domingo, 9 de septiembre de 2012

Capítulo tercero de Una mariposa con tres alas.

   En ocasiones, charlando con las amistades, me han indicado el porqué no escribía un cuento fantástico de tipo medieval; uno de esos con princesas y brujas, príncipes y caballeros. Se venden muchísimos libros de ese tipo y debería hacer algo.
A los 19 años ya me había leído casi todas las obras de J. R. R. Tolkien y desde entonces no se cuantos libros de ese tipo habrán pasado por mis manos. De lo que se escribe hoy día en ese tipo de fantasía no encuentro nada con un mínimo de interés; así de simple.
No obstante la idea siguió dándome vueltas en la cabeza y la aproveché para escribir un cuento dentro del relato que estoy construyendo.
La idea era reflexionar sobre la capacidad que tenemos para cantar y contar historias. Algo que nos distingue, y bastante, de los demás seres vivos de este planeta.
El canto y los cuentos fueron las semillas en aquellos siglos oscuros que dieron lugar a la esplendorosa civilización occidental que, pasado el tiempo, se adueñó del mundo. Llevaron los conquistadores sus cánticos, cultos o populares, y sus cuentos, sus mitos, sus leyendas, a todos los rincones del planeta. El resultado está a la vista.

Corre el año de Nuestro Señor de 668 en los helados páramos de ...
Pero mejor dejemos que lo cuente el viejo Simón, el peregrino alado; a él sí que se le da bien contar historias.

      Una mariposa con tres alas

  
Capítulo  3

  Bueno, al fin llegan estos pesados. 

−Laiba, rica, ¡llevamos casi una hora esperando aquí en el faro! ¿Ahora que pensáis hacer? Porque ya nos hemos cansado de ver el océano y nos íbamos a ir.
−Nada; iros. Nosotros no tenemos prisa; vamos a hacer fotos del lugar. Ya os alcanzaremos mas adelante, o nos podéis esperar en la playa de Nemiña; que tiene restaurante y es donde pensamos parar a comer. Así que no tengáis prisa.
−Vamos Simón; que aquí ya no hacemos nada. ¿Nos acompañas, Nastia, o te quedas con ellos?
−Iré con vosotros si Simón nos cuenta una de sus historias. Y, por favor, no caminéis tan rápido; me lleváis con la lengua fuera.
−De acuerdo. Os contaré un cuento de camino a la playa. Iremos despacito disfrutando del paisaje. 
Es una historia soñada y no tendrá nada de verídica, seguramente; pero confío que os entretenga más que mirar las olas y las gaviotas. Esta costa se encuentra a la misma latitud que las costas occidentales de Irlanda y allí comienza mi relato. 


En un monasterio cercano a uno de los más hermosos acantilados que podáis imaginar vive una pequeña comunidad de monjes benedictinos. Ya han pasado siglos desde la caída del Imperio Romano de Occidente y de la Iglesia Católica Romana apenas queda un recuerdo difuso y lejano en aquellas tierras. 
Pueblos de todo tipo y condición han invadido y subyugado a los autóctonos o se han entremezclado. Cultos que los romanos habían perseguido, como los celtas, han renacido; y a ellos se les ha venido a añadir o superponer los cultos de los pueblos invasores. 
Pero en aquel lejano rincón de la costa irlandesa hay un pequeño monasterio benedictino donde conservan un verdadero tesoro: ¡una copia original de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla! 
Comienza mi pequeña historia cuando un sencillo monje es llamado a la presencia de su abad.
−Nennius; te he llamado para encargarte una misión de la máxima importancia en la que empeñarás tu vida. ¿Estás preparado?
−Siempre a sus órdenes; nuestro abad. ¿De qué se trata?
−Dejarás el monasterio para embarcarte hacia Bretaña y después atravesaras toda Europa hasta llegar a Roma.
− ¿A Roma yo?, ¿que no soy mas que un monje? Eso es una empresa imposible. ¿A quién acompañaré?
−Irás solo. Sin apenas medios materiales; por que no los tenemos. Pero te hemos conseguido un barco que te dejará cercano a uno de nuestros monasterios en Bretaña. Allí te indicarán cómo cruzar el país de los Francos y el de los Lombardos hasta llegar a Roma.
− ¿Y para que tengo que ir tan lejos si allí no hay nada?
−La ciudad imperial no ha dejado de existir aunque tenemos informes de que fue casi por completo arrasada. Hoy día está bajo la protección del Emperador  Romano de Bizancio y sigue siendo muy importante su presencia en la Iglesia Católica Ortodoxa. Tu misión será absolutamente secreta y empeñarás tu vida en llevar el códice que ahora te entrego para entregárselo al obispo de Roma.
− ¡Es en lo que hemos estado trabajando todo este tiempo! Nos ha llevado años hacer esta copia, ¿y quiere enviársela a un obispo lejano?
−Sí, y hay una razón muy poderosa para ello y que desconoces. 
Hace unos pocos años se realizó un gran concilio en la capital del imperio, Constantinopla, y días atrás nos llegaron sus conclusiones a esta lejana isla. Entre las muchas decisiones que tomaron, y que a ti no te compete conocer; decidieron regular el canto litúrgico en templos y monasterios. Los coros que hacemos y esas cosas. Pues en cada región del mundo se canta de una manera distinta y diferente, que a veces resulta ofensiva para otros cristianos de los demás reinos. 
Así que decidieron que todos los creyentes de todas partes lo hagamos del mismo modo. Pero tienen un grave problema ¿qué método o enseñanza utilizar? ¿Qué sistema seguir y que todos acepten? Pues hay muchos y cada Iglesia defiende el suyo. Y ahí intervienes tú. Has estado copiando los tres primeros libros de las Etimologías donde San Isidoro dejó perfectamente recopilado el Trívium y el Cuadrivium con toda la gramática, retórica, y música que conocía el gran sabio. 
Llevarás tu pequeña obra a Roma y será la semilla de la que nacerá todo el canto y la música de la Europa que renazca de estos tiempos oscuros. ¿Te parece mejor ahora el sacrificio que te pido y no te exijo?
−Dejaré mi vida en el empeño y la música volverá a Roma y a la Iglesia Ortodoxa.
Días mas tarde encontramos a nuestro monje diminuto a bordo de un barco con destino a Bretaña. Hombre de tierra adentro apenas se acercaba a los acantilados cercanos al monasterio y ahora sus entrañas se revelan por el constante vaivén al que se ven sometidas. Agotado y abatido se halla sentando apoyado en el palo mayor; aguantando las chanzas de los marineros lo mejor que puede entre tanto mareo.

− ¡A ver, tú! Monjita. Nos vamos a cenar, te invitamos a la mesa si nos cuentas a cambio alguna bonita historia o nos cantas algo.
−Para cantar estoy yo. Intentaré contaros algo mientras cenáis pero mi estómago rechaza cualquier cosa sólida o líquida.
−Pues ven a cubierto. ¿No sabes alguna buena historia? Que no sea de tus santos o sales por la borda.
−Alguna recuerdo que contaba mi abuelo que tal vez sirva para que no me tiréis al océano. Que tengo bastante menos fe que San Pedro y de seguro me ahogaría.

¿Qué sabéis, vosotros, brutos incultos, de los hijos de Mil? Mil, el resplandeciente, el dorado hijo del dios Breogan, que vino a traernos la luz a estas brumosas tierras y por nuestros reyes infames fue asesinado. ¿Qué sabéis, ignorantes, de sus hijos? Los hijos de Mil.
Con cientos de naves vinieron a Irlanda y la conquistaron a fuego y sangre.  Con todo se hicieron; mujeres y castillos, los campos y los ríos. Así cantaba Aimirgín cuando sus naves llegaban de la lejana España a nuestras costas:
Yo invoco  la noble Irlanda
El este de la gran playa del fértil mar,
Fértiles montañas trepadas,
Continuos bosques de niebla,
Niebla de las cascadas,
Cascadas de lagos en la bahía
Bahía del pozo de la colina
Pozo de tribus unidas,
Unión de reyes Temair,
Temair colina de tribus,
Tribus de los hijos de Mil.

Mil el de los grandes barcos,
Grande la sublime Irlanda,
La muy pálida y grande Irlanda,
Un encantamiento de gran audacia;
La gran audacia de las mujeres de Breise,
De Breise, mujeres de Buaigne;
Fue ella su morada, Irlanda,
Tomada por ti, Eremon,
Ir, Eber la invocan.
Yo invoco la tierra de Irlanda.

Aquí llegaron y con todo se quedaron; suyas eran las flores y las espadas. Suyos fueron los honores y los encantos de las mujeres.
Así cantaba Aimirguín, padre de todos los bardos. Así canto yo; así cantaba mi abuelo que en paz descanse.

−Recitas bien, monjita. Te has ganado una jarra de cerveza.
−Gracias, capitán. Hacia tiempo que no probaba una cerveza tan clara y aguada.
−Deberíamos haberle cobrado unos cuantos toneles de cerveza al abad por tu pasaje;  vosotros si que la hacéis bien oscura y espesa. 
Pero, dime una cosa, si el canto antiguo que escuchaste a tus ancestros nos cuenta la invasión de aquellos guerreros, hace muchos siglos; entonces, tú, morenito ¡serás español! 
¡Venga, cogerle y tirarle por la borda! que aquí no queremos extranjeros.
−Pero, pero, ¡capitán!, si ellos vinieron en barcos y sois vosotros los que navegáis ¡vosotros seréis los españoles!
− ¡Mira que es listo el monje! Algo de razón tienes. De aquellas tierras soleadas vinieron, ¡también lo decía mi abuelo! Y nos enseñaron a construir barcos y navegar. Todos los veranos bajamos hasta sus costas para comerciar con ellos. 
Por esta vez libraste la vida, −mi pelo es tan negro como el tuyo−, pero tendrás que andar con mucho mas cuidado cuando andes entre bretones. ¡Al mínimo desliz que tengas estarás muerto!  No confíes en que por ser monje te van a respetar. Esas gentes siempre están en guerra con sus vecinos francos. En cuanto toquemos tierra mas te vale salir corriendo a esconderte en ese monasterio al que te envían. Anda, vete a dormir; que ya te avisaremos al llegar a tierra.


−Calla Simón; para un poco, ¡que Nastia se despista! Y no te está oyendo.
−Nastia, bonita, ¿qué haces? ¿Qué estas mirando? Te quedas atrás y ya ni me escuchas.
−Perdonarme; estaba mirando esos grupos de cazadores que corren cerca de los acantilados ¿Qué estarán cazando, Flora?
−Un gran ciervo supongo; por los grupos y los perros.
−Ciervos al borde del mar. 
Eso será en Inglaterra. Aquí como hagas el ciervo todos se te vuelven lobos; andarán a perdices.
− ¿Pero es que no ves los grupos que forman y cómo hacen correr a los perros?
−No tengo tus ojazos tremendos, Nastia encantadora. Como te sigan creciendo parecerán de avestruz.
−Tú si que tienes cerebro de avestruz; como todos los hombres. ¿Qué estas mirando? ¡Hay que seguir hasta el pueblo!
−Por el plano que llevo podemos acortar casi un kilómetro si seguimos por esta pista forestal. Saldremos a la carretera de Nemiña un poco mas arriba, cerca de aquella curva.
−Bueno; por mi estupendo. Así dejaremos un rato de pisar asfalto. Porque llevamos una mañana tremenda de carreteras. 
Venga, sigue con tu relato. ¿Qué le pasó al monje al llegar a Bretaña? ¿Lo mataron?

−Todavía no. −Consiguió llegar sano y salvo a un monasterio que los benedictinos tenían en León de Bretaña y a su protección se acogió.
Tras la cena fue llamado a la presencia del abad que le inquirió por su destino y motivo.
−Hijo mío; tengo en mis manos una carta de tu abad que me indica que te diriges a la corte merovingia y la gran ciudad de Orleans. Pero, ¿para qué te envía? Allí no tenemos monasterios.
−Es un encargo de nuestro obispo para hacer una petición al de Orleáns; que es muy rico. Una ayuda para nuestra pobre comunidad; tal vez una nueva fundación.
−Siendo así cuentas con todos nuestros parabienes. Reposarás unos días con nosotros; y cuando estés recuperado de la travesía marítima ya te indicaremos el mejor camino para llegar a esa ciudad sano y salvo.
Y allí quedó durante unos cuantos días Nennius el monje recuperando su frágil salud y aprendiendo de aquellos compañeros de orden. En los escasos ratos libres él les contaba cosas de su llorada Irlanda y los monjes bretones le pagaban con preciosos relatos de los mitos paganos de aquellas brumosas tierras. 
Cuando se sintió recuperado abandonó el monasterio una mañana luminosa y fresca. Había memorizado el camino sinuoso que habría que llevar hasta la ciudad de Orleans; donde en aquellas fechas residía la corte merovingia. Advertido de las intrigas palaciegas esperaba encontrar refugio y salvoconducto bajo la protección de algún noble cristiano; evitando hasta entonces el paso por las ciudades.
−La situación es muy confusa y llegan noticias inquietantes de todas partes. Muerto hace meses el rey Berthar es su mayordomo Pipino el que lleva las riendas tanto de Austrasia como de Neustria hasta que alcance la mayoría de edad el príncipe Clodoveo. Evita cuanto puedas a unos y a otros si quieres volver con vida a tu isla esmeralda.
−Así haré padre abad; y que el señor sea con vosotros.


Marchó Nennius rumbo al sur en su primera jornada un precioso día primaveral. Casi al anochecer se encontró caminando por unos extraños caminos marcados por millares de piedras. Sorprendido y asustado caminaba y caminaba cantando entre dientes sus más preciadas salmodias. 
Se estaba haciendo de noche y aquello si que parecía el país de las brujas y las hadas; se esforzaba, debido al temor que le encogía, en recordar las historias paganas que le habían relatado los monjes bretones. 
No debía faltar mucho para llegar a un lugar habitado pero el sol ya lanzaba los últimos rayos del día y aquellas piedras lanzaban sombras terribles y tenebrosas. Caminaba el monje ya casi a oscuras cuando fue sorprendido por el galope brioso de un grupo de soldados a caballo.
− ¡Ajajá! ¿Qué tenemos aquí? ¿Un mago? Capturarle; le llevaremos a la presencia del duque. Estará encantado de abrasarlo mañana mismo. Hace tiempo que no tenemos una diversión semejante y sobra leña en el castillo.
Nuestro humilde monje se vio en segundos llevado atado de pies y manos, a grupas de una mula; siendo llevado al interior de un altivo torreón cercano al mar. En un gran salón adornado con escudos y armas se hallaba sentado el duque presidiendo una larga mesa plena de las más variadas viandas. Cortaba la carne de buey con un largo cuchillo de jade y repartía las piezas a sus comensales. A sus pies dos enormes mastines devoraban los restos de carne que el señor feudal tiraba al suelo.
−Vaya, vaya. Así que hemos capturado un mago. Mañana tendremos una hermosa hoguera para celebrarlo. ¿Quién te envía para hacer encantamientos en mis tierras bretonas?
−Mi señor y protector, gran duque; me arrodillo a sus pies y pido su clemencia. Apenas conozco su lengua pues no soy más que un sencillo monje llegado de Irlanda.
−A si que dices ser un monje, y de los mas pobres; bueno, bueno. Mis soldados te encontraron caminando por la senda de las piedras de los magos; haciendo extraños gestos con los dedos e invocando sus poderes. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
−Yo no sabía qué lugar fantástico era ese a donde fui a parar. Buscaba Carnac y acogerme a vuestra protección; mi duque. Asustado por el entorno tan solo cantaba canciones del culto cristiano para alejar brujas y magos que pudieran acecharme.
− ¡Ya! ¿y qué era eso que hacías con los dedos de la mano derecha si no invocar sortilegios irlandeses en mi tierra? ¿Llamabas a tus antiguos dioses en tu ayuda?
−Clemencia solicito para este humilde servidor de Cristo. No lanzaba hechizos ni sortilegios, ¡San Patricio me proteja!, memorizaba cánticos de alabanza a Nuestra Señora.
− ¿Moviendo los dedos? ¿Con extraños signos mágicos?
−No hay magia alguna, mi señor; tan solo el orden musical. Así me enseñaron a cantar en el monasterio. 
Al ser yo de una pequeña aldea del interior de la isla y lo mas ignorante del mundo, mis hermanos monjes emplearon años para enseñarme a cantar en el coro. Para ello solo tenía que seguir los movimientos de la mano del hermano cantor y así poder seguir fácilmente el canto con mis compañeros. Os daré una muestra.
Y ante la presencia del gran duque de Bretaña y sus acompañantes comenzó a interpretar una preciosa y antiquísima antífona:
O Sapientia, quae ex ore Altíssimi prodiisti, …
Una y otra vez repetía la salmodia divina ante la mirada oscura del duque y sus acompañantes. A partir de la tercera repetición varios de los presentes, como hipnotizados por las señas que hacía con su mano derecha, comenzaron a seguirle en el cántico sagrado entonando con sus voces profundas y rasposas.
¡Veni at docendum nos viam prudentiae!

− ¡Vale ya! ¡Callar todos! Como oiga una voz seréis vosotros los enviados a la hoguera. Explotó al fin el duque, conmovido. 
Me has convencido, monje chepudo y ruin. Que te lleven abajo y te den cobijo y sustento por esta noche. Pero me tendrás que decir qué haces en mis tierras.
−Me dirijo a Orleans para hacer una importante petición a su espléndido obispo para nuestra pobre comunidad irlandesa.
−A buen puerto vas tú a arribar. A ese obispo antes le sacan las muelas que los caudales. En fin; tú sabrás. Esas son tierras de francos y ninguno de los míos te podrá ayudar. En cuanto salgas de Bretaña tu vida valdrá menos que una amapola que yo pueda pisar. Pero daré orden para que puedas marchar. Y un salvoconducto para que llegues vivo a Rennes. 
Tiene algo este monjito mochuelo que me hace gracia. ¡Puede que llegue vivo a la corte! Aunque allí no durará ni un día con la cabeza sobre los hombros. ¡Y como vuelva a oír cantar a uno de vosotros su cabeza rodará por el suelo!


− ¿Y así consiguió entrar en Francia? Perdona que te corte. Y de paso podríamos parar un poco en este mirador y sentarnos.
−Claro que sí, Nastia; podemos descansar un rato. Además, desde aquí podemos ver a nuestros amigos abandonar el cabo y venir en nuestra dirección. Y continúo con el relato del monje y su andadura.

Entonces no existía Francia y el territorio de los francos y otros pueblos similares se hallaba dividido en dos grandes reinos llamados Neustria y Austrasia.  La situación era muy cambiante de rey en rey y casi de año en año; además, los reyes solían estar manejados por sus mayordomos de palacio. 
Había revueltas continuas de pueblos y regiones enteras que se independizaban constantemente. En esta situación tan peligrosa Nennius consiguió llegar hasta Reims y presentarse al obispo; que rápidamente se hizo cargo de la situación y comprendió lo importante de su empresa.
−Ahora mismo no hay obispo en la corte; al último lo degollaron y tendrán que enviar otro. Para que puedas continuar caminando hacia Roma en estos días solo encuentro una solución viable: te introduciré en la corte del Mayordomo Mayor, Pipino, que partirá pronto hacia los Pirineos con su ejército para sofocar unas revueltas. Irás como enviado mío y harás un trabajo para mí.
−Lo que usted ordene, eminencia. ¿En qué consistirá?
−Irás en la corte de la señora Plectudre, esposa de Pipino, para ayudarla en la educación de sus hijos y vigilar por la salvación de sus almas. Eso es lo que escribiré en tu carta de presentación. 
Pero tu misión verdadera consistirá en vigilar muy de cerca de la concubina Alpaïde; que recientemente ha dado a luz un hijo bastardo, y seguro que conspira para que sea su hijo ilegítimo el que herede el cargo.  
Sabes leer y escribir perfectamente así que me mantendrás informado de la situación constantemente. ¿Lo has entendido?
−Perfectamente, monseñor.


Llegó hasta Orleans y se quedó gratamente sorprendido por el esplendor de la corte franca. En su imaginación no cabía tanta pompa y riqueza como observaba en los palacios. Siendo recomendado por el obispo de Reims y demostrando su valía con la lectura y escritura fue bien recibido al servicio de la princesa Plectudre. 
Pocos días después el monje estaba atravesando las tierras del Mediodía acompañando a las damas de Pipino y evitando a sus mesnadas. Va tomándole el pulso a la corte gracias a sus cánticos y sus poemas y le van tomando afecto camino de Aquitania. 
Una de las noches es llamado a la presencia de la concubina  Alpaïde:
−Me han dicho que sabes muchas historias antiguas; de reyes fantásticos. Si me agradas con una de ellas yo te favoreceré personalmente ante el Príncipe y podrás ver satisfechos tus más ocultos deseos.
−Entonces, mi señora os contaré la historia misteriosa y verdadera del mas prodigioso de los reyes que en la tierra nunca hubo.
−Si me vas a hablar de Alejandro o de Cesar eso ya lo he oído muchas veces. Sorpréndeme.
−Nuestro rey, bellísima señora, se llama Arturo.


− ¡Buff!  No nos irás a contar ahora la historia del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda. ¡Vaya rollazo! Me parece que sigo caminando por no escucharte.
−Pero, Flora, déjale que cuente lo que quiera. 
Tú, sigue, Simón con tu historia. Además; mirar, ya veo venir a los otros cinco de camino hacia aquí. A ver si también toman el atajo y llegan pronto. Cuenta, cuenta, ¿cómo era Arturo?


Así canta Nennius la gloria del gran Arturo. Escuchen damas y caballeros la verdadera historia del más grande de los reyes que jamás en la tierra hubo.

Caminaban una brumosa y fría tarde de otoño Arturo y sus pobres caballeros por las arenas de una playa olvidada. Venían cabizbajos, cansados, hambrientos; apenas eran unos cuantos. 
El día no había sido propicio; la batalla cruel y desesperada. Los supervivientes no llegaban a la docena. Al llegar a un poblado de pescadores se dirigieron a la cabaña del jefe y le pidieron cobijo y alimento. 
Pero los aldeanos se encontraban casi en el mismo estado que ellos; el ejército invasor se había llevado todas sus bestias y granos.
− Bueno, ¡pues darnos de cenar lo que tengáis!
−Mi Señor; nuestra única cena iba a consistir en unos cuantos calderos de moluscos que entre todos, hasta los niños, hemos estado recogiendo por las arenas y acantilados cercanos.
− ¿Son comestibles?
−A nosotros no nos matan y tus caballeros son fuertes; tendrán buen estómago.
Con la noche ya encima caballeros y aldeanos compartían una sencilla colación de mejillones y almejas sencillamente hervidos con unas cuantas algas pardas. Tristes están los caballeros, pesarosos los aldeanos; seguramente la mañana siguiente los invasores volverán y les exterminarán. Terribles son los presagios y en la costa normanda una lluvia constante y gélida parece anunciar un invierno eterno. Enigmática y absorta es la mirada del rey Arturo.
Un niño se acercó al rey e intentó hacerse con su espada para jugar a los guerreros. Arturo se quedó sonriendo al ver los vanos esfuerzos del crio por sacar la gran espada de su vaina.
−Déjalo ya, muchacho; nunca podrás tener en tus manos una espada como ésta. Antes la podrías extraer de una piedra encantada que de mi vaina real. Anda, vete a jugar con tus amigos. − Le despidió sonriendo y se quedó mirando de aquella manera extraña que él tenia; como si no hubiese paredes delante y viese a leguas de distancia. No había pasado un minuto cuando el niño regresó llevando en sus manos un gran molusco de valva ondulada y blanca y se la ofreció al rey.
− ¿Qué es lo que ofreces a tu rey?
−La cosa mas rica del mundo; yo mismo las recojo en las arenas de la playa.
− ¿Y se puede comer?
−Claro, son las mas ricas; pero los mayores no las quieren. Son bobos. Mi madre las hierve para mí.
− Bueno, probaré. −Y el rey se llevó a la boca la pequeña vieira y probó su carne. En instantes su rostro y mirada cambiaron completamente y mirando al crio le preguntó:
− ¿Tienes más conchas de estas?
−Si, −le respondió el crio.
− Pues tráemelas.
− ¿Me dejarás jugar con tu espada?
−Es la espada de un rey.
−Ya, pero esa concha es la reina del océano y solo yo se encontrarlas. Una cosa por la otra.
−Listo el muchacho. (¿Y yo que estaba pensando si había alguna razón en el mundo para seguir peleando? La razón eres tú, niño, y todos tus amigos) Me llevaré tu concha de recuerdo y te dejaré jugar con mi espada cuando me traigas otro molusco como éste.
− ¡Bien! Ahora mismo te traeré un caldero entero que tengo guardado.
− ¡¡Arturo!! Le gritó uno de sus caballeros, - ¿No irás a dejar que maneje tu espada un aldeano?
−Un rey sin vasallos no es mas que un fantasma, y nadie puede sacar una espada clavada en una piedra por mas fuerza que tenga si no la forjaron para él; pero este crío conseguirá ahora sacar mi espada de acero de su vaina (siempre la llevo atada) gracias a su inteligencia. 
Por este niño y los de todo el reino mañana volveremos a cabalgar y nunca más perderemos una batalla. Cuando ellos crezcan podrán vivir y disfrutar del mas bello reino que jamás se vio bajo las estrellas. Lo juro ante el Altísimo.
− ¡Juramos! Gritaron sus caballeros poniéndose en pie. Lucharemos a tu lado hasta la muerte y aún mas allá.
Y así, aquella noche, dio comienzo el reinado mas maravilloso y provechoso que jamás en el mundo ha habido. El reino con el que sueñan todos los niños del mundo.



−Me ha gustado tu relato monje; encantador. Le cantaré a mi hijo Carlos ese reino prodigioso cada noche para que se duerma. ¿Tienes pensado que nos pedirás?
−Tan solo que me dejéis partir hacia Italia antes de que comiencen las batallas; no soy hombre de armas. Mi camino es la paz.
−De acuerdo; le pediré al príncipe que te deje partir. Pero hasta que lleguemos a tierras rebeldes pueden pasar semanas al paso que vamos. El Príncipe no tiene prisa por atacar; esperará a que empiece el verano. Vendrás cada noche a contarnos historias del rey Arturo. Te lo ordeno.
−Obedezco sus órdenes; mi señora.
Y de este modo el pobre benedictino consiguió su pasaporte hacia tierras de los lombardos protegido por la princesa; a la cual agradaban especialmente sus cánticos y su maravillosa caligrafía. Y aún mas protegido por la concubina principesca; que se deleitaba con los romances artúricos que noche tras noche el monje iba improvisando sobre las historias que había escuchado a sus hermanos bretones.


− ¡Bueno! ¿Qué os parece si seguimos caminando? Marc Antoine y los otros llegaran en breve y ya calienta el sol. Un poco mas adelante la carretera empieza a descender hacia la playa. Ya nos queda poco.
−Vale, seguimos caminando; pero ahora soy yo la que te pido que sigas con ese relato. 
Mira que siendo inglesa y habiendo leído todo el ciclo artúrico de adolescente nunca había escuchado algo así. ¿Eso te lo inventas tú? Una concubina en la comitiva real, con su hijo a cuestas; en aquellos tiempos guerreros
−Tal vez lo soñé. ¿Quién sabe de donde viene la inspiración? Caminemos. Ya hemos llegado al alto y todo es cuesta abajo hasta la playa. Por cierto; el niño de Alpaïde creció alto y fuerte y llegó a ser conocido como Carlos Martel, el Martillo. Triunfó en innumerables batallas. Creció entre soldados y caballeros y heredó de su padre el cargo de Mayordomo Real; a sus descendientes les llamaron los reyes Carolingios.


−Ya sé de quien hablas; menudo cuentista estás hecho, Simón. Nuestros compañeros vienen detrás de nosotros. Estoy deseando descalzarme y pasear por la playa. Sigue con tu historia.
−Pero abrevia un poco o llegaremos a Finisterre y seguirás con el cuento del monje.
−Abreviando.

Nennius consiguió formar parte de una embajada que el príncipe Pipino de Heristal enviaba a su amigo el rey lombardo Pertarito. Mientras Pipino estuviera de campaña por los Pirineos quería tener las espaldas cubiertas en los Alpes. 
Tras unas jornadas inagotables llegaron a Pavía donde fueron espléndidamente agasajados. Pertarito había estado refugiado durante años en la corte de Pipino y sentía por el príncipe el mayor de los afectos y agradecimientos. Nennius se acogió a la benevolencia de su poderoso obispo y tuvo la oportunidad de conocer el antiguo rito ambrosiano embellecido por los canticos beneventanos. 


¡Un nuevo mundo se abría ante sus ojos! Y especialmente sus oídos. Nunca había escuchado nada igual. ¡Y él que creía saber algo de música! De asombro en asombro pudo asistir a varias celebraciones litúrgicas y ya estaba pensando en dar por finalizada su misión y desvelar su secreto. 
Qué lugar mejor que Pavía, que le parecía el paraíso de la música. Pero sus sueños se vieron truncados un domingo por la mañana cuando se disponía a ir de procesión acompañando la comitiva del obispo. Un gran tumulto se preparó en segundos y salieron a relucir espadas y lanzas. Corría la sangre por las empedradas calles la ciudad. La guardia armada del obispo consiguió protegerles a duras penas hasta que retrocedieron al palacio episcopal. 
¿Cuál era la razón de aquella sinrazón? ¿Por qué se mataban sin misericordia los cristianos entre sí? Preguntó en cuanto tuvo ocasión al afable obispo.
−La razón es el arrianismo; que ha sido muy popular en este reino hasta hace cuatro días. Y la sinrazón es que los cristianos, desgraciadamente como cualquier otro grupo humano, no sabe dilucidar sus diferencias de opinión o de creencia si no es a hachazos y cortando cabezas. 
Deberás partir a la mayor brevedad posible a Rávena y ponerte bajo la protección del Exarca. Te daré un salvoconducto; y que la paz del Señor sea contigo.


− ¡Vaya historia la del monje! No sale de una y se mete en otra.
−Así estaban las cosas en aquellos días. Europa era un hervidero y las guerras y campañas militares eran constantes y continuas por todas partes.
− ¿Qué posibilidades tendría entonces un monje solitario de sobrevivir en una travesía similar?
−Una entre un millón. Pero siguió adelante por el norte de Italia hasta llegar a Rávena. 

Apenas traspasar los muros de la ciudad se dirigió al gran templo de San Vital. Ahora si que entraba en un mundo por completo desconocido para él: el mundo ortodoxo griego.
El templo, de construcción octogonal, era ya en si algo extraordinario; paseó silencioso por el pasillo exterior hasta el presbiterio. La parte central ya se encontraba llena de gente y sacerdotes; en minutos comenzaría un rito y la luz cenital iluminaba maravillosamente los iconos prodigiosos y los mosaicos brillantísimos. 
Acongojado ante tanta magnificencia consiguió llegar hasta el Diacónicon donde el obispo titular estaba siendo revestido con el traje de gran ceremonia. Postrándose a sus pies sacó de su zurrón el salvoconducto y lo presentó a sus diáconos. En minutos fue aceptado como uno más de aquella brillante comunidad y le mostraron un lugar de privilegio; una tribuna elevada en la exedra, desde la cual poder seguir sin perder detalle la espléndida ceremonia ortodoxa.
Era el día de San Juan Bautista y el rito era de la mayor solemnidad en la Iglesia Ortodoxa. Los coros comenzaron a entonar cántico tras cántico y Nennius comenzó a sentirse como en el interior de un gigantesco tambor; todas las fibras de su cuerpo vibraban siguiendo la dulce melodía que entonaban allá abajo. Una luz límpida y suave entraba por la lucerna superior bañando las personas y las cosas, y parecía elevarle hacia el mas allá. Finalmente, agotado y extasiado, cayó desmayado.


Tiempo después, cuando la ceremonia había llegado a su fin, fue encontrado, tirado en un banco, por uno de los diáconos.
− ¿Muerto? ¿Ya se termina la historia? ¿Y el libro?
−No; todavía le quedaba cuerda para rato. 

Superada la impresión y tras poner en antecedentes al obispo de la ciudad de la importancia de su misión; éste le ordenó reposar un par de días a su cuidado y después le proporcionó salvoconducto para acompañar a dos emisarios suyos que partirían hacia Roma. Entre los tres y unas buenas mulas conseguirían llegar a la ciudad eterna con celeridad. Deberían ir con sumo cuidado y muy callados respecto a su encargo secreto; pues en aquellos días cualquier cosa que oliese a iglesia romana se veía con malos ojos en territorio bizantino.
Años antes el emperador Constante II había llegado a Italia con sus legiones y la intención de expulsar a los lombardos de la península. Fracasó en su empeño; pero había trasladado su corte a la isla de Sicilia desde donde vigilaba cualquier movimiento en la península itálica y había puesto en Rávena, como Exarca, a su mejor general, Mececio. Además; había pugnado durante bastante tiempo con el obispo de Roma por causa del monotelismo y podían saltar chispas en cualquier momento. 
Ya había bastante yesca por todas partes como para no andarse con muchísimo cuidado. Los griegos habían saqueado su parte italiana del imperio como no se recordaba desde los tiempos de Atila y los impuestos asfixiaban a las gentes. Dos sacerdotes romanos y un monje irlandés atravesando territorios del Imperio Romano de Oriente serían sospechosos de cualquier cosa.
Tendrían por delante diez días de marcha sorteando peligros y calamidades. El tiempo empeoró aunque ya era verano; los chubascos eran continuos y había refrescado bastante. Procuraban buscar pequeñas comunidades o granjas aisladas en las montañas donde pasar la noche. 
Decidieron evitar pernoctar en la ciudad de Perugia y en cambio hacerlo en un monasterio lejos de la ciudad. Acogidos estupendamente por la comunidad benedictina local, encantados de tener consigo a un hermano llegado de la lejana Irlanda, esa noche hicieron una cena especial. A los patos mechados y el solomillo de cerdo con trufas le siguió una buena cantidad de fruta; y el vino nunca faltaba en las jarras.


Al irse a dormir tenían los tres mensajeros la lengua bastante desatada y en un descuido, al acostarse, uno de los sacerdotes romanos dejó escapar el motivo de su rápida salida de Rávena: tenían informes fidedignos de que el Exarca planeaba suceder por la vía rápida al Emperador y hacerse con la corona. Debían prevenir a la Iglesia de Roma. Nennius, que ya había pasado por varias cortes, y conocía bien el escaso valor que se daba en ellas a la vida humana decidió callar y dormir lo más posible.
A la mañana siguiente salieron presurosos con el afán de llegar a la ciudad de Pedro y Pablo de la mejor manera posible. Los días lluviosos en las montañas de Umbría dieron paso a días calurosos y agradables según iban acercándose a Roma. Entraban en la bella región del Lacio y el mar se intuía en la lejanía; a los lados de la calzada iban encontrando cada poco los restos de las inmensas villas de los antiguos romanos. 
Ya desde la distancia comenzaron a divisar la ciudad de las siete colinas y su ánimo iba restaurándose y su humor alegrándose. Los sacerdotes le habían puesto en antecedentes de lo que se iba a encontrar a su llegada. En la silla de San Pedro se sentaba ahora Sergio I; y su elección fue muy disputada. De hecho había dos antipapas que le disputaban el puesto; dos italianos. Pero Sergio, un griego de Antioquía, se había ganado el corazón de los romanos plantando cara al Emperador; eso sí, no pudo evitar que los griegos saquearan la ciudad. Se habían llevado hasta las chapas de bronce que recubrían los templos de la ciudad sagrada y les estaban abrasando a impuestos. Mucha cautela en cada uno de sus pasos era el mejor de los consejos que podían darle.


Al fin llegaron a Roma una mañana maravillosa y se encaminaron por las vías repletas de gentes al Panteón; hasta encontrar al Papa Sergio que les recibió con su ternura desbordante. Aquella misma noche recibió Nennius invitación para cenar con el Santo Padre.

−Bien, ¿qué tenemos aquí? Me han dicho que eres un peregrino irlandés. Tienes que relatarme tu aventura. Aquí llegan peregrinos de todo el Mediterráneo pero de tu isla lejana debes ser el primero en conseguirlo. Supongo que estarás al tanto que se ha perdido para la causa cristiana todo el Oriente y el norte de África por causa de una nueva secta: la mahometana.
−Ya oí hablar de ellos en Rávena; y que el Emperador Constante está en Siracusa vigilando una posible invasión de Italia.
−Si; por el momento los mahometanos se muestran prácticamente imparables. Pero, cuéntame tu peregrinación desde esas tierras lejanas.
Entre plato y plato Nennius fue relatando, − mesuradamente, no se puede espantar a un Papa−, su viaje desde las costas de Irlanda a las normandas, su travesía por tierras francas. La expedición de castigo acompañando a las mesnadas de Pipino, el Mayordomo Real, y su paso por la corte de los lombardos.
− ¡Ah! Pertarito, hombre de noble carácter. Le teníamos en gran aprecio.
− ¿Teníamos? ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión? Santo Padre.
−Pues que tengo noticias fiables de su reciente fallecimiento. A saber quien le sucederá y cómo se comportará. Y después estuviste en Rávena. ¿Por qué no te dirigiste directamente a Roma desde Pavía?
−La situación en la ciudad era muy inestable y el propio obispo temía por su vida. Me consiguió un salvoconducto hacia Rávena y tuve que aprovechar la oportunidad aunque casi pierdo la vida en el trayecto. ¡Pasé más hambre que en toda mi vida!
−Ya, ya me han informado que te desmayaste escuchando la Santa Misa. No eres hombre de ritos; un sencillo monje irlandés.
−Santidad, si tuve un desmayo no fue por el hambre si no por los cánticos que elevaron mi espíritu hasta donde no soy capaz de razonar. La verdadera razón de mi peregrinación a Roma es el canto.
− ¿El canto? ¿Qué sabéis de canto en aquellos acantilados del fin del mundo?
−Algo sabemos pues nos pasamos el día cantando. De la cuna a la tumba es puro cántico la vida del irlandés. Cierto es que he conocido cosas asombrosas que me han abierto los ojos, y sobre todo los oídos, en Pavía y Rávena, con sus cánticos prodigiosos, pero yo traigo algo conmigo que puede cambiar todo eso y elevarlo a un nivel muy superior.
− ¿Contigo? ¿Dónde? Como no sea en la chepa…; solo portas un raído hábito de monje y tu zurrón de peregrino.
−Acertó su santidad. En la chepa.
Y desnudándose mostró su torso vendado. Pidió a los sirvientes papales que le liberaran de su preciado códice a los hombros pegado. El Papa tomó el libro entre sus manos y apenas leer el título comenzaron a temblarle las manos. 
Comprendió rapidamente la grandeza del esfuerzo realizado por el sencillo monje apenas iba pasando página tras página. Ante sus ojos se desplegaba la gramática, la retórica, y todo el saber musical del último, casi el único sabio, cristiano.
− ¡La música de San Isidoro de Sevilla! Dios bendito. ¿Tú sabes lo que traes aquí?
−Algo voy sabiendo de las disputas de todo tipo que se suceden a diario en el Imperio Ortodoxo. Sus cánticos son maravillosos.
−Pero son griegos. Como yo. Y estábamos buscando desesperadamente algo que pudiera ser aceptado por los cristianos de cualquier lugar del mundo. 
¿Y qué tengo aquí? Agnus Dei, Agnus Dei; podré renovar todo el Canto que nos legó el Papa Gregorio y darlo a conocer a todo el orbe cristiano. Un regalo como éste no sé cómo podremos pagártelo. 
¿Qué ocurre? ¿Por qué nos molestáis a estas horas, soldados?
−Una noticia inquietante, Su Señoría, el emperador Constante ha sido asesinado. Envenado. Una conjura palaciega. Seguramente el Exarca…
−Ya, ya, ya; imagino que se pondrá en pie de guerra. Podéis retiraros. Mañana saldremos de procesión a la Basílica de San Pedro para celebrar los funerales imperiales.


La concurrencia quedó muda y sorda a toda otra cosa que no fueran sus propios pensamientos. El Papa cavilando con la próxima guerra civil de los bizantinos y los miles de muertos que traería consigo. Los lombardos tendrán que elegir un nuevo rey (mas cabezas rodando por el suelo; es su costumbre ancestral) y los mahometanos con sus flotas armadas y dispuestos a desembarcar en Sicilia al primer despiste de los cristianos.
−Cuéntame algo Nennius, de tu tierra, alguna historia de tus praderas esmeraldas, para aliviar el paso de estas horas infaustas; pues nuestros mejores sueños se han evaporado. 
¿No sabes alguna historia que nos pudiera entretener hasta que la luz de la aurora nos venga a buscar y llevarnos hasta San Pedro?
− ¿Conoce Su Santidad la historia de Tristán e Iseo?
−Cuenta; nunca escuché tales nombres.

Esta es la historia fatal y preciosa de los amores de Tristán y la bella Iseo de Irlanda; esta es la historia del más puro amor jamás contada. Esta es la historia que comienza sobre los abruptos acantilados de Cornualles.
En la corte del rey Marco se halla refugiado el príncipe Tristán; es hijo del rey Melodías de Gales y de la hermana de Marco; fallecidos unos años antes. Al alcanzar su mayoría de edad el rey Caballo (llamado así por la longitud de sus orejas) envió a su sobrino Tristán a las cortes de los Francos para que aprendiera las virtudes del soldado y se templara en la batalla. Pero el joven príncipe prefirió pasar el tiempo saliendo de cacería con sus iguales y aprendiendo a tocar el arpa. 
Bello era el joven príncipe, su voz las enamoraba; y el tañido del arpa su corazón encendía y a su lecho encaminaba, encandiladas, a las jóvenes de la corte franca.
Llegaron a los oídos de su tío las andanzas de lance y caza del príncipe y su arpa dorada; y ordenó que volviera a su presencia de manera inmediata. Apenas desembarcar fue llevado a la presencia del rey con su arco y su arpa.

−Te he llamado a mi presencia para que defiendas el reino y nos muestres tu destreza en la batalla. De Irlanda a llegado un enviado del rey Angustias; Marjus el dragón es como le llaman, reclamando un tributo que mis antepasados pagaban. Tendrás que combatir con él y salvar nuestro honor y nuestras arcas.
Gran lance de honor se prepara, cruenta será la batalla; en el castillo del rey Melodías suena el crujir de las espadas. Pelean durante horas; a muerte es la contienda y solo uno levantará victorioso su espada. Cansados y agotados llegan a la última estocada. Caen ambos al suelo manchando con su sangre la arena dorada. 
Cuando ya les dan todos por muertos es Tristán el que se levanta. Tristán de las melenas doradas. ¡¡Hurra!! Grita el gentío que llena el patio de armas, ¡Hurra! Grita el rey con su bolsa de caudales bien guardada. Honores al vencedor; asaremos diez corderos a la estaca. 
Pero, ay, qué ocurre; es Tristán que se desmaya.
La espada de su enemigo, el traidor Marjus, el dragón que le llamaban, estaba envenenada. Los médicos del rey pueden aliviar el dolor pero no curar la herida que persiste embrujada.
−Tendrás que ir a su tierra, la Irlanda despechada, y buscar allí el remedio a ese veneno de brujas; tendrás que encontrar a la mas vieja y mas mala. Solo ella tendrá el remedio para tu sangre hechizada.
Parte Tristán solitario en una pequeña barquita de vela y cruza hasta la Irlanda encantada. No lleva consigo más que su pequeña y preciada harpa. Atraviesa lomas y montañas; para en pueblos y granjas, preguntando por la más vieja, la más sabia de las magas. Solo tiene su canto para pagar la posada. Pero nadie sabe nada. 
Al llegar a las cercanías del castillo del rey Angustias agotado se derrumba y desvanece. Al despertar, ¡maravilla! Se haya en una estancia preciosamente adornada; desnudo yace en una inmensa cama, y su llaga está siendo tratada con un emplasto o pomada. 
En sus delirios le pareció ver que era atendido por una bella dama de largos cabellos del color de las amapolas de Francia.
− ¿Dónde me hayo? ¿De quien es esta morada? ¿Cómo se llama su dueña la gran maga? –Atraídas por sus voces aparecen dos sirvientas que preceden a una gran dama.
−No estás en la morada de una maga ni sufres otro encantamiento que el delirio que te produce la herida envenenada. Esta es la estancia de la princesa Iseo de Irlanda que te encontró yaciendo mientras paseaba. Ella te recogió en palacio y ella es la que hace la pócima que alivia esa herida mal curada.
−Dejarme ver al menos el rostro de mi benefactora y señora de mi destino y alma. No tengo con qué pagarla
−Tienes un harpa. –Le dice la princesa. 
Es una beldad ante la cual se quedan pequeños todos los poemas y los cantos más bellos de la Armórica esmeralda. Viste un largo y entallado traje de color escarlata bajo una capa azul marino, un cinturón maravillosamente repujado ciñe su fina cintura y una preciosa diadema de oro recoge en su frente el rojo cabello que se derrama por su espalda hasta la cintura. 
–Seguro que podrás cantarnos alguna bella canción acompañado de tu arpa.
−Cantaré para vos; y mil zafiros brillaran en mi alma.



Ya la aurora despliega claridades sobre los tejados de la Roma arruinada y Sergio I da por concluida la velada. Tendrán que prepararse para la procesión en honor del Emperador pero el extranjero no podrá acompañarles.

−Nennius, debes prepararte para partir inmediatamente. Tu peregrinaje ha tocado a su fin. Partirás hacia el puerto de Ostia y embarcarás para Londinium.
−Gracias, Santo Padre. Desde esa ciudad buscaré el modo de volver a Irlanda.
−Nunca volverás a Irlanda. Te quedarás el resto de tu vida en la capital de los sajones. Fundarás un monasterio y enseñarás canto en ese nuevo reino que se está formando.
− ¿Enseñar a cantar a los sajones? Tendría más éxito con las ranas. ¿Ha escuchado alguna vez como hablan? Eso es imposible.
−Se como hablan y me llevo muy bien con su rey. Por ello te hago ese encargo en el que emplearás todas tus fuerzas el resto de tu vida. Si pudiste llegar solo y miserable hasta aquí conseguirás hacerles cantar como Dios manda. Con lo que has aprendido en tu viaje y esa imaginación prodigiosa que tienes conseguirás tener pronto seguidores. Llevarás una carta mía para su rey y a su protección te acogerás. Son cristianos desde hace muy poco tiempo y necesitan alguien con tu cultura. Serás bien acogido en la naciente comunidad benedictina de la ciudad. Estoy seguro que harás un gran trabajo con ese pueblo.
−Escucho y obedezco. Me harán santo si consigo hacer cantar algo a esos sapos guerreros.
−La santidad es cosa del Espíritu Santo. Parte en paz, y ¡eh! Te doy permiso, bajo mano, para que les encantes con tus estupendos relatos. ¡De todos modos es lo que harías!

Y así fue como terminó viviendo Nennius en la ciudad de Londres, y durante sus largos años de vida llegó a ver ante sus ojos como se obraba un milagro inesperado: ¡los sajones cantaban!


−Eso no te lo crees tú ni borracho. Un irlandés nos va a enseñar a cantar a los ingleses. ¡Irlanda! ¡uff! Solo saben tocar el arpa.
−No te enfades conmigo. Mira, yo también canto: ¡Al pasar por Talón canta el viejo Simón! ¡El viejo Simón canta su canción pasando Talón!
−Ya os vale a los dos; ahora os enfadáis y éste se pone a cantar. Seguro que en minutos se pondrá a llover. Está bastante nublado. ¿Apretamos el paso para llegar a la playa? Necesito beber algo fresco cuanto antes.
−Bueno, si este no canta yo le perdono; y os invito a unas cervezas en cuanto lleguemos a la playa. También estoy seca.


 Bueno, espero que os guste este nuevo capítulo. En aquellos siglos lejanos la gente peregrinaba a Jerusalén, Efeso, Constantinopla, Roma. Eran auténticos aventureros caminando en aquellos siglos de barbarie continua en la escena europea.
Yo dedico estos relatos a los peregrinos actuales, y especialmente a aquellos con los que he andado de trocha en trocha. Después de la cena comunitaria nos contábamos preciosas historias; cada uno las de su tierra.

Para escribir este capítulo he tenido que rastrear de lo lindo por Internet; pero lo mas interesante lo encontré en una de esas joyas que aún tengo en mi pequeña biblioteca.
Es un libro de la colección Mitología e Historia, de la colección Olimpo, titulado Los Grandes Mitos Celtas y su influencia en la literatura; del escritor e investigador profesor Ramón Sainero. Muy interesante. Pueden contactar con él: http://portal.uned.es/portal/page?_pageid=93,705532&_dad=portal&_schema=PORTAL

Sobre la historia que Simón cuenta del Rey Arturo.

 Cuando la noticia del descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago llegó al norte de Europa, cientos, miles, de peregrinos salieron desde Normandía, Bretaña, Gran Bretaña, Irlanda, hacia Compostela.

Llevaban prendidas en sus ropajes y sombreros las conchas del Rey Arturo; eran los peregrinos de Avalón. El País de los sueños.

Los demás peregrinos, venidos de otras tierras europeas y de toda España a Compostela, copiaron rápidamente este símbolo distintivo del peregrino prodigioso llevando consigo, de vuelta a casa, una vieira gallega; que es mucho mas grande que la normanda, como clara señal de su peregrinaje y de su entrada en el País de los niños.

En verdad, verdad, os digo; que si no os hacéis como uno de estos críos nunca entraréis en el Reino de los Cielos.

Las fotos están tomadas en el Museo Marítimo de Luanco, Asturias. Y se distingue perfectamente la concha de los peregrinos de las vieiras gallegas. Son de la misma familia pero de distinto tamaño.

Existen otros muchos tipos de moluscos similares a la concha del peregrino. Pero no es lo mismo. ¡Tú nunca has estado en Avalón luchando con las espadas!
Solo los peques lo entienden; está en sus sueños. Los mayores ya estamos perdidos.


Para quien sienta interés por el nacimiento de la música en Europa recomiendo leer este enlace sobre el creador del solfeo: http://es.wikipedia.org/wiki/Guido_de_Arezzo
Y en este otro enlace podéis conocer el método de enseñanza musical, usando los dedos de la mano derecha, que Guido de Arezzo perfeccionó: http://es.wikipedia.org/wiki/Mano_guidoniana  
A mí me intentaron enseñar música, cuando era un crío, utilizando este método. Todo esto, música, gramática, etc, nació en pequeñas comunidades de monjes benedictinos en aquellos terribles siglos que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente.