martes, 30 de octubre de 2012

Capitulo octavo de Una mariposa con tres alas.

   Por más que pienso y me esfuerzo en desplegar fantasías siempre me sorprende el mundo que llamamos real, por decir algo, y las historias que leo o me cuentan.
Ya llegan los peregrinos a las doradas arenas de la playa del Rostro. A un lado el Cabo Touriñan, al otro el Cabo Finisterre, en medio la mar; poco queda para su reunión y resolución final.
Que disfrutéis con su lectura.



Capítulo octavo

Bajan charlando los cinco peregrinos por una estrecha carretera entre pinares hacia la playa del Rostro cuando un grupo de caballos cruza por delante de ellos y se pierde entre los árboles. Uno de ellos es blanco e increíblemente hermoso.


Jan corre tras él intentando echarle mano pero el caballo blanco desaparece tras sus compañeros y el checo se queda al borde del camino lamentándose. Los otros cuatro peregrinos llegan a su altura segundos después riéndose e increpándole:
−Pero Jan, ¿para qué quieres un caballo? ¿Sabes montar?
−Desde niño, Park. Me habría venido bien para ir en busca de esos perdidos caminantes; me parece que nunca llegaran al paso que traen.
−Capturar un caballo blanco era lo único que nos faltaba en esta locura. ¿Recordáis la historia que nos contó un borracho en el bar de Olveiroa?
−Yo la recuerdo. Iba de una aldea hacia otra y se le apareció un caballo blanco entre la niebla; intentó capturarlo pero se le escabulló entre los árboles. Como te ha pasado a ti.
− ¿El que nos decía que durante días se sintió como un auténtico dios a causa del caballo que se le apareció?
−Ya me acuerdo; el que nos decía que eso mismo les había ocurrido a Carlomagno y a Benito Mussolini y por eso habían llegado a emperadores europeos. Todavía se estaba lamentando de haberlo dejado escapar; se le había pasado el efecto eufórico y estaba con la melancolía etílica. Confiemos que eso mismo no le ocurra a nuestro amigo Jan.
−Camina tranquilo, Glenn; que no tengo ambiciones imperiales y he conocido caballos por centenares. Ya se ve la playa allá al fondo. Bajemos, tengo ganas de descalzarme y caminar por la arena. Esperemos que Laiba y los otros lleguen pronto.
En ese momento un fuerte viento, caluroso, pegajoso, espectral, se levanta a sus espaldas y les impulsa cuesta abajo; hacia la playa.



− ¡Uff! ¡Vaya ventarrón! ¿Será producto de esa tormenta solar que decías que estaba cayendo, Glenn?
−No creo, todo lo más esas tormentas producen auroras boreales en latitudes muy superiores. Será por la hora y los cambios de viento en la costa; de esto sabrá mucho más nuestro marino peregrino.
− ¿Sebastián? Viene detrás, caminando como ausente. Debe de estar pensando en las ballenas de Jonás.
−No estoy lejano de mente y os estoy oyendo. Si, las ballenas venían a estas costas hace siglos; en algún rincón como éste se tragarían al Jonás bíblico si estaba pescando.
−Disculpa a Park, pero llevas un rato muy callado. Sin soltar prenda.
−Estaba pensando que a este paso se nos puede hacer de noche en esa playa, y, ¿sabéis una cosa? No me importa en absoluto.
−Park, ¿no traerás tu linterna en la riñonera?
−Pues no, Jan; la dejé en la mochila, con todo lo demás. ¿Por qué lo preguntas?
−Por si nos vamos a quedar a oscuras; entre Sebastián y yo os tendríamos que guiar por las estrellas.
− ¿Qué teméis a estas alturas de la aventura? ¿Quedaros sin luz eléctrica? Aún recuerdo cómo murió pobre y solo, con el corazón roto por una paloma, su inventor.
− ¿De qué hablas Sebastián? ¿Qué eso de la paloma y la luz eléctrica?
−Recordaba la historia de Nicola Tesla que tras llevar la energía eléctrica a las ciudades e iluminar sus noches nunca salía de noche.



Por las mañanas bajaba a un parque y daba de comer a las palomas. Ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial y aunque no quería saber nada del mundo al fin se enteró de que América estaba en guerra. 
Así que escribió una carta al presidente Roosevelt prometiéndole un “rayo de la muerte” que podría acabar con aquella locura humana en pocos días.
− ¿Y qué ocurrió? No le funciono el rayo
−Nunca lo sabremos. Lo que sucedió es que Tesla se enamoró de una paloma.
De una preciosa paloma blanca. Cada día pasaba horas y horas, hasta que anochecía, en el parque dando de comer y hablando a su amada paloma. Ni construyó el rayo de la muerte que podía destruir divisiones enteras de continente a continente ni cosa alguna más. Su mente se fue de este mundo. 
Cuando la paloma murió no pudo soportarlo, quedó encerrado en la habitación de su hotel, y falleció poco después mientras veía por su ventana Manhattan iluminado por el millón de luces que él había logrado encender.
−Lo que pasa es que se volvió mochales, turulato.
− ¿Mochales un tipo que les daba sopas con onda a Einstein, Fermi, y todos los demás? Miró y vio la maldad del hombre y se fue. Había iluminado las noches para espantar los miedos pero no pudo hacer lo mismo con nuestros corazones. Y se fue. Bajemos a la arena. Veremos la espuma de las olas aunque no la marejada que mueve nuestros corazones.
−Si, bajemos. Los otros están ya al caer. Me parece que estoy oyendo cantar a Simón.

 La historia del caballo de Perseo que se aparece entre la niebla a contadas personas al cabo de los siglos y les lleva hasta el imperio  me la contó un borracho en un bar. Cosas de escritores.
Pero la que Sebastián cuenta de Nicola Tesla es tal cual. Arriba está la última foto que le hicieron, aún vivo y perdidamente enamorado de una blanca paloma del parque que había al lado de su casa. 
Como ingeniero e inventor ni siquiera Leonardo Da Vinci se le puede acercar en la comparación. Yo no estaría escribiendo en un ordenador y seguiría con el papel y el bolígrafo.
Pero amó a una paloma y se olvidó de la guerra; y de todo cuanto por entonces los hombres inventaron.

Broken hearts. Poem dedicated to my friends of E.E.U.U.




Broken hearts

The broken hearts
The feet smashed
The soul almost loss
But firm the heart.
On his knees
At the gates of Forgiveness.

And life will be new
Fed by its Light
Will change and will be renewed
Always with Love.

Combining miseries and glories
Leaving behind plants and animals
Looking at the men,
Raise a new hope,
A better understanding,
Of what is
simply God.



Looking at the statistics of my small blog i discovered that in his short life brings more than 5,000 visits from readers of the E. E. U. U; my thanks to all of them.