viernes, 13 de julio de 2012

Boci, héroe voltaico. Un cuento fantástico.

En un grupo de facebook de antiguos alumnos de la universidad laboral de Tarragona un compañero nos propuso escribir algún relato donde contar alguno de nuestros recuerdos de nuestro paso por aquel centro de estudios técnicos y universitarios.
Siguiendo en mi línea de cuentos fantásticos escribí de un tirón este corto relato que comparto también con vosotros.
Espero que al menos os divierta su lectura.


            Boci, héroe voltaico.


Aquella noche de domingo, eran casi las dos de la mañana, solo quedaban en el cuarto de lectura del colegio Jaime Balmes tres intrépidos estudiantes repasando una y otra vez fórmulas eléctricas y esquemas de motores y transformadores. Al día siguiente tenían examen de prácticas. Eran Dimi, el Robert, y Boci, nuestro campeón.
Tumbados en los amplios butacones ya entrecerraban los ojos y dejaban caer al suelo los cuadernos de apuntes y las hojas de prácticas.
−Bueno, Dimi, ¿nos vamos a la cama? Yo ya no soy capaz de mirar una fórmula más y si tengo que hacer otra gráfica me va a dar el telele.
− ¡Pero si te has pasado la tarde escuchando discos de Serrat y Janis Joplin! ¿Qué has estudiado? ¿Tienes ya todas las prácticas para mañana?
−Tiene razón Robert, ya no nos entra más. Y fue tuya la idea de bajar a este cuarto para estudiar
− ¿Y ha sido mala? El único sitio donde nos iban a dejar en paz era éste. Al lado del cuarto del educador.
−Bueno, vale. Pero yo subo a la habitación que necesito dormir algo
−Pues venga, campeón; nos vamos todos a dormir.

Subieron medio dormidos las escaleras del colegio hasta la segunda planta y medio amodorrados se desvistieron; alumbrados a penas por un sencillo flexo. Cuando alguno ya estaba cogiendo la horizontal saltó como un puma el Boci, como impulsado por un resorte oculto, avisando sottovoce a sus compañeros: ¡alguien sube por las escaleras! En apenas instantes ya estaban Dimi y Boci llenando de agua dos grandes bolsas de plástico (de las compras del Carrefour) y salían sigilosos al descansillo de las escaleras. El Robert les  guardaba las espaldas oculto tras la esquina empuñando en sus manos un extintor. Es que hay gente sin sentido del humor.
Callados como cazadores expertos y ocultos atisbaban el recibidor del colegio. Robert, desde la retaguardia, les susurró:
− ¡Qué! ¿Viene alguno?
−Calla, que se siente subir alguien por las escaleras.
− ¿Pero quién?
Dimi, que a cazar perdices no había quien le superara en su pueblo y en cien kilómetros a la redonda levantó un poco la cabeza con la bolsa de agua ya preparada para ser lanzada; el Boci lo mismo.
De repente se irguieron y quedaron como estupefactos. Sin moverse.
− ¿Pero que pasa? ¿Quién es? ¿El rector?
Al ver que ni respondían Robert también se irguió y asomó la cabeza por la esquina. Una aparición espectral le dejó congelado en instantes. Era una muchacha rubia, esbelta, bellísima. Su traje era blanco y luminoso. En sus manos portaba un hermoso buqué de novia y en su noble cabeza resplandecía una preciosa corona de flores.
Los tres quedaron paralizados viéndola subir las escaleras, pasando por delante de ellos y dirigirse al tercer piso. No hubo una palabra, una mirada, un suspiro que se escapara, hasta que la muchacha desapareció de su vista. Como despertando de un sueño se vieron los tres reunirse en un abrazo y decirse al unísono: ¿pero qué es esto? ¿Qué es esto?
Superada la impresión decidieron volver a su habitación. Robert, inquieto, todavía reunió valor para subir al tercer piso y mirar por los pasillos y habitaciones. Una por una.
Al volver a su guarida los compañeros, ya acostados, le reprocharon su curiosidad. ¡Tú crees en fantasmas! ¡Siempre leyendo novelas de ciencia ficción! ¡Que estamos muy cansados! ¡A que no encontraste nada! ¡Pero no sabes que el tercer piso esta vacío!
− ¡Vale, vale! Yo seré el de los libros de fantasía pero juraría que he visto algo que no consigo explicarme. Bueno, a ver si podemos dormir.


Algo puede que durmiesen aquella noche pero apenas abrieron las puertas del comedor a primera hora de la mañana ya estaban los tres dirigiéndose a toda prisa a coger una bandeja y sentarse a desayunar.
Apenas abrió las puertas de los talleres el celador se lanzaron los tres al laboratorio de motores discutiendo qué putada iban a preparar. ¡Qué mejor día que el del examen de prácticas!
Dimi y el Robert se lanzaron hacia el gran motor Westinghouse cavilando tropelías mientras el Boci se dirigía a la jaula de contactores de alta tensión y cuando ya cerraba el interruptor general le pareció oír una voz que le gritaba: ¡Boci! ¡No! ¡Por Dios no…!
Fue inútil. Cerró el contacto.
Instantes después aquello era un pandemónium. La pesadilla eléctrica se abatía sobre ellos. El laboratorio se había convertido en una tremenda jaula de Faraday y de todos los motores y transformadores surgían tremendas lenguas eléctricas  que lo sacudían todo. La tensión fue alcanzando su grado superior y las máquinas absorbían más y más corriente lanzando prodigiosos rayos por todas partes y saliendo por las ventanas. Aquello no había quien lo parara. El Dimi gritaba y gritaba como enloquecido y Robert solo era capaz de decir ¡Boci! ¡Boci! ¡Corta! ¡Corta tensión!
Pero aquello no se paraba. Una tremenda reacción en cadena salió de la Laboral hacia el polígono industrial adyacente, de aquí  todas las redes de Cataluña, y siguió extendiéndose por el todo el país y hacia Europa. En minutos, el ejército, la OTAN, la NASA, todo el orbe occidental  se enfrentaba a una situación de alerta máxima y absoluta prioridad.
Los alumnos corrían de un lado para otro o asomando a las ventanas gritaban: ¿qué pasa? ¿Qué pasa? ¡La tercera guerra mundial!
Un profesor de máquinas eléctricas bajó corriendo del comedor de profes, donde se encontraba desayunando, y al salir a la explanada se encontró con otros dos compañeros que subían las escaleras.
− ¿Qué pasa? ¿Sabéis algo?
−Al llegar con el coche el guarda de la puerta nos ha dicho que salen rayos de los talleres y que parece que vamos a salir todos volando.
Y a la carrera se dirigieron hacia allí.
Cuando se encontraban a unos vente metros vieron que los chispazos desaparecían y apretaron el paso. Al entrar en el gran edificio se dirigieron directamente a la zona de motores eléctricos. La escena era dantesca. Había quemaduras eléctricas por todas partes y de todos los tamaños. En el suelo, tirado y con los brazos en cruz el Dimi deliraba y al intentar levantarle sacudía manotazos gritando: ¡dejarme, dejarme, estoy hablando con Tesla de tú a tú! Robert estaba arrodillado a los pies del gran motor asíncrono con todo el rotor a la vista. En sus manos sostenía una guirnalda de flores y dándose de cabezazos contra el devanado repetía: ¡la vi! ¡Dios mío, yo la vi! Una y otra vez.
Dejaron a los dos estudiantes por imposible hasta que llegaron los guardas de la Laboral y se dirigieron presurosos hacia la jaula de contactores generales de talleres y al acercarse les pareció oír una vocecilla. Apretaron el paso y al llegar se encontraron a un alumno pegado al contactor general; ya por fin abierto. Negro como el azabache, abrasadas las ropas, los cordones de las zapatillas de deporte aún ardían, y se le sentía decir, como en un susurro, algo así como: ¡Dimi! ¡Dimi! ¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! Lo que vimos anoche: ¡era la electricidad! ¡La electricidad, Dimi, la electricidad!


Adenda.
Sobrevivieron, sobrevivieron a esta aventura, ¡qué digo que si sobrevivieron! Quince días mas tarde ya estaban de visita estudiantil a una central nuclear recién inaugurada y entonces al Robert se le ocurrió explorar un poco. Pero bueno, eso es otra aventura y lo dejamos para otra ocasión.

El donativo. Un cuento de luciérnagas.

Un cuento donde intento reflejar ese algo de especial y misterioso que mantiene el Camino de Santiago.
Con un desarrollo simple y lineal vemos enfrentados ideales, modelos, paradigmas, de los personajes: el hospitalero y los peregrinos. ¿Qué puede ser el Camino?¿Una competición?¿Te dan un carné para participar?¿Una medalla al terminar? ¿Para qué sirve todo ésto?
Bueno, y la vida misma.
 A ver si os gusta.

                                     El donativo

      Estoy teniendo un día de laxitud total. A la puerta de un albergue que se cae a pedazos, sentado, empiezo a tener deseos de marcharme de una vez y olvidarme de todo esto. Lo que habré trabajado para dejarlo presentable. Cien turistas han pasado estos días ante mi puerta, y no para nadie; ¡ni a mirar siquiera! ¿Qué tendrá esta casa? Con lo que llevo gastado en ella.
      A este paso hoy no voy a sacar ni para el gas del calentador. ¡Si tuviese un refrigerador!; pero, con la escasa corriente que llega hasta aquí y lo antigua que es la instalación eléctrica de la casa no ganaría para plomos.
      ¡Qué bochorno! No vendrá una buena tormenta que pille unos cuantos incautos. Nubes de tormenta sí que hay por todas partes.
      Es que no hay manera. ¡Qué verano! Son las seis y hace un calor que no hay quien lo aguante. Apenas tengo algo de verdura de la huerta y un vino tan peleón que tumbaría un elefante al segundo sorbo. Ni pan tengo. Tendré que ir a comprar algo.
      Por no bajar al pueblo daría dinero. Me aborrecen. Yo estaba antes. Yo vi primero el negocio que llegará a ser este Camino. El Río de Oro.  Si fueran otros tiempos habría puesto un fielato. Pero hoy día, estos turistas, quieren que todo les salga gratis. Les pides un pequeño donativo y se echan mano a la cartera como si les fuese a atracar.

      Un milenio de civilización cristiana, alguna de las mayores obras que ha realizado la humanidad; por ejemplo: las catedrales. Y todo lo quieren por la cara. No hacen más que quejarse, quejarse, quejarse...  No tienen ni la menor idea del esfuerzo que durante siglos se ha tenido que realizar para que ahora ellos vengan a pasear y quejarse. Cuanta gente habrá luchado lo indecible para que sus vidas y sus obras yazgan como escombros al borde del camino. Cuantas batallas. Tanta gloria.
      Una tarde como esta debió ser cuando, en plena batalla, sobre las terribles nubes avanzando como una exhalación, enorme, feroz, apareció Santiago, como un relámpago atroz, sobre un caballo blanco, blandiendo una espada de fuego, dirigiéndose hacia los mahometanos llenándoles de espanto y terror. Yo también me hubiese acongojado; la verdad. Pero, ya ves, hoy día se lo cuentas a la gente y te dicen que no he visto nada; que tendrías que ir al cine a ver una peli con buenos efectos especiales. Les cuentas los milagros de Santa María, que ya glosara Alfonso X el Sabio, y te dicen que te tomes algo. Unas pastillas. El fin de la civilización. La ignorancia supina elevada a su máxima expresión.
      ¡Pues anda, que los que vienen con el rollo de la espiritualidad! Alguno piensa que va a entrar en el Nirvana o algo así rodando por estas parameras y chaparrales. Pasan por delante de iglesias y catedrales que les explican las cosas punto por punto con un lenguaje al nivel del mayor de los ignorantes de hace mil años; ¡y es que no se enteran de nada! Que si milongas orientales, que si nuevas comunidades, que si patatín que si patatán. Vuelven a casa sin haberse enterado de la misa la media. Si acaso algunos sienten como que algo les roe por dentro..., y vuelven. Vuelven a darse el gran palizón por la misma ruta o por otras como si sintieran que aquí hay algo, verdadero, intenso, pero que nadie consigue alcanzar su esencia.
      La verdad es que yo tampoco; ¡y mira que llevo años metido hasta las cejas en el tema! Pero no doy con ello. Quizá nadie sepa. Quizá ya se haya perdido para siempre y solo quede una atracción turística para turistas de tres al cuarto. Como una especie de parque temático donde no cobran entrada y en el que puedes pasarte los días que quieras. Además, aquí cada cual se monta su propio espectáculo solo o acompañado.
      ¡Uf!, ¡vaya relámpago!, se va a liar una tormenta de las gordas; será mejor que vaya cerrando las ventanas.
      Ya era hora; hace días que pasaron los afiladores y nunca habían fallado: pasar los de Orense y ponerse a llover era todo uno. Pero está el tiempo muy raro; en verano ya no llueve como antes; y cuando empieza parece que está diluviando.
      Ahí vienen tres turistas; ya cenamos.
    ¡Buenas tardes! Sus credenciales, por favor. Un francés, una inglesa, y un alemán que viene caminando desde su pueblo. (¡Fenomenal!)
    Enseguida les doy cama. Primero tengo que apuntarles en el cuaderno; esperen, por favor.
      El peregrino francés comienza por contar que la noche anterior, mientras dormía, le robaron parte de su equipaje y cartera, viene casi con lo puesto y un papel firmado por el párroco del pueblo donde pernoctó y que le identifica como peregrino.
    Disculpe, no leo bien, ¿cómo se llama usted?, buen hombre.
    Marc Antoine Charpinter.
    Caramba, caramba, ¿no sabrá usted hacer música con risas y carcajadas?
    ¿Perdón? Mmm. Me temo que me confunde usted con Charpentier, músico del Rey, que vivió hace siglos.
    Disculpe usted la broma, por favor; fui muy aficionado a la música culta antes de retirarme a este pueblo. Pero, pase, pase dentro, que viene una tormenta y de las gordas.
    Y la señorita, ¿Cómo se llama usted?
    Flora. Soy inglesa. Londinense. Permítame que deposite el donativo de mi parte y del señor francés.
    ¡Cómo no!; my lady. En el buzón. Gracias.

      Un fuerte relámpago ilumina los campos y Flora, sobresaltada, da un fuerte grito.
    ¡Disculpe!, ¿qué ha dicho usted? No le satisface El Albergue.
    Perdón. Supongo que lo que he dicho se podría traducir por “el día de Dios nos asista”, por el rayo que ha caído y me he asustado; su albergue, en estos momentos me parece un palacio.
    ¡Ah!; ya veremos dentro de un rato.
    Y el chico alemán; veamos, por supuesto: todo correcto.  Y de nombre Carl Friedrich. Estamos musicales esta tarde. Pase y entre. Pero si aún vienen más. Y uno con bicicleta; veamos.
    Es usted ¿rusa?
    Sí, señor, mi nombre es Nastia.
    ¿Por qué hace el Camino?
    Nací y me crié en un barrio miserable del puerto de San Petersburgo. Cercana al mar nunca pude subir ni a una pequeña lancha. Mirando por la ventana del váter de casa podía ver un cachito de cielo y una pizca de mar. Por ahí han huido mis sueños y vanas esperanzas de triunfar. Trabajando como dependienta de unos grandes almacenes apenas he tenido dinero para mal vivir, con mi madre y mis hermanas, y mal vestir comprando en mercadillos. Aprendí el español en la escuela y lo seguí perfeccionando en academias con el deseo de poder marchar algún día a Hispanoamérica. Sobre todo a Cuba; pues cubanos he tenido por profesores. Surgió la oportunidad de venir a España y decidí aprovecharla.
    Pues viste usted muy bien; siendo tan pobre. Y muy elegante. Lo digo por el calzado que lleva; parecen zapatillas de ballet. Francesitas. Para las piedras del camino deben ir muy bien.
    ¡Ya!, pues llevo tres pares, - exhibe una preciosa sonrisa y se atusa levemente el cabello-. Es por una promesa que hice antes de venir.
    Y ustedes ¿de dónde son?
    Me llamo Marcial; y necesito con urgencia echarme en una cama. Tengo la espalda molida de la mochila y tanto caminar. Este individuo que me acompaña es holandés y aunque no lo parezca (le sopla al oído) habla y entiende el español perfectamente; juega al extranjero-mi-no-comprender. Su bicicleta está estropeada y hemos venido andando todo el rato con la esperanza de encontrar algún lugar donde pudiera repararla.
    Bueno, déjela en ese cuarto; y ya comprenderá que aquí hacemos la cena comunitaria y por aportación entre todos los presentes. Y tendremos que empezar pronto a prepararla o no cenamos. Además le pedimos un donativo; ya sabe: deje lo que pueda.
    Si me disculpa; le he entendido bien y ya son muchos los días que llevo haciendo la ruta comiendo y cenando con otras personas de diferentes países. Y no tengo inconveniente en hacerlo una vez más. Llevo años trabajando en varias ONG´s y conozco bien las dificultades de vivir en un lugar como éste. Y vivir de donativos que llegan de desconocidos.
    ¿Por qué razón hace usted el Camino?
    No lo sé muy bien; alguien me habló del tema, tenía tiempo libre, y me vine a España. Desde luego hago el Camino por otras causas distintas a las religiosas. Para mí, Jesús de Nazaret hace que los demás creadores de religiones parezcan farsantes. Pero, en mi opinión, también Jesús se equivocó bastante al juzgar al género humano. El propio caminar, los monumentos antiguos con su gran historia, y el contacto con otros peregrinos, me está haciendo meditar mucho sobre el asunto. Pero necesitaría una buena ducha y algo de cena para hablar más.
    Pues vamos a ello. Cuanto antes se duche antes empezaremos con la cena.


      Una hora más tarde se encuentran todos alrededor de la mesa poniendo platos y cubiertos, cortando el pan, y llenando los vasos de vino, mientras terminan de hacerse unos macarrones con una pizca de carne y mucho tomate frito.
      El albergue es mísero desde cualquier punto de vista, la casa es antigua y necesitaría una fuerte inversión para rehabilitarla, la ducha no pasa de un hilo de agua; y la cena es posible porque cada peregrino ha sacado algo de su mochila o de su cartera.
      El hospitalero prepara la mesa con gran ceremonia incluso acompañándose de rezos y latinajos. Como si sirviese en un gran mesón.
    ¿No tendrá un poco de aceite? ¿Y sal?

      El hospitalero saca las cosas de la despensa como si se las sacase de las entrañas. Al menos eso da entender por la cara que pone.
      Es un rostro que oculta, o lo intenta, su avaricia sin límite y su mala conciencia por que a estos peregrinos no les puede sacar los cuartos de forma alguna. Pero al menos lo quiere intentar.
    ¡Marcial! ¿Dónde conoció usted a la señorita rusa?
    Bajando hacia Pamplona; sentada a la sombra de una encina al borde del camino, con su vestido blanco. Tuve que pellizcarme varias veces pues me parecía estar soñando.
    Usted debe ser el único que hace el Camino con algún interés religioso, ¿cómo lo lleva con todos estos ateos con los que tropieza cada día?
    Ni bien ni mal; para mí tal vez Dios no creó los helechos, ni tiene paciencia para verlos crecer uno a uno; pero sí creó a las personas. A toda prisa. Y sigue igual de impaciente; de hecho eso es la Historia Sagrada: la historia de la Divina Impaciencia. Si no me cree pregúnteselo a los de Sodoma y Gomorra. En cuanto a la chica: la sigo sin esperanza. Tiene los pies más bonitos que nunca he visto. Y al encontrarla por primera vez sentí como una vaga de mar me invadía.
    ¿Y eso que es?
    Como una gran marejada que rompe contra los acantilados. Sólo que son mis entrañas las que reciben el oleaje.
    Es guapa la chica; cualquier vejestorio como nosotros se enamoraría de ella. Le comprendo. Será mejor que se siente junto al holandés durante la cena. ¡Para evitar tentaciones! ¡Uf! Vaya rayo, ¡y qué trueno!; éste ha sido de los grandes. Tenemos la tormenta casi encima. Será mejor que nos sentemos a cenar cuanto antes. El muchacho alemán, por ser el más joven será el que presida la mesa.

      Todo el grupo hace como que obedece al hospitalero y realiza una sentida reverencia al muchacho antes de sentarse a la mesa. Quedan tres sillas libres.
    Tal vez la señorita ruso-cubana querría contarnos cómo y porqué vino a España; y al Camino de Santiago.
    Mi vida no tiene secretos. Un día tuve un sueño en el que conocía a un señor muy importante y con el que terminaría casándome. El sueño estaba lleno de flechas y señales que indicaban a España y El Camino.  Veía ciudades y gentes de todo tipo charlando y comportándose de modo galante, elegantemente vestidos, paseando por lugares encantadores adornados de millares de flores. He venido en cuanto he podido. Parecía un señor italiano de familia muy culta y poderosa y me decía que en esta tierra nos encontraríamos.
    ¡Pues caray con las visiones! (Grita Marcial). Llevamos una racha cojonuda (mirando al holandés de soslayo) Desde luego que elegantes, lo que se dice elegantes, no estamos pero todo se puede proveer con buena voluntad.
    Si quiere aún le puedo regalar una más. Desde que llegué de Rusia no he parado de tenerlas. Con lo poco que puedo dormir entre tanto ronquido y gente que se levanta continuamente al baño.
    Hablando de visiones: quedan tres sillas libres. -tercia el hospitalero-. ¿Qué tipo de personas, según ustedes, deberían sentarse en ellas? Para mí tendrían que ser tres auténticos peregrinos; como aquellos que caminaban a Compostela hace siglos. Haciendo penitencia. Si hay esperanza para el Camino ésta reside en los peregrinos. Son como el trigo que crece entre la cizaña de un turismo masificado.
    ¿Es que no lo somos nosotros? Dice el holandés, ¿Por quién nos toma usted?
    Un peregrino hace el Camino por penitencia y con ánimo de alcanzar curación. De ser sanado, no de cuerpo que tanto sufre cada día caminando, sino de Alma. Limpiar la mente y la conciencia de las trampas y penalidades de la vida diaria. De la soledad y la vacuidad de su pequeña existencia. Sentirse en medio de algo mayor que uno mismo. Rodearse de manos amigas. Contestar a cada reclamo con una sonrisa. Alentar una esperanza muy antigua: que cada uno de nosotros lleguemos a ser ya seres completos; completamente humanos. Y reconozcamos en nuestro esfuerzo y meta final la mano de Dios, empujando cuando no tenemos fuerzas para continuar, levantando cuando hemos caído, y sofocando cuando ardemos en una tormenta interior; todo y más para que no nos desviemos de Su Camino y alcancemos Su Meta Eterna. Si alguno de ustedes se reconoce en estas palabras sírvase sentarse en una de las sillas vacías.

      Ninguno hace el gesto de levantarse del sitio pero el joven alemán exclama:
    Usted nos pidió al llegar un donativo, una pequeña cantidad de lo que llevamos en la cartera; a cambio nos ha dado algo de lo que lleva en lo profundo de su Alma. Gracias. Es la mejor inversión que habré hecho jamás. Con usted hablando me he sentido más inmerso en el Camino que en todos los días que llevo caminando. Nuevamente: gracias. Pero hay algo que no entiendo, si usted cobra por pernoctar aquí y nos paga escuchándole decir lo falsos que somos ¿por qué no se aplica esa misma medicina a usted mismo? ¡En poco tiempo llegaría a ser un auténtico hospitalero! ¿Por qué mantiene esa actitud desafiante con los peregrinos? que parece que tengamos que pelear con usted para demostrar lo que una credencial ya nos otorga. Parece que tuviese usted la autoridad única de decidir quién es peregrino y quién no. No le parece que un hospitalero, debiera ser como la semilla de sésamo que, plantada en buena tierra, crece como un gran arbusto y a él van a refugiarse los pájaros del campo: sean turistas o peregrinos. ¿Por qué no lo ha intentado hacer alguna vez?
    La verdad es que esta noche ha sido la primera vez en mi vida que he hablado con el corazón en la mano. Quizá sea por la tormenta que tenemos encima y que me llena de espanto. Si cae un rayo en esta casa ninguno lo contamos. Creo que al fin, gracias a ustedes, he encontrado mi Camino para llegar a ser lo que siempre he ansiado. Un ser acogedor. Un buen cristiano. No volveré a preguntar jamás de donde viene nadie ni porqué. Y si no hay más que una lechuga para comer pues más abriré mi corazón para compartir. ¡Y todo por el miedo que le tengo a los rayos!

      En esos momentos un rayo cercano y un fuerte trueno sacuden la casa y a todos los presentes. Apenas cesado el estruendo la muchacha inglesa se dirige al hospitalero y exclama:
    ¡Usted no tiene miedo a las tormentas! Acabamos de verlo. Ni se ha inmutado cuando todos nos hemos asustado. Usted solo tiene miedo de Dios. Del Dios en el que tanto dice creer y algo llega a entrever en su propio interior. Miedo de que le deje desnudo a la vista de todos. Miedo de enfrentarse a sí mismo y reconocer que se esconde tras una fachada de falsa piedad y hospitalidad. Y verse a sí mismo como una vieja casa que se cae a trozos; alumbrándose con velas pues no tiene ni para pagar el recibo de la luz. Por todo hay que pagar y eso todos lo sabemos. Pero usted quiere ser, a la vez, Hospital y Hospitalero y que incluso el propio Cristo, si viniera, le pague “un donativo”.
    Por favor, Flora, no seas tan severa con él o esta noche, entre la tormenta y las discusiones, todos dormiremos poco y mal.  Si ya una vez el hombre ha entregado lo mejor que sabe seguro que habrá una segunda y una tercera. Tengamos la confianza de que hoy haya comenzado para nuestro hospitalero un nuevo Camino muy diferente al que llevaba. Soy una rusa en España y estoy vacunada de cambios sorprendentes en la gente. Todos podemos mejorar como personas si tenemos oportunidad. Hospitalero o peregrino a todos nos une el mismo Camino.
     Os ruego que me disculpéis, peregrinos. Y os dé las gracias por vuestra comprensión. Me encontraba en un momento personal muy duro y me he mostrado ofensivo con vosotros. Una vez más os pido disculpas. Que tengáis un descanso reparador y mañana un buen Camino. Yo velaré vuestros sueños por si cae un rayo y nos incendia la casa. Ya dormiré otro día. Que tengáis felices sueños.


Como siempre: podéis mandarme un correo web o dejar un comentario. Gracias.