lunes, 30 de julio de 2012

Maniobras orquestales en el Monte Aragón. Cuento fantástico.

Gracias a este blog puedo compartir con vosotros otro cuento fantástico que he terminado de escribir. De temática castrense y situado en el Geino Numeral del simpático guey cazador.
Como siempre indico: cualquier parecido con la realidad será una completa serendípia, casualidad entre infinidad de casualidades.
El afán es ilustrativo-cómico-festivo, que estamos en verano; con la caló, y la vida está mu achuchá.
Si consigo alguna sonrisa en el respetable lector me doy por mas que satisfecho.
Y sin mas preámbulos, ahí os va el cuento.
Disfrutarlo.

Maniobras orquestales en el Monte Aragón
(Esto va de la guerra; advierto)


De madrugada llega un largo tren a una pequeña estación manchega y es estacionado a la par de otros trenes similares. Son trenes militares; compuestos por coches de viajeros, repletos de soldados, y vagones destapados en los cuales han sido transportados vehículos de transporte, cañones, carros de combate, y todo tipo de material de guerra.
Durante horas el movimiento será intenso con el descargue de personas y materiales bélicos. Poco a poco la estación va quedando despejada según los convoyes van partiendo hacia La Mancha. No, no es el Sáhara,  pues las arenas son blancas; los escasos pinares que había por los montes han ardido casi todos en los meses anteriores. El sol luce implacable sin que una sola nube aparezca por el firmamento cuando los convoyes militares rugen espantando a las lagartijas por las cañadas manchegas (es una vuelta de reconocimiento para ir entrando en sazón; ¡hay que quemar gasolina!¡cómo rugen los tanques entre los viñedos!¡ qué estampa telúrica: los cañones bajo los molinos de viento!) y al fin, llegamos, tras ocho horas de viaje, a los resecos valles del Monte Aragón.
Los helicópteros sobrevuelan la zona recogiendo datos en tiempo real y transmitiéndolos al Centro Nacional de Seguridad Nacional del Geino. Los equipos de transmisiones operan a toda potencia, aviones espías, comunicaciones por satélite, los paracas ya llegaron hace horas asegurando la posición, los aviones mirage dan pasada tras pasada asustando a los pueblerinos y sus cabras. Valle tras valle se van estacionando las diferentes agrupaciones que forman la división patriótica motorizable y demás cuerpos auxiliares que han venido en su ayuda.
La tarde veraniega, con sus últimas luces, permite a los soldaditos montar docenas y centenares de tiendas de campaña en los rincones mas insospechados; y, lo mas importante, cenar adecuadamente.
Toque de retreta y lectura de las últimas disposiciones generales: ¡Felicitaciones, muchachos! Ha sido contenido el avance enemigo con nuestro despliegue incontenible y podemos irnos a sobar. Mañana os vais a enterar.
La primera claridad del alba es recibida en los campamentos al toque de corneta. Pronto comienzan las voces y los primeros espasmos musculares.
¡Comienzan las maniobras!
Dejemos a un lado la febril actividad del Puesto de Mando, olvidemos por un tiempo a los oficiales y suboficiales, tan campechanos como sabemos, y la tropa, que se afana en sus labores (O sea, limpiarles las botas y arreglarles las tiendas a los anteriormente nombrados) y busquemos a los auténticos protagonistas de esta epopeya inmortal, de esta barbarie humana, ¡el pelotón de comunicaciones!


Cargados como burros podemos verles subir y bajar montes y lomas escondiendo en la arena el tendido genefónico. La defensa de la patria pende sobre sus chepas y depende de sus empalmes.
− ¡Cabo genefónico, cabo genefónico! ¿Cinco minutos de descanso?
− ¡Callad, borricos godedores! Y seguir tirando cables. Como nos vea parar el sargento iremos todos a descansar a un castillo lo que nos quede de vida. ¡Seguimos adelante!
Mas montes, mas arena, más calor; avispas y alacranes son los únicos seres vivos que encuentran en su avance. Pinares resecos, abrasados, churruscados; más dunas. Calor.
−Esto parece Venus ¿una cervecita mi cabo? Acaban de traernos los bocatas.
−Hace; pero escondidos entre los chaparrales.

A medio día llegan nuestros héroes inagotables hasta el Puesto de Mando de la brigada arrastrando cables y haciendo empalmes.
− ¡Premio para mis ardorosos guerreros! Comeréis el mismo rancho que los oficiales. ¡Cómo os cuida vuestro sargento! Sois mis angelotes.
−Esto si que es un sargento rumboso, rumbero, y poderoso; agradecidos y a sus órdenes.
−Eso sí; después del manduque os quedáis en la cocina y limpiáis todos los cacharros; que andan faltos de gente
− ¿Y que mas ordena su santidad  marcial y guerrera?
− ¿Qué mas? A sí, casi se me olvidaba, cargáis con otros cinco kilómetros de cable y me tiráis otro tendido siguiendo este plano. Que os aproveche.


Esa noche nuestros muchachos acarreadores se van todo lo rápido que pueden a sus guaridas (quiero decir tiendas de campaña) apenas el sol se pone. Duermen como troncos y roncan como serruchos hasta que el infame turuta osa (¡sí, osa!) arrancarles de sus ensueños favoritos con su estruendoso toque de corneta. Aparece el sargento.
− ¡Atender, cencerros! Hoy toca maniobras de compañía. Os proporcionaran unos bocadillos muy livianos y digestivos y me llenáis las cantimploras. No quiero ver a nadie boqueando a media mañana.
−O sea, que nos toca supervivencia en la montaña
−Correcto, marica. El enemigo (los boinas verdes) os putearan de lo lindo y a todas horas. A si que os quiero despiertos y activos
− ¡Guau! Supervivencia, camuflaje, ¡como los indios!
− ¿Cómo los indios? ¿Americanos? Maricones todos. Me vais reptando desde aquí hasta el quinto pino y de regreso. Ya veréis que camuflados empezáis el día. ¡Cuerpo a tierra! ¡Me repten! ¡Ar!.

El día transcurre plácido en las montañas lunares del Monte Aragón. La infantería pinrelera y los guerrilleros pasaran horas jugando al gato y el ratón.
− ¡Pum! Disparo a bocajarro
− ¡Goder, tío! ¡Que me has matao!
−De eso va la movida. Ni me vistes llegar; estaba bajo tierra. Ahora te pones la señal de muerto y circula. ¡No hay quien pueda con los guerrilleros!
− ¡Que me has godido, cabrón! Me has pegao el tiro en toda la cara
−Pero si son balas de fogueo. ¡No matan a nadie! Se enfada porque le he chamuscado un poco la cara.
− ¡Mira tú el sabiondo de la gorrina! Y esta culata es de goma (¡Pommm! El cetme en todas las napias y tío al suelo KO total)
− ¡Hay pelea, hay pelea! Gritan los pedruscos y matorrales.
 De los arbustos, de los pinos, de las arenas, de todas partes, surgen musculosos guerrilleros con el machete entre los dientes; pero, ¡ay amigo!, se enfrentan al mejor pelotón de fusileros que el mundo ha conocido: ¡los genefonistas!
Media hora más tarde las ambulancias militares recogen los restos de la batalla mientras el polvo recubre la sangre derramada por nuestro honor militar y patrio (y por nuestros cogones). Esa noche, en la retreta, su sargento favorito, henchido el pecho de satisfacción castrense les encomia y realza el sacrificio en defensa de su banderín cuartelero.


− ¡Soldados! Gilipichis. Esta noche os la pasareis de guardia. Esto viene a cuento por dejar que cuatro guerrillas puteros pudieran marcharse por sus propios pies y no en ambulancia como los otros. El capitán está que trina y no pagaré yo los platos rotos (Estaba comiendo a esas horas en un restaurante de Albacete con sus compinches. ¡Perdón! Compañeros caballeros suboficiales) ¡Y como pille a uno sobando me lo emplumo! Recoger las armas y a vuestras posiciones.

Noche estrellada y prodigiosa, noche calurosa, mirando la luna pasar sobre nuestras cabezas y escuchando el ulular de las lechuzas o el rumor del viento agitando las agujas de los pinos. Noche de paz; noche de guardia. (¡Dios, que sueño! ¿Qué hacemos aquí? ¿De dónde somos? ¿De donde venimos? ¿A dónde vamos? Bueno, las bobadas de siempre)
Quinto levanta, tira de la manta, quinto levanta…
Asola de nuevo el turuta nuestros refinados oídos apenas el día despunta y la noche se aclara.
−Alegrar esa cara, muchachos. Hoy toca: ¡Maniobras de batallón! Venga, mis gusanitos, en posición, ¡reptar! ¡Reptar! Así, así me gusta a mí veros menear el culito. ¿Quién quiere a sus niños?
− ¡El sargento!
− ¿Quién va a llevarles a un sitio de privilegio para contemplar las maniobras?
− ¡El sargento!
− ¿Quién va a montar a estos mariquitas en un gran licotero?
− ¿El sargento? ¡¡Hurra!! ¡Como en Apocalipsis Now!
Reptar, gusanitos, reptar, que no sabéis lo que hoy os espera.

¡Tuc, tuc, tuc! o algo así es como suenan las palas del licotero; pero lo que nos resulta irreproducible es el sonido de las tripas humanas con los constantes cambios de presión que se producen en el vehículo aéreo. Un sube y baja constante y tremendo. Cuando el aparato se aproxima al fin a un claro del monte el sargento comienza a gritar de nuevo:
− ¡Saltando! ¡En círculo! ¡Asegurar la posición! Etc., etc. Saltan y corren los chavales como gamuzas para alejarse de las palas del licotero.
Apenas el pájaro ha volado reúne a sus muchachos en una zona de altos pinos que, milagrosamente suponemos, se han librado de los últimos incendios.
−Pelotón; procedan a colocarse las máscaras antigás tal y como les he enseñando y tanto han practicado.
− ¿Alerta química, mi sargento?
− ¿Bacteriológica?
− ¿Radioactiva?
−Todo eso y más. Aquí el que no se ha cagao ha devuelto y no hay quien soporte el tufo que echáis. Todos con la careta ya mismo y me vais subiendo a esos pinos para establecer un puesto objetivo de observación militar; camuflado por supuesto.
− ¡Pero si no hay mas árboles en cien kilómetros a la redonda! ¿Ahí subidos?
− ¿Y que sabe el enemigo? Nos acecha con saña y vosotros tenéis que descubrirlos
− ¿Y cómo nos subimos a lo alto?
− ¿Mi cabo escalador-genefonista?
− ¡A sus órdenes, mi sargento!
−Vete sacando las cuerdas y mosquetones de esas sacas y me los vas subiendo a los pinos que yo te vaya diciendo. Pondremos un monito aullador en cada uno. (Esperemos que no salten de rama en rama)
−A sus órdenes, mi sargento. ¿Puedo quitarme la máscara para escalar?
− ¡Por los cojones te la vas a quitar! Si se la pone tu sargento se la pone todo dios. Venga, que no tenemos todo el día y el enemigo avanza por esas cañadas cercanas.
Así se pasaran el día, colgados como macacos, con sus aparatos de radio-telefonía y atentos a la jugada. O sea, a no caerse. Asegurados.
Llega la noche, ya están de vuelta los alegres comunicadores; retreta y saludos de su sargento. ¡A las tiendas, gansos, que mañana tendréis tarea de veras! Ya esta bien de hacer el vago. Conmigo, terminareis la mili como unos auténticos hombres de pelo en pecho. ¡Imberbes! A la piltra  mis hombres nato (Es que ya eramos de la NEITO).


¡Tararí! Ya está otra vez el turuta con la corneta despertando a nuestros chotacabras.
−Preparaos, panolis: ¡Hoy toca maniobras de regimiento! En este día si que os proporcionaré goce y placer intensos. Ir preparando los equipos.
− ¿Hoy no empezamos reptando como siempre, mi sargento?
−Que dios os libre como os vea el coronel (¡Petete!) con alguna mancha en el traje de faena. Hoy os quiero impolutos y saludables.

Hoy va a ser un buen día, si. Les tocará subir y bajar montes, desplegarse, reagruparse, combatirse, atacarse, replegarse; en fin, divertirse, que para eso les mandan sus padres al ejército. Las ocho compañías de fusileros peliculeros bullen de actividad hasta la caída de la tarde. Orden y contraorden. Refriegas por los bancales, errores mayúsculos; ataques relámpago se suceden hora tras hora.
En esto que un BMR pincha una rueda al pasar por un barranco y el coronel brama por las radios del regimiento.
− ¿Cómo es eso que ha pinchado un BMR? ¿Pero si llevan ruedas impinchables?
−Pues ha pinchado y se ha atollado al cruzar un arroyo, mi coronel. Contesta con voz de pipiolo el alférez universitario al mando del vehículo por la radio.
−Pues ya lo estáis sacando ahora mismo.
−Hará falta un gran helicóptero de transporte para sacarlo por el aire, mi coronel. El lugar donde estamos es inaccesible.
− ¿Un Chinook? ¿Pero tú donde te crees que estas haciendo la mili, pardal? ¿En los marines americanos? Me lo sacáis a pico y pala, con cuerdas, o como os salga de los cogones; pero a la hora de la cena quiero ese vehículo delante de mi puesto de mando para evaluar personalmente los daños causados.
Ya, ya sabemos lo que nos queda a toda la compañía; tracción animal de la mejor escuela de nuestra gloriosa infantería.
Exhaustos escuchan esa noche la retreta y cogen carrera para irse a la piltra a toda pastilla. Pero apenas alguno ha tenido tiempo de meterse en la tienda de campaña comienzan a oírse unos alaridos espantosos resonando por todo el valle.
− ¡Mi cabo, mi cabo! ¿Está acostado el aspirino?
−Si, ya estamos en el sobre. ¿Quién es el majara que está aullando a estas horas?
−Es nuestro teniente genefónico; que al meterse en el saco no vio un alacrán que había dentro y le ha picado en los güevos. ¡Que vengáis corriendo! ¡Que se nos muere!
−Vale, turuta, ya vamos. No, si todavía nos van a dar la noche con tanta pijada ¡un alacrán! Pero si son pequeñines. Eso no mata a nadie.
Segundos escasos mas tarde ya tenemos al cabo genefónico y al aspirino (un estudiante de tercero de farmacia, ¡Señor, señor! ¿Por qué no pediría otra prorroga?) Haciendo una gran intervención terapéutica. Entre cabo y turuta sujetan como pueden al teniente mientras el farmacéutico intenta inyectarle algún calmante de los que lleva en el zurrón. Algún alivio consigue pues el teniente, al poco rato, baja el volumen de sus alaridos y deja de dar patadas a todo lo se le pone a tiro. Al fin cae desplomado.
Afortunadamente, aparece enseguida el capitán brioso con un jeep y su conductor mayestático (es lo que corresponde a un capitán mayúsculo) y se llevan al infortunado teniente al hospital mas cercano
− ¡Sargento!
− ¡Sí, señor!
−Queda usted al mando de la sección. Que nos se desmanden en mi ausencia que mañana tendremos jaleo del bueno.
− ¡Sus órdenes, mi capitán! (Taconazo tremendo) Redoblare la guardia por causa del enemigo tremendo que tenemos a las puertas de hundir nuestra grandiosa civilización y procuraré que los muchachos estén espabilados. (O sea, el doble de chavales incautos pasando la noche en vela, vigilando a los peligrosos alacranes que se deslizan bajo sus piernas. ¡Qué sin vivir! Esos monstruos venenosos caminando bajo mis pies; y el sargento a la caza de incautos)

−Escucha, aspirino (serán como las tres de la mañana) ¿Tú viste como tenía los  güevos el teniente? Parecían cocos recién caídos de un cocotero. Ese no camina en un mes.
−Con la inyección que le he puesto bajará la hinchazón en pocas horas.
− ¿Qué le inyectaste?
Urbason militar ©, cincuenta miligramos en vena. Vivirá.
−¡Cojonudo!. Pasado mañana lo tenemos otra vez encima de nuestro cogotes. (Es el sargento pistolero que no puede pegar ojo, ¡putos bichos! Y está de ronda en botas y calzoncillos) Vas a estar poniendo inyecciones a todos los culitos maricas del regimiento hasta que te licencies. Me encargaré personalmente de que no tengas una tarde libre.
− ¡A sus órdenes, mi sargento! Pero es que mi misión…
−¡¡¡Tu misión es servir a tu sargento y salvar tu culo todavía inmaculado!!! Con estas cabezas humanas no llegaremos a viejos. Salvarme al teniente; salvarme al teniente..., ¡este chivo va a hacer mas cocinas!

Otra noche mirando a las estrellas y vigilando que no te pique un alacrán. Noches guerreras en el geino numeral.


¡Tararííí! Bueno, como suene, el caso es que hoy tendremos un día guapo y entretenido.
− ¡Pelotón! Hoy quiero que estéis a tope; al cien por ciento. Hoy tenemos: ¡Maniobras de brigada! Enseñaremos a esos chivos del primer regimiento lo que es auténtico ardor guerrero. Hoy estaréis a las órdenes directas del teniente comandante. El capitán estará en el Puesto de Mando vigilando vuestra actuación. Yo me encargaré de que deis el do de pecho.
Por ahí cerca llega nuestro teniente comandante relinchando como un pura sangre. La gorra militar con la visera perfectamente deshilachada, un bigote a lo Salvador Dalí, la camisa vieja y raída, sin botones, enseñando el pecholata, para recordarnos su pasado legionario (¿hoy no se ha traído el paracaídas? Milagro) un pistolón, reglamentario por supuesto, al cinto (es único oficial de la división que carga con un hierro semejante) y fumando camel sin filtro antes de desayunar (¡esto sí que es un macho auténtico!) y las botas con las suelas ya bien gastadas de tanto patear los culos de sus soldados.
− ¡Compañía! ¡¡Fir-es!!  (Purrummmm. Taconazo mayúsculo; temblando todos como velas y alguno ya se habrá hecho pi-pi.) Hoy, hoy, vamos a ser los mejores, les vamos a superar en todo, les vamos a pasar por encima y mear en el cogote a esos maricones del primer regimiento. Es verdad, es verdad, que nos barrieron del mapa en el Maestrazgo, debido a su superior tecnología telemática; pero, hoy, hoy, ¡¡es el día de la venganza!! Cantaran los trovadores durante siglos nuestras hazañas. Hoy, ¡correrán ríos de sangre en el Monte Aragón!
− ¡Guau! Entonces tendremos marcha auténtica y enrollada. Se le escapa a un insignificante soldado de la última fila.
−Exacto, porretas, hoy haréis una marcha de las buenas. Ir por vuestros equipos. Rompan filas.

Y sí, efectivamente, caminaran y caminaran, durante horas y horas caminaran y seguirán caminando; hasta salirse del mapamundi. En esto que, al traspasar una loma, el cabo genefónico para y se queda mirando a lo lejos.
−Mi teniente comandante, ¿Puedo hacerle una pregunta?
−Inquiera, joven cabo, inquiera.
− ¿Aquello que vemos a lo lejos no será por un casual la ciudad de Murcia? ¿Y la línea azul del fondo el mar?
−Dame un segundo el radioteléfono que consulto con el Puesto de Mando.
Efectúa varias llamadas, consulta planos y mapas, reúne  a los oficiales, suboficiales y cabos chusqueros, mira y remira con sus catalejos militares la ciudad lejana; da media vuelta y se acerca al cabo genefónico.
− ¡Un pequeño despiste! Tendíamos que estar viendo Jumilla. Pasaríamos de largo y no la encontramos. ¡Otro error de telematía!
− ¿De telepatía, mi teniente?
−De telematía, ignorante. ¿Qué sabrás tú de los engendros inmensamente telemáticos que nosotros utilizamos secretamente? Es top secret. (¡Ya, pero teníamos que estar atacando Jumilla!)

Venga, venga, no enfadarse; ya solo queda esperar tumbados en los arcenes de la carretera comarcal a que vengan los camiones militares para llevar a nuestros soldaditos de vuelta al campamento.
Cena y retreta. Charleta del teniente comandante: Un día tranquilo y descansado el que hemos tenido. ¿Cuanto andaríamos? ¿50, 60 kilómetros? Eso que es para nosotros. Si hubiéramos salido un par de horas antes hubiéramos llegado hasta el cuartel de los paracas y os habría enseñado a saltar. Mañana sí que tendremos acción de la buena; así que todos a la piltra ya mismito. A ronronear chivitos.


Último día de maniobras orquestales. La corneta sonará triunfal y gloriosa; el desayuno será espléndido. El brioso capitán se muestra jovial y esplendoroso.
− ¡Soldados! ¡Hoy es el gran día! ¡¡Maniobras de división!! ¡A camuflarse! ¡Os quiero a todos camuflados!
Ya estamos todos vibrando de los pies a la cabeza de tanta emoción incontenible, ya estamos exultantes; rebosantes de ardor guerrero. Las pulsaciones a 150. Sin freno está nuestro corazón guerrero.
En minutos toda la compañía carga sus cachivaches y armamento en los camiones y jeeps partiendo triunfales hacia los lejanos valles del Monte Aragón. En una hora están desplegados por los pinares. Altivos, brutales, nuestros soldados, los defensores de la patria; en fin los numerales.
Y llega la orden de avanzar. El enemigo se tiene que acogonar directamente con solo oírles resoplar. Suben y bajan montes y montañas, atraviesan arroyos y reptan por los bancales. Al fin tienen a la vista el gran valle donde tendrá lugar la batalla final.
Enemigo a la vista, ¡avanzar! ¡Avanzar!
Bajan al valle donde están terminando de instalar las piezas de artillería y pasan entre ellas enseñando los dientes a los esos pusilánimes de bomberos. Unos metros mas adelante se encuentran ya formados los carros de combate y se van colocando detrás de ellos.
¡Qué mogollón de movida! Miles de soldaditos bajando de las montañas para atravesar el valle y reconquistar la montaña. ¡Avanzar! ¡Avanzar!


− ¿Tú has  visto que cañonazos tenemos?
−Esos mariquitas no sabían ni asegurarlos. Solo los ponen para las fotos. A mi me dan mas miedo los tanques.
−Ya; y tenemos que andar detrás suyo con el tufo que sueltan. Estate muy atento, aspirino, que hoy aquí puede haber muertos.
−Y tú al loro con el capitán.
− ¡Pero si van haciéndose fotos! Aquí no pasa nada.
Y de repente: ¡¡¡CAPÚMMMMM!!!

Todo dios cuerpo a tierra; alguno entierra la cabeza en la arena del susto.
− ¿Qué ha sido eso, mi capitán?
−Los cabrones de artilleros; que dispararon sin avisar. ¡Quietos todos hasta que dejen de soltar pepinos!
¡¡Capúmmm!! ¡¡Capúmmm!! Casi media hora tirados panza arriba viendo como tiran pepinazos a la montaña de enfrente. Apenas termina el festival artillero nos quedan los fuegos artificiales. Se ponen de nuevo en marcha tras los carros de combate y no han caminado trescientos metros y, ala, todos al suelo de nuevo. ¡¡Pumba!! ¡¡Pumba!! ¡¡Pumba!! Ahora son los tanques, los morteros, los cañones sin retroceso, todo lo que tenemos, zumbando la montaña enemiga. La tropa aúlla enloquecida entre los estampidos cercanos y más de uno sale corriendo en dirección contraria. Pero para eso están los sargentos a cola y de un mamporro hacerlos dar la vuelta. Y venga a correr.
¡Avanzar, perros, avanzar! ¡A la victoria!
Al llegar a los pies de la montaña los carros se detienen lanzando la descarga final hacia la cima.
− ¡Tercera compañía! ¡Los primeros! ¡Corriendo hasta la cima! ¡Nuestro banderín ondeará el primero! ¡Los pumas! ¡Los pumas! Grita el vibrante capitán; y salen todos zumbando montaña arriba gritando como locos.
− ¡Mi capitán, mi capitán! ¡Que paren, que paren!
− ¿Qué dice mi cabo? ¿Qué pare a mis pumas negros? Al que se frene le disparo.
− ¡Que dice el TeCo por la radio que todavía faltan por tirar los aviones! ¡Qué llegan con retraso!
− ¿Pero es que vienen en tren? Tendrían que haber soltado los pepinos hace una hora. ¡Ahí llegan!
Y vemos aparecer dos medias docenas de flechas aéreas y una tras otra lanzan sus misiles en dirección nuestra.
El acogono es impresionante, el estrépito increíble, caen piedras por todas partes; arden los chaparrales. Más de uno y más de dos sacan el zapapico de la mochila y se pone a escavar a toda prisa un hoyo en el suelo ¡para meterse dentro! Tras el paso en instantes de las flechas aéreas queda media montaña ardiendo y peñascos cayendo por todas partes; pero, ¡Ay amigo!, sobre todo este estruendo, se escuchan las voces de oficiales y sargentos: ¡Correr! ¡Saltar mis pumas! ¡A la cima los primeros! Y van soltando patadas y leñazos a todo el que pillan a mano. ¡Los negros! ¡Los negros!
¡Si, señor! Con dos cogones: en la cima los primeros.
A los demás soldaditos les quedará la tarea de apagar los fuegos y nosotros de cachondeo.

De vuelta al campamento la emoción contenida brevemente al recibir la felicitación del general se desborda como un torrente. (¡Quince días de permiso por llegar los primeros!) Hay gran trasiego de vino y cerveza, incluso para la tropa; y el sargento primero cocinillas y su pinche guipuchi preparan la mejor cena de campaña de la historia militar. Y tras la cena: ¡cubatas! Cubatas y más cubatas. ¡Hay que fundir el presupuesto! Para vosotros calimocho, escoria de chivos; que os tuvimos que subir a patadas. ¡Campeones, campeones, oe, oe, oe; campeones…!
Cerremos los ojos ante las animaladas que se producirán en este campamento militar cuando pasen de la sexta ronda de cubatas marciales y solamente escuchemos las canciones militares resonando en las montañas lunares. Poco a poco irán cayendo todos como sapos; tropa y oficiales. Pasaran ya de las dos de la mañana cuando el silencio reina en el valle.

Noche de luna llena, noche de cogorza tremenda.  Ronquidos intensos por todas partes. ¡Al fin terminaron las maniobras! ¡Quince días de permiso nos concedió el general! ¿Cuándo volveré a ver a la Rosy? Cosas de este tipo sueñan estos infelices roncadores.
No saben lo que les espera.


¡Ñam, Ñam! ¡Ñam, Ñam! ¡Ñam, Ñam!
¿Qué ruido es ese? ¡Ñam, Ñam! Goder, el genéfono. ¿Quién será el tocagüevos  que está haciendo putadas a estas horas? Le voy a meter un puro que se va a acordar de mí toda la mili. Va a saber ese cachorro quien es el cabo chungo.
−A ver ¿Quién se está ganando una patada en los cogones?
− ¿Cabo de transmisiones?
− ¡Si! El mismo. El que te va a poner a limpiar letrinas en cuanto lleguemos al cuartel.
−Escucha chaval: despierta inmediatamente al corneta y que toque Alarma sin cesar.
− ¿Pero quien cogones eres tú para mandar tocar Alarma a estas horas? ¿Estás cogorza? cabrón del Puesto de Mando.
−¡¡¡Soy el cabrón de tu Teniente Coronel!!! Y nunca bebo estando de guerra. En media hora estaré en vuestro campamento y os quiero ver a todos formados y equipados. ¡Quiero escuchar ya mismo el toque de Alarma por este puto genéfono!
− ¡Sus órdenes, mi TeCo! Ya mismo.
−Pero tú, ¡para! ¿Qué pasa? Si no son las cinco de la mañana; ¿quién te daba esas voces?
−El mismísimo TeCo. Que despierte a toda la compañía a toque de Alarma. ¡Estamos en guerra!
− ¿Mundial? ¿Con los marcianos? Pero si están todos groguis. Se habrán bebido un camión de cubatas
−Ya lo echaran enseguida. Voy a despertar al turuta. ¡Verás tú el capitán! Le va a hacer una gracia…

¡Tom, tom; tom-tom, tom, tom, tom-tom! Suena ya en pocos minutos. el toque de Alarma ¡Más fuerte! ¡A pleno pulmón! ¡¡Que viene el TeCo, turuta!!
El toque de Alarma va sonando in crescendo, el monótono sonido de guerra suena más y más alto, y poco a poco van asomando las cabezas de los soldados de sus tiendas alumbrando con sus linternas al corneta y el cabo genefónico, mirándoles como alucinados. ¿Qué pasa? ¿A qué estáis jugando?
− ¡Estamos en guerra! Despertar a los oficiales que yo me encargo del capitán. Rápido, ¡Qué viene el TeCo corriendo para acá!
El pobre cabo no tiene mas remedio que informar sumariamente al cogonudo capitán y después ir extrayendo con él, uno por uno, a los sargentos, con saco y todo, de sus tiendas. ¡A éstos no hay corneta que los despierte! Habría que tirar bombas. ¡El aspirino! Rápido, que venga con su zurrón.
− ¿Qué pasa? ¿Qué ordena mi capitán?
−Que hagas ocho milagros rápidamente. ¡Tienes que resucitar a los sargentos! No me falles, aspirino.¡Órdenes de tu capitan!
Con suma destreza el abrumado estudiante va inyectando cantidades masivas de complejo vitamínico militar B6© a uno tras otro de los suboficiales; y aún tendrá que dar una segunda vuelta haciendoles beber, uno por uno, una ampolla de complejo vitamínico militar B1-B6-B12© antes de llegar a percibir alguna seña vital en los confiados durmientes.
− ¿Pero qué cogones?
− ¡Estamos en guerra, mi sargento primero! ¡En guerra!
− ¿Pero con quien cogones vamos a estar…?
− ¡Qué viene el TeCo!
− ¡Arggg! (Cristo bendito, ¡vaya potas empiezan a echar!)


Será milagro o no (me da igual lo que crea la gente o deje de creer) pero para cuando el TeCo acogonante aparece por el campamento con su comitiva nupcial (¡perdón! Militar) ya está toda la compañía perfectamente formada y equipada completamente.
− ¡Atención! ¡El Teniente Coronel! (¡¡TAC!! El taconazo ha debido oírse en Cartagena) todos tiesos como velas y presentando armas.
−Descansen. ¿Mis oficiales? ¡Todos al rabo mío!
Y se aleja hacia un rincón donde no pueda ser escuchado por suboficiales, chusqueros, tropa, y demás chusma presente
−Simplificando. (Su presencia es impresionante. El pelo blanco y cortado a cepillo, la gorra ¡americana! Luce dos estrellas magníficas ¿Qué digo dos estrellas? Son dos supernovas. Viste de impecable ropa de faena y sus botas podrían servir de espejos para afeitarse. Su voz de bajo siberiano atruena las orejas oficiales) He recibido hace una hora escasa un fax del Centro Nacional para la Seguridad Nacional del Estado Nacional asegurándome que el enemigo ha desembarcado esta misma noche en las costas marcianas. ¡Perdón!, nacionales. Media división está ya de camino a sus cuarteles y los vagos del primer batallón están todavía durmiendo la mona. Así que: ¡seremos los primeros en entrar en acción! ¡¡La gloria será nuestra!! Según mis cálculos entraremos en combate al caer la tarde (sus adláteres despliegan mapas y más mapas con las rutas marcadas que habrán de seguir las compañías)
−Pero, mi TeCo, con permiso ¿porqué tenemos que atravesar las montañas hasta la costa? Iríamos mas rápido usando las carreteras.
−Eso espera el enemigo. Confía en mi olfato, hijo. ¡Caeremos a degüello sobre sus cuellos peludos! Mañana, cuando amanezca, no quedará un Charlie vivo. ¡Les tiraremos con todo! ¡Les pasaremos a cuchillo! (Joder, es un genio el tío. ¿Se nota mucho que hace menos de seis meses todavía estaba en Vietnam matando chinos? Es un auténtico corta cabezas. Estos sí que son capitanes.¡Cómo cavilan!) Llegaremos antes incluso que los godidos paracas y nos llevaremos toda la puta colección de medallas patrias. ¡Batallón! (¡Prouun!, taconazo marcial) En marcha; hoy haremos historia.
A la hora escasa el batallón avanza, impávido y terrible, como un solo guerrero gonádico con el cuchillo entre los dientes. (Bueno, eso no. Porque tienen que llevar puestas las caretas antigás debido al polvo que levantan los convoyes por las pistas forestales de las montañas lunares del Monte Aragón.
Los primeros rayos del sol naciente alumbran y se asustan ante el avance imparable de los camiones, los vehículos acorazados, y demás componentes del despliegue militar que se abate hacia la costa numeral.
En esto que nuestro cabo genefónico, con la radio entre las piernas, escucha una sorprendente conversación entre el TeCo y un misterioso vehículo aéreo.


− ¡Alto batallón! ¡Alto batallón! Frene su avance y espere órdenes inmediatas. ¡Alto batallón!
− ¿Pero quien es el mierda que me quiere dar a mí órdenes? ¡Identifícate, picha floja! ¡Yo soy el puto teniente coronel al mando de esta tropa!
−Y Yo soy tu GEMAD GEMAD.
− ¿Quién cogones?
−El GEMAD.
− ¿Güanito?
−El mismo. Páralo todo.
− ¡Atención, atención! rojo, verde, amarillo, y violeta pálido. ¡Parar la marcha inmediatamente! ¡Orden superior y directa! Frenar ahora y aquí mismo.
− ¿Qué pasa, que pasa, cabo?
−Mi capitán, orden directa y suprema. ¡Que paremos aquí mismo! ¡Ya!
− ¿Y quien le ha dado la orden de parar la guerra al fusilero mayor del gueino?
−Ha dicho que era el GEMAD GEMAD. Un tal Güanito.
− ¿Güanito? ¿El Rey Cazador? ¿Aquí? Esta va a ser gorda y yo no me lo pierdo. ¡Parar todos ya mismo! ¡Qué hostias le van a caer al TeCo! ¡¡Parar cogones!!
En cuestión de segundos el convoy se ha detenido interceptando por completo una estrecha carretera comarcal y se quedan todos mirando a un grupo de tres potentes helicópteros que pasan por encima suyo y se posan en un descampado cercano. El capitán sale detrás del  TeCo y el cabo tras su capitán. Se aproximan cautelosos a los aparatos aéreos y al abrirse los portones laterales ven descender de ellos a un grupo de gente vestida de fiesta con aspecto de estar pasándose de lo lindo. Uno de ellos, el más alto de todos, se dirige directamente a los militares que se cuadran al instante.
− ¡A sus órdenes, mi GEMAD!
−Descanse mi TeCo, descanse. ¿Qué día tan bonito hace hoy verdad? Dan ganas de pasear por el campo y tomar el aire. Te felicito; has preparado una bien gorda en cuestión de minutos. Sigues siendo uno de mis oficiales preferidos. ¡Vaya leñazos me soltabas en la Academia! Ha sido espectacular veros salir de las montañas en dirección a la costa. Estupendo. Los inversores han disfrutado de lo lindo.
−Señor, ¿puedo preguntar quien es toda esa gente y que hace aquí? Estamos en guerra.
−Unas amistades provechosas. Estábamos ayer cazando ciervos en una finca cercana y nos aburríamos soberanamente. Y nunca mejor dicho. Así que anoche, entre copa y copa, se me ocurrió algo para que mis invitados, son casi todos extranjeros, pudieran ver acción autentica. Que vean como se las gastan y defienden mis chicos numerales.
− ¿Numerales?
−Has estado mucho tiempo en el Extremo Oriente y has perdido algo de perspectiva. Ahora somos todos numerales. Yo soy el primero y después venís todos los demás. Pregunté al Centro (Ya sabes) y me dijeron que tú estabas de maniobras. Así que pensé: ¿quién mejor para liarla parda?  Anda, regresa al cuartel con mis felicitaciones. ¡Ah! Y dales a todos, oficiales incluidos, una semana de permiso para que tengan un buen recuerdo de mí.
(¡Una semana más de permiso! Unidos a los quince días que nos prometió el general, y los quince de verano. ¡Cuarenta días sin tener que vestir de romano!)

Los helicópteros remontan el vuelo antes sus llorosos ojos iluminados de intensa satisfacción patriótica y los convoyes reciben de inmediato la orden de regresar a los campamentos y recoger sus cosas. Mañana estarán de nuevo en su cuartel y al día siguiente de permiso. Todos de vuelta a casa, con sus familias y amigos.

¿Todos? Bueno, a fuer de ser sinceros todos no.
Al pelotón genefónico y su afamado sargento y el teniente telemático aún les quedará una semana por delante de recoger los cables que se habían enterrado por los montes.
Con  lo caro que esta el cobre como para dejarlo por ahí tirado.


(Esta sería la mejor semana de maniobras que pasarían durante todo su servicio militar. ¡Qué borracheras! ¡Hubo toros y mozas del pueblo! Pero bueno; eso ya es otra historia)

Este pequeño cuento es un sentido homenaje al estupendo escritor estadounidense Harry Harrison, Gran Maestro de la Ciencia Ficción, y a su estupenda novela Bill, Héroe Galáctico.
http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00098.htm