lunes, 3 de septiembre de 2012

Una mariposa con tres alas. Un nuevo cuento de las luciérnagas.

   Sigo intentando hacer cosas nuevas, para mí, y que resulten interesantes para los lectores. En este caso es ir publicando en el blog un cuento según lo vaya escribiendo.
En este relato dos grupos de peregrinos, que ya pasaron por Santiago de Compostela días atrás, van a reunirse en la Playa del Rostro; más allá de Finisterre. Es el final de todo.
El primer grupo, capitaneado por Ñito, el rubio canario, ha llegado el día antes a Finisterre y teniendo tiempo libre decide ir al encuentro del otro grupo, el de Esteve, que se ha convertido en su cabeza visible; y que han dormido, es una manera de decir, tras la muerte de Marcial en Muxía y van recorriendo la Costa de la Muerte hacia la playa del fin del mundo.
Cada uno de los personajes tiene una historia personal a cuestas y en este relato final intentará desplegar lo poco o mucho que tiene de interesante.
Espero vuestras ideas y comentarios. Si voy bien o mal encaminado.
Vayamos con el primer capítulo.



Una mariposa con tres alas

Murió
Aquella humanidad desapareció.
Había nacido una mariposa con tres alas
Y volaba.


Capitulo 1

¡Uf! ¡Vale ya! tengo que parar un rato. Tengo los pies destrozados y me están apareciendo nuevas ampollas. ¿Podemos aprovechar esta parada de autobús para descansar un poco y esperamos que lleguen nuestros compañeros? Me duelen hasta los pelos de la coronilla de tanto caminar. No sé cómo lo haces Glenn, para no tener rozaduras en los pies.
−Cuestión de llevar un buen calzado y entrenamiento de astronauta. Tú no debías caminar gran cosa por la cubierta del velero ni te preparaste para esta aventura; así tienes los pies de magullados. Ayer quemaste tus buenas botas al llegar al faro de Finisterre, ¿por qué?; además, perdiste tu mejor par de calcetines en Santiago por colgarlos de la ventana del hostal y compraste esos baratos de básquet en un mercadillo. Ahora no te quejes; así tendrás los pies.
−Es una tradición, lo de quemar el calzado. Ya te lo expliqué ayer. Es como romper con tu pasado y comenzar una nueva vida.
− ¿Si eres algo así como un renacido porqué vamos a esa playa terminal si ya concluiste todo explorar terrestre?
−Vamos a ver faenar a los pescadores que nos decía el albañil y reunirnos con el grupo de Esteve que marcharon por Muxía, y vienen hacia aquí. Ñito y los otros dos compañeros están muy afectados. Ya sabes que falleció Marcial; era como una especie de guía para todos ellos. El que les aglutinaba. Vamos a esperar ese grupo de Esteve cuando llegue a la playa del Rostro y acompañarles hasta el albergue. Ñito nos dirá. Se comunica con ellos por el teléfono móvil. Ahí llega.

-¡Ñito! Compañero, ¿ya están llegando los demás? ¿Dónde nos encontraremos con ellos?
−No tengáis prisa alguna que se han ido a conocer el cabo Touriñan. Como no podían dormir se levantaron a oscuras y con las primeras luces del alba se pusieron a caminar. Marc Antoine les convenció para ir a conocer el punto más occidental de la Costa de la Muerte. Todavía deben estar llegando al faro así que no hay prisa. Tenemos todo el día.
−Yo también estoy cansado y me pesan los kilómetros a cuestas y la fiesta de anoche; no soy como Jan que parece estar hecho de acero y titanio.
−Ya flojea el Park que parecía incombustible. ¡Esos brebajes que tomas! Te están pasando recibo. ¡Anoche delirabas y decías que hablabas con el Cristo de la barba dorada!
−No sé, no recuerdo, bebí demasiado. Solo escuchaba decir que no era un auténtico peregrino; por toda la tecnología que llevo a cuestas. Estuve a punto de tirar el teléfono, la cámara, el GPS, y lo demás por la ventana del albergue. Una noche horrorosa.
−Yo, en cambio, recordé una peregrinación cristiana que tuve la suerte de conocer estando de misión cascos azules en Etiopia. Las gentes más humildes y sencillas de este mundo caminan durante semanas para acercarse a un santuario donde guardan los restos de un santo. Comen de lo que encuentran por el camino y las buenas gentes les ofrecen. La mayoría eran mujeres, caminando noche y día, día y noche, para llegar al pie de una montaña que no pueden escalar, y los santos huesos mirar y besar; solo les queda venerar sus restos desde los arbustos de las cercanías. 
Cuando termina la fiesta les quedan otras tres semanas de camino por los chaparrales de Etiopía para volver a casa. ¡Y aquí los turistas se quejan de los albergues públicos y privados! Un simple roce con alguno de aquellos arbustos y pedirían un helicóptero de rescate. El mundo actual es así.



−Pero, bueno, Ñito, ¡quítame a este robocop casco azul de encima! Yo solo recordaba el día de ayer; subiendo al faro, quemando el calzado con Glenn y Sebastián, la visita a la ermita del Cristo, la cena en la terraza del restaurante mirando como caía la noche en la ría de Fisterra, los chupitos en aquel bar lleno de fotos de peregrinos y marineros gallegos ¡Eso! Jan tiene algo dentro que no termina de echar ni aunque hayamos llegado al Finisterre. ¡Quiere seguir aunque se rompa el mundo!
−Anoche tú te pasaste con el alcohol y en Compostela fueron estos dos navegantes. Que estábamos a las dos de la madrugada caminando por las calles llenas de chavalas impresionantes. ¡Y ellos dale que dale con la sirena! Nos metimos en un pub y a la decimoquinta cerveza tuvieron que ser los camareros los que nos enseñaran la sirena y el sileno. ¡Estaban justo encima de la puerta del local! Y nos mandaron a tomar por el saco.
−Eso fue cosa del australiano, que nos tenía machacados con su historia de tritones. Casi a las tres de la madrugada encontramos la sirena que buscaba en el pórtico de la plaza de la Quintana.
− ¡Ya! Y si yo no estoy al tanto bajáis el astronauta y tú las escaleras rodando. No encontrasteis una sirena, ¡lo vuestro era una ballena!
− ¡Habló Jonás! Agáchate que pasa la bola. ¡Estábamos todos como cubas! El único sobrio era el aussie; que no probaba una gota. Marchaba al día siguiente para su tierra. Estará surfeando sobre tiburones a estas horas.
−Este Jonás checo solo intenta ayudar. Y si no seguimos caminando no llegaremos a tiempo para ver llegar al grupo de Esteve a la playa. Me apetece darme un baño. Nos han dicho que seguramente estará desierta; toda para nosotros. Según mi GPS hay que subir esa pequeña cuesta y ya bajamos directos por un pinar.
− ¡Este es el Park que yo conozco! ¿Por qué no nos cuentas alguna de tus historias sobrenaturales mientras seguimos caminando?
−Adelante, Ñito, te seguimos.
−Park, ¿recuerdas aquellas historias que contaba Marcial? Las que estaban llenas de monstruos; ¿cómo eran? ¡Ah, sí!; jurrus, birrias, paparrachos y castrones. ¡Qué miedo escuchándole aquella noche de tormenta en Villar de Mazarife! ¿Recuerdas? Entre los rayos y truenos y sus cuentos españoles no debimos pegar ojo.
−Prefiero recordar la historia que nos contó de un viaje a Marruecos. En una gran cascada se encontró una nación de babuinos (así lo contaba) y cruzó el río en pelotas y se puso a charlar con ellos y darles de comer y despiojarles como si fuera su rey. 
Contaba buenas historias aquel hombre. Caminemos. Me parece que hay un bar o algo así al final de la playa pero tenemos que seguir por la carretera. 


Levanta la bruma sobre espesos pinares y los rayos de un sol pálido alcanzan ya las telarañas luminosas sobre los helechos al borde de la carretera. Se ven cercanas las casas de una aldea y un perrito viene a recibir con sus alegres ladridos un grupo de ocho compungidos peregrinos. Pasan cabizbajos y silenciosos por las calles y se dirigen raudos carretera abajo hacia la península del Cabo Turiñan. 
Al atravesar la larga recta que lleva al faro ven faenar cercanos unos barcos pesqueros. Una de las chicas se detiene, deja la mochila en el suelo, y se aleja por un camino que le lleva al acantilado para acercarse al borde del mar y poder fotografiarlos. 
Un grupo de hombres se afana, arriesgando la vida, en recoger percebes, colgados de unas cuerdas, en unas peñas cercanas.

−Ya está Laiba haciendo fotos otra vez; nos va a retrasar una barbaridad. Son casi las 11 de la mañana.
−No importa, Flora; sigamos caminando y les esperamos en el faro. ¿Estás escuchando la historia que cuenta Nastia?
− ¿Algo sobre una princesa babilónica? Es que estaba a mis cosas.
−Vamos con ella, que no para, y le pedimos que nos la cuente. ¡Retén tu paso! bella Nastia, y cuenta al viejo Simón la historia de la princesa Ennigalda; la última sacerdotisa de la diosa Nanna, creadora del primer museo de la historia. Y cómo vio sucumbir su preciado mundo ante sus propios ojos.
− ¿Viejo, tú, que no tienes cuarenta años? Bueno, os contaré su historia mientras llegamos al faro. Farsantes.


Esta es la historia de la princesa Ennigalda, hermana de Nabonidas, el último rey de Babel; que vivía en su precioso templo brillante sobre los jardines colgantes de Babilonia.
Su palacio se encontraba en el rincón mas elevado de la antiquísima ciudad de Babel; aquel punto del planeta donde por primera vez en la historia humana dioses y hombres se vinieron a conocer. Era un palacio inmenso y lindísimo engalanado con las más hermosas plantas y flores que existían. Habitaban sus estancias cuarenta hermosas princesas enviadas por sus padres desde los más oscuros confines de la humanidad; querían conocer los misterios de la princesa Luna y beber de su sabiduría y belleza sin igual.
Tenía la princesa un pequeño museo donde había recogido muestras preciosas de otros tiempos y pueblos que habían recibido el don de humanidad. Escrutaba en conjuros y hechizos de los primeros hombrecillos azules que conocieron la divinidad, y con ocultos ritos a la luz de la luna los intentaba transmitir a las princesas. Vestían largos trajes negros y livianas capas azules que llegaban al suelo; se cubrían el pelo y rostro con hermosos velos de las mas finas sedas que se podían encontrar; y tan solo tres noches al mes, cuando la luna tiene joroba y se está a punto de llenar; salían desnudas a la piscina ceremonial para poderse bañar. Era su rito principal. Después; se sentaban en círculos concéntricos en un patio oculto para escuchabar las enseñanzas de la princesa y sus invocaciones a la diosa femenina.
De frente veían el altísimo zigurat de Babel y hasta sus despiertos sentidos llegaban olores, sabores, y temores, de las ofrendas que los sacerdotes habían depositado aquella tarde en lo más alto de la torre. Eran cosas vivas, palpitantes, hermosas, prodigiosas, que los hombres habían llevado a la Puerta del Cielo para agradar a los dioses. Pero ellas, desnudas y recogidas, silenciosas y maravillosas, tan solo esperaban bañarse con los primeros rayos de la luna gibosa y así, algún día, si la diosa quería, llegar a dar a luz semidioses que unieran en su naturaleza la bestial y asesina de los hombres con la luminosa y sencilla de los dioses.
Cantaban; las niñas cantaban en los corros lunares, esperando los rayos de la diosa de la Luna: ¡Nanna, Nanna, ven y ayúdanos! ¡Annu, Annu, ven y poséenos! Y así durante horas hasta que los rayos de luna penetraban en aquel enigmático patio de la piscina oculto de cuantos humanos ojos vislumbraran el perfecto laberinto del palacio de la princesa Ennigalda.


Una noche, su hermano, el rey Nabonidas, se encontraba desvelado, pues la cosecha de cereales no había sido todo lo buena que él deseaba, y paseaba preocupado por las terrazas de su palacio dorado pensando en cómo podría alimentar a su pueblo, y sobre todo a su ejército; pues los enemigos del imperio llamaban a las puertas como carneros embravecidos, sedientos de sangre y riquezas; cuando escuchó la salmodia lejana que llegaba desde el fantástico palacio de su hermana, la reina de las magas.

¡Nanna, Nanna! Oía cantar a las princesas. Extrañado, mando despertar a su hijo, el príncipe Baltasar, caudillo de sus ejércitos; y al no saber ambos nada de nada y temiendo algún tipo de magia oculta y terrible discurrieron averiguar, por medio de espías y magos oscuros, qué se cocía en aquel templo prodigioso de la diosa lunar.

−Tienes que introducir alguien de tu confianza, un esclavo, en el palacio de mi hermana para descubrir qué hacen las princesas; que sea alguien que no levante sospechas.
−Tengo la persona adecuada, mi rey, un muchacho muy despierto e inteligente que enviaré para trabajar como jardinero en el palacio de la Luna. Sabrá guardarnos el secreto y averiguar qué clase de magia invocan las princesas con sus canticos.

A la mañana siguiente un esclavo adolescente llamó a la puerta del palacio del norte portando tan solo un sencillo ajuar.

− ¿Quién eres y qué deseas?
−Soy un esclavo jardinero enviado por el príncipe Baltasar para embellecer con mi arte los jardines de la princesa. −Ante ella fue llevado y le agradó su presencia y sencillez; su hermoso aspecto adolescente, su largo pelo dorado y ondulado; y la mirada inteligente. Tras un breve examen fue enviado a los aposentos de los esclavos y después a trabajar.


(En la espantosa noche de la luna roja siete grupos de setenta y siete  lámparas de aceite alumbraban el camino de la princesa Ennigalda desde sus elevadas estancias hasta la oculta piscina ceremonial. El esclavo lozano, de impoluto lino blanco vestido, llamó a la puerta a la hora ordenada y los pasos principescos guio portando un cetro dorado de madreselvas adornado por el laberinto de escaleras hasta el agua sagrada. 
Iba la princesa vestida con su oscuro y ceremonial vestido negro, negro como como nunca hubo alma que le encontrase sentido; una alta peineta sostenía sobre su rostro una preciosa mantilla de seda azul turquesa y su altísimo cuello no daba lugar a un collar más de sus preciosas perlas. La fragancia del incienso apenas conseguía atenuar los estímulos florales que llegaban por los inmensos ventanales desde los jardines colgantes de la cuidad de Babel.

Era noche de luna roja.
Sobre su civilizado mundo una terrible amenaza se cernía. La destrucción o el amor divino. Millones de barbaros se rascaban y apretujaban a las puertas del imperio; millones de bocas, millones de muertos, se alzaban sobre las dunas del desierto.
La luna roja.

Tras los pasos inciertos del esclavo de los rizos dorados llegó la princesa hasta su piscina dorada. Mandó colocar el cetro ritual al joven impúber en su alta clámide y le ordenó desnudar a su señora sagrada. De reojo, el esclavo, contemplaba su obra. El secreto rincón de la diosa lunar estaba decorado con las más hermosas plantas del planeta. Nenúfares y lotos flotaban en sus límpidas aguas. Alelís y millares de pétalos de rosas de Alejandría alfombraban los bordes de la piscina.
Flotando en las oscuras aguas de la piscina comenzó la princesa a ulular una extraña melodía dirigida a la luna. Pocos minutos después las cuarenta princesas llegaban vestidas de largos y gráciles, albos, casi transparentes, camisones portando una lámpara de aceite cada una de ellas. Entonaban la misma melodía ululante mientras flotaba la princesa con los brazos en cruz. Al cabo de un tiempo la luna se ocultó de su mirada y la princesa decidió abandonar su baño sagrado. 
Al salir Ennigalda del agua acudió presto el esclavo con una enorme toalla para cubrirla de su propia mirada, con tan mala suerte que mojó su pie derecho en las cristalinas aguas.


Un gesto de terrible enojo cruzó el rostro principesco y una mirada de negra muerte salió de sus inmensos ojos verdes. Se dejó vestir parsimoniosamente y una vez retocada y compuesta con una dura mirada ordenó al esclavo que retomara el cetro florido para precederla a su estancia nocturna.
Subían despacio, andaban tenebrosas, las cuarenta princesas; despectiva y horrorosa su Luna señora. Al llegar a la puerta de su dormitorio con gesto seco indicó al esclavo que entrara tras ella y la desnudara. Cuando le hubo ya colocado su límpido y liviano camisón blanco y turquesa le espetó directamente en el rostro:

− ¿Sabes lo que has hecho, esclavo? ¿Conoces la pena por tocar el agua sagrada?
−Lo que vos ordenéis; princesa altísima.
−Ordenaré tu muerte; te separaran la cabeza del cuerpo de un tajo, tal y como mandaban hacer mis antepasados. Tal vez así consiga calmar la cólera de los dioses.
−Quizá no sea necesario sacrificio humano ni haya enfado en sus dioses tutelares; mi señora.
− ¿Cómo te atreves a dudar de mi palabra? ¿No has visto con tus propios ojos la luna entinta con la sangre de mi pueblo? ¿Por qué voy a dudar en derramar la de un pobre esclavo?
−Si miráis por la ventana, Mi Señora, veréis que la luna no esta ya roja sino dorada. Mientras vos invocabais a vuestros dioses arcanos y terribles yo llamé al que habita en el corazón de todas las cosas.
− ¿Ese dios tuyo ha hecho que la luna se vuelva dorada?
−Sí, Mi Brillante Dama, y pronto volverá a verse la luna mas blanca, lechosa, y hermosa que guardáis en la memoria. En ese signo de luz confío mi vida.
−Está bien, puedes retirarte; pero no duermas. Como no se cumpla lo que has dicho no verás la luz del nuevo día.
El esclavo salió de la inmensa estancia con una enorme sonrisa en su boca y con su dedo índice iba apuntando a su pie derecho aún perlado por las prístinas aguas de la piscina sagrada)


Pasaron semanas y aún meses hasta que fue llamado a la presencia del príncipe Baltasar.
− ¿Has hecho lo que te ordené?
− ¡Si, mi príncipe! Soy ahora un excelente jardinero y para  mi príncipe magnánimo podría volver a trabajar.
− ¿Averiguaste lo que te ordené?
−Algo se; mi señor.
−Pues cuéntame.
−A usted no puedo alteza, tan solo al rey; pues tan profundo es el misterio escondido que el destino de todo el reino puede ser alterado al revelarlo.
−Iras ante el rey ahora mismo. ¡Y ahí de ti y de todo tu pueblo como intentes engañarnos! Rodaran vuestras cabezas.

La tarde era brillante y hermosa; los jóvenes celebraban por toda la ciudad las fiestas del año nuevo. Bebían cerveza y hacían grafitis en las paredes de las casas. A las orillas del río eterno y fragante cantaban una canción tras otra y se retaban con añagazas a las más insólitas locuras llevadas por la inconsciencia y el afán de ser el más ardoroso galán de la ciudad.
Por estrechos y sinuosos pasadizos secretos fue llevado casi en andas el dorado servidor. Minutos más tarde estaba en la cámara secreta del rey postrado ante su presencia.

−Dime, esclavo, ¿que hace mi hermana y las princesas en esas noches de luna que cantan y ululan? −Reclamó el altivo soberano.
−Invocan a los antiguos dioses de tu reino, mi señor.
− ¿Con que fin?
−El de ser poseídas por el dios superior y dar así lugar a una nueva raza de hombres. Semidioses como Gilgamés.
− ¡Vaya! Así que mi hermana, la reina de la magia, que no puede ser madre, quiere procrear nuevos reyes sin contar conmigo y con mi descendencia. ¡Haré que las degüellen a todas antes de que llegue la noche!
−Yo no lo haría, mi señor; considere primero las terribles consecuencias de enfurecer a vuestros dioses si matáis a sus sacerdotisas sagradas.
− ¡Ni toda la magia perversa de mi hermana ni aún el propio Señor Marduk podrán evitar que las extermine hoy mismo! Ellas y todos cuantos vivís en mi reino estáis a mi servicio y debéis trabajar para ¡¡mi beneficio!! Y el de mis ¡sucesores legítimos!

Horas mas tarde, con las últimas luces del día, un grupo de oscuros asesinos asaltaba el palacio de la Luna e iba degollando a cuantos encontraba de camino; princesas y esclavas, niños y viejos, caían bajo la espada criminal. 
En la más elevada terraza del palacio, observando la salida de la nueva luna, escucha Ennigalda ensimismada, los gritos y maldiciones de las estancias inferiores. Impávida, observa por última vez su hermosa Babilonia. Sus inmensos palacios, los templos dorados, los jardines colgantes, los muros de su confín elevado sobre el río eterno decorado con azulejos azulados. 
Levanta el oscuro velo que cubre su rostro perfecto y sus ojos inmensos al sentir cercanos los pasos de su asesino. Mirando hacia el desierto, a la puesta de sol, llega a ver una tenue y larguísima capa de polvo donde su vista alcanza. En instantes, su afilada mente y sus conocimientos de historia humana le hacen comprender con una sonrisa medio esbozada que un inmenso ejercito se encuentra ya casi a las puertas de la ciudad sagrada.
Cuando la espada ritual cae sobre su garganta perlada y hermosa aún tiene tiempo de comprender que al día siguiente ya no quedara nadie ni nada. Perdían la luna y el sol su castigo enviaba. Días más tarde, la ciudad más grande del mundo, la mas encumbrada, la siempre sagrada Babilonia será entregada a su completa destrucción, el lamido horroroso de las llamas, y su entierro bajo arenas doradas. No quedará nadie; no quedará nada.

¿Qué le había dicho el joven jardinero aquella noche de luna dorada?

−Hay algo peor que perder la libertad y verse esclavo; hay algo peor que perder la vida asesinado: es perder tu humanidad y que no sientas que Dios mismo te está mirando.


A ver que os parece este primer capítulo. Espero que antes del fin de semana pueda subiros el segundo. 
A través de este enlace el museo mas antiguo del mundo. podéis conocer algo mas de la historia de la princesa de Babilonia Ennigaldi, y su hermano Navonidus, padre del príncipe Baltasar. El de la famosa cena cuando veía su mundo derrumbar. Tal vez el relato de Nastia os suene de algo y también mi manera de contar las cosas.
Todos los cuadros, menos el último, fueron obras realizadas por el extraordinario pintor cheko Frantisek Kupka. En este enlace podéis saber mas de su trayectoria: http://ladmis.blogspot.com.es/2012/08/frantisek-kupka-un-pintor-extraordiario.html


El santuario a que Jan hace referencia es Debre Damo, en Etiopía. Está situado sobre una meseta montañosa y los últimos metros hay que escalar para entrar por una ventana. Normalmente las mujeres se quedan abajo mirando y escuchando los ritos.


En este enlace podéis ver unos vídeos al respecto.
http://matiascallone.blogspot.com.es/2008/06/debre-damo-un-monasterio-al-que-se.html

Otro día pondré el siguiente capítulo. Aún mas interesante, por cierto.