miércoles, 31 de octubre de 2012

Donde siempre es ahora. Cuento completo.

   Como esta es la noche de Haloween, la noche de los duendes de la antiquísima cultura irlandesa, un duendecillo que tengo por casa me sugirió que subiera al blog un cuento con tintes terroríficos.
No es lo mío pero recuerdo haber escrito un cuento para las luciérnagas donde el auténtico protagonista es el miedo.
Espero que os deleite su lectura.


           Donde siempre es ahora

          La niebla. Siempre esta niebla. La niebla me retrotrae a mi infancia. Los largos inviernos del este de Alemania. Los nazis. Sus desfiles triunfales. Los altos estandartes cruzando el puente que comunica los dos barrios del pueblo. Los niños admirando su paso marcial y los negros estandartes. El puente. Sus pasos resuenan en lo profundo de mi alma.
          Un puente. El puente. He de encontrar un puente. En esta guía indica que he de pasar un puente y tras él encontraré una fuente y el pueblo.
          El puente. El puente por el que vinieron los rusos. La ferocidad con que destrozaron el ayuntamiento y la fuente central. A cañonazos derribaron el templo parroquial. La niebla y la escarcha de aquella jornada. Comenzaba un invierno que duró más de cuarenta años. El hielo. El horror. Las almas invernadas. Siempre bajo cero. Helado espíritu y alma callada.
          El camino. Estos montes y senderos se parecen a los que conocí de niña. Allá en mi tierra. Gélidas mañanas de verano yendo al monte por leña. Los cadáveres de los fusilados tirados por todas partes; mis padres, mis abuelos, los vecinos; y ahora, estos montes donde no se ve un alma. ¿Por qué no iría por la carretera como todos los demás? Necesitaba estar sola. Pensar en mí misma. Tantos años pensando en la familia, la comunidad, el estado; no he tenido tiempo apenas para mí misma.
          El primer viaje de mi vida; y es aquí, lejos de mi familia, de mi país. Una tierra extraña y fascinante. Una gente locuaz y simpática. No entiendo casi nada de lo que dicen pero ¡cuánto me hacen reír con lo que gesticulan! Tienen un talento natural para el mimo y la improvisación. Niños que a todo juegan con todos; como si no tuviesen maldad alguna o no les importase lo más mínimo si la tienen. Tan solo es jugar y charlar a todas horas. Solo niños. Los niños del sol. Hablan y ríen. Con todo se divierten.
          Eres simple; Catherine. Una mujer simple en un mundo de niños que juegan y bailan. Y te has perdido. Catherine. Niebla y escarcha. Siempre el hielo. Hitler.
          Debería encontrar un puente. En alguna parte ha de haber un puente; estoy perdida en estas intrincadas montañas de un país lejano.
          Ahí delante parece haber algo en el muro de piedra: una imagen de piedra.
¡Es un ángel! No encuentro un sencillo puentecillo y aparece el Ángel Protector del Camino. Ahora estoy segura alguien vendrá y me conducirá a Sarria. Gracias, Señora. Ahora lo tengo claro: llegaré hasta mi Señor Santiago. Pisaré Compostela.
         Siempre hay un ángel que cuida de las personas de buen corazón.


− ¡Ultreya e Suseya!
− ¡Buenos días!, señora. ¿Qué tal va el Camino? ¿No le da miedo andar con esta niebla?

          De un recodo del camino ha surgido un tipo de aspecto sucio y mal encarado que lleva sujetos con correas a dos perros pastor alemán. Se dirige directamente hacia ella y comienza a caminar a su lado. Desprende un olor a perro, a sudor, y suciedad. Sus ropas son viejas y roídas, su cabello es de un blanco amarillento, su bigote está teñido por la nicotina y de su boca sale un aliento a tabaco negro. Carga con una vieja mochila de tipo militar y se ayuda al caminar con una larga vara de negrillo.
−Lo siento, no entiendo bien lo que me dice.
−Es usted extranjera.
−De Alemania, mi español no es muy bueno.
−No importa; caminemos.

          Caminan un rato en silencio, entre neblinas y fragas, cuando, al llegar a un arroyo, se encuentran con que el puente esta derrumbado y el agua les llega por encima de las rodillas.
−Si quiere se puede agarrar a mí y pasaremos juntos.
− ¿Y sus perros?
−Saben nadar.
−Temo que la corriente me arrastre; el miedo atenaza mis piernas
−Piense en algo que le ayude a superarlo
−Una tarde, después de acudir a un oficio religioso, en Pamplona, al dormir una corta siesta, soñé que éramos peces, que vivíamos en un inmenso río de la vida y entre nosotros discutíamos y luchábamos por alimento y territorio habiendo más que de sobras para todos. Peces de todos los tamaños y aspectos comiéndose los unos a los otros mientras el implacable río continuaba su avance inmutable. Ahora tengo miedo de pisar el agua.
−Este arroyo no la arrastrará, que ya me cuido yo de ello, y las pocas truchas que puede haber no la van a comer. No son tan grandes.
−Mas temo los que caminan sobre dos patas, toman las armas y esclavizan a los débiles matando a cuantos les estorben
− ¡Venga! Que ya está casi en la orilla, y olvide esas penas que vamos para tiempos mejores
−El tiempo es siempre el mismo desde el principio del Universo; mejoramos o empeoramos los seres humanos
− ¡Qué pena no haber encontrado un puente! Se está poniendo usted tétrica, ¡anímese! Ya queda poco para Sarria. Este camino a la sombra de los árboles y con este verdor anima a charlar. Si me permite le contaré un cuento a ver si se le pasa el miedo.
−Cuente su historia. ¿Dónde discurre?
−En el interior de una mina.



Yo soy minero y hace poco me jubilé; pero hace unos años hubo un derrumbe y quedé atrapado con unos compañeros en el fondo de un pozo. Pasaban las horas y nuestro futuro parecía más negro que la antracita que extraíamos; al fin el cansancio nos rindió y pudimos dormir algo. Unos a otros intentábamos animarnos contando chascarrillos del pasado y putadas que haríamos nada más salir. Más que nada por descargar la tensión tremenda que íbamos acumulando. Comenzó a escasear el agua y la comida y aumentar las emociones más fuertes; sobre todo el miedo y la ira. Llegados a un punto cada cual evitaba el trato con los demás y se escondía en rincón de la galería del que procuraba no salir apenas. En cierto momento, estando entrevelado, medio dormido, escuché la voz de un muchacho que se agachaba ante mí, con una linterna de bolígrafo en la mano enfocada a mi pecho, y me decía: ¡deja de maldecir! Saldrás de esta y de otras peores; no conoces tu destino. ¿Lo sabes tú? Yo he conseguido salir de un agujero mucho peor que este. ¿Y qué encontraste? Una antigua estrella cuya luz busco en todas las cosas. Cuando te canses o ya no puedas trabajar en la mina comenzarás una nueva vida en la que construirás puentes. No soy ingeniero. Me refiero a puentes entre las personas y los cielos. No te entiendo; solo sé picar y excavar. ¡Lárgate! No importa, un día harás un largo viaje y entenderás lo que ahora no comprendes.
Instantes después estaba despierto y contando mi sueño a mis compañeros.

− ¿Cómo reaccionaron?
−Se rieron; decían que deliraba. La verdad es que todos estábamos ya muy mal y procurábamos dormir todo lo posible para no malgastar fuerzas. El caso es que viéndome ya muy débil y a las puertas de la muerte comencé a rezar; lo que no hacía desde chavalín, y como que entré en una especie de trance donde pasé a ver como si fuera otro mundo, otro lugar muy diferente a todo lo yo conocía.
− ¿En qué difería?
−Era un país muy soleado ¿Dónde nunca se veía el sol? No sé. Ahora que lo pienso me extraña. Un pueblo de marineros que subía de la playa al monte, una costa con altos acantilados, unas casas de piedra, y las gentes vestidas a la antigua usanza y muy sencillas. Al preguntar dónde estaba me respondieron: ¡donde siempre! ¿Qué tierra es esta? Aquí no hay tierra solo imaginación. ¿Pero qué tiempo es éste y en qué mundo vivís?  Esto es donde siempre es ahora y no hay mundo ni pecado ni arriba ni abajo ni en parte alguna. Así es como queremos ser. Baja al mar e intenta coger un pescado.
Al llegar a la playa me quedé sentado mirando las diminutas olas en un mar como de mercurio y la inmensa luminosidad que lo llenaba todo; me acerqué a gatas hasta tocar el agua y, de repente, apenas mojar un dedo, me encontraba de nuevo en el interior de la mina justo cuando llegaba el equipo de rescate para salvarnos. Llevo esa visión conmigo desde entonces y este verano algo me impulsó a venir al Camino buscando no sé el qué. Pero camino.
−Pues ¡vaya!, caminante, me has encontrado a mí que también algo te podría contar. Pero, ¡mira! Ya se ve la carretera y la ciudad del fondo debe de ser Sarria. También hay unos chicos parados junto al sendero y deben ser peregrinos.


− ¡Hola, que tal! ¿Haciendo el Camino?
− ¡Claro que sí! Me llamo Peio y soy vasco
−Yo Antón, asturiano; esta señora que me acompaña es alemana y me estaba contando algo muy interesante pero parece que ya nos queda poco para llegar al albergue
− ¡No te creas! Entre llegar y no tardaremos casi una hora. Vamos cinco peregrinos, cada uno de una tierra diferente, y nos vamos contando cosas de lo más insólito. ¡Cuente usted lo que quiera, señora! Aquí todos somos compañeros


−Son sueños y recuerdos extraños; todos entremezclados. De cuando cayó el Muro de Berlín. Había noches que los sueños eran tan vívidos que por el día no sabías si vivías soñando o soñabas viviendo. Los míos eran relacionados a mis recuerdos de juventud: los nazis recorriendo las calles del pueblo, Hitler sentado en un trono dorado y el pueblo haciéndole una falsa adoración, vestidos todos de soldados cristianos, y luciendo en el pecho la cruz de los caballeros germánicos. Después vinieron los comunistas quemándolo todo y Stalin sentado en un trono de piedra rodeado de fuego y demonios enviando a la gente por millones al pozo inmenso donde arden las almas, una infinidad de seres humanos, inmolados por el pecado de nuestros ignorantes padres y la maldad que desde entonces arrastramos. Todo por ignorancia.
− ¿Era tan fuerte la cosa?


−Era mucho más y os lo resumo para que podáis caminar hacia la salvación. Era cada día. Era el hambre. El tiempo criminal de la dictadura comunista os lo ahorro para no espantaros más. Y, de repente, sentía como que soldados de mi infancia venían a buscarme y despertarme cada noche. Era tiempo de festejos por la reunificación pero aquello me resultaba insólito; me parecía que eran nazis que intentaban reclutarme para no sé qué batalla y luchaba y huía de ellos cuanto podía. Día tras día.
− ¡Qué fuerte! ¿Tomaba algo para dormir? ¿Escapismo mental?
− ¡Pero si no teníamos casi para comer y vestir! No sabes lo que era la vida en un pueblecito junto a la frontera polaca. Pasábamos al otro lado para comprar pan y legumbres. En una feria de pueblo una aldeana me regaló una estampita de la Virgen de Czestochowa y la guardé en mi regazo. Una vez en casa, aquella noche la colgué del cabecero de la cama y debí susurrar alguna oración olvidada desde la niñez; el caso es que aquella noche me sentí conversar con una presencia extremadamente luminosa a la que preguntaba por aquellos inmensos y terribles abismos donde las almas por miríadas ardían hasta lo más ínfimo de su ser: eran todas como increíbles llamas rojas que consumían todo su ser eterno entre los más espantosos dolores que imaginarse sea uno capaz.
Todo fuego y horror, todo agarrarse y maltratarse los unos a los otros queriéndose librar de semejante espanto al precio que fuese. Todo un universo sin final conocido donde seres de todo tipo y condición, tamaño y forma, ardían en un fuego incombustible hasta la consumación de los tiempos.
−Eso no puede ser verdad. Te mueres y en paz.
− ¡Calla ya, valenciano! Este los únicos fuegos que conoce son los que enciende para hacer paellas. Usted siga.
−Llegado un punto mi capacidad de horrorizarme alcanzó su culmen y exclamé: ¡Líbrame, Señora! Penitencia tendrás que hacer y bastante. Escuché. Cuando te llegue la luz tomarás esta estampa, cuatro pertenencias escasas, y caminarás hasta Compostela, en España, donde la dejarás guardada en una rendija entre las piedras de la Catedral. Cuando te vengan a buscar, tras tu muerte, los demonios que por tu vida han pasado diles que primero encuentren mi santa imagen por ti escondida entre tan venerables piedras. Y tú queda tranquila, que si por un causal la encontrasen conmigo se tendrían que enfrentar antes de llevarte. Para ti tengo reservado un destino muy diferente y mucha lucha. No te aburrirás; esta vida miserable que estás llevando solo es de preparación para lo que te espera más adelante. ¡Confía en Mí!
             Y en esto estoy; desde entonces aprendiendo español, y este verano que ya estoy tan mayor, -cerca de los setenta- comprendí que debía hacer el Camino.
− ¿nos podría enseñar la estampa?
− ¡Ya! Y después me tiráis al fuego eterno


−Tan malos no seremos todos, mujer, que somos compañeros de Camino. Usted guarde la imagen que estamos llegando a Sarria. Me permitiré contarle algo de lo mío que no es moco de pavo.
Yo también pasé una crisis existencial que coincidió con el suceso terrible de las Torres Gemelas en Nueva York. Cada noche tenía sueños y visiones de lo más insólito y por el día andaba como espantado y las noches ni recordarlas. Llegando la navidad, no sé el porqué, tomé la credencial de mi primer Camino y la Compostela, me eché en la cama y me puse a meditar en el género humano y en si ya comenzaba la Tercera Guerra Mundial. Quedé dormido interrogándome sobre mi destino personal y el de todas las personas que amaba.


Al rato me sentí como fuera de mí y viendo una extraña e inmensa cripta a la que continuamente llegaban y llegaban miríadas y miríadas de personas vestidas con hábito blanco que les cubría de la cabeza a los pies, como los monjes cistercienses o los cartujos, algo así, de tal modo que no había modo de saber quiénes pudieran ser o que aspecto pudieran tener. Daban y daban vueltas alrededor de un inmenso pozo en cuyo interior escupían y arrojaban cosas. Al querer mirar hacia el fondo una presencia luminosa me apartó, me gritó: ¡ahí no mires jamás! y me llevó presto a una disimulada estancia de aquel inmenso edificio.
En su interior había personas a las que reconocí como jefes de este mundo que rendían pleitesía a un individuo cuya faz resultaba irreconocible. ¿Quién es ese? Ese gobierna los mundos que por malvados e ignorantes creáis. Respondió la presencia. Mira su trono de falsedad. Ves cuanto oro y piedras brillantes lo adornan, ¡por eso os matáis! ¿Ves las riquezas de todo tipo que a sus pies depositan los gobernantes? ¡Es el fruto de vuestro trabajo y hambre de justicia! ¿Ves las armas de los guardas que le protegen?, las que vosotros fabricáis sin cesar, cuando el mundo tiene riqueza más que suficiente para cuantos estáis y cuantos vengan después. ¿Podría matar a ese tipejo? Así se acabarían los males del mundo. No puedes matar un arquetipo que en vuestro espíritu tenéis formado y os arrastra el alma a las peores miserias que no sois capaces de imaginar y menos comprender. Ese que ahí ves sentado, si supiera lo que hace y el destino inmortal que le espera saldría disparado a tirarse al pozo.
Sacándome de la estancia y edificio me mostró una puerta y un camino ¡ves esa marca en el suelo! ¿La reconoces? Asentí, y aquel ser, dándome un liviano empujón me despidió con un suave requerimiento casi al oído: ¡Nunca, pase lo que pase, dejes el Camino!                       
            Y hasta la fecha sigo año tras año, en cuanto tengo vacaciones, tomo la mochila y el bordón, por una ruta u otra, pero siempre hacia Compostela.


− ¡Bueno! ¡Vale! Dejemos eso tan tétrico, que ya estamos en Sarria en cuanto pasemos este puente. Os invito a una cerveza en una terraza. Ya subiremos al alberge. Me habéis dejado el cuerpo temblando con vuestras historias. A ver si hay suerte y tienen paella en el menú de alguna de ellas. Lo que habéis contado no es fácil de digerir; seguro que un arrocito ayudará.
− ¡Puentes, ya solo veo que puentes! ¡Estoy ya tan cansada y hambrienta que no hay otra cosa en mi mente! Pero, como nosotros decimos: “Aber mein Ziel war der Weg”
− ¿Qué significa?
−Pero mi meta era el Camino.

Como siempre hago este cuento se lo dedico a aquellos peregrinos con los que anduve el Camino de Santiago y me sirvieron de inspiración a la hora de escribir.
Este cuento en especial se lo dedico a la peregrina Katharina Scheliga, de Markklecberg, población vecina a Leipzig, Alemania, que casi con 70 años vino a España y con la que compartí Camino en el año 99. Las historias que nos contábamos noche y día sirvieron de base para el Camino de las luciérnagas.


A las historias que cuenta la peregrina alemana se unen las del peregrino vasco y todas giran sobre soldados y sobre lo mismo: la gran mentira que es la guerra.
Tras los relatos sobre la II Guerra Mundial y sus consecuencias nefastas aparece el suceso del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York, y volvíamos a lo mismo: soldados que se decían cristianos, musulmanes, lo que sea, se tiraban de todo y con todo. El caso era aniquilar a su prójimo.
Cuando estás con Dios no tienes la menor necesidad de atacar nada ni nadie. Ya eres, ya estás, ya has llegado. Aunque te encuentres en el fondo de la mas oscura de las minas, mentales, espirituales,  como lo queráis decir, El siempre está contigo. Aunque no lo notes.
El que diga lo contrario es un mentiroso; y lo sabe.

Twelve angels. Poem.


         

Twelve angels


Twelve angels and a celestial dragon
The old eye that sees all.

You walk barefoot on the boil green,
old pilgrim,
There is still time and you will be able to escape.
Lights in the sky
that deplete instantly to look at.
Lives lost without remedy
There is no more to see.
The steps marked have been deleted
And your mind already flees
her old causal scenario.

Cubes and pyramids, letters and signs.
Human constructions and dreams of children.
A flat world under the celestial vault
The Madam whispers its old sing
Already you're looking forward
to sleeping and dreaming.

Two red lights and a more,
Sky blue,
For your eternal sleep hot.