sábado, 22 de diciembre de 2012

Luz del Camino. Un cuento del Camino de las luciernagas.

 Hay quien aprovecha días como éstos para leer cuentos y novelas, en cualquier formato conocido. Para todos vosotros subo al blog uno de los últimos cuentos del Camino de las luciérnagas.
Son peregrinos que vuelven a casa. En el tren de regreso tres de ellos se juntan en el bar y comienzan a charlar de la experiencia pasada.
Sus ilusiones, esfuerzos, alegrías y sueños.
La luz, la luz del Camino. Algunos solo miran para hacer fotos.
Espero que os guste.


           Luz del Camino

      Estaba profundamente dormido cuando una llamada a su teléfono móvil le hizo volver en sí; contestó: era un compañero del Camino para darle su dirección postal y recordarle que volverían a verse el año próximo, de nuevo caminando hacia Compostela. Una vez despierto decidió ir al bar del tren para tomar algo y comer un bocadillo; aún le quedaban horas de viaje.
      En un rincón reconoció a otros dos peregrinos con los que había coincidido en algún albergue días atrás y pidió permiso para unirse a ellos y almorzar. Uno de ellos, italiano, era muy joven y estaba comentando sus vivencias pasadas con ardor y entusiasmo; el otro, un holandés muy alto, con cara de pocos amigos, escuchaba con respeto pero dejaba entrever una mueca de ironía respecto de lo que estaba escuchando; de lo mucho que el italiano había caminado cada día, que siempre había encontrado sitio en los albergues, el poco dinero que se había gastado; en fin, pensaba el holandés, el típico turista que se apunta al Camino bueno, bonito, y barato.
Así que, entre bocado y bocado, decidió intervenir e intentar comunicar su personal manera de ser y de ver las cosas.

−Desde hace diez años vuelvo al Camino en cuanto me dan las vacaciones; cada año hago un tramo o una ruta diferente, y he llegado a la conclusión que cada persona es diferente tanto en su visión de las cosas como la manera de asimilarlas. Con cada persona que hablo encuentro una idea distinta, su propia manera de entender las cosas. Y es difícil saber cuál puede ser la mejor.
− ¿Por qué vuelves una y otra vez al Camino si ya lo has recorrido? Preguntó el holandés.
−Supongo que lo he convertido en mi manera de ser; una manera propia de entender las cosas, mi forma de entender la vida; ligero de equipaje, agradeciendo cuanto de bueno encuentro en cualquier parte. Cuando vengo al Camino me fijo hasta en los mínimos detalles: un topillo en una pradera, el retablo de una parroquia perdida, un amanecer, el vaso de vino en buena compañía, y, sobretodo, la charla franca entre compañeros de vida. No miro si gasto o si ahorro, sino si duermo bien y con la conciencia tranquila.
−Pero, le dice el italiano, yo he venido a España con los días y los euros contados. No me puedo salir del programa fijado. En mi casa estudié cada etapa y cada gasto con mucha dedicación y me voy con la satisfacción de haber conseguido mi objetivo.
−Bueno, por cierto, mi nombre es Dirk, yo comencé saliendo desde mi casa, sin plan ni objetivo diferente que marchar de casa y de los problemas que agobiaban. Me ha resultado muy duro ir desde Holanda hasta Compostela, pero ha merecido la pena. No sé cuánto habré gastado, ya haré cuentas en casa; comencé el Camino en bicicleta hasta que tras un accidente la tuve que dejar por su mal estado. En vez de volver a casa decidí continuar, aunque fuera cojeando, hasta donde llegara, y, con ayuda de otras personas, conseguí llegar hasta donde me había propuesto. Aunque, eso sí, lo he pasado verdaderamente mal y me he encontrado a muchos que estaban igual o peor que yo. Prácticamente solo he encontrado gente sufriendo o desvariando.
−Quizá porque ahora no te encuentras en tu mejor momento. Cuando pasen unos días recordarás esta experiencia con otro ánimo y encontrarás respuestas a muchas de las preguntas que te has hecho estos días. Me llamo Peio y os acompañaré hasta San Sebastián.
−No entiendo eso de las experiencias interiores y toda esa cháchara del Camino solo sirve para escribir libros. Mi nombre es Flavio. Yo me lo planteé como un trekking por España y así lo he hecho. Llevo la cámara llena de fotos y vídeos para enseñar a los amigos, y esto me parece que es lo único que podré recordar cuando pasen unos años. Lo demás son sueños de románticos o de locos. De monumentos está repleta Italia y de montañas ¿por qué iba a tener España algo diferente? Esto es casi todo una ruta construida por las legiones romanas en busca del oro de Hispania; los peregrinos iban a Roma y Jerusalén mucho antes de que apareciera el Sepulcro de Santiago y no he encontrado magia alguna en ninguna parte. La mayor parte de los días una luz estupenda para fotografiar, y poco más.
−Pues mira, Flavio, algo tendrá cuando más de cien mil como nosotros vienen cada año para hacer esta peregrinación.
−Comprendo que algo se debe encontrar caminando tantos días por tantas tierras diversas y entrando en contacto con tantas personas diferentes llegadas de cualquier lugar del mundo. Recuerdo un día que iba caminando solo, cojeando, ayudado con un par de palos, y no veía un alma en kilómetros y kilómetros a la redonda; entretenía mi ánimo mirando las nubes y las extrañas formas que ofrecían. Durante un buen rato, que se me hizo eterno, una forma femenina parecía estar sobre mi cabeza, como indicándome la dirección contraria, como empujándome a dejar de caminar y volver a casa. Y esa imagen nubosa no se me quita de la cabeza. Si no volví entonces a Holanda es porque no deseaba volver por nada del mundo.


−Curioso, lo de los fenómenos ópticos. Un día, al entrar en un pueblo, llegaba totalmente agotado, había caminado cerca de 40 kilómetros, y me pareció ver, flotando sobre las casas, un objeto volador con forma de sombrero, (efectivamente era un sombrero, tengo la foto por si queréis verla) y me dio por pensar en cosas misteriosas. Incluso lo comenté con los compañeros de albergue mientras cenábamos y todos nos reímos mucho por mi manera, tan italiana de expresarme; cada uno contó la historia más espantosa que se le ocurrió pero aquella noche todos tuvimos pesadillas horrorosas y, a la mañana siguiente, ni nos mirábamos a la cara desayunando. Pasamos horas, caminando y caminando, hasta que comenzamos de nuevo a hablarnos los unos a los otros. Y preferíamos hablar de la etapa, del tiempo, o de cualquier otra cosa. Antes de recordar lo soñado. Fue una noche muy agitada
−A mí, también me sucedió alguna cosa curiosa este año; fue en un albergue, que prefiero no recordar, cuando al acostarme, casi no había cenado nada y con un par de chupitos de aguardiente en el estómago, apenas me metí en el saco me quedé dormido; el caso es que tuve un sueño extraño:
Caminaban presurosos, como asustados, hacia la luz del sol poniente un grupo de peregrinos llegados de los más lejanos rincones del orbe humano. Era el día del equinoccio cuando la luz del día y la noche se equilibran y, a lo lejos, surgió de pronto una intensa nube oscura que comenzó a cubrir todo el Occidente. Una masa espesa y lúgubre avanzaba sin remisión aplastándolo todo. Los peregrinos, asustados, comenzaron a correr hacia una antigua iglesia donde intentaban ocultarse. Uno de ellos gritaba: ¡son langostas!, y otro: ¡son enormes!, ¡vienen por nosotros! Aterrorizados corrían y chocaban, saltaban sobre los caídos. La nube ya ocultaba la mitad del cielo cuando ellos alcanzaron las puertas del templo. 
Mas, al entrar y refugiarse observaron cómo se producía a sus espaldas una intensa explosión de luz y color; los insectos se convertían, como por ensalmo, en inmensas mariposas batiendo sus alas brillantes pasando por encima del templo a gran velocidad.
Aún pudieron contemplar los últimos rayos del sol alumbrando el capitel de la Anunciación mientras entonaban himnos y canciones propias de cada una de sus tierras y confesiones religiosas. 
Al salir del templo, ya de noche, uno de ellos, casi una niña, les indicó un lugar del cielo donde se podía ver lejana una de aquellas fabulosas mariposas celestes como indicando: ¡No tengáis miedo!
      Desperté de sopetón y ya no pude pegar ojo en toda la noche.




−Bueno, pues yo también me pasé un par de días, cuando iba por la Rioja, buscando huellas de dinosaurio a la vera del Camino. Había leído algo sobre el tema en un albergue y me empeñaba en encontrar alguna y lo único que encontraba era montoncitos de piedras a los que no encontraba sentido. Días más tarde cuando encontré a otro italiano me explicó su significado. Y también he hecho los míos.
−Yo prefiero recordar los personajes que te encuentras un día sí y otro también; y mira que Holanda está llena de gentes de todo el mundo. Un día me encontré a un tipo, Simón, dijo que se llamaba, caminando en sandalias que el mismo se había fabricado, pantalones cortos, chaleco y sombrero de piel, y un zurrón donde guardaba sus escasas pertenencias. Vendía abalorios que él mismo fabricaba y con cuatro cosas vivía y comía. El tipo más frugal que he visto en mi vida.
Recuerdo que nos contó que un día seguía caminando incluso después de anochecer cuando le pareció ver un grupo de pequeños hombres de piel verde, vestidos de harapos, con picos y palas en las manos, cruzando el Camino hacia un pueblo cercano; decidió seguirlos hasta un gran caserón aislado. Mucha gente entraba y salía por el gran portón pero se guardaba un respetuoso silencio; estaban de velatorio, las mujeres con velo y de negro riguroso y los hombres con bandas oscuras en su brazo derecho.
Entró en la casa y se encontró los suelos cubiertos de monedas de oro, las paredes de hermosos tapices y cuadros antiguos, objetos religiosos por doquier, y sonando música de difuntos propia de otros tiempos. Su atención le indicó hacia una habitación silenciosa de la que surgía una luz portentosa; al entrar vio una gran cama donde yacía el finado cubierto con una gran colcha blanca; en la pared, sobre el cabecero, vio una imagen que parecía flotar y de la que brotaba aquella tremenda luminosidad: estaba formada por tres corazones en triangulo y una espada entre ellos.
Paró a meditar sobre su significado pero una mano se posó sobre su hombro derecho, y al girarse observó a una mujer muy alta, vestida de negro, con un velo negro cubriéndole las facciones; le dijo: ¡ven!, sal de aquí, debes continuar en el Camino; busca a una muchacha adornada con un sombrero florido que va delante de ti, y cuida de ella como de tu propia alma. Camina en paz y no vuelvas la vista atrás.
Al salir de la casa vio como un reloj de carillón daba las cuatro y, ya en la calle, en el cielo, una estrella fugaz le indicaba la dirección correcta.
 Aún seguía caminando como una gacela, apenas sin dormir ni comer, cuando le encontramos en un pueblo leonés buscando comprender su misterioso destino y nos contó su historia.




−A mí fue un catalán el que más me impactó. Preferí dejar a un lado a los italianos para practicar mi español y me fui a juntar con un catalán que se negaba a hablarlo, y no paraba de renegar de España. ¡La de cosas que nos pasaban! ¡Nos echaban de todas partes! Pero el tipo era inmutable, Gastón se llamaba; renegando y bebiendo a todas horas, caminando un día tras otro y durmiendo tirado en cualquier parte cuando al tipo aquel le salían los euros por las orejas.  Siempre cenando en los mejores restaurantes que pudiera encontrar. Y quedando mal en todas partes. Tuve que dejarle si quería llegar vivo al final del Camino. No sé qué habrá sido de él si sigue en ese plan.
−En mi caso, quizá el tipo curioso sea yo. Pues llevo tantos años en esto que son los demás los que se extrañan al hablar conmigo. Y tan solo les hablo de ver una lluvia de estrellas pasando una noche al aire libre, de un sueño que me ha parecido relevante, una persona interesante en algún rincón del Camino, o incluso de descubrir un plato o un vino distinto a todo lo había probado años atrás. También vengo por encontrar personajes para mí muy entrañables y charlar con ellos de nuestras cosas, y de cómo todo esto va cambiando de año en año; y no siempre para mejor.
−Para mí, como holandés, son las comidas; sencillos menús para descubrir sabores intensos. El día de mi accidente, estaba destrozado y entré en un mesón a cenar. Pensaba que mi Camino se había terminado así que decidí darme un homenaje por llegar hasta donde había llegado. Me pusieron un, ¿cómo se llama?, bacalao al ajo arriero que aún me dura el recuerdo. Tengo que encontrar la manera de poder hacerlo en mi casa. Cómo me levantó el ánimo que decidí al día siguiente continuar, aunque fuera andando hasta Compostela.
−Mi sorpresa fue descubrir un vino blanco: el Albariño. Eso no se conoce en Italia. Recuerdo un anochecer en la puerta del albergue, tumbados en la hierba, con una maravillosa puesta de sol en el horizonte, bebiéndonos un par de botellas, y parecía que la luz rezumaba oro inundándolo todo. Cuando al fin salieron las estrellas quedamos todos observando una conjunción de la Luna y Júpiter y nadie se quería ir a dormir. Cerrabas los ojos y aún tenías aquella luz dorada metida en las retinas como bañándote por completo. Me pasé un poquito bebiendo y recostado sobre la litera me vino un sueño como así:
Por la noche infinita pasa el tren multicolor cargado de ilusiones y desgracias; entre coches y vagones se reparten viejas y nuevas almas y sus escasas pertenencias. Va en primera clase el dignatario célebre, alguna gente rica y los poderosos de la tierra, deleitándose con manjares ilusorios y placeres vanos y fugaces. En segunda se mueve gente común, sin importancia, sencilla, mirándose y hablándose los unos a los otros o contemplando las estrellas por las ventanillas. Van detrás vagones cargados con las más variadas y absurdas mercancías; lo que arrastra la gente tras de sí camino de la otra vida, sean pájaros o artefactos, maletas llenas de trastos, miseria y porquería, avaricia y envidia, que tendrán que ir dejando o tirando por el camino. Hasta perderlo todo.
Es un tren antiguo, tan viejo como el mundo, creado por la propia vida y el misterio oculto. Nadie sabe quién va en la máquina y lo guía, y en cola un joven guardafrenos pelando frío es el único que contempla donde va, de donde viene, donde termina el brillante convoy que en tan inmensa oscuridad camina.



−Pues mirar, aún tenemos oportunidad de volver a probar ese vino; podemos aprovechar la parada del tren para estirar las piernas y tomar algo en la cantina de la estación. La parada suele ser larga.

      Los tres bajan del tren y caminan hasta la barra del bar para seguir charlando de sus experiencias. Una manera estupenda de despedirse de Galicia. Apenas han pedido la consumición entra una chica y resbala al acercarse a la barra pero Peio la consigue sujetar a tiempo antes de que caiga al suelo.

− ¡Vaya ocurrencia! Andar en chancletas por la estación. Casi te das un trastazo.
−Pues es el calzado que he utilizado durante más de un mes y me ha ido muy bien. Es la primera vez que me sucede.
− ¿Vienes de hacer el Camino? Le pregunta Flavio.
−Sí, el Aragonés. 36 días caminando.
−Pues arrímate a nosotros y tómate algo que somos compañeros. Estábamos comentando cosas que nos ocurrieron en estos días y Peio nos iba a contar un sueño muy curioso que tuvo.
−Bueno, pues sí. Fue una noche en Sarria, y soñé que el Camino me conducía hacia una montaña y entraba en un gran túnel circular; estaba muy oscuro pero al fondo se veía una luz cenital. Llegaba hasta ella y observaba que la luz venía de algún tipo de instalación en la parte superior. Di una voz y rápidamente descendió una escalerilla apareciendo un sujeto diciéndome que por favor subiera. Una vez arriba me pidió que me despojara de mochila y bastones y me sentara con él. La sala era circular, amplia y de techos altos, las paredes decoradas con pantallas tridimensionales que mostraban paisajes que reconocí de inmediato. En el centro había una gran mesa redonda con doce sillas con un enorme frutero rebosante de frutas de todo tipo. El tipo era de mi estatura y aspecto pero iba vestido con ropa y calzado de tipo deportivo, todo ello realizado con tejidos de micro fibra especiales para evitar la contaminación. Unos guantes blancos de trabajo le conferían un aspecto de gran pulcritud.
¿Podrías responderme a unas preguntas? Bueno, pero primero me dices qué es esto y quien eres tú. Para que lo comprendas, estás en el futuro lejano de este país y me interesaría saber cosas de tu tiempo. Apenas tenemos registros de vuestra época aparte de ciertos edificios y ruinas diversas. Tengo interés por tu tiempo y al fin conseguí encontrar alguien con quien charlar. Me interesaría saber que os empujó a recorrer el Camino pues fue un fenómeno digno de estudio en siglos posteriores. ¿Qué os llevó a venir desde los cuatro puntos cardinales y recorrer las antiguas rutas medievales?
Supongo que muy diversas causas y cada persona tendría la suya; y, por encima de todas: la curiosidad. Conocer por ti mismo lo que en otros tiempos se tenía como una experiencia mística o espiritual. En nuestra época, tan materialista, resultaba difícil tener algún tipo de experiencia trascendente o algo similar. Existían drogas de todo tipo y las más increíbles formas de divertirse o entretenerse incluso a diario. Pero siempre hay gente que busca algo diferente y que le marque de una manera más real y permanente. Al menos en mi caso es así. No puedo hablar por los demás.
¿Y la convivencia con gentes de otros lugares en una época tan conflictiva cómo aquella? Bastante buena según mi experiencia de muchos años; según se va llegando te vas acoplando a lo que llamamos el Espíritu del Camino y los roces se reducen al mínimo. Lo importante para unos es llegar al final y para otros simplemente tener la experiencia de haberlo intentado.
¿Y cuál son los problemas de tu tiempo? Pues la simetría y el equilibrio, pero sería muy largo de contar y de comprender para ti; debes irte ya. Pero,  ¿tú quién eres y qué tipo de instalación es esta? Fue un centro de estudios dedicado a tu tiempo pero ahora ya nadie tiene interés en esas cosas. Yo tan solo soy el encargado de la limpieza.
Recogiendo mis cosas y bajando por la escalerilla volvía al túnel y despertaba del sueño.

−Bueno, y vosotros que pensáis de esto. ¿Llegará un día en que incluso el Camino desaparecerá?
−Seguramente sí, con el tiempo todo cambia. Eso era en lo que estabas pensado cuando te echaste a dormir.
−Si os sirve mi experiencia, me llamo Clarisa, los sueños no son más que sueños y hay que dejarlos pasar. Continúa la vida y no hay que dejar que una experiencia nos atormente la existencia; somos algo así como tierra que se mueve, la vida que camina y sueña, más algo intangible que trata de expresarse e ignoramos constantemente. Si queréis podemos seguir charlando en el tren pues ya están anunciando la salida.
−Será mejor dejarlo así y cambiar de tema pues esto del Camino no se termina si uno mismo no lo da por finalizado personalmente.
− ¡Camarero!, la cuenta. Que nos vamos.




 Nosotros también nos vamos y por el Camino nos encontraremos.
Feliz Navidad.