viernes, 6 de julio de 2012

La picadura. Un cuento del Camino de las luciérnagas.

Para este fin de semana os propongo la lectura de otro de mis cuentos del Camino de las luciérnagas. La foto es de un pequeño albergue que me sirvió de inspiración a la hora de escribirlo. Es Azofra. Paré en este albergue, el único que había entonces, una tormentosa tarde de septiembre del 99. Unas tormentas tremendas caían aquellos días y los caminos eran unos barrizales impresionantes.
Pero bueno, las fotos, los recuerdos, solo me sirven vagamente a la hora de escribir, pues son cuentos fantásticos y cada uno puede imaginarse como quiera el pueblo, el albergue, el paisaje, etc.
El argumento, en principio, es bastante simple: un viejo peregrino, casi a la vieja usanza, como una especie de homenaje a nuestros antecesores en el peregrinar, ¡y en qué condiciones lo hacían! y un peregrino joven de los muchos que van a Compostela cada año. Un pueblo casi abandonado, las viejas creencias y costumbres españolas, un niño, y los cuentos y fantasías que tanto nos gusta leer o bien oír contar.
Confío que os guste. Ya me contareis.
Si alguno quiere descargarlo para leerlo en su ipad o lector de libros electrónicos no tiene mas que dejarme un comentario o enviarme un correo y yo se lo envío en el formato, word, pdf, etc, que me indique.


                                               La picadura

      Una calurosa tarde de verano llegó por un largo camino de piedras un peregrino de avanzada edad a un casi abandonado pueblo castigado por la sequía y la falta de futuro para la juventud. Caminaba agotado por las polvorientas calles buscando una fuente donde refrescarse cuando, en un rincón, tropezó con un niño que jugaba con una manzana haciéndola saltar de mano en mano...

    Perdona, ¿podrías decirme quien podría darme algo comer y beber?
    En el pueblo solo quedan cuatro viejas y nadie te dará nada abuelo; porque son casi tan pobres como tú.
    Pero al menos una fuente donde pueda beber agua si tendréis aquí.
    Tampoco hay fuente; pero puede ir a la antigua casa del cura, junto a la iglesia; allí paran los peregrinos. Algunos se quedan a dormir.
    Bueno, gracias, eres muy amable.

      El viejecito besó las estampas que llevaba colgadas del cuello y masculló una jaculatoria en latín antes de dirigirse al refugio. Una vez en él se encontró con que apenas era una casita a medio derruir pero con cocina, cuarto de baño, y una litera casi tan vieja como él. Tras beber tanto agua como fue capaz se dio una ducha de agua fría y después se sentó a la puerta a limpiar su gastado calzado y lavar los calcetines.
      La tarde se fue nublando rápidamente y el olor a ozono le anunció una tormenta segura. Su estómago e intestinos realizaban un concierto insoportable de gruñidos y rugidos varios que le impulsó a calzarse e ir de casa en casa pidiendo cualquier cosa que llevarse a la boca; pero apenas había dado dos pasos cuando advirtió la presencia bajo los soportales de la iglesia contigua de un joven muy bien vestido con ropa deportiva y mochila de vivos colores sentado en el suelo, la cabeza apoyada en una columna, y muy mala cara.
    ¿Le ocurre algo buen hombre?

      El joven, muy rubio y pecoso, levanto los ojos y al ver al anciano le explicó en buen francés y muchos gestos que su estómago se encontraba fatal y había ido haciendo del vientre en cada curva del Camino. El anciano le tendió le mano y le indicó la casita de al lado donde él se había refugiado.
    Bueno, ahora me lo cuentas en cristiano que yo soy de Aragón. Dúchate y descansa; intentaré conseguir algo de comida para ambos.

      Un relámpago seguido de un gran trueno anunció una tormenta segura a la vez que el cielo se oscurecía de inmediato. No había salido de la casita cuando oyó los gritos de un niño en la calle; al salir vio al crío de la manzana dando saltos y quejándose de un brazo.
    ¿Qué te ocurre, muchacho?
    Una avispa me ha picado.
    Anda ven que yo te curaré.

      Entraron en la cocina y a la luz de una bombilla procedió a extraerle el aguijón ayudándose de una afilada navaja. Después lavó la herida con agua y jabón y tras secarla le untó un poco de aceite de oliva que encontró en la cocina.
    ¡Vamos!, te llevaré a casa y allí te curarán mejor tus padres.
    Estoy con mi abuela, tenga, (dándole la manzana), gracias por su ayuda. Su casa está aquí cerca en la calle de abajo; si quiere puede venir conmigo.
    Pues vamos antes de que empiece a llover.

      Algunas gruesas gotas comenzaban a humedecer las calles cuando salieron de la casa.
    ¿Qué son esas cosas que lleva colgadas del cuello?
    Son escapularios con la imagen de la Virgen del Rosario y de San Roque.
    ¿Y para qué son esas cosas?
    Son mis Santos protectores.

      La puerta estaba entornada y al entrar el crió gritó: ¡abuela!, ¡vengo con un señor!; a lo que contestó una vocecita: ¡pasar a la cocina!, ¡estoy aquí!         
      Sentada junto a una mesa de madera se encontraba una anciana enlutada cortando rebanadas de pan. A su lado un mortero contenía cabezas de ajo machacadas y un poco de aceite con pimentón. Detrás de ella una cocina de carbón calentaba una cazuela de agua y otra con sopa.
    ¡Bueno!, y quien es este señor que has traído a casa.
    Es un peregrino que se ha quedado en la casa del cura y me ha curado una picadura de avispa.
    Tan solo le he sacado el aguijón y creo que un poco de veneno. Convendría desinfectar la herida y avisar a un médico.
    No parece que revista importancia; se la lavaré con agua oxigenada y le pondré una gasa encima. No hay teléfono en el pueblo y hasta mañana no vendrán sus padres a recogerle. Está pasando el verano conmigo. Pero, siéntese y cuénteme de donde es y por qué está haciendo el Camino ya tan mayor. Tiene mal aspecto.
    Soy de un pueblo de Teruel y voy a Santiago por una promesa que hice al morir mi mujer hace unas fechas.
De su estómago surgieron unos sonidos desagradables que despertaron en su rostro un rictus de puro dolor.
    Me parece que tiene usted algo de hambre. Desde la guerra no escuchaba un hambre así.
    Mucho le agradecería cualquier cosa que pueda darme.
    Tenga un poco de pan y queso y espere un poco que le preparo una cazuela de sopas de ajo.
    Si no le importa prepare un par de ellas. Está conmigo un muchacho que también anda mal del estómago y le vendría bien tomar algo caliente.

      Charlaron un buen rato sobre la vida en otros tiempos y las costumbres que tanto estaban cambiando mientras el crío cenaba la sopa y se reía de sus hambres y romerías, de los cortejos, y las bodas, los sepelios y lutos que les seguían; corrigiendo su manera de hablar y haciendo aspavientos sobre sus antiguas costumbres y creencias. Al poco, dos tazas de barro estuvieron repletas de sopas incluyendo cada una un huevo escalfado.
    Que duerman bien. Mañana temprano vengan y les daré otras dos más para desayunar.

      El anciano tomó las dos tazas y se dirigió lo más aprisa que pudo bajo la lluvia a su improvisado refugio. Se encontró con el joven francés acostado en la litera inferior y un corazón de manzana tirado en el medio de la habitación.
    Despierta, muchacho, aquí tienes algo caliente para entonar tu estómago.

      Cenaron, deleitándose en cada cucharada de tan sencilla colación, charlando sobre lugares y rincones, anécdotas, y chascarrillos de lo pasado y lo por pasar hasta llegar a su destino. Después, sin más, se fueron a dormir.


      Pasadas unas horas la puerta del dormitorio se abrió de improviso y se encendió la luz: era la abuela que venía a buscarles pidiendo auxilio. El niño se encontraba muy mal; la picadura le había producido infección, tenía mucha fiebre y temía por su vida. Se vistieron en un santiamén y se dirigieron raudos a ver al niño. En la habitación se encontraban media docena de ancianos sobrecogidos, mirándose los unos a los otros sin saber qué hacer. El joven comprobó la calentura de su frente y el pulso de su mano; el niño deliraba soltando frases inconexas y revolviéndose cada poco.
    Necesita cuidados médicos con urgencia
    No tenemos medios de avisar a nadie
    ¿A cuánto está el médico más cercano?
    A diez kilómetros por la carretera.
    Iré yo, dijo el joven, en un par de horas estaré de vuelta con ayuda. Y ajustándose bien su ropa impermeable salió al aguacero casi corriendo. Los vecinos quedaron en la cocina comentando cosas con el pobre peregrino.
      Pasando un buen rato apareció la abuela para decirle que el niño no paraba de llamarle y que fuera a su lado. El anciano se acercó al niño y le pasó las estampitas por la frente a la vez que rezaba entre dientes. Al hacerlo el niño pareció calmarse de sus convulsiones y le pidió que le contase algo.
    ¡Cuénteme una historia abuelito ignorante! Algo bonito que me voy a morir.
    Bueno. Escucha y piensa en lo que te digo.
         Iba caminando por el camino de mi vida, rodeando pueblos y países, durmiendo bajo una lona, a la vera de casas construidas sobre enormes piedras,  alimentándome de la caridad ajena, cuando, un día, estando solo y caminando por lugares despoblados, con mucha sed y mucho frío en todo el cuerpo,  me encontré, como recostada bajo un árbol, una niñita aferrada a un gran osito blanco de peluche y a su derecha un sol que era luna y las estrellas. Su piel morena y su negro pelo muy cortito, los grandes ojos de negro intenso y la mirada de infinita dulzura, y bajo su cuello colgando de una cadenita de plata una vieira chiquitica resplandecía como mil estrellas; cuatro pajarillos azules saltaban junto a sus piernas, y bajo las ramas decenas de mariposas volaban bajo la atenta mirada de un búho violeta. Al acercarme me miró y sentí como si una lluvia de pétalos de rosas cayese sobre mí y su intenso aroma invadiese todo mi ser. Extendí mi mano para ponerla en mi regazo mientras con la otra recogía el osito y el sol de peluche; pero, al intentar seguir el camino el cielo pasó al instante del día más claro a la noche más tenebrosa. Asustado casi perdí pie y creí que nos íbamos al suelo cuando, de repente, noté que de su medallita santiaguera una brillante luz surgía alumbrando bien el sendero. Eché a andar camino del firmamento mientras le decía: a partir de ahora te llamaré Candela del Camino. La niña me sonrió y una hermosa estrella azul apareció al final de la Vía Láctea. Seguí caminando en el tiempo y la vida con mi niña encontrada y la luz que había recuperado mostrándome una senda segura y firme para siempre.

    ¡Vale!. Pues ahora yo te contaré uno mío.
         Un niño montado en un patito amarillo todo el planeta recorrió y muchos amigos por todas partes encontró. En una tierra lejana una vaquita con pintas azules un bonito cuento le contó; y empieza así:
Un día vi un patito pasar raudo y veloz como un cometa
En su estela viajaba un buhito azul
Que al pasar me hizo ¡uh! ¡Uh!
¿Qué quieres patito buhito azul?, le pregunté
Estoy buscando una ranita escarlata ¿la has visto tú?
En un lago cerca de aquí hay muchas así
¿Cómo sabrás cual es la que buscas?
Porque yo le diré ¡uh! ¡Uh!
Y ella me dirá ¡cruac! ¡Cruac!
¿Pero entonces ella que hará?
Pues la echará al agua para que siempre se acuerde de su amigo el buhito azul y presumirá con sus amigas de su nueva amistad.
Y se marchó.
Después llegaron dos burritos azules y…, y…



      El niño quedó dormido con una respiración acompasada y tranquila pero al poco rato sintieron la llegada de un automóvil. Enseguida entraron la casa un médico y su enfermera, y rápidamente comenzaron a atenderle. ¡No se preocupen, que el niño saldrá de ésta! ¡Hemos llegado a tiempo! En la cocina se reunieron paisanos y peregrinos abrazándose mutuamente y uno por uno fueron besando las estampitas del anciano.
      La tormenta había cesado y la aurora anunciaba un nuevo día cargado de hermosos presagios.
    Por cierto, ¡gracias por la manzana! Me siento muy bien.
    Así te vi salir corriendo anoche. Anda, majo, cuídate, y no pares hasta Compostela; que no sabes lo que te has quitado con ese esfuerzo.

Y los dos fueron a recoger sus mochilas con la seguridad de haber hecho algún bien aquella noche. Amanecía y un sol dorado resplandecía sobre las nubes y los campos aquel día.