domingo, 18 de noviembre de 2012

Tres miradas. Cuento fantástico.



               Tres miradas

Camina por las calles de la ciudad del caracol entre gritos y risas, el verdín esmeralda de las viejas piedras, el olor a marisco y tarta de almendra, con paso decidido y veloz cual pantera; hay miles de personas entrando y saliendo de tiendas y bares, las flores en las ventanas, la ropa, ¡cómo visten las lugareñas! El calzado, los diversos maquillajes, malabaristas, cantantes, cuentacuentos, y estatuas humanas, en cualquier parte; el color de las piedras, el agua de las fuentes, ¡los hombres! Son guapos los hombres de esta tierra.
El gran templo medieval, las plazas en torno suyo, el sonido de gaitas, guitarras, los cánticos, gente disfrazada distrae a los turistas, el sol por todas partes. Sentada en el suelo, recordando las brumas y luces de las tierras del norte, espera Laiba la llegada del guerrero soñado entre tanto hijo inútil de Baco florido como tiene a su alcance. El viejo toro sestea y la doncella dorada se escapa, vencida y amada.
Las bonitas escaleras, sin mochila ni bordón, se suben sin querer. Abajo la fuente arriba la puerta de Platerías ¿qué esconde su interior? ¿Hará frío con este sol? Sus altas columnas, la claridad, el brillo del oro, el olor inconfundible del incienso, las estatuas, tantas estatuas del Alto Señor Patrón de la Cristiandad, el matamoros, el peregrino, ¡qué diferentes de la que vi en mi visión! ¡Qué perdido anda el mundo! Y siempre lo estuvo.


Mis antepasados, la sangre que me anima, los unos viviendo felices en selvas y montañas y los otros llevando este símbolo conquistador por bandera. La luz y los rumores de las gentes antes de empezar la misa peregrina. ¿La fe? Tantos nuevos descubrimientos, los inmensos conocimientos, la conexión en red, la nube de datos que tiende al infinito, y nuestro cerebro incapaz de asimilar tantos cambios y tan rápidos, tanta información incesante;
¡Cómo se nota al estar un mes caminando por los campos y montañas! Ya ni miramos las flores, las estrellas, la sonrisa de un recién nacido. Solo una continua conexión sin motivo aparente. Como si estuviéramos en ebullición. ¿Y la luz? La luz interior. La nuestra propia. No procede de nuestro cuerpo; hasta las pulgas tienen más genes que nosotros. ¿De dónde procede?
Cantemos, cantemos himnos de alabanza al Creador y en silencio confiemos en que esa luz interna salga al exterior pues somos las luciérnagas del Señor. Descansa Nicasia y escucha su canción.


Te ves de nuevo Némesis, entre gentes y piedras, y nada parece cambiar. Dos tórtolas blancas sobre las torres de la catedral y gente atolondrada que vive sin pensar, ni saber qué y quienes les dominan y dominarán. Caminan y sueñan pensando en mundo mejor pero nada hacen por conseguirlo.  Miran las cosas, remiran sus rostros, hacen como que se hablan y escuchan; saben lo que saben y siguen como sin saber. Actúan de manera maquinal y con más y más maquinas entierran sus escasas ilusiones.
Vienen desde los cuatro puntos cardinales a visitar un sepulcro, cuatro huesos, y no miran la vida que tienen ellos mismos. Como si fueran piedras o adobes, con sus sudores otros edifican sus palacios y torreones; como si fueran cárceles sus ánimas se desesperan en un cuerpo falible y caduco, como si fueran fieras feroces saltan o les hacen saltar los unos sobre los otros; habiendo alimento y riquezas para saciar  más de diez mil millones de habitantes la inmensa mayoría vive en la mayor de las miserias o se muere de hambre. 
Si alguien les indica las estrellas para saber de qué están hechos sus cuerpos no miran más allá del dedo que lo indica, si alguien les indica la luz divina que cada uno tiene en su interior lo escanean y por chiflado lo toman o encarcelan. Si alguien les dice que esto se puede cambiar y vivir mejor, sin destrucciones, sin guerras, sin miserias, sin hambres, le preguntan ¿de dónde has sacado la idea de esto se puede cambiar?
La respuesta de Danika es: Un universo entre millones de universos y a vosotros os ha tocado el mejor; un planeta entre millones de planetas y a vosotros os ha tocado uno maravilloso. Tenéis la inmensa suerte de estar vivos ¡y no vais a hacer nada!  Nunca más volveré. Aquí no se me ha perdido nada.

Son simplemente tres miradas, tres miradas en Compostela. Tres peregrinas que han llegado hasta el final del Camino de Santiago y cada una, para sí mismas, va pensando en lo que ve y en lo que esperaba encontrar. ¿Mereció la pena el esfuerzo?

Desde la primera vez que peregriné a Santiago de Compostela siempre les he hecho la misma pregunta a mis compañeros: ¿mereció la pena el esfuerzo?