viernes, 3 de agosto de 2012

Tren maravilloso. Un cuento del Camino de las luciérnagas.

   Como estamos en tiempo de canícula y se lleva mucho el revisar viejas películas y releer viejas historias me tomo la licencia de reponer un cuento fantástico.
Tren maravilloso es un cuento que no viene en la edición impresa pues fue es escrito a posteriori. En él aparece un personaje muy curioso, un peregrino casi como aquellos que aún atravesaban la España del siglo XIX, de santuario en santuario hasta Compostela.
Es una especie de homenaje hacia todos ellos.
Que disfrutéis con su lectura.

        Tren maravilloso

           Llega en la noche tormentosa un viejo peregrino, cargado de cruces y dolores, el antiguo bordón de castaño porta en su nudosa mano, caminando por la inmensa estepa polvorienta, atravesando entre silos de grano y maquinaria agrícola,  a la  estación ferroviaria luminosa y moderna. Un guarda de seguridad le da el alto apenas pisa el andén: ¡Aquí no queremos mendigos! A punto de volverse por donde ha venido un tren numinoso pasa cual exhalación por la vía primera.
   − ¡Lo siento!, mendigo, le dice el guarda, casi te lleva por delante.
−Gracias a Dios, a mí no me ha llevado, pero entre vías hay un cuerpo tendido. 
Bajan los dos a mirar y encuentran un hombre con la cabeza separada del cuerpo. ¡Tengo que llamar a la policía, a seguridad, a...!  Y bajan a verlo.
   − ¡Llama a quien quieras! Pero primero hay que hacer esto; que a donde este se ha ido gran falta le hará. Se arrodilla y tomando una de sus cruces la posa sobre la frente lívida del cadáver y se pone a rezar. Después coloca la cruz entre sus rígidas manos. De inmediato la estación se queda a oscuras y un silencio portentoso les alcanza poniéndoles la piel de gallina.
   En la lejanía escuchan como llega pitando un tren de vapor echando chispas de luz y amor por la chimenea.  Los vagones son de madera y el vapor que desprende la caldera lo inunda todo. Para ante ellos y maquinista y fogonero bajan de la máquina y se hacen cargo del cuerpo inerte. Ayudados por guarda y peregrino suben el cadáver a la cabina y lo echan a la caldera llameante. Una luz portentosa, de un fulgor imposible, un blancor inimaginable surge entonces.  A punto de saltar de la máquina, espantados, medio ciegos, ven surgir sobre las chispas que la chimenea arroja una imagen inmensa y luminosa de la cruz que portaba el peregrino y que en el fuego terminó. Escuchan entonces las voces de los pasajeros asomando por las ventanas que gritan: ¡Arranca ya de una vez! Que ese está ya con nosotros.
   Una vez de nuevo en el andén guarda y peregrino ven partir tras un largo y potentísimo pitido el tren cargado de obreros que van el por el mundo recogiendo los humanos desechos del divino esfuerzo. Con sus gorras en la mano les saludan asomando por las ventanillas, sus caras tiznadas, sus ojos que refulgen en la oscuridad, sus voces de ultratumba, un tren casi infinito que acelera a la velocidad de la luz y se desvanece en instantes.
   − ¿Qué harás ahora, abuelo, después de ver esto?
   −Seguiré hacia Compostela. Siempre estoy yendo al Patrón.
   − ¿Y tú? Guarda jurado.
   − No sé. ¿Qué haré yo? ¿Qué hacemos todos?
 
Y se queda mirando al encapotado y oscuro cielo; escuchando el canto de los grillos de los campos cercanos. Serán sueños.


En este corto cuento utilizo la fantasía para tratar de unir algo viejo y algo nuevo. Si lo he logrado vosotros me diréis.