromba a un baño u otro y comienzan a probar los lavabos (¡el agua esta helada! Me estaba asando con este traje de plástico) ¡Las duchas! Termonucleares. Dos en cada cuarto de baño. Uno de los viajeros las pone inmediatamente a funcionar y se abrasa la mano con el agua caliente que sale por el chorro.
− ¡Guau! ¡La madre que me…!
−Encantado de conocerte Tadeo, ya he notado que eres el otro ingeniero del proyecto. Y veo que le das el aprobado. Sigamos.
− ¿Qué tenemos tras esta puerta? (¡Genial!)
Es un cuarto de tres metros de entrada que contiene un taller con todo tipo de instrumental; material eléctrico, electrónico, cajas de herramientas, armarios con más y más instrumental. Las estanterías llegan casi hasta el techo.
−Bueno, bueno, bueno; aquí hay uno (o sea mi menda Lerenda) que no se va a aburrir; hay material como para montar una central nuclear. A continuación viene: ¡aja! Un gimnasio. −Es un cuarto de más de cuatro metros de entrada y cinco de fondo equipado con dos máquinas multipower pegadas a la pared, un par de bicicletas estáticas y otro par de máquinas elípticas, dos bancas, y barras y mancuernas de todo tipo y tamaño. Una gran pantalla de televisión de formato panorámico se encuentra al fondo; pero está apagada. Iñaki ya está probando las máquinas de fuerza y Tadeo pedaleando antes de que los demás tengan tiempo de entrar para echar un vistazo al cuarto. Hay opiniones de todo tipo.
−Podremos hacer un poco de ejercicio para no volvernos fofos. Algo es algo. ¿Seguimos explorando Luisito?
−Por supuesto; Tadeo musculoso. −Tadeo es delgado (30 abriles como treinta soles; piensa alguna) como un corredor de maratón que apenas le llega a Luis por el hombro. Continuemos; los otros tres cuartos para las compañeras de proyecto vienen a continuación. Ya dejaréis vuestras cosas en los dormitorios al final de la visita, aún tenemos que subir al piso superior; cruzamos por el salón comedor y nos vamos por la escalera en espiral al piso de arriba.
Atraviesan ligeros como faisanes el salón y suben al piso superior siguiendo los pasos del ingeniero Luis (esta funda, ¡qué calor da!; yo me quito la redecilla y abro la cremallera hasta el ombligo ¡Y estas lechuzas! Les comen vivos con la mirada) Luis espera en el pasillo a que todos estén arriba contemplando un par de grandes puertas.
Al desplegarse las puertas dobles entran en un cuarto con un gran acuario adosado a la pared izquierda. Iñaki entra en tromba y empieza a dar saltos de alegría.
− ¿Vosotros veis lo mismo que yo? ¡Bueno! Tendrá por lo menos cuatro metros de largo, 1.5 m. de altura, y casi un metro de ancho. Es el Mediterráneo en miniatura. Tenemos, veamos, bígaros, chirlas, cangrejos, gambas, bogavantes, ¡Uff! Peces, ¡mirar!, hay jurel, palometa, lubina, dorada; bueno, bueno, y ¡algas! Esto es un tesoro.
−El auténtico tesoro son estas estanterías. Dejar que me adelante; Juana, ingeniero agrónomo, y mi pasión son los invernaderos.
−Tendrás que contar con alguien más. Permite que me presente; soy Saúl y además de ingeniero agrónomo soy biólogo. (Toma ya, el aldeano) Necesitarás mucha ayuda para mantener esta instalación. Hay cuatro niveles por cada estantería de un metro de profundidad ¿Cuántos metros tendrá este local? Cuatro y medio de profundidad y, −dando grandes zancadas−, ¡más de diez metros de largo! Iñaki, ¡Iñaki! Ven a ver esto, hay más pececitos.
− ¡Otro súper acuario superacojonante! Pero aquí tenemos, veamos, ¡Ay Dios! Santa Claus existe. Hay sardinas, salmonetes, doradas, de todo. Y marisco; señores tenemos marisco en abundancia. Almejas, vieiras, navajas, buey, centollo, cigala, ¡pulpo! ¿Me dejo algo? Una estupenda y profunda capa de algas cubriéndolo todo. Señores: Las Rías Bajas. No sé por dónde empezar.
−Sí, ya, ya lo vemos. Una estantería larga plantada con soja, avena, ¿mijo? en sus diferentes niveles; cereales. Otra central con bandejas llenas de cultivos de verduras y hortalizas, y además una estantería pegada a la pared contigua al pasillo plantada con legumbres variadas y plantas medicinales.
 −Bueno, lo dejamos como está o no terminaremos nunca. Por lo que vamos viendo habrá trabajo para todos. Voy a tener que organizar rápidamente turnos según las labores específicas y las generales. Solamente mantener ordenada esta instalación nos va a dar bastante trabajo así que solicito su colaboración desde el primer momento, ¡dejar de mirar los pececitos! Ya ven como esta todo de pulcro y estudiado y así ha de estar el día que salgamos de aquí. Si me acompañan fuera seguiremos con el tour turístico.
De nuevo en el pasillo avanzan hasta alcanzar los seis dormitorios masculinos, uno al lado del otro, tan impersonales o más aún que los femeninos; a continuación un pequeño cuarto de apenas dos metros y medio de anchura de entrada.
−Veamos, la guía indica que esto es el cuarto de radio telescopios. ¿Algún aficionado entre ustedes?
−Disculpar, dejarme pasar; soy astrónomo (¡el rarito simpaticón!) llamarme Tony. Esto es muy pequeño ¿y todo ese equipo de radios? ¿Lavadoras? ¡No hay nada! ¿Y esta máquina del fondo?
−Pues tendrás que compartir el local conmigo. Hola a todos, me llamo María y soy exobióloga. (Qué ojazos tiene y que melenaza) Hay ordenadores, impresoras, y no sé cuántas cosas que apenas reconozco. Supongo que no me contrataron para mirar las estrellas por la ventana y tendremos buena conexión con el exterior. No te preocupes, Tony; he traído todos mis últimos trabajos y proyectos en la mochila.
−Y yo los míos. Encantado, María, compartiré con usted cuanto me sea posible. Bueno, ya nos pasaran las tareas a realizar.
−Tienes razón. Ya sabremos como emplear el tiempo libre.
−Tony, María, ya tendréis tiempo para vuestras charlas; lo que hay al fondo es un triturador industrial de basuras. Quedáis nombrados encargados de su limpieza y buen funcionamiento.
−Si me permitís; me parece que solo quedo yo por hacer la presentación de marras. Soy Cosme, ingeniero cibernético, y lo que han montado en esta pared por lo menos me resulta familiar; soy radioaficionado. Sí, es cierto, como todo lo demás, esto lo han montado auténticos profesionales, seguramente militares. Equipos de todo tipo, etapas de potencia, amplificadores, ¡Buff! Podremos hablar con Marte.
−No eres el único con la pasión del radioaficionado y podrás compartir este equipo sensacional, ¿verdad?
−Por supuesto María, por supuesto; hay dos sillas en esta mesa y tenemos delante el centro de mando de una división acorazada. Me gustaría ver las antenas.
−Estarán en el exterior, y como tanto os gusta este rincón os nombro supervisores de lavadoras. Son ultramodernas y funcionan sin detergente alguno. ¡Que no se estropeen o tendremos que lavar a mano! Prosigamos pasillo adelante que aún nos esperan sorpresas. Ahora, si pulso este botón, se abrirán estas grandes puertas y veremos: ¡carajo! ¿Hay algún médico en la sala?
−Sí, yo soy médico; si me permites (Tan solo pasar a su lado y a Luis se le quitado el ligero tartamudeo y casi le da un soponcio. Es una chica morena, bastante alta y sus medidas de concurso de miss universo no quedan ocultas ni por la funda anticontaminación)
−Yo también; si me perdonáis. Hola, soy Isabel, (¡Mira la rubia!; seguro que sabe operar) ¿Cuál es tu especialidad o eres de medicina general?
− ¡Ah!, ya decía yo que me sonaba tu cara, soy Ruth. Trabajaba como médico de familia pero hice la especialidad en gastrointestinal.
− Que bien. Yo soy cirujano general; aunque me especialicé en el sistema endocrino. Bueno, ¿Qué tenemos aquí?
−Si me permiten, doctoras; les puedo ayudar.
− ¿En qué sentido? Gigantón.
−Errr, gracias; estamos en la sala médica, que tendrá unos siete metros de pared a pared y está dotada de equipos…
−Anda déjalo; y cuando necesites una aspirina nos lo dices. Ya quisieran muchas clínicas privadas tener la mitad de lo que hay aquí. Incluso un quirófano completamente equipado por si alguno necesita que le pongamos unas tiritas.
−Si es para jugar a los médicos con ustedes, me ofrezco voluntario.
−Déjalo, Tony; que te vemos venir. (¡Qué pesado! ¿Cómo puede ser tan guapo? Ya quisiera yo tener esas pestañas)
−Por favor, si hacemos caso a Luis terminaremos por hacer el recorrido cuanto antes. Y además aquí hay personas que aún no se han presentado.
−Hola, Tadeo, encantada; me llamo Marta, soy ingeniero informático y no sé qué pinto aquí con vosotros. (¿Me van a pagar por hacer compañía a esta panda de tarados?)
−Pues entonces, acompáñanos Marta, y los demás que nos sigan; veamos que hay tras esta puerta. Viajeros: el laboratorio.
Una sala de tamaño algo menor que la anterior y con aspecto de contener un pequeño laboratorio de alguna universidad privada aparece ante sus atónitos ojos.
− ¡Guau! Iñaki, aquí podrás clonar bogavantes y cigalas.
−Podré hacer algo mejor nada más que enciendan los equipos. ¡Fabricar mi propia cerveza! Con lo que he visto en el almacén y estos equipos empezaré por una cerveza negra, muy ligera, y después…
− ¿Dejaras sitio para que otros experimentemos por nuestra cuenta?
−Por supuesto María, (¡Vaya ojazos tiene la niña!) aquí podremos trabajar los doce al mismo tiempo y aún sobra sitio. Si hubieras trabajado en la cocina de un restaurante ni te rozabas con los demás.
Tras un buen rato de andar cacharreando por el laboratorio reconociendo instrumental y maquinaria de lo más diverso Luis consigue que abandonen el local y continúen pasillo adelante.
Hay otros dos baños formados por habitáculos de dos metros de ancho por casi cinco de profundidad, y más de tres metros y medio de fondo estupendamente decorados con algunas variantes sobre los baños del piso inferior. Grandes espejos sobre los lavabos y en las paredes, materiales de última generación, sanitarios y bidets brillantes y pulcros; dos duchas galácticas al fondo completan la instalación.
−Viajeros, por favor, ya conocen el lugar donde podrán realizar sus abundantes abluciones; si me acompañan (¡Uff! Tendrían que haber contratado a la rubia del microbús; esto se me da fatal) Por favor, viajeros, tan solo nos queda abrir esta puerta para entrar a la zona central del complejo denominada, ¡Ah!, si, Sala de Control. Penetremos.
Entran en tromba a una sala circular de unos siete metros de diámetro y se encuentran una zona central con una mesa circular rebosante de pantallas de ordenador y otros equipos. Doce sillas, cuatro grandes pantallas de televisor en las paredes, y en el hueco de la gran mesa una pila de equipos informáticos sobrepasa los dos metros de altura.
−Bueno Marta, tú eres la experta y Cosme, supongo, nos podréis ayudar en algo porque estos equipos son la cosa más rara que he visto en mi vida. ¿Qué son? ¿Rusos?, ¿Chinos? No tienen identificación alguna de marca o algo similar.
−Debe de ser algún tipo de tecnología militar o simulada. Reconozco unidades de memoria, procesadores, interfaces,…
−Ya, ya, estás igual que yo. Mejor no toquemos nada hasta que nos lo indiquen. Y con esto, señoras y señores, da por finalizada la visita turística a las modernas instalaciones del Proyecto Aurora. Volvamos abajo para recoger nuestras cosas y dirigirnos a nuestros respectivos cuartos. En cuanto Iñaki nos avise nos reuniremos nuevamente en el comedor. ¿Os parece bien?
− ¿Y por qué a las chicas les han asignado los cuartos más grandes?
−Porque necesitamos más sitio para nuestras cosas, Saúl.
−Pero si solo os han dejado cargar con una mochila como a nosotros…
−No discutáis por eso; los de las chicas son apenas medio metro más largos pero dan la sensación de mayor amplitud. Tengo las medidas exactas en la mano.
−Lo que tú digas, Luis.
Bajan por la rampa para recoger sus pertenencias con un semblante similar al de los niños la mañana de Los Reyes Magos; comentando unos con otros lo que han encontrado y aventurando lo que les pueden exigir realizar en semejante instalación. Recogen sus cosas y cada uno a su cuarto a deshacer el equipaje y quitarse la funda blanca. (No transpiran en absoluto)
Apenas ha transcurrido media hora cuando perciben un ronroneo que les produce una sensación extraña y de nuevo una voz impersonal se escucha en la nave.
−Por favor, viajeros, reúnanse en la sala de Control. Por favor, viajeros.



Al regresar a la sala de Control los monitores están encendidos y las pantallas muestran imágenes de la Tierra vista desde el espacio; una imagen holográfica se forma en el centro de la sala, sobre el equipo informático, y hace gestos para comunicarse con ellos. Es el torso de un hombre que les mira desde lo alto; su rostro les resulta vagamente familiar.
−Por favor; tomen asiento. –Escuchan una voz maquinal; algo desagradable. Han tenido tiempo suficiente para colocar sus pertenencias en sus dormitorios; confío que sean de su agrado.
− ¿Quién eres tú? ¿Con quién hablamos? Le grita Cosme, el cibernético.
−Soy su asistente personal y represento al programa principal del sistema operativo de la nave. Si me permiten…
− ¿De la nave? ¿Qué nave? ¿Estamos en un barco? ¿Una nave espacial? ¿Estas cuatro chapas pueden volar? Nos creen imbéciles. –Es Marta (alta y morena, un tipazo tiene esta flacucha) la que está perdiendo la paciencia rápidamente.
−Por supuesto que puede. No se preocupen; ustedes ya tienen sus tareas asignadas y la dotación adecuada. Al ser su primer día a bordo deberán dirigirse a la cocina y comedor en cuanto terminemos la presentación; más tarde los señores codirectores Tadeo y Luis comenzaran a distribuir las tareas y horarios. Tómense el día libre y hagan una fiesta para conocerse mejor. Comenzará su jornada a las 06.00; disfruten de las instalaciones.
−Pero, oye, ¿Qué pasa? Desapareció. Tadeo, ¿tú sabes algo que los demás ignoramos? ¿Qué busca esta gente? ¿Esto de qué va?
−Lo siento Marta, estoy como tú de ignorante y suspicaz. Pero al menos los ordenadores personales se han puesto en marcha, así que supongo que funcionará la cocina; Montse e Iñaki podrán mostrarnos sus dotes culinarias.
− ¿Pero cómo va a volar un edificio? Esto no es más que un decorado bien montado. No hay cabina ni pilotos, ni ventanillas al exterior ni nada de nada.
Comienzan a percibir una sensación de bajada de presión o algo similar que resulta muy agradable.
− ¡Uhhhh! Tadeo ¿esto no será algún tipo de experimento similar a un viaje a Marte o algo así? Parece que hubieran reducido la gravedad un cuarto, tal vez con la maquinaria que habrá bajo nuestros pies. ¿Pueden variar la presión atmosférica? (¿Qué es esto? ¿Un submarino?)
−Ya lo sé, Saúl, podría ser eso. Simular las condiciones de un viaje más allá de la luna y ver cómo responden los astronautas a un encierro prolongado. ¿Os distéis cuenta que se referían a nosotros siempre como los viajeros?
−Exacto, viajeros por aquí, viajeros por allá; y ahora nos tendrán vete tú a saber cuánto tiempo encerrados. Firmamos un contrato a ciegas y no sabemos dónde nos hemos metido. Eso sí, esta ropa sienta como un guante; parecemos el equipo nacional en las próximas olimpiadas.
−Sobre todo a las chicas; verdad, Montse. ¡Tenéis unos tipazos! Y ahora parece que flotéis. ¡Guau! Puedo levantarte con una mano.
−Quieta esa mano, Iñaki, y que nos duren mucho estos físicos estupendos. Bueno, de eso me encargaré yo; pero podemos hablar del menú.
− ¡Hoy fiesta! ¿No ha dicho eso el asistente fantasmal? Pues menú especial Fiesta de Invierno.
−Acuerdo total, Iñaki. Nosotros iremos poniendo la mesa ¡Todos abajo!
A la fiesta invernal le siguen tres días después la Nochebuena y el día de Navidad. Más que tareas propiamente dichas en sus ordenadores personales aparece cada día, con una sonora chicharra como despertador, unas instrucciones para su mejor conocimiento de las instalaciones y el utillaje que hay en sus cuartos de trabajo. Al final de la jornada laboral tienen que rellenar o completar unas fichas con los datos de su labor diaria. Y después, tiempo libre para conversar o divertirse con sus aficiones particulares.
Apenas llevan cuatro días encerrados y el ambiente es fenomenal. Todos hablan de sus tareas y aficiones y, de una manera sutil, se van emparejando. Aunque no reciben comunicaciones de la empresa, o lo que sea que les ha contratado, no bajan la guardia y tratan de comportarse como si les estuvieran observando. La gran torre informática de Control es un completo enigma.
Hay muchos equipos y programas que les resultan por completo desconocidos, experimentales; y el gran ordenador central apenas muestra más que lucecitas de señales y series numéricas. Códigos indescifrables en visores numéricos por los pasillos y paneles cerrados a cal y canto que nadie sabe lo que ocultan. Poco a poco se van amoldando a su nuevo hogar y lo van personalizando.
Los dormitorios se han ido de alguna manera decorando o habilitando según el gusto de cada uno. En la cocina nunca falta café, refrescos, o cerveza negra artesanal que Iñaki fabrica en el laboratorio; ver películas en la pantalla del salón comedor es su mejor distracción.

Fin del primer capítulo.


Recordar siempre lo que os dice este viejo cuenta cuentos: ¡si se puede soñar se puede hacer! Los personajes se van de viaje y Dios quiera que tengan felices sueños, ¡por que les va a pasar de todo!