miércoles, 7 de noviembre de 2012

Siete para Peio. Cuento completo.

   Fiel a mi idea de ir subiendo al blog todos mis cuentos preparados para su lectura digital, especialmente en ipad y otras tabletas, hoy pongo este relato titulado Siete para Peio.
El territorio es la muy conocida etapa por tierras gallegas entre Sarria y Puerto Marín. Los protagonistas ya son bastante conocidos para quien haya leído cuentos anteriores, a los que se añade Peio, su auténtico protagonista y que tiene mucho que aportar al Camino de las luciérnagas.
¿La temática sobre la que gira el tema? No tenéis mas que leer los primeros versos del Dante para pillarlo.
Disfrutar con su lectura.


Siete para Peio

 De vergüenza y temores
Libre te quiero de la baja estofa
 Que hace que cual sonámbulo perores...


Camina el peregrino entre soutos y carballeiras la mañana de intensa niebla y llovizna fresca, suave. Va solo, cantando antiguas melodías vascas y recordando excursiones por montes y bosques, picos y desfiladeros, de su tierra madre. Ha salido de Sarria esta mañana de niebla y sirimiri sin saber hasta dónde llegará. 
En un recodo del camino se encuentra una joven vestida con una funda de trabajo azul y vieja y un pesado chubasquero inglés, calzando botas de goma, y una larga vara de castaño en sus manos. Delante de ella caminan tres perros que vigilan una docena de vacas pintas que obstruyen el camino por completo y no tiene más remedio que pararse y seguir a su ritmo.
                        ¿Cantas a las nubes o a los fantasmas que te persiguen, peregrino?
                         Canto por alegría, con amor, por compasión.
                        ¿Y qué dice tu canción?
                        Es una invención propia sobre el final de todo este modo de vida y el renacer de una renovada forma de ser
                        ¿Y cómo es el cantar?

  Llega la peor de las tormentas oscureciendo los cielos del mundo; se abalanza el terror más extremo, huyen los pájaros, se esconden los gatos, se cierra la puerta de casa, y tan solo nos queda el silencio y el cantar de los viejos.




                        ¿Hay cabida en tu cántico para el amor o tan solo para la destrucción?
                        Llegará la esperanza
                        Vas muy ligero de equipaje, ¿ya estás huyendo de eso que cantas?
                        Es mi condición natural. Así voy por la vida.
                        ¿Cómo sir Galahaz buscando el Grial?
                        Más bien como Orlando el Furioso; no creo que ningún santo cáliz se pueda encontrar ni aquí ni en ninguna parte.
                        ¿Y por ello te peleas con el mundo entero?
                        No peleo; me defiendo cuando no me queda más remedio. Sí, es verdad que en ocasiones me vuelvo muy furioso sin venir a cuento.
                        Eso es por la vida en las ciudades; sois tantos y chocáis tantas veces unos con otros que surgen roces continuos. Vivís en termiteros.
                        ¿Y en el campo?
                        Somos pocos y para ver follones ponemos la televisión.
                        Así tienes los ojos de enfermos; y son inmensos por cierto.
                        Es por las vacas no por los pensamientos.
                        Como si no tuvierais problemas con las tierras y el ganado. Estaréis todo el día...
                        Eso era antes, que mi padre parecía Gerión, todo el día peleando. Con la entrada en la Unión Europea esto de las vacas pastando en el campo es  una afición.
                        ¿Cuál es tu profesión?
                        Ahora mismo ninguna; tanto estudiar para nada. Esto lo hago por tener algo en que entretenerme.
                        Mirando las vacas pastar y los pájaros cantar se pasará tu mocedad.
                        Y leyendo, siempre que puedo.
                        ¿Qué estás leyendo ahora?
                        Algo de Eduardo Pondal.

Los peñascos, las cumbres ignoradas,
los torrentes, los rudos matorrales,
que huyen del trato humano, las calladas
selvas de las pendientes desiguales,
           asilo de las tribus ya pasadas
           del celta, y mis ensueños ideales;

                        Lo de huyendo del trato humano me suena, ¿por ello te vienes al campo?
                        ¿Y tú, por qué vas caminando a Compostela? Podrías hacerlo en coche, tren, avión, etc.
                        Quizá vaya buscando un tipo de humana compañía que en mi pueblo no encuentro.
                         Eso es lo que te enfurece y te hace venir buscando el Grial.
                        Puede que busque su luz verdadera pues la mía propia poco alcanza.
                        ¿Acaso no ves la luz del sol cada día? Porque ciego no eres.
                        Tal vez lo sea en un sentido íntimo del término. Es difícil de explicar en estos tiempos tan interesantes que nos ha tocado vivir. La verdad es que no lo entiendo.
                        Como si no fueran reales la mayor parte de las cosas que percibes
                        Real es una piedrecita que se me ha colado en la zapatilla.
                        Pues paremos aquí, que ya hemos llegado a mi pradera.
                        ¿En la puerta del cementerio?


                        ¿Te asustan las lápidas o crees que va a venir A Santa Compaña en pleno día para llevarte?
                        Preferiría que hubiésemos parado en el bar que pasamos hace poco
                        ¿Y dónde metía las vacas?
                        Suenan las campanas sin parar
− Si, tocan a muerto, ¡podrías ser tú por el que suenan!
                        Fin de Camino y mis cenizas polvo de estrellas
                        ¿Y no quedaría nada?
                        Las cenizas. Algunos dicen que un gramo de ellas se vuelve luz densa y se va de aquí.
                        ¿Dónde?
                        De donde vino allí volverá y después Dios dirá. ¿Escuchas el canto de los pájaros?
                        Escucho los pájaros, miro las flores, y de las moscas siento los picores. Vuestro mundo se va y la tierra permanece.
                        Estas viva
                        Como una reina. Y tú me miras con ojos de cordero degollado.
                        La tuya es la de las vacas al paso de los bueyes
                        Estás de coña.  De los ojos me sale humo solo de veros pasar. Turistas. ¿Algo  sentirás o soñarás, machito?
                        Encontrar la compañera de mi vida y llegar a viejos juntos. ¿Y, tú, reina, no tienes sueños?
                        Sí, sueño con una boda
                        ¿Aquí mismo?
                        En cualquier parte. Sigue tu camino. Vagabundo. Que vuelva ese gramo de luz tuya a visitarme cuando esté limpia y brillante.
                        ¿No quieres venir conmigo? A mi tierra. Podríamos casarnos y ser muy felices.
                        ¿Y estar siempre caminando sin llegar nunca a nada? ¿De qué vives, mochilero?
                        Dame tu teléfono; siempre algo habrá de comer y vestir. Y para reir.
                        Llámame por el tan-tan que usáis en tu pueblo cuando vuelvas a casa, que de eso nada me falta ni faltará.
                        ¿Y podremos charlar estando tan lejanos?
                        Aquí hay árboles por todas partes
                        Vives rodeada de amargura y no quieres cambiar. Sientes la necesidad de un nuevo mundo para ti y los tuyos pero no das un paso para conseguirlo.
                        Ya ves; seguiré con las vacas y los perros. Te irás y me olvidarás. Pero, a ti ¿quien te sacará de donde te has metido?
                        Cualquiera con más sentido común que tú. Hablas como si te salieran las palabras del vientre no del cerebro.
                        De algo mejor saldrán; pero a ti sí que te salen de esa enorme mollera que tienes.
                        Es por los genes; los vascos solemos ser cabezones y con mucho cerebro.
                        No es cuestión de genes pues hasta las pulgas tienen más que vosotros; es por la violencia que arrastras contigo.
                        No sé dónde verás tú esa violencia que dices; yo iba cantando hasta encontrarte.
                        Algunas plantas desarrollan grandes bulbos, como los nabos, y algunos animales grandes cerebros, como los humanos; pero seguís sin saber utilizarlo. Sobretodo tú.
                        Entonces, ¿qué uso al hablar contigo? El corazón solo bombea sangre.
                        Primero tendrás que descubrir en tí mismo el modo adecuado con el que tienes que hablar a una mujer; si no, nunca podrás conseguir a una como yo.
                        Bueno, vale; no sé si será verdad lo que dices. Me marcharé ahora mismo. Por ahí viene un peregrino que me resulta conocido.  No te molestaré más.
                        ¿De Tu Camino?
                        Ya no sé, pero me voy con él. Adiós.
                        Buenos días tengan ustedes
                        ¿Te importa que te acompañe?
                        ¿Y abandonar tan excelsa compañía por un vejestorio como yo?
                        Es ella la que no quiere dejar este paraje agónico, esta niebla espesa, el olor del estiércol, y venirse conmigo.
                        Tú no tienes todavía lo que ella necesita para abandonarlo y las rosas más olorosas crecen junto a los muladares; sobretodo humanos. Bienvenida sea tu compañía, me llamo Marcial, y te advierto que camino despacio. Esto me está resultando mucho más duro de lo que imaginaba. Me duelen los pies y las rodillas no me soportan.
                        No importa, el caso es salir de aquí y llegar a cualquier parte donde pueda encontrar el sol.
                        El sol siempre está en su sitio; eres tú el que no ves ni percibes. Donde encuentras vacas y tumbas antiguas otros encuentran una belleza muy difícil de describir. Sal a buscar ese sol y deja ya la noche oscura.
                        Pero dejo atrás mi luna. Cuando al fin la había encontrado.
                        Mucho será lo que tengas que dejar y perder antes de poder volver y conquistarla. Es brava la moza, casi tanto como hermosa.
                        No sé qué tendré que expulsar pero ahora mismo del cuerpo me sale pólvora.
                        Deja ya de echar mistos y caminemos.
                        Me parece que no puedo seguir y me voy a sentar, o volver a por ella.
                        Vamos ya, vasco risueño, ¡no te dejes abatir por el desconsuelo! ¡No habrá mujeres! A la que te descuidas salta una perdiz por detrás y ni la apuntas. Sigue caminando.
                        Cada paso me cuesta un imperio; es como si me hubiera vaciado por dentro.
                        ¡Hablo yo o canta un carro! No me estás escuchando; cuando la perdiz canta, algo requiere. Tu sigue haciendo el Camino y charlando con las peregrinas; que las hay bien guapas.
                        No sé si podré ligar con alguna después de haber estado con esta gallega. Me van a tener que pintar con pintura intumescente.
                        Te contaré un cuento para aliviar tus pasos ensombrecidos y esos calores interiores.

Hace cuarenta años iba un niño acompañando a sus padres en un brillante tren camino del mar. Iba medio dormido por el madrugón que le habían dado. Al llegar al puerto su padre le desperezó y condujo a la cabina del maquinista y en un pequeño asiento a su lado le dejó. El conductor iba en silencio y entre la niebla aparecían retazos de naturaleza fantástica. Llegaron los túneles y con ellos una sensación de entrar en un mundo misterioso. La sensación de vacío en su estómago y el dolor de los oídos le espabiló aún más. ¡Los túneles! 
A una oscuridad le seguía otra, niebla y más niebla, dolor de cabeza, a punto de vomitar, agarrado al asiento no podía dejar de mirar negrura tras negrura, nube tras nube, el agua salpicando la ventanilla. Cuando ya estaba a punto de saltar del asiento y salir corriendo a buscar a su padre el tren llegó a una estación y paró. 
El maquinista le miró y le dijo: ven conmigo, ¡te invito a desayunar! Le cogió de la mano y le bajó del tren; en la repleta cantina estaban sus padres pidiendo la consumición. El chaval miraba las gentes, sus caras risueñas, sus charlas despreocupadas, la calma inaudita que todo lo invadía, y se quedó ensimismado y de pie; mirando. 
Se fue el miedo, el dolor desapareció, y una dicha inexplicable le invadió. Por las ventanas comenzaba a entrar la luz del sol mientras la niebla se disolvía y en su rostro una leve sonrisa se comenzó a dibujar. Ese día vería el mar.


     Siguen caminando una hora juntos y, de improviso un fuerte viento, caluroso, pegajoso, espectral, aparece por su costado y les impulsa a avanzar más deprisa. Ellos caminan sobrecogidos y silenciosos; Peio delante de Marcial,  al que sin querer va dejando atrás. La distancia entre ambos va siendo mayor con el paso de los minutos hasta que en una de las cuestas Marcial decide sentarse sobre una piedra y descargar sus hombros del peso de la mochila. Con la mirada ve desaparecer la silueta entrevelada por la niebla del peregrino vasco. 
¡Adiós, chaval, no pares de caminar! Pensando en el que se aleja. Es el gocho pequeño el que revuelca la pocilga y tú no sabes lo que estás haciendo. Tendré que parar y descansar un rato.


              Carta de Marcial

     La mirada del rebeco alcanzó las albas oquedades del alma del cazador. A un par de metros, encogido y temblando de miedo, simplemente miraba la alta figura humana esperando la muerte segura.
     En las bien iluminadas salas del Hospital se hallaba el Hombre purgando sus males y refunfuñando cuando una monja enfermera de azules hábitos se le acerca y mira. Una gran herida hay en el pecho del Hombre que supura algo obscuro y maloliente.

                        ¿Acaso ahora vas a cambiar?
                        Siento grandes deseos de hacerlo. Pero no sé a qué atribuirlo.
                        Algo que tu ser ha visto y al fin comprendido.
                        Tal vez; esperaré los acontecimientos
                        ¿No vas a luchar e imponerte tal cual has hecho siempre?
                        Por esta vez no; me siento cansado
                        Bueno, pues sigue descansando y no te duermas.

          
Deja la escopeta el cazador apoyada en una roca y de su mochila saca una bolsa de frutos secos, toma un puñado y se lo ofrece al animalillo. Y el pequeño rebeco, sin apartar la mirada de su rostro, comienza a comer de su mano. Tras terminar el puñado y lamer su mano desvía la mirada y se va tranquilo y contento.
 Mira el cazador las altas torres calizas que le rodean y el amplio valle a sus pies, toma la escopeta y comienza a descender hacia los pueblos del fondo. Una decisión ha tomado en su corazón: se terminó su vida de cazador. Venderá las escopetas y todo lo relacionado con la caza; buscará otra manera de ser y de vivir.

 Observa el rebeco la pieza cobrada; miran los valles y peñas el final de la batalla, se inflan las nubes y relumbran los haces solares. El Hombre, el gran cazador, el mejor que jamás vieron los tiempos, ya no matará más, (su diversión, su egoísmo) y se irá para siempre. Ríen los ríos, se alegran las flores, y saltan regocijándose las liebres en sus madrigueras. Sale de las urces el jabalí y saltando a una gran charca comienza a rebozarse feliz y contento.

                        ¿Qué haces ahora ahí sentado?
                        Observo al viejo dragón celeste, sus alas desplegadas, su aliento inmenso; destruyendo mundos, renovando lo viejo.
                        ¿Ya te vas?
                        Esperaré un poco; por si surge algo nuevo.
                        Estás enfermo; espera a sanar.
                        Eso quisiera. Pero tengo unas ganas inmensas de irme.



  Camina el peregrino, el cuerpo encogido por el peso de la mochila, con pasos renqueantes y abatida actitud. Va mirando las flores sin querer ver otra cosa; escuchado sus pasos sin querer oír nada ni nadie, sintiendo su dolor sin querer percibir cosa alguna.
Simplemente camina y mira, anda y todo sigue su curso. Adiós, Marcial.


    Está sentado Peio a la vista del río Miño; a lo lejos divisa el gran torreón de la iglesia de San Juan sobre Puerto Marín. Ha caminado durante horas en la espesa niebla, desorientado, casi a oscuras, e intuye el final de su etapa. Dos peregrinos llegan al rato charlando en inglés; ya ha coincidido muchas veces con ellos y les hace ademán de saludo. Ella es noruega y él alemán. Paran un rato a su lado y comienzan a charlar.
                        ¿Qué haces ahí parado en medio de la Autopista de la Eternidad? Pareces Corcaron esperando que aparezca un tigre dientes de sable.
                        O que los Señores de la Instrumentalidad le envíen una gata protectora.
                        Disculpar, no sé de qué va vuestra discusión. Simplemente estaba recordando un suceso especial de mi vida
                        ¿De qué se trata? Si se puede saber.
                        Había subido una montaña que era para mí el culmen de toda mi vida como escalador, y, al descender y llegar al refugio, me encontré con un grupo de japoneses que se cachondeaban de mí y todo lo que había logrado y del esfuerzo realizado. Como si todo hubiese sido un estúpido sueño. Lo que tanto me enorgullecía para ellos era simple turismo y distracción. ¡Tú crees que has llegado bien alto! Eso no es nada. Me decían. Era buena gente y lo decían con buena intención pero ni entonces ni ahora he logrado comprender su sentido. Sería un enigma zen y sigo dándole vueltas al tema años después. 
Un poco como me está pasando ahora; tanto esforzarme, tanto pensar todo el año en venir a hacer el Camino y no encuentro más que turistas por todas partes, llenándolo todo y dando la lata todas las noches; para ellos ésto no es más que una fiestorra continua. Y para alguien interesante y desafiante que encuentro la he pifiado a los 10 minutos.

           Dos tórtolas blancas pasan en vuelo rasante ante sus ojos y docenas de pajaritos verdes vienen tras ellas y se dirigen al río cercano. Un milano vuela alto buscando qué comer y dos peregrinos acogen bajo su alma al que no tiene dónde refugiarse.

                        ¡Quédate con nosotros, vasco, que no te encuentras bien!
                        Haz caso a Laiba que en ese estado no puedes quedarte solo. ¿Cuánto hace que no comes algo?
                        Es verdad; me he quedado sin fuerzas a la vista del pueblo. ¡Me comería un salmón enorme directamente traído de tus fiordos noruegos! Si pudiera pagarlo.
                        No importa; llegamos hasta el primer albergue que encontremos y te comes un par de truchas de río. ¿Qué te ocurre? ¿Tú que eres tan experto en el Camino y no paras de dar consejos?
                        Perdí la Luna que buscaba y mi luz no alumbra para verme los pies.
                        ¿Dónde llevas esa luz?
                        En la mochila; una pequeña linterna.
                        ¿Qué es lo que sientes, interiormente?
                        Una estrella se fue. Busqué su luz durante milenios; caminé sobre abismos inmensos, comí los rastrojos de los campos, oré a todos los dioses concebidos, y cuando al fin la encontré me rechazó hasta el fin de los tiempos.
                        Aunque voy en la mejor de las compañías femeninas que me puedo imaginar, ¡y no veas cómo es! quizás en algo te pueda ayudar. Las búsquedas son el juego más bonito e interesante que se ha podido inventar. Cuando era niño nos llevaban de excursión al monte o a la montaña y nos decían que habían escondido un tesoro. Nos daban unas pistas y lo teníamos que encontrar. Bajo un árbol, entre arbustos, en un pueblo, a la orilla del río, en cualquier rincón estaba guardado lo que tanto ansiábamos. Pero casi nunca lo encontrábamos. 
El problema era el mapa, el plano que nos daban; algo que no sabíamos interpretar. El tuyo interior no está bien, no sabes usarlo o has buscado en la dirección equivocada durante años. Al encontrar el tesoro prometido no has sabido qué hacer ni cómo corresponder. Y sientes que lo has perdido.
                        ¿Qué es eso del mapa y la orientación? Soy montañero desde que era un crío y no me pierdo ni en Nepal.
                        ¿Con qué te orientas interiormente? ¿Tienes un GPS  incorporado o algo así?
                        Si tengo sed soy capaz de encontrar una fuente en los montes más recónditos o en las estepas más inabarcables. Me pierdo y me vuelvo a encontrar. Tengo sed y encuentro de beber, tengo hambre y encuentro algo que comer. Pero no sé qué me ocurre ahora.
                        Pues que tienes que encontrar algo de todo eso que dices para alguien aparte de ti mismo. Una mujer. Encuentras la que buscabas y tu castillo de naipes se desmorona. En cuanto has tenido que pensar, ser, vivir, existir, para alguien más que tú mismo, unos minutos, te has venido abajo. Es lo que os pasa a la mayoría de los hombres. Te lo dice una mujer.
                        No seas tan dura, Laiba. Su problema ha sido de orientación no de intención.
                        No entiendo qué es lo que me dices.
                        A ver si puedo ayudarte. Recuerdo que, hace años, por las noches me despertaba el reloj despertador. Cada noche, durante semanas, me despertaba a la misma hora. Sonaba y yo miraba, marcaba las 3:16. Así durante noches y noches. Así que me puse a investigar. ¿Qué era el tiempo y si existía realmente, aparte los muchos relojes que compramos? ¿Qué era el espacio y si sabíamos situarnos en cada momento correctamente'? ¿Qué es lo que nos guía por este camino que llamamos vida?
                        ¿Y qué encontraste, alemán misterioso?
                        Los mapas de la Edad Media y cómo estaban orientados.
                        ¿Qué quieres decir con eso? Estamos en el siglo XXI.
                        Tras muchos esfuerzos y desdichas siempre volvemos al mismo lugar y a una situación similar a la que nos encontrábamos. En la Edad Media apenas había mapas y los pocos que se hacían estaban situados de manera que a nosotros nos resulta extraña. Dibujaban el este, el Oriente, Jerusalem, Babilonia, Asia, a la izquierda; y el sur enfrente, como si miraran a África, los musulmanes. El otro, era su otro yo, con quien se enfrentaban, los europeos de entonces. Eso era lo que miraban; Lo que les preocupaba. El norte, las tierras gélidas, quedaban a su espalda, y el Finisterre, a la derecha.
                        Bueno, no tenían buenos mapas y sistemas de orientación. ¿Qué quieres decir con eso?
                        Que tú estás perdido, interiormente, pero perdido. Da igual que veas el pueblo delante de ti; no sabes a dónde vas. ¿O no es verdad, Laiba? Se le nota a kilómetros.
                        No ve las señales. Estos días pasados por el Camino veíamos cada poco una flor de plástico que alguién habrá dejado por todas partes; y parecía real, nos confundía. Tú has ido viendo cosas en el Camino y en la vida que has pasado por reales y ahora te encuentras totalmente confundido y viviendo una irrealidad.
                        ¿Una irrealidad sentir tanta maldad? Me ha dejado tumbado y casi sin poder respirar. No sé de dónde me ha venido pero me ha sacudido. Me fui poniendo rojo y debí llegar al blanco nuclear.
                        Se pasará. Son tus recuerdos. Hace siglos decían que había horas de oro, donde disfrutabas de ti mismo y de lo mejor del mundo, horas de plata, donde había que trabajar y ganarse el pan y el destino, y también horas de plomo, donde había que sufrir todo lo malo de nuestra existencia terrenal. Nunca se entendió bien esa idea y se desechó por extraña. Quizás ahora estés en tu hora plomiza; acepta nuestra ayuda y continúa caminando.
                        No puedo; es que ni veo por donde piso.
                        Mira vasco, una cosa te voy a contar y conmigo vendrás a caminar. 
Iba, hace dos días, caminando y recordando las cosas de mi tierra noruega, la nieve, el viento gélido que congela las entrañas, caminando por inmensas llanuras heladas, huyendo del frío y las alimañas, la aurora boreal iluminando nuestros sueños de niñas, pidiendo un poco de calor interior para huir de la muerte, y, al llegar a Samos, en vez de ir directa a un albergue, (no sé por qué, lo habría leído en una guía) subí hasta una pequeña capilla con un gran árbol en la puerta. 




Es muy poquita cosa, apenas cuatro paredes, pero, en el fondo de la capilla había una escultura extraña: Un hombre barbudo, sentado. Su mano izquierda sujetaba un bastón, y en la derecha una extraña flor. Dejé mochila y bastones en el suelo y me puse de rodillas mirando la pequeña escultura, pensando ¿qué eres tú? 
Un millón de flores de lis saltaron a mi mente, y un intenso pinchazo sentí en mi pie derecho. Volví a preguntar sentada en el suelo: ¿qué eres tú? Segundos después recibí la respuesta viéndome a mí misma, en mi pequeña barca, allí en el fiordo, en Noruega, navegando al albur de las olas que me llevaban hacia el Maelstrom, y una voz interior me decía: ¡Deja la espada y el batallar, y ponte a remar! Y la tormenta se comenzaba a disipar. Mis miedos y violencias se esfumaron en segundos y ya no paro de charlar y reírme desde aquel día.
                        No estoy para flores ni pesadillas, pero gracias por la historia que has contado. Iros ahora.
                        Escúchame entonces a mí que en muchas cosas estamos de acuerdo. A ver si entiendes a este alemán. Estás viendo la vida llevada como si fueras un ave rapaz, un monstruo exterminador, alien predador que no deja nada tras de sí. La vida como ignorancia supina, sin ver, ni oír, ni decir, lo que todos sabemos, y no como medio de conocernos a nosotros mismos, y compartir todo lo que somos y tenemos. Que no es poco. Es ese enfoque lo que nos lleva a la perdición.
Seguir como predadores del mundo que nos acoge y de nuestros semejantes, o como seres que se ayudan diariamente y se empujan hasta ser mucho mejores de lo que pudieron soñar antes de nacer.  Ese es el dilema personal.  Somos como chispas divinas a este mundo regaladas haciendo de este planeta un vergel o un erial. Nosotros elegimos: egoísmo e ignorancia, maldad, crueldad, guerras, destrucción con armas de todo tipo, o hacer de este mundo un pequeño paraíso en un rincón perdido del cosmos. A tiempo estamos y la elección es clara. 
Pero, por favor, por amor de Dios, no hagamos líneas en el suelo, no nos separemos y enfrentemos, no hagamos más exclusiones, no más gente a los fuegos del infierno que nos creamos. El que quiera seguir un Camino que lo haga a sabiendas; sea el suyo personal por su propio y ambicioso Crecimiento de lo que sea que seamos y siempre ignoramos o uno ajeno; y el que quiera compartir de lo suyo, tenga lo que tenga, venga de donde venga y sea como sea que lo haga lo mejor que sepa; pero que tampoco excluya de manera alguna a quien es su prójimo.


El universo es muy grande y hay más que un rincón holgado para todos, sea cual sea su ruta y decisión propia. Tome cada uno su macuto y su cayado: el que quiera conocerse a sí mismo y al Dios verdadero, que no está tan oculto, haga su trazado; dar de comer al hambriento, acoger al peregrino... Si todos lo sabemos. El que quiera conocer las estrellas, poseer sus infinitas riquezas y misterios, el que quiera intentar llegar hasta donde pueda alcanzar con Su Impulso en ser personal y único que lo haga y nos cuente en hermosos relatos sus descubrimientos. Dios da para todos. 
Parecemos bobos y yo también estoy por desistir de mi empeño de seguiros la corriente. Seamos lo que somos y ya sabemos;  parte de algo que va infinitamente más allá de lo que alcanzamos, vivimos, soñamos. Y siempre ignoraremos. Y que nunca hagamos desgraciado a nuestro prójimo, vecino, hermano, por acción o por omisión. Que todos somos falibles y fallamos. Si estás de acuerdo con lo que digo ven y camina con nosotros. A nada te obligamos, peregrino.
                        No os enfadéis conmigo; estoy bastante de acuerdo con lo que decís pero será mejor que me quede un buen rato mirando el paisaje ahora que se levantan las nubes y se ve el río. Ya nos veremos en el albergue y tomaremos algunos vinos juntos. No estoy muy filosófico que digamos en este momento.
                        Vale, pero no hagas locuras; estás a media hora del albergue. Aprovecha para hacer limpieza mental de cuantas cosas te incomodan. Y después ponte a andar.
                        Bueno, descansaré y haré un poco de meditación. Agur.


Queda el peregrino solo y recostado contra una gran piedra, al borde del camino; los ojos cerrados, adormilado, al fin dormido. Como sumergido en la más intensa negrura se siente y se le ocurre sacar su pequeña linterna del bolsillo y enfocarla a su propio ser: el rostro que aparece le hace despertar dando un gran bote poniéndose en pie. 
Asombrado, asustado, sin saber dónde se encuentra ni en qué estado, girando como un bailarín, ve como hasta él llegan en segundos tres peregrinos. Vienen alegres y contentos y, al reconocerle, le saludan.
                        ¿Qué te ocurre Peio? ¿Te ha picado una avispa?
                        No, no ha sido eso; pero si no os importa, Nicasia y compañía, os acompañaré hasta el pueblo. No me quedaría aquí por nada del mundo.
                        Acompáñanos y así me ayudarás a terciar en la disputa que estos dos se traen desde hace horas. ¡Qué digo parece que llevasen siglos discutiendo sobre ello!
                        ¿Y de qué va el tema si se puede saber?
                        Las ciudades, estados, las construcciones que realizamos; el mundo en que vivimos y el que soñamos. La manera de ser, el comportamiento, se aprende de niño.  Lo que nos queda impreso de crío es muy difícil más tarde cambiarlo. Por inercia. Esta civilización que tanto criticamos, ¿qué está creando? No hay más que pasear por calles y sitios concurridos. Es nuestra manera de pensar, nuestras creencias y miedos, lo que nos lleva al comportamiento diario. Tan solo creando nuevos pueblos y ciudades, basados en nuevas ideas y distintos paradigmas, se podría evitar el desastre al que estamos abocados. Haciendo tabla rasa de todo lo que tenemos.
                        ¿Quién se iría a vivir a una ciudad tal y como la planteas, Esteve? Tiene que haber un fuerte componente de tradición, de historia. Eso sería un lugar totalmente despersonalizado, sin alma; y así serían sus habitantes. Tú piensas en una ciudad flotando alrededor de Júpiter no en este mundo.
                        Un lugar sin guerras ni conflictos raciales o religiosos donde ver las estrellas y a nosotros mismos. Simón eres muy cabezota, ¿para qué nos sirve tanta tradición? Si todo es recordar guerras propias y afrentas del pueblo vecino.
                        Esteve, ¡tú piensas según sople el viento!; y eso que tienes buenos fundamentos.
                        Y tú eres más raro que ver un rayo verde a la salida del sol. ¿Si supieras en cuántas ciudades he estado en los cinco continentes? Este modelo es insoportable. En cuanto comience a escasear el petróleo todo esto se vendrá abajo.
                        Pues volveremos a vivir como hacían nuestros abuelos; solo que con muchos más medios científicos y tecnológicos. Vidas sencillas y pensamientos nobles. Un retorno a la naturaleza sin tanta explotación. ¿Dónde hay lugar para la sabiduría y la fantasía en tu ciudad ideal?
                        ¿Cuántos conoces tú que volverían al pueblo a cuidar vacas y plantar patatas si esto se derrumba? Ni obligados. Las ciudades agrupan millones de almas y se volverán ingobernables tal y como están construidas. A los primeros síntomas de crisis ya saltan unas tensiones y se reproduce una violencia tremenda. No lees los periódicos.
                        Porque hemos perdido las más sencillas nociones de moralidad y civismo; se derrumban las religiones que es lo que nos amalgama y el descrédito de cualquier idea o persona es lo que impera. Debemos conservar lo seguro; lo que siempre funcionó. Lo que alcanzaron nuestros antepasados antes de lanzarnos a aventuras como pavos sin cabeza.
                        Perdonar que os corte; soy mujer y algo tengo que decir. Estoy con Esteve en que las ciudades actuales, con esas inmensas barriadas, las ciudades dormitorio, las conurbaciones, son un espanto. Y, si me lo permitís, os contaré una pequeña experiencia que me ocurrió en una ciudad que prefiero no recordar. Estaba en el primer curso de universidad y busqué alojamiento en un gran bloque de apartamentos, con muchos vecinos y todo eso.  Pero lejano de Oxford, que era donde estudiaba. Según iba pasando el curso cada poco iban sucediendo cosas más y más alarmantes; alguna de ellas tan desagradable que me dan escalofríos solo recordarla. 
Una noche debí tener sueños muy agitados y desperté viendo como una especie de forma luminosa, muy blanca, desaparecía por la ventana. Yo apenas podía levantarme de la cama, agotada y sudorosa; como si hubiera estado peleando o corriendo o algo así.  Pocos días después abandoné ese edificio y me fui a un college cercano a donde recibía las clases y allí continué durante todos los años de universidad, rodeada de compañeros y profesores en un ambiente fenomenal. Si puedo evitarlo no volveré a vivir en una barriada y ciudad similares. Y si se termina el petróleo iremos en bicicleta.
                        Bueno, ya estamos llegando al puente sobre el río Miño. Y por terciar también en la disputa os diré que, yo que vivo en un pueblecito vasco, cerca del mar, creo que no son los edificios, es la gente. Como somos, pensamos, y actuamos. Lo nuevo y lo viejo conviven en nuestro interior. Yo también recuerdo una tarde muy rara y agitada como la que nos has contado. Había salido temprano a subir una montaña cercana y una vez en casa, como estaba cansado, me eché en la cama a dormir la siesta, al poco me siento intentando escapar de todo y de todos cuantos conocía, pero una extraña red me lo impedía. No obstante, alguna manera de evadirme encontraba y me alejaba del pueblo y de cuanto conocía; me llamaban de todo y no sé cuántas cosas me hacían con tal de que volviera con ellos. 
Terco como soy continuaba caminando hacia la puesta de sol cargando un saco a mis espaldas. Un perro venía por detrás y me mordía en la pantorrilla; no obstante continuaba mi caminar cojeante hasta un extraño río de aguas plateadas y ante él me paraba y miraba. Al poco despertaba en la cama debido a un fuerte calambre ¡en la misma pierna donde vi que me mordían! 
Supongo que fue un sueño en que reflejaba mi rechazo a la vida que llevaba y poco tiempo después comencé mi primer Camino de Santiago. Ya llevo varios años haciéndolo y me parece que poco ha cambiado. Siento como si el del sueño y yo somos el mismo y también todo lo contrario y no me entiendo ni yo. ¡Bueno, ahora hay que subir unas bonitas escaleras para entrar en el pueblo! Si queréis os hago una foto. ¡Bien venidos a Puerto Marín!


      Suben los cuatro peregrinos por las calles de la villa haciendo bastante ruido con sus bastones al marchar. De un bar sale una hermosa música y Peio para a escuchar: ¡Es el aria Pobre payaso! Inconfundible Pavarotti. Queda a la puerta unos segundos parado y, de repente, alguien requiere su ayuda. Son dos abueletes que caminan a duras penas. ¿Nos podría ayudar a llegar a casa pelegrín? Sí, cómo no. Es aquí cerca; mi marido no anda bien; ha perdido el sentido de la orientación. Estábamos en un bar y de repente no sabía si estaba en Barcelona, Madrid, o Valencia, no paraba de decir ¿dónde estoy? ¿Con quién hablo?; y al salir para irnos a casa se cayó en la calle como un sapo y entre cuatro lo tuvimos que levantar. Ya camina pero no se orienta. 
No se preocupe, señora, que yo estoy igual pero les puedo ayudar a llegar a casa. La abuela se hace de cruces una vez tras otra y le suelta: ¡Pero si os perdéis los jóvenes quien va a cuidar de los viejos! ¿No estarás tomando alguna cosa rara? No señora, no soy de esos. ¿Y por qué dices esas cosas siendo tan joven? No lo sé; hace un rato me sentía como una salamandra aplastada.  Pero ya me voy sintiendo mejor. Cuatro pasos más allá llegan al portal de su casa y se despiden afectuosamente. No se derrumbe el peregrino, le dice el abuelo al marchar, ¡Ya pasó el mes de Santiago y ahora viene lo mejor!


    Sigue Peio caminando hacia un albergue donde ya ha parado en otras ocasiones y al entrar por la puerta se encuentra al hospitalero sentado en una silla, la cabeza apoyada contra la pared, y dormido como un roque. Hace como que tose unas cuantas veces hasta lograr despertar al durmiente, y éste, sorprendido y mal humorado empieza a gritar: ¡qué pasa! ¡Qué quieres! ¡Quién eres tú!
                        Disculpe usted, tan solo soy un peregrino que busca refugio en su local. Si queda algún sitio libre, que ya veo que esto bulle de actividad.
                        Oye majete, yo me visto por los pies y camino con el pijo por delante, así que no te cachondees. Sitio hay, dame tu credencial y en esa caja pones la cantidad indicada.
−Gracias por refugiarme; muy agradecido.


Se descalza y entra con la mochila al dormitorio, se sienta en una cama y comienza a deshacer la mochila. Se desnuda y toma la toalla para irse a duchar cuando advierte que en un rincón está sentada Nicasia, agazapada, la cabeza entre las manos, como llorando.
− ¿Te ocurre algo? ¿Te sientes mal? Le dice agachándose en cuclillas.
−No es nada; me vino un recuerdo hace un momento y he sentido una fuerte punzada en la cabeza.
− ¿En qué pensabas?
 – Recordé ahora mismo una escultura que vi en una especie de trance y dónde la tuve casi delante de las narices y no me di cuenta entonces.
− ¿Qué misteriosa escultura y dónde la viste?
– Santiago, vestido de rabino judío, acompañando a los demás apóstoles.
− ¿Dónde fue eso?
           − En la catedral de León; al ir a entrar en el museo. Es la portada norte. Y no me di cuenta. Íbamos charlando y no caí en la cuenta.
 – Bueno, y que más da. En la catedral de Compostela sí que verás esculturas.
 – Ya, pero ¿de qué Santiago? ¿De quién son los restos que se conservan? ¿Merece la pena este esfuerzo que me duele hasta el alma para ir en pos de un mito? No lo veo nada claro.
 – No importa el dolor si no el esfuerzo y los huesos serán de quien dicen que son. Ven, te dejaré mi linterna para que veas claramente.
− ¿Esa que agotó la batería?
– Es una broma; cuando me haya duchado te invito a comer en un sitio estupendo que conozco. Hoy ha sido un día que de tan oscuro he llegado a quedarme ciego; ha sido verte a ti e iluminarse el día.
− Será el blanco nuclear de esta camiseta que ya he lavado a mano vente veces.
– No, es el rostro precioso que aúna dolor en tus ojos llorosos y alegría en tu boca de cisne blanco.
 – Me entró un fortísimo dolor en un riñón al salir de la ducha y tuve que echarme en la cama a descansar. He estado dando vueltas por la cocina hasta que se me ha pasado. No sé a qué ha sido debido.
 – Seguramente porque te quedaste sola y pensando en tus cosas. Eso se cura con una cena en el mejor mesón de Portomarín cenando a la luz de unas velas.
 − ¿Un vasco haciéndome requerimientos amorosos?
– Eso mismo, pero vestido y no oliendo a oso.
− ¿Are you ready for love? Tengo que probar ese menú. Frótate bien y sal peinado.
–Frotaré y frotaré y el agua del pantano agotaré para estar guapo a tus ojos.
–El preocuparte por mi salud te hace bello a los ojos de Dios. No tardes.


 Son tantas las cosas que nos pasan por delante de las narices y no nos fijamos que incluso una experta en Arte Medieval puede estar ante una estatua única en el mundo y no darse cuenta.
Lo mismo nos ocurre a todos en la vida y en cualquier camino por el que andamos.

Eduardo Pondal fue un gran poeta gallego que escribió tanto en gallego como en español. Fue conocido como el Bardo de las letras gallegas.
De las primeras estrofas de su poema "Os Pinos" se compuso el actual Himno de Galicia. 
Un gran poeta que tuvo una vida muy agitada y politizada.

Un versolari vasco de Camino por Galicia sempiterna se enamora de una gallega que es compendio de raza y cultura. Y la pierde por impaciente. La misma historia de siempre en la antigua Hispania. Pero tiene a Nicasia.

Espero que este cuento os guste tanto o más que los anteriores. Un abrazo.

Un poco de música para despedir a los peregrinos y hasta la próxima. Are you reading for love?