viernes, 25 de mayo de 2012

El lírio blanco. Cuento completo.

Como el fin de semana pasado gustó la iniciativa de poner un cuento en el blog, para la mucha gente que disfruta de la lectura, aunque sea en medios electrónicos, voy a poner otro cuento del Camino de las luciérnagas.
Confío que también os guste.

              El lirio blanco

      El perro intuía que con solo volver al camino y menear dócilmente la cola su amo disculparía otra escapada por campos y callejuelas a la búsqueda de cualquier avecilla o animalillo con el que juguetear.
      Había encontrado al hombre una madrugada de fría niebla y hambre negra. Llevaba días y noches vagando por los montes. Sucio, helado, hambriento. Buscando su familia. Recordaba bien el viaje, como tantos otros siendo aún cachorro, en el automóvil de los amos; jugando con sus hijos, sus amigos; asomando la cabeza por la ventanilla. Disfrutando del aire en su rostro. Ladrando a todo lo que se movía. Las risas.
      La parada en un lugar descampado. Saltar del coche y corretear entre las piernas de los amos. Jugar con sus amigos. Los niños. Alejarse un poco de ellos para olfatear unas extrañas flores al borde de un camino de tierra. Irreconocible perfume; extrañas formas. La nariz entre las flores; el canto de los pajarillos; el rumor de las hojas de los árboles mecidas por una brisa calurosa. La silueta de un águila recortada contra el azul celeste le hace volverse corriendo hacia el automóvil.
      No hay nadie. No oye nada. Los amos no están. Los niños no están. No encuentra el automóvil confundido su rastro por el paso de otros autos por la carretera. Está solo; y, arriba, la silueta del águila cada vez más cercana.
Corre; corre con todas sus fuerzas hacia el bosquecillo cercano, corre hasta perder la conciencia destrozándose contra ramas y arbustos; golpeándose con las piedras; el corazón en la boca, buscando algún refugio seguro.
    Ven, perro, ven.

Una voz amable; de un hombre joven, cálido, y sensible; un habla extraña, con un timbre saturado de sensualidad y dolor. Un dolor inexpresable; una herida muy profunda. Caricias amorosas de unas manos muy sensibles: ¿tienes hambre, perrito? El rastro de una amargura terrible que ha ido reposando y aquietándose en el fondo de su alma tapando un hecho feroz que marcó la vida de este hombre. Un hombre herido de soledad.
      Hay complicidad.
      El perro percibe en su voz algo que no comprende pero que le hace sentirse amigo del hombre rápidamente. Le seguirá a todas partes. Cuidará de él y procurará aligerar su soledad con la alegría de su corazón. Un corazón que ha dejado de vagar y ha encontrado alguien que le acepte sin más. ¿Cómo será su hogar? ¿Tendrá hogar? ¿Esposa? ¿Hijos? Cuidaré del hombre y el hombre cuidará de mí.
    Vamos, perro, nos quedan dos horas de camino.

      Comenzamos a andar pero al poco nos detenemos tras cruzar una carretera a la carrera. Hay una fuente y chicos que hablan y gritan; excitados y cansados. Hay quien está sentado a la sombra de los árboles. Vuelve a hacer calor.
      El hombre toma una lata que encuentra tirada al borde de la carretera; la llena de agua, y me da de beber. De su mochila saca unas galletas y me da de comer. Otras personas se acercan y se animan a hablar con el hombre: ¿Es tuyo este perrito? ¡Qué bonito es! Y también me dan cosas de comer.
      Voy saciando hambre y sed; en esta compañía humana me siento bien. Son gente amable y me tratan con afecto. Echamos a andar por un estrecho sendero que desciende entre arbustos y árboles.

      Pasan ciclistas dando voces para que los caminantes se aparten pero apenas hay sitio suficiente para el paso de un hombre. O animal. Más de una vez están a punto de atropellarme; pero me siento alegre y a los timbres de las bicis contesto con ladridos de alegría. Pasamos por pueblos y granjas donde otros perros me reciben con muy mal humor. Soy un desconocido. Pequeño y desvalido. Me refugio entre las piernas de mi nuevo amo. Mi amigo. Mi compañero.
      Pasa gente a caballo; animal extraño. ¡Se siente tan superior! Transmite a la gente que lo monta una imperiosa sensación. De dominio. De control. La naturaleza salvaje en todo su esplendor al servicio del hombre. Su señor.
      Yo no soy, desde luego, un animal superior. Soy pequeño; y mi olfato no es bueno. Quizá porque me criaron en el interior de una ciudad, de un piso, de un cajón. Así, pues, cada salida al campo era para mí un verdadero festín. Volvía a casa cargado de mil sutiles sensaciones, olores, colores, sonidos. Y cuando conseguía cazar algo: ¡el sabor! A la excitación de la caza seguía el descubrimiento de un sabor siempre nuevo, distinto. Vivo.
      Pero, mi amo, los hombres, ¿están vivos? ¿Cómo descubren el sabor de lo vivo? ¿Saben lo que es estar vivo? ¿Les pica el culo por lo menos ante una situación fuera de lo común? No sé nada de los humanos excepto que son niños incontinentes. Han crecido tanto y tan deprisa en algunas cosas de la vida y tan poco en otras que son un completo desbarajuste. De cachorros todavía se les aguanta y entiende pero cuando se van haciendo grandes nada les satisface. Son como las hojas de los árboles mecidas o agitadas por el viento. Pero el aire que a ellos les mueve es algo que no pueden o no quieren sentir; y esto les lleva, en ocasiones, a enloquecer.
    How are you? My name is John; I come from Eire.
    ¿Qué tal está? Yo soy Jon, y vengo de Euskadi.
    John, en napolitano se dice Yuan; pero Jon no sé a qué equivale. Vengo de Italia; pero podría ser de cualquier parte. Este perro abandonado seguramente tiene mayor conocimiento de esta tierra que yo. ¿Pensáis llegar a Pamplona? ¿Sabéis si queda mucho?
    Es bastante distancia. Nos quedaremos antes; en Arre. Mejor es que te quedes con nosotros si vas a seguir con el perro. En las ciudades siempre hay problemas para quien peregrina con animales. Bueno; aún no nos has dicho cómo te llamas.
    Paolo. Y soy napolitano.
     O sea, camorrista.
    ¿Eres tú de la ETA?
    Podría ser.
    Y estarás preparando una nueva fechoría.
    Y tú un secuestro.
    ¡Vale ya! dejar de discutir y mirar que perro más bonito. Es un setter, irlandés. Como yo. Tendremos que buscarle acomodo porque dentro del albergue no le van a dejar estar.
     No habrá problemas; el albergue tiene patio. Voy a menudo a Pamplona y conozco la Iglesia de La Santísima Trinidad. Parando lejos de las ciudades no tendrás dificultades porque te acompañe un perro. Pero procura darle bien de comer y limpiarle o si no te echaran de todas partes.

      Cruzamos un puente de piedra sobre un río y nos permiten entrar en un pequeño edificio de piedra. Me dejan en el patio junto a la ropa colgada a secar; cuando ya parece que se han olvidado de mí y estoy royendo la cuerda que me mantiene atado a una columna, el hombre aparece con una manguera en una mano y un gran cepillo en la otra. Protesto; salto, ladro, intento esconderme, pero termino empapado y cepillado de modo inclemente. Pronto viene la noche y toda la gente joven del albergue se disputa el darme algo de comer. Charlan y se divierten haciéndome rabiar. Algunos beben vino sin parar. La noche es calurosa y estrellada; la calma se va imponiendo y pronto me veo solo en un pequeño cobertizo. Me quedo dormido.
      Sueño con el hombre. Su voz quebrada como corteza podrida de roble viejo. Y un olor peculiar de una flor desconocida que noto en su piel que me intriga y atrae. El hombre sufre interiormente y se siente solo y abandonado. Como yo.
      Pero el hombre en su saco no puede saber lo que el perro intuye. También lo ignoran los que dormitan en el repleto albergue. Ha esperado a ducharse el último; cuando ya no quedaba nadie en los baños. Las luces apagadas. Porque no le vieran las manchas terribles que se distribuyen por casi todo su cuerpo. No son contagiosas, pero conoce bien el horror que produce su visión en la gente. Algún día desaparecerán. Tal vez incluso se encuentre pronto remedio para el virus gigante que lo provocó; y del cual es portador. Lleva consigo las pastillas para su medicación y cumple escrupulosamente las prescripciones médicas.
      Quizá, si tiene cuidado, nadie llegue a ser consciente. Lleva dos días caminando y se siente bien. Cansado, pero bien. Se duerme. Sueña.
      Sueño que hay alguien bajo mi cama y le doy de comer. Tan solo un poco de pan; pero no tengo otra cosa y el otro debe comer. El otro; cuyo rostro no puedo ver. El otro; ¿quién puede ser? ¿Qué relación tengo con él? Debo darle de comer.
      Aún es de noche y la gente ya se levanta y comienza a prepararse para la siguiente etapa del Camino. Hablan quedo y procuran andar como de puntillas pero entre bastones, botas, y bolsas de plástico, hacen un ruido insufrible.
    ¿Qué? camorrilla, ¿no piensas levantarte? No será porque tengas resaca; tan solo te vi tomar un vasito de vino anoche.
 Es el vasco que está en cuclillas junto a su litera. Ya está vestido y en su mano porta una taza de café humeante.
    Iré más tarde; gracias. Camino rápido; os alcanzaré en Pamplona.
    Vale. Así te vendrás a chiquetear conmigo y el irlandés loco y después nos vamos a dormir a Cizur o más adelante. Agur.
    De acuerdo.

      Espera a que se marchen todos para ir al servicio y ducharse. Tres veces al día se ducha y se raspa bien todo el cuerpo, y se da un ungüento especial; pero la piel tarda años en renovarse y algunas manchas quizás no desaparezcan nunca. Después las pastillas. El rito diario. Pastillas por la mañana, pastillas por la tarde.
      Ahora ir a soltar el perro y buscar un sitio donde desayunar.
      Caminan por las calles de una ciudad interminable. Casas y más casas; cada vez más intenso ruido de tráfico urbano, personas, animales. Perros; hay perros por todas partes. Calles estrechas, algarabía de niños que van a la escuela; estrépitos de coches, motos, bicis, y todo tipo de cachivaches. ¡La ciudad!
      Al fin paran en un parque de amplias praderas y se permiten ambos, perro y hombre, jugar un poco y descansar. Dormitar unos instantes.
      Vamos, perro. No se ven peregrinos y no voy a esperar más por ese par de chiflados. Continuemos el camino.


      Siguen las calles interminables hasta salir a la carretera y la solana del medio día; caminan sudorosos y juguetones por el borde de la carretera. Al primer pueblo que lleguemos y tenga albergue paramos. No puedo con mi alma. La medicación y el esfuerzo pueden estar produciéndome algún tipo de reacción.
      Llegan a un pueblo subiendo una empinada cuesta y cruzando un alto puente sobre un río. ¡Ahí está el albergue! ¡Y tiene una bandera que me resulta conocida! Aquí nos quedaremos hasta mañana. Hay sitio suficiente para que el perro juguetee y yo me reponga tras una buena siesta. ¡A jugar perrito! Y no marches lejos. Voy a coger litera.
      El perro estaba buscando alguien con quien jugar después de chapotear libremente en la orilla del río cuando advirtió que su amo se había sentado a la sombra de un árbol. Descansando.
      Mojado, ladrando, saltando, fue llamando su atención hasta echarse junto a sus piernas. Mirando a sus ojos. Escuchando el latido de su corazón y su fuerte respiración. Memorizando una vez más su olor corporal. Atento a una señal.
      Echado en la hierba se encontraba bien. Cómodo. Seguro. El sol se va ocultando y del río sube un agradable frescor. Se fue adormilando. Volver a soñar con su antiguo hogar. Los amos. Los niños. Los juegos. Cada rincón de la casa donde había pasado toda su vida. Las calles de la ciudad. El parque donde su ama le llevaba cada tarde al pasear.
      Algo le hace despertar y desperezarse rápidamente. Olor humano mezclado con alcohol; ruido de piedrecillas aplastadas, voces destempladas. El amo se levanta, asustado. Traen sus cosas envueltas en plásticos y se las tiran al río. Le gritan: ¡sidoso!, ¡asqueroso!, ¡leproso!..¡Acaso nos querías infectar a todos! ¡Mira que manchas tienes!... ¡Sidoso!
      Son los dos compañeros del día anterior y otros que se les han unido y vociferan tanto o más. Pero a esos dos especialmente se les nota el aliento alcohólico. Un joven francés, muy rubio y pecoso, con una manzana en la mano a medio comer, no para de gritar: ¡Ahora tendremos que desinfectar todo el albergue! ¡Puto marica de mierda! ¡Llévate contigo tu lepra!
      Les ladro; enseño los dientes, y quisiera morderles a todos. Pero el hombre me retiene. Está agachado junto a mí y me sujeta fuerte a la vez que me habla en un tono suave. Al fin se van todos. Y el hombre se dedica a sacar sus cosas de la orilla y ponerlas a secar al sol. Después se desnuda y se baña en el río pausada y lánguidamente. Queda al fin tirado en la hierba, sobre la colchoneta, y se duerme. Está agotado. Yo vigilo. Vigilaré sus días y sus noches hasta mi muerte. Pero quiero vengarme. Vengarme de esos hombres sucios y malos. Yo vigilo los sueños del hombre.
      Este hombre es blanco por dentro. Resplandece. Es cálido y comparte conmigo su alimento. Los otros por dentro están sucios; grandes manchas oscuras por todo su cuerpo. Sus rasgos deformes; sus caras monstruosas. Su avaricia sin freno. ¡Cuán diferentes del hombre!
      Es de noche y tengo frío. Me quedé dormido; desplomado por la tensión nerviosa y el baño fresco y la tarde cálida. Casi toda mi ropa aún está húmeda. Y el saco. Tengo hambre. ¿Dónde estará el perro? ¡Vaya pero si aquí aparece! ¿Qué trae en la boca? ¡Una barra de pan! ¿De dónde la habrás tomado?; pillastre. Menos mal que compré en Pamplona algo de salami y chocolate.
      Bueno; la mitad que has mordido para ti y la otra mitad para mí. Seguro que te gusta el salami. ¿Qué haría yo sin ti? Manchitas.
      Voy a continuar. No he venido desde tan lejos para rendirme de nuevo. Son muchas las renuncias que he debido hacer y demasiadas las veces en que lo he dado todo por perdido. Llegaremos a Compostela. Comeremos y dormiremos donde podamos. Donde nos acojan. Dejaré de ir tapado como una monja y solo me cubriré lo suficiente para que el sol no me abrase.
      Va a ser un infierno. Un auténtico infierno como encontremos más exaltados como esos. Te llamaré Cerbero. Serás mi guardián. ¿Qué te parece? Un ladrido alegre recibe como contestación. A veces pienso si los perros no entenderéis mejor a los hombres de lo que parece. Solo espero que no tengas que volver a robar más pan para alimentarme.
      La noche es estrellada y muy hermosa pero a pesar del frescor que viene del río consigue volver a dormirse. Le despiertan los primeros rayos del sol y el ruido de los primeros coches que pasan el puente. A su lado hay un setter de largas orejas y hermoso pelo blanco a manchas marrones y en su boca tiene una flor. Una hermosa flor blanca que deja en sus manos y se va tranquilamente a la orilla del río a chapotear y asustar a las ranas que a sus ojos caninos son los más hermosos juguetes que se pueda encontrar.
    ¿Cómo se encuentra usted? Hace un momento me he enterado de lo que sucedió anoche. Cuanto lo siento. Por favor, permítame que le ayude. Venga. Venga al albergue y desayune conmigo. ¡Qué horror! ¿Cómo puede haber gente así por el mundo? Voy a llamar a la Guardia Civil para que presente usted una denuncia. No tienen ningún derecho a comportarse de este modo. Aprovecharon que había salido a cenar y nadie me dijo nada hasta esta mañana. Canallas.
    Por favor; no se moleste. Le agradezco que me invite a desayunar pero no llame a la Guardia. No quiero más problemas. Ya pasó todo. Una noche bajo las estrellas me ha servido para reflexionar.
    Pero tiene usted la ropa húmeda. Venga; aquí tenemos ropa de sobra que otros peregrinos han dejado. Elija lo que necesite; hay un buen montón. Algo habrá de su talla. Hay toallas, calcetines; un poco de todo. Y venga a desayunar. Ya verá como le cambia el semblante. El Camino no ha hecho más que comenzar para usted. No se apresure a tomar conclusiones. Si continua a Compostela por la ruta encontrará otro tipo de personas que le harán ver las cosas de otra manera. ¡Pero si está usted constipado! Algo tengo en el botiquín o, mejor aún, le acompañaré al dispensario.
    Por favor, no se moleste; soy médico, y sé bien lo que necesito. Ahora mismo comer algo. Si me permite.
    ¡Cómo no! Entre en mi cuarto y siéntese a la mesa.
    En verdad es usted de una orden hospitalaria. ¡Un desayuno extraordinario!
    Tan solo soy un hospitalero voluntario que colabora con la orden; pero confío en que me admitan como miembro.
    Seguro que sí; y si necesita una carta de recomendación cuente con mi firma. Y gracias por dar de comer también al perro. De verdad se lo agradezco.
    Ande, buen hombre, comience a caminar antes de que el sol se ponga a calentar; y no se preocupe más. Algo hay que protege a los peregrinos. Ya se dará cuenta; y, ¡alegre esa cara! Esto es España. Fuera tristeza.



      Caminamos por amplios trigales y campos de girasoles. Una mañana muy clara. Encontramos una laguna donde el hombre para a refrescarse los pies y yo a chapotear y asustar a las ranas. Subimos una cuesta inacabable hacia unas figuras de metal y en lo alto un señor con una camioneta nos ofrece fruta y pan. ¡Y un trozo de salami! que me empieza a parecer un manjar. Hay gente por todas partes, dándose abrazos y haciéndose fotos; y del alto bajamos corriendo, saltando, gritando, ladrando. El hombre me tira piedras a lo lejos para que las vaya a buscar. Más correría si fuesen trozos de salami que tanto me empieza a gustar. Tiene un sabor extraño al principio, como este hombre, pero una vez que lo has probado no lo quieres dejar. Este hombre, luminoso interiormente; tan brillante y perfumado como la flor que le encontré en el río, y que ahora lleva prendida en el ojal.

Presentación del libro Meteoritos, de Jose Vicente Casado.

Ayer pude asistir, en compañía de numeroso público y algunos amigos del club deportivo SLAC-Collado Jermoso, a la presentación en el centro comercial León Plaza del libro Meteoritos, de mi amigo José Vicente Casado.

A las 20.15 se congregó numeroso público para la firma de libros por el autor en el salón del centro comercial. A los 20 primeros que se presentaron José Vicente les regaló personalmente un auténtico meteorito.

La presentación fue organizada y dirigida por las librerías Artemis.

Yo también llevé un ejemplar para que me lo dedicara José Vicente pero llegué tarde para el regalo del meteorito. No importa que por eso no vamos a perder la amistad.

Tras la presentación del director de Artemis José Vicente Casado pasó a charlar directamente con sus lectores, de no solo la realización y edición de su libro si no que nos dio una clase magistral sobre el origen de los meteoritos, su búsqueda por todo el planeta, la manera de distinguir auténticos de falsos, y el verdadero valor de las piedras espaciales despojadas de misticismos y chorradas que tanto venden. Hablando con la gente de lo que es la ciencia del siglo XXI y la ignorancia; la hay hoy día y la de siglos anteriores.

Al término de la charla, todavía le quedaba un montón de gente con su ejemplar en la mano para que se lo dedicara especialmente. Y también causó verdadero impacto tener en las manos auténticos meteoritos de gran tamaño procedentes de su colección personal; la mejor colección privada de meteoritos de España. Muchos de ellos se pueden contemplar en el Museo de La Siderurgia y La Minería de Sabero, León.
También nos comentó de su último descubrimiento: un canal romano de lavado de oro, hasta ahora desconocido, en el río Duerna. http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/el-leones-jose-vicente-casado-halla-un-canal-romano-de-lavado-de-oro_692867.html