sábado, 10 de noviembre de 2012

Las dos orillas del río Iso. Cuento completo.

Las dos orillas del río Iso es el cuento mas reciente y mas corto que he escrito para las luciérnagas.
A los protagonistas humanos se les une el caudal acuífero; dependiendo de por qué orilla caminen así suceden las cosas. ¿Es el mismo mundo? ¿Son personas o imaginaciones?. Depende
¿Qué es el mundo? ¿Y el pecado? ¿Y la carne?
Disfrutar con su lectura.



           Las dos orillas del río Iso

    Es una soleada tarde de verano cuando llegan dos cansadas peregrinas a un  precioso albergue de piedra que está al final de una larga y empedrada cuesta abajo tras cruzar el río por un viejo puente. Tiene varias estancias; es una restaurada finca donde criaban vacas hace años y hoy día es refugio de lujo para los modernos senderistas que recorren la vieja senda de las estrellas. Les parece acogedor y barato: ¡un donativo! Y se quedan.
Tras presentarse e inscribirse colocan sus cosas en la litera que les han indicado y deciden irse al río para darse un chapuzón.
−Nicasia, yo no tengo bañador. ¿Cómo voy a ir contigo?
−Tú no traes de nada en esa pequeña mochila de diseño italiano. Con las bragas te vale, que estamos en el siglo XXI. ¿Quién te va a ver si nos ponemos al fondo de la finca entre los árboles?
−Bueno, iré contigo a condición de que me cuentes qué hiciste con el vasco ¿Peio? En Portomarín. Es que no apareciste en toda la noche.
−Una noche de amor
− ¿De amor, amor?
−Sí, o de algo parecido. Porque pasé toda la noche en el centro de salud entre fuertes dolores de vientre; y solo estaba él para acompañarme. Me había invitado a cenar y apenas sentarnos a la mesa creí que tenía un ataque de apendicitis. Anda, déjalo, prefiero no recordarlo. Menos mal que me he recuperado y puedo caminar.

Poco tiempo mas tarde chapotea Nicasia por el centro del río mientras Nastia la observa desde la orilla sentada en la hierba sobre una toalla, a la sombra, y cubriéndose el pecho con una fina camiseta blanca, imitación china de una afamada marca de alta costura.
−Nica, guapa ¿no te cansas de nadar? El agua está más que fresquita.
−No, ¡qué va a estar fría! Date un buen chapuzón y nada conmigo.
−No tengo bañador
−Pero que tonta ¡si no hay nadie! Tírate al agua y nada conmigo.
−Me parece que estás muy caliente. ¿Seguro que no hay nada con el vasco?
−Nada. Deja de mirar los peces y báñate.
− ¡Que no! Que estoy muy bien aquí. Prefiero permanecer a la sombra.
−Bueno, pues mira; me voy a sentar en la otra orilla y si quieres hablar conmigo tendrás que dar voces.
− ¡Pero si yo solo quiero que hablemos de amor!
−Pues ven a este lado del río y te contaré mis romances
−Prefiero quedarme mirando los peces y tú procura estar atenta que me parece que tienes compañía.

Cuando Nicasia está por desprenderse de la parte superior del bikini y tumbarse en la hierba para tomar el sol ve llegar por la pradera hasta su lado a un frailecillo diminuto, cojeando, ayudándose de un junco para caminar. Al llegar a su altura se detiene y se le queda mirando.
− ¿Disfruta el hermanito con el paisaje?
−Gracias a Dios, disfruto para siempre del amor superior. Tan solo he venido para darte un aviso.
− ¿Es de ese amor, tan profundo que siente, que ni me mira las tetas?
−De ese amor viene y de los pájaros que te rodean
− ¡Será un amor alado, entonces, como Cupido!
−Esos amorcitos están en los cuadros y obras de arte que tú has estudiado. Eso es lo que sienten los peces y los pájaros, las vacas y los humanos. Es el deseo que te ciega y que no veas lo que tienes delante y hace que sigas ignorando.
− ¿No veo el río y los peces? ¿A qué te refieres?
−También había ríos en los tiempos de Noé y aquella generación miraba lo que miras tú y se guiaban por lo mismo, buen comer y mejor holgar. Después comenzó a diluviar.
− ¿Acaso va a pasar ahora algo así?
−Procura estar atenta a las aves y a lo que te puedan decir.
−Nadie entiende el lenguaje de los pájaros.
−Pues aprende a escuchar. Adiós y buen Camino. Cuídate.



Escucha entonces Nicasia un chapoteo en la orilla cercana y al mirar ve salir del río a Nastia que ha cruzado con la camiseta puesta y la blanca toalla en una mano.

− ¿Pero tú que haces? ¿No querías nadar y cruzas el río con todo? Te has puesto buena. Empapada.
−Pero, ¿qué ocurre aquí?
−Pues nada; estaba platicando este frailecito cosas de pájaros y… ¿dónde está?
−Es verdad; ha desaparecido. Le vi charlando contigo hace un momento y ya no está. Habrá salido corriendo hacia el puente para cruzar al albergue. Seguramente le veremos mas tarde, cenando. Parecía un peregrino de los de antes. ¿Qué es eso de los pájaros?
−Me hablaba del amor. Que no somos, en ese aspecto, mejores que los gorriones o las vacas que están ahí cerca pastando.
−Pues qué gracioso. ¿Qué sabrá él si estará todo el día metido en un convento?
−No sé; pero me ha quitado las ganas de tumbarme y tomar el sol a mis anchas. Me voy al albergue, ¿vienes?
− ¡Ahora que he cruzado el río y estoy empapada! Y me presento a un concurso de camisetas mojadas. Me quedo aquí, escondida entre los arbustos hasta secarme. Después cruzaré por el puente que aún queda mucho tiempo hasta la hora de la cena.
−Bueno; tú sabrás. Nos vemos cenando.

Y se tira al río como una experta nadadora y se aleja dando fuertes brazadas dejando a Nastia desnudándose y tumbándose en un rincón escondido de la vista de la otra orilla del río.
Un rato mas tarde yace Nastia plácidamente dormida bajo los dulces rayos solares de una tarde de verano apenas arrullada por la corriente del río cercano. Despierta sobresaltada al sentir que alguien la está sobando; suelta un fuerte golpe con su mano derecha sin apenas mirar y de un salto se pone en pie gritando, en ruso, a su asaltante.
− ¡Tranquila, tranquila! ¡No quería hacerle daño! Responde mientras se incorpora el hombre. Parece un campesino, por sus ropas viejas y ajadas, un sombrero chubasquero, y pantalones de pana que lleva por dentro de unas botas de agua que le llegan a la rodilla. En su mano derecha  porta una larga vara de negrillo y con ella intenta protegerse de las acometidas de Nastia que le suelta patadas y puñetazos.
− ¿Que no quería hacerme daño? ¿Y qué quería hacerme sobándome el pecho agachado encima de mí?
−Le estaba tomando el pulso. Es usted tan blanca que parecía muerta. Ni se la sentía respirar.
−El pulso se toma en la muñeca o el cuello. ¡Me quería violar!
−Disculpe mis modales pueblerinos; me habré dejado llevar por los instintos. No se enfade más y perdone, deje que me vaya.
− ¡Usted no se va! ¡Voy a llamar a la Guardia Civil! Enseguida vendrán mis compañeros del albergue.
−Perdone usted señorita; no grite más. Me he portado mal. No soy mejor que esos grajos que hay por todas partes. Un pobre ignorante.
− ¡Un malvado y un cochino! Eso es lo que es. ¿Cómo se llama?
−Mi nombre ya no importa; soy un don nadie. Perdone y acepte esta joya como reparación del susto que se ha llevado. Ya me voy. Perdone.


Nastia se despista unos instantes al oír voces en la otra orilla de alguien que grita su nombre. Asoma entre los arbustos y ve a Jan al otro lado.
− ¡Ven rápido, Jan! ¡Ayúdame! Le grita.
Jan se lanza al río y en cuatro brazadas ya esta saliendo del agua para llegar a su lado.
−Estaba tumbado en la hierba, por ahí cerca, y comencé a oír gritos. Enseguida comprendí que eras tú (no hay muchas rusas guapas por aquí cerca) así que he venido corriendo. ¿Qué pasa?
−Este tipejo, que ha querido abusar de mí.
− ¿Qué tipo?
− ¡Pero si ha desparecido! Saldría corriendo el muy ruin. Estaba tan tranquila tumbada en mi toalla…
−Y claro, el tío, al verte en cueros, y con el tipazo que tienes, se fue a por ti como un toro.
−Bueno, perdona, no me daba cuenta. Ahora me visto, ¿qué es esto?
−Pues parece un anillo de oro, y bien grande.
−Ya, ya; me quería dar algo como compensación. ¡Como si yo fuera una…!
−Pues no está nada mal, y es de oro de 24 quilates si no me equivoco. Y lleva tres piedras que si no son falsas costará un dineral. Pruébatelo.
− ¿Que me lo pruebe? ¡Tú estás loco!
−Perdona, perdona. Además, no te valdrá. Es de hombre. Muy grande y pesado. Me lo probaré yo.
−Ya estoy vestida. Bueno, en bragas; es igual ¿vienes conmigo a llamar a la Guardia Civil?
−Haz lo que quieras pero no lograrás nada. Ni siquiera puedo servirte de testigo. No vi a nadie y ni hay huellas o marcas en la hierba cercana. Perdona y olvida. Estás haciendo el Camino.
− ¡Que perdone! ¡Que perdone! Se va a enterar ese abusón de a quien ha estado tocando. Antes  me comerían los peces de ese arroyo que aguantarme esta rabia.
−Mejor te iría perdonado y olvidando, que estás en tierra extraña. Esta vida está llena de abusos y éste no habrá sido ni el primero ni el último. Anda, siéntate aquí conmigo un rato hasta que te calmes. Yo voy a esperar hasta que se me seque el bañador.
−Pues ahí te quedas; con el anillo del tío cabrón. Te dejo mi toalla. Ya me la darás mas tarde.



Es ahora Jan el que queda en la otra orilla del río tumbado en la blanca toalla de Nastia tomando el sol de una hermosa tarde de verano. A su lado el río Iso discurre plácido con sus frescas aguas repletas de peces que brincan constantemente para atrapar mosquitos. Jan se adormece, rendido por el cansancio de tantos días caminando, y sueña.
Sueña.
Sueña.
Sueña que viaja por el espacio, como si fuera una estrella, un cometa, un meteorito fulgurante. Ve ante sus ojos lejanas y hermosas flores de vivos colores y siente que algo le empuja con gran celeridad hacia una de ellas. Cada vez más cerca observa que sus delicados pétalos no son más que polvo galáctico y que él mismo es tan solo una forma humana de luz estelar.
Algo intangible e insuperable le sigue impulsando hacia el centro de la flor, ¡es una galaxia! Y acelera aún más. Hacia el centro, hacia el centro. Cada vez más rápido, rápido. Al fin apenas distingue el centro oscuro de un gran remolino que todo lo absorbe y que expulsa hacia lo alto un gran chorro de gas. La fuerza le sigue impulsando hacia el abismo inextricable. Deja de ver. Deja de mirar. Se siente arder; como si estuviera en el centro de una gran central nuclear. Cada fibra de su ser vibra, vibra y se calienta; se calienta. El dolor es insoportable. Intenta morir. Morir es lo único en lo que puede pensar, desear. Dejar de existir. ¡Dios bendito! Alcanza a decir, y se desvanece. Segundos mas tarde recupera la conciencia sintiendo como si una extraña luz, dorada y palpitante, estuviese en medio de sus pulmones y le hace incorporarse y gritar.
Se yergue en la toalla y mira a su lado. No está solo, siente. ¿Hay alguien? A su lado hay un bonito setter irlandés que le resulta sobradamente conocido. Se levanta de un salto con el corazón palpitando a cientos de pulsaciones por minuto, toma la toalla y se va camino del puente atravesando la pradera a la orilla del río.


Al llegar a la pista empedrada que baja en cuesta hacia el puente tienen que sortear una alambrada, el perro da un salto y asusta a una peregrina que porta una gran mochila. A su lado camina otra mujer, alta, esbelta, morena, muy guapa; vestida a la última moda senderista, y sin otra carga que una cámara profesional de fotos último modelo. Y que comienza gritarle al perro y soltarle patadas.
−Disculpe al chucho, señora, -le dice Jan en húngaro-, no ha sido su intención arrollarla. No es más que un perrito muy dulce.
− ¿De dónde eres tú, bárbaro, que no reconozco tu acento?
−Soy checo, my lady; aprendí su hermoso idioma haciendo maniobras militares y operaciones de los cascos azules.
− ¿Un soldado? ¡Qué arrogante!
−Discúlpenos una vez más. ¿Puedo ayudar a su compañera a llevar un rato la mochila? Va muy cargada.
−Ni lo sueñe, presuntuoso. Mi criada puede con eso y con mucho más.
− ¡Ah, perdón! Es la criada de la sultana ¿y dónde está el señor sultán? ¿Esperándola con su rolls royce de apoyo?
−Bajo tierra; así me dejará descansar. Al menos será oficial de su ejercito ¿capitán tal vez?
−Fui un buen sargento; ya abandoné el ejército. Mis oficiales perdían el culo por mujeres como usted.
−Y los suboficiales por las criadas ¿Dónde consiguió ese anillo? ¿Se lo robó a un general?
−Algo parecido. ¿Podría calcularle un precio de mercado?
−Muy alto. Dos estupendos rubíes bajo un zafiro impresionante. Es un sello digno de un rey. Joyería antigua. Pudo pertenecer a algún príncipe hace cien o doscientos años. ¿Qué hace en manos de un paleto, un vagabundo?
−Esto es el Camino de Santiago; aquí no hay realeza que valga. Nadie es más que nadie. ¿Y lleva la criada sus pertenencias?
−Casi todo, sábanas incluidas. ¿Y las suyas, salvaje, dónde están?,  ¿o camina en bañador?
−Están en ese albergue al otro lado del puente. Es muy acogedor. Les acompaño.
− ¡Ah, el famoso ambiente peregrino! Sinfonía de ronquidos y olor a sobaco por todas partes. Nos está resultando una agradable experiencia.
− ¿Nos? Mi princesa, (haciendo una reverencia) atenderá mi ruego para acompañarnos en la cena que vamos a realizar en este humilde refugio.
−Nos. Incluía a la criada. Nunca ha salido de su pueblo y mi palacio y se está divirtiendo de lo lindo con estos chalados españoles. Los toreadores les llama. La persiguen a todas partes.
−Es guapa la moza y fortachona. ¿No habla?
−No hasta que yo le doy permiso. Es bonito este lugar con este viejo puente sobre el arroyo. Me hace recordar alguna de mis fincas.
− ¿Usa fusta o un buen látigo al recorrerlas?
−Voy en un todoterreno cuatro por cuatro. Tú podrías trabajar en mis cuadras; si no tienes empleo.
−Gracias por la oferta; pero me quedó una buena paga al retirarme y no es trabajo lo que busco
−Ya; intentas recobrar tu alma destrozada caminando bajo las estrellas. Musculitos, ¡invéntate algo mejor! Estás tan canino como el chucho. ¿Qué buscas aquí?
−Tan solo ganar una última partida. Ya sabe; cosas de militar. Tampoco está nada mal el anillo que lleva usted.
−Por su causa estuve mas muerta que viva hace un par de años. Es un gran rubí.
− ¿Regalo de un amante?
−De mi marido; pero te acercas bastante. Inquisidor.
− ¿Y le parece bien este albergue a la señora marquesa? La recepción está en un edificio interior. Puedo acompañarlas.
−Tan solo si hay una peluquería decente por aquí cerca. Que no lo parece.
−Solo tendría que subir hasta Arzúa. Allá en lo alto.
−Es lo que había calculado. Quiero reservar hora, muy temprano, en el mejor sitio que haya. No puedo llegar a Compostela con este aspecto de campesina.
−Ya la peinarán en Santiago a su llegada. ¿No prefiere un poco de compañía? Somos un buen grupo de peregrinos de cualquier rincón del mundo. Hoy haremos cena comunitaria. ¡Venga y se los presentaré!
−Prefiero la peluquería, ¡adiós, patán!
− ¡Adiós, princesa! (Otra reverencia)
−Condesa, golfo. Soy condesa de pura sangre magiar.
−Quedo a sus pies con el corazón destrozado.
−Recupera tu alma de soldado y déjate de ñoñeces. Pronto vendrá la muerte a buscarte.
−Pues la esperaré bien acompañado.


Y se agacha para tomar al perrito en sus brazos. Se queda mirándola; mirándola y observando. Acariciando al chucho y meditando. Siente algo que le entristece profundamente mientras ella se va alejando. Algo que le produce un profundo dolor en el pecho y una sensación de angustia tremenda. Mucho peor que cuando estaba en el frente y caían pepinazos por todas partes.
Tal vez la muerte ha pasado hoy a mi lado. Pero seguiré caminando.

Los personajes ya son bien conocidos de todos vosotros, la rusa Nastia y la colombiana Nicasia, el soldado checo Jan, y también aparece un perrito irlandés bien querido de todos los peregrinos.
El personaje de la condesa húngara está inspirado en la condesa húngara Isabel Báthory, de siniestra leyenda: http://es.wikipedia.org/wiki/Isabel_B%C3%A1thory

Una interesante película basada en su vida. Moderna y entretenída. No salen vampiros ni chorradas.

Serendipias en el Camino de las luciérnagas, las hay por docenas. 
Esta primavera, al final de una etapa por Cantabria del Camino del Norte, estoy cenando en el albergue de la Cabaña del Abuelo Peuto, cabilando sobre este cuento y sobre otro que estoy escribiendo, en los cuales uno de los personajes principales es Jan, un antiguo casco azul checo. Discurriendo sobre el personaje y sobre cual podría ser su destino final. 
Cuando estamos cenando aparece por la puerta un inesperado peregrino y le siento a mi lado. 
Buenas noches, me llamo Daniel y soy español. Le digo.
Buenas noches, soy Jan, de la República Checa.
Estupenda cena. El último cuento lo terminaré un día de estos.

Jan es el barbudo y melenudo del fondo a la derecha. Al día siguiente marchamos juntos del albergue camino de las playas de Santander.
Los peregrinos de Santiago, los buscadores de luciérnagas.
Ser felices.