martes, 17 de julio de 2012

Campamento pirenaico. Los humanoides van de monte.


Un sencillo cuento para recordar aquellos campamentos que hacíamos por nuestra cuenta y riesgo en las montañas de España.
Es una pena que ya no se pueda acampar casi en ningún lugar, pero ha de primar la protección de la naturaleza.
Espero arrancaros alguna sonrisa con este relato.
Recordar, ¡son cuentos fantásticos! Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Campamento pirenaico.
Los humanoides van al monte.


Existieron los trilobites; y también los nautilos.
Ahora hay esto.


Amanece una primorosa mañana sobre los inmensos pinares de un escondido valle pirenaico. El susurro del viento sobre las agujas de los árboles  levanta suavemente las brizas de niebla de la noche pasada. En un rincón casi oculto de la parte más alta del valle un grupo de tiendas de montaña recoge en su interior a nuestros intrépidos participantes en el último campamento de alta montaña.
Llegaron con las últimas luces del día anterior y buscaron un rincón escondido que les pareció apropiado para sus fines: pasar unas cuantas jornadas en contacto con la naturaleza y subir unas cuantas cimas pirenaicas.
En cuestión de minutos unas figuras de aspecto casi reconocible van surgiendo de las tiendas como modernos Jonás de su ballena y se reúnen alrededor de dos grandes camping gas para hacerse el desayuno. Somnolientos van de uno en uno desfilando hasta un arroyo cercano para hacer sus abluciones. Al poco rato están todos sentados en el suelo desayunando y decidiendo qué hacer en su primer día de montaña.
− ¿Qué hacemos hoy para empezar con buen pie el campamento? Rompe el silencio el más joven de todos para decir lo que está pensando.
−Yo voto por subir el Posets; que venimos fuertes y con ganas. ¿Y vosotros?
−Con que lo diga uno vale. Y tú, mostrenco, por decirlo vas a ir el primero abriendo huella.
−No te metas con Felipe que ha pasado mala noche
−Y tú, modorro, por hablar, te quedas a recoger todo los trastos después de desayunar.

Casi una hora más tarde salen los componentes de tan intrigante expedición presurosos hacia la gran montaña. Altivos los de género masculino y parlanchines los del femenino. Poco a poco van abandonando la zona de espesos pinares para subir a los altos collados que les conducen a los pies de la gran montaña nevada. Al llegar a una cabaña hacen una breve parada para recuperar el resuello y beber algo de agua.
− ¿Pero que le pasa a Felipe que sube ahogado? ¿Sabes algo Pepe? Tú duermes con él. Le pregunta una de las chicas.
−Dormimos en la misma tienda, pero estaría soñando con alguna rubia peligrosa y ni durmió él ni casi me dejó dormir a mi.
−Oye, ¿y porqué subes cargando con la mochila grande? Te va a costar horrores hacer cumbre.
−Cuando lleguemos al ibón que hay bajo la cima os enteraréis del porqué. Bueno, si estamos todos ya, será mejor que sigamos subiendo.
−Esperar, que falta el Tata. Está haciendo sus cosas detrás de unas piedras.
− ¿Y estás segura que ha ido solo?

Siguen al poco tiempo nuestros esforzados alpinistas camino de la cima, hasta que al llegar al ibón del Posets Pepito decide que ya ha subido bastante por hoy y que se quedara en el lago esperando a que los demás bajen.
−Bueno, tú verás; pero ¡no hagas pijadas! Que te conocemos
−No voy a cazar gamuzas. Me quedo por aquí tomando el sol y disfrutando del paisaje. Tú cuida de la tropa y que no se estampe alguno en un paso rocoso. Ya sabes que es un pico facilón.
−Ya, ya; lo he subido mas veces que tú. Vigilaré que esos bandarras no me la líen con las chicas.
−Mientras no la prepares tú, majadero, iremos bien.



Una hora mas tarde nuestros esforzados expedicionarios saltan y gritan, agitan sus banderas, y se hacen fotos con gran jolgorio y animación en la cima del pico.
−La expedición Pactra 2001 ha cumplido puntualmente su primer objetivo. Declara solemnemente el Tata como jefe supremo y omnipotente de aquel grupo de selectos humanoides.
− ¡Qué pena que no haya subido Pepe! Exclama una pelirroja del equipo triunfal.
−Pero, ¡mirar abajo! Exclama una rubia platino nada caucásica; hay alguien nadando entre los bloques de hielo. Felipe, tú tienes binoculares, ¿podrías echar un vistazo?
−Ya lo estoy haciendo; y sí, es Pepe. Lo que escondía en el mochilón era una colchoneta  hinchable. Será mejor que bajemos cagando leches porque ese hoy la lía parda.

Minutos más tarde bajan corriendo y saltando como bucardos Posets abajo nuestros alegres y dicharacheros montañeros. Según se van acercando ya les parece oír una vocecita lejana que grita: ¡Felipe! ¡Felipe! ¡Ven pronto! Y al llegar a las orillas del ibón se encuentran con un espectáculo entre cómico y dantesco. Flotando entre grandes bloques de hielo se haya Pepito en bañador tumbado sobre la colchoneta.
− ¡Qué bien te lo pasas! ¡Nosotros sudando y tú dándote un bañito!
−O sales pronto del agua o te quedas solo. Nosotros bajamos a toda leche al campamento que ya se ve venir la tormenta.
− No puedo ¡joder! ¡Felipe! ¡Felipeeee!
−Pero deja de gritar, cojona, y sal del agua ya de una vez.
− ¡No puedo! ¡Se me han helado las manos! ¡No puedo salir! ¡No me dejéis entre los hielos!
−Este tío se debería haber quedado en la sima de Atapuerca, que es su sitio adecuado, cuando pasamos por allí.
−Y tú te podías ir a la estratosfera, que siempre andas flipando. Y se desnuda y se lanza al agua. Con unas fuertes brazadas llega hasta la colchoneta y comienza a remolcar a su flotante amigo. Al llegar a la orilla es recibido con gran alborozo y muchos achuchones de todas las montañeras presentes.
−Al que deberíais achuchar y frotar bien ese a este bobo que viene con las manos heladas y me entra canguelo de verle tiritar.
−Eso se lo curo yo cagando melodías, exclama el Tata; y abriendo una cremallera de la mochila saca una pequeña botella de agua y se la ofrece al titilante aventurero. Este la toma con las muñecas y comienza a beber. Primero un sorbito y después a grandes tragos.
− ¡Para tú! ¡Que no es para quitar el hipo! No se bebe el agua tan rápido, que te vas a atragantar. Le dice el más joven y atolondrado de todos.
−No, si no es agua. Es orujo del Bierzo, verás como resucita.


Y ciertamente, unos minutos mas tarde ya va bajando todo el grupo al campamento pirenaico. Las voces y cánticos se deben escuchar en Francia por lo menos. Y solamente los primeros relámpagos y truenos inmensos le hacen callar y apretar el paso para ir a refugiarse en las tiendas de campaña.
Mientras la montaña descarga su incontenible furia sobre nuestros intrépidos aventureros ellos, prominentes e inconscientes del peligro, se apretujan en sus frágiles tiendas de campaña. Al granizo le sigue una lluvia que se derrama como un torrente continuo, cae a mares; algún inconsecuente ya se llega a sentir un novísimo Noé y les grita a las chicas: ¡tranquilas, guapas, que si no escampa yo iré a salvaros! ¡Deja ya el  orujo! Zampón; o serás tú el que se ahogue. Y las rechiflas femeninas al valiente salvador se escuchan prístinas entre los truenos.
Caen las últimas gotas cuando el sol ya se oculta entre las altas cumbres cercanas y cual caracoles salen a despedirle los intrépidos escaladores.
− ¡Al fin nos podremos bañar! Grita uno de los macacos saliendo con la toalla y el bañador de su tienda.
−Sí, claro, en la torrentera; y como nos descuidemos te van a recoger en Zaragoza. Quieto ahí; espera un poco.
Entre cuatro osos mañosos preparan en un pis pas un ingenioso sistema para sacar agua del crecido arroyo y ducharse bajo una roca. Uno por uno van desfilando bajo el chorro de agua helada mientras sueltan pavorosas exclamaciones e interjecciones. Después se van vistiendo y reuniendo en un par de corros para charlar viendo como oscurece. Un par de ellos prefiere marchar de exploración prometiendo previamente no alejarse mucho.
Cuando apenas queda luz solar uno de los danzantes deja a un lado la botella de sidra y se acerca a una de las tiendas exclamando:¡Anda, Tata, sal de una vez! y reúnenos a todos que es hora de cenar algo. Se nos hace de noche y me crujen las tripas.
Sale el pinturero jefe de su altivo cubil y llama a rebato con grandes voces a su camada para que preparen todos los cacharros y viandas para hacer una opípara cenorra. O sea, como dios manda. No vamos a pasar hambre en estos putos montes. (¡Vaya resaca!)
−¿Falta alguna mona, Felipe?
−Dos jipis que bajaron de exploración arroyo abajo. Mira a ver si los encuentras.
Apenas anda unas docenas de metros y encuentra al primero, el mandril mas joven, subido a un árbol y observando como las últimas luces tiñen de naranja las cimas cercanas.
−¡A ver tú, Tarzan! ¿Bajas de ahí o prefieres cenar con las ardillas?
−Disculpa, jefe, no me daba cuenta de la hora. Estaba meditando un poco.
−Pues no sé yo qué habrás cavilado pero terminaras orangután de tanto colgarte de las ramas. Baja de ahí y vete con las chicas que te necesitan para preparar la cena. ¿Dónde anda el jipi?
−Un poco mas abajo; entre esas peñas me parece. Sigue el rastro de los porros.
Mas y mas caldeado nuestro gerifalte expedicionario baja arrollo abajo mirando roca por roca hasta que en un recodo se encuentra al último jipi sobre la tierra subido a una peña y sentado a la manera hindú.
−Pero, bueno, tú, pellejo, ¿nos vas a tener todos esperando por ti para empezar a cenar? ¡Baja de ahí inmediatamente! ¿No te da hambre eso que fumas? Anda baja, no me empieces a preocupar.
−¡Ay! (suspiro) ¡déjame! Que estoy llegando al nirvana
−Donde vas a llegar hoy es al centro de la tierra como te suelte una buena hostia. Y le agarra por una pierna y lo tira abajo. ¿Tú eres de alguna secta rara o algo así?¿qué te estas tomando?
−Solo soy de la Nueva Hermandad Cósmica Reformada. Me están guiando al Hogar Cósmico.
−¿Y está reformado? Porque yo les cambio la instalación eléctrica a muy buen precio.
−¡Ay! ¡No se! Ya vienen, ya vienen; nos llevaran a todos
−A mi por los cojones me van a llevar; ¡buen viaje! Hoy cenas con los osos. Ya subirás cuando tengas hambre.
−No te vayas, ¡no te vayaaaas!¡ya vienen!¡ya vieneeeen!
−Pues que te secuestren bien secuestrao y ten den por saco, por pirao; que yo tengo hambre.
Y ahí se las pira el jefe superior supremo bufando y resoplando cual búfalo endemoniado de vuelta al campamento. (¡Como no estén bien hechas las chuletas me van a oír en Roma!)


Ya es noche cerrada en el campamento pirenaico y todos los componentes se reúnen en círculo alrededor de una gran pota donde se encuentra ardiendo una estupenda queimada. Suena por unos altavoces un disco de Carlos Santana y todos charlan alumbrados por las llamas del ardiente orujo.
−Bueno, ¿qué? ¿Apagamos ya? ¿O nos pasaremos la noche danzando?
−Entonces pon un disco de jotas; que tú solo sabes brincar. Venga, tapar ya la queimada y den comienzos los festejos en honor a Nuestra Señora de las Nieves.
−Anda la osa, ¡ahora nos ha salido beato el jefe!
−Callar incultos que voy a proceder a escanciar esta preciada colación. Felipe, deja de sobar a la pelirroja, coge una linterna y vete a buscar al jipi; nos se nos haya despeñao.
−Yo haré el conjuro, dice la rubia platino.
−Ni hablar, eso es cosa de hombres no de brujas. Pepe, haz los honores. Y dilo bien.
Al rato ya están todos desparramados por entre las tiendas; algunas parejas bailando, otros escuchando un millar de chistes guarros y soltando risotadas; cuando, de improviso, escuchan un grito:
− ¡Vosotros, caimanes, venir a ayudarme! Que ya no puedo con él. Es Felipe que viene con el jipi colgado de un hombro y trastabillando.
− ¿Pero que le pasa a este? Está hecho polvo
−Cómo no va a estarlo. Solo a él se le ocurre bañarse en pelotas, a oscuras, en el arroyo. Y como el agua baja helada, le ha dao un síncope.
−Tranquilo que ahora le reanimamos. Tú, reina, ¿podrías acercarnos un pocillo de queimada?
−Gracias, Tata. Me costó dios y ayuda vestirle. Está ido del todo y encima no escuchabais mis voces con esa música tan alta.
−Estamos de celebración mariana. Y a éste mejor le iría dejarse de tanta secta y tanta chorrada y volver a escuchar misa.
−Habló Pilatos. A este chaval vamos a tener que llevarle a un hospital.

De improviso una extraña luz de color rojo pasa silenciosa sobre el valle pirenaico y el jipi, como súbitamente resucitado, comienza a exclamar:
− ¡Ya vieneeeeen! ¡Ya vieneeeen!
Todos se ponen de repente a dar fuertes gritos y hacer señales con sus linternas. Nuestros birlochas majaderos no paran de agitarse y vocear hasta que la potente luz rojiza y radiante desaparece de su vista. Es entonces el mandril en jefe el primero en reaccionar exclamando:
− ¡Muchachos! Esto ha sido una aparición en toda regla. ¡Gran celebración mariana!
Y todos se lanzan como lobos para llenar sus pocillos en la aún caliente queimada.
−El que no quiera emborracharse que marche a dormir a la cuarta curva. ¡Auuuuu…!


A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba, un land rover de los guardas del Parque Nacional sube con todos los focos encendidos por la pista forestal hacia los altos pinares cuando, tras una de las curvas, divisan unas coloristas tiendas de montaña que han acampado de extranjis, y hacia ellas se dirigen.
No han llegado aún a la primera de las tiendas cuando casi atropellan a un melenudo medio desnudo y tendido en el suelo boca arriba. Detienen el vehículo y bajan del coche extrañados; mirándose el uno al otro.
Cuando se aproximan al tumbao, éste, levantando la cabeza, abre los ojos y se queda mirando los focos que le iluminan constantemente y, de repente, comienza a gritar:
− ¡Ya están aquí! ¡Ya han llegado! ¡Nos llevaran a todos!

Efectiviguonder.
Esa misma mañana estaban todos detenidos en la comisaría de Huesca y siendo estupendamente retratados de frente y de perfil.



Adenda.
¡Qué pena de último campamento pirenaico! ¿Por qué tuvo que terminar tan rápido?

Fin.

Escribí este cuento para intentar demostrar mi agradecimiento hacia los muchos montañeros con los que he caminado año tras año y especialmente, en este relato, a los amigos del Club Excursionista Álamo, de León, que me llevaron a los Pirineos, al Gran Toubkal de Marruecos, y nos faltó poco para irnos a Saturno.
A buscar cuevas.