lunes, 12 de marzo de 2012

Preparando nuevos cuentos

Espero dentro de poco presentaros otros cuentos nuevos; mejores que los anteriores. Pero no siempre está uno inspirado.

Confío en que os gusten mas que los anteriores.

Asamblea de la Federación Española de Amigos del Camino de Santiago

Este fin de semana se celebra en Santiago de Compostela la Asamblea anual de la Federación Española de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago.
El año pasado se celebró en Antequera organizada por la Asociación de Amigos de Málaga.
Este año acudirán muchos representantes de Asociaciones de toda España y en los tres días de encuentro se hablará de muchas cosas que atañen al Camino.
Esta vez tendré la gran suerte de poder asistir y ya pondré alguna entrada y fotos contando cómo ha ido la cosa.
Un saludo a todos cuantos vayan por adelantado.

Las dos orillas del río Iso. Final

    
       Es ahora Jan el que queda en la otra orilla del río tumbado en la blanca toalla de Nastia tomando el sol de una hermosa tarde de verano. A su lado el río Iso discurre plácido con sus frescas aguas repletas de peces que brincan constantemente para atrapar mosquitos. Jan se adormece, rendido por el cansancio de tantos días caminando, y sueña.
Sueña.
Sueña.
Sueña que viaja por el espacio, como si fuera una estrella, un cometa, un meteorito fulgurante. Ve ante sus ojos lejanas y hermosas flores de vivos colores y siente que algo le empuja con gran celeridad hacia una de ellas. Cada vez más cerca observa que sus delicados pétalos no son más que polvo galáctico y que él mismo es tan solo una forma humana de luz estelar.
Algo intangible e insuperable le sigue impulsando hacia el centro de la flor, ¡es una galaxia! Y acelera aún más. Hacia el centro, hacia el centro. Cada vez más rápido, rápido. Al fin apenas distingue el centro oscuro de un gran remolino que todo lo absorbe y que expulsa hacia lo alto un gran chorro de gas. La fuerza le sigue impulsando hacia el abismo inextricable. Deja de ver. Deja de mirar. Se siente arder; como si estuviera en el centro de una gran central nuclear. Cada fibra de su ser vibra, vibra y se calienta; se calienta. El dolor es insoportable. Intenta morir. Morir es lo único en lo que puede pensar, desear. Dejar de existir. ¡Dios bendito! Alcanza a decir, y se desvanece. Segundos mas tarde recupera la conciencia sintiendo como si una extraña luz, dorada y palpitante, estuviese en medio de sus pulmones y le hace incorporarse y gritar.
Se yergue en la toalla y mira a su lado. No está solo, siente. ¿Hay alguien? A su lado hay un bonito setter irlandés que le resulta sobradamente conocido. Se levanta de un salto con el corazón palpitando a cientos de pulsaciones por minuto, toma la toalla y se va camino del puente atravesando la pradera a la orilla del río. Al llegar a la pista empedrada que baja en cuesta hacia el puente tienen que sortear una alambrada, el perro da un salto y asusta a una peregrina que porta una gran mochila. A su lado camina otra mujer, alta, esbelta, morena, muy guapa; vestida a la última moda senderista, y sin otra carga que una cámara profesional de fotos último modelo. Y que comienza gritarle al perro y soltarle patadas.
−Disculpe al chucho, señora, -le dice Jan en húngaro-, no ha sido su intención arrollarla. No es más que un perrito muy dulce.
− ¿De dónde eres tú, bárbaro, que no reconozco tu acento?
−Soy checo, my lady; aprendí su hermoso idioma haciendo maniobras militares y operaciones de los cascos azules.
− ¿Un soldado? ¡Qué arrogante!
−Discúlpenos una vez más. ¿Puedo ayudar a su compañera a llevar un rato la mochila? Va muy cargada.
−Ni lo sueñe, presuntuoso. Mi criada puede con eso y con mucho más.
− ¡Ah, perdón! Es la criada de la sultana ¿y dónde está el señor sultán? ¿Esperándola con su rolls royce de apoyo?
−Bajo tierra; así me dejará descansar. Al menos será oficial de su ejercito ¿capitán tal vez?
−Fui un buen sargento; ya abandoné el ejército. Mis oficiales perdían el culo por mujeres como usted.
−Y los suboficiales por las criadas ¿Dónde consiguió ese anillo? ¿Se lo robó a un general?
−Algo parecido. ¿Podría calcularle un precio de mercado?
−Muy alto. Dos estupendos rubíes bajo un zafiro impresionante. Es un sello digno de un rey. Artesanía antigua. Pudo pertenecer a algún príncipe hace cien o doscientos años. ¿Qué hace en manos de un paleto, un vagabundo?
−Esto es el Camino de Santiago; aquí no hay realeza que valga. Nadie es más que nadie. ¿Y lleva la criada sus pertenencias?
−Casi todo, sábanas incluidas. ¿Y las suyas, salvaje, dónde están?,  ¿o camina en bañador?
−Están en ese albergue al otro lado del puente. Es muy acogedor. Les acompaño.
− ¡Ah, el famoso ambiente peregrino! Sinfonía de ronquidos y olor a sobaco por todas partes. Nos está resultando una agradable experiencia.
− ¿Nos? Mi princesa, (haciendo una reverencia) atenderá mi ruego para acompañarnos en la cena que vamos a realizar en este humilde refugio.
−Nos. Incluía a la criada. Nunca había salido de su pueblo y mi palacio y se está divirtiendo de lo lindo con estos chalados españoles. Los toreadores les llama. La persiguen a todas partes.
−Es guapa la moza y fortachona. ¿No habla?
−No hasta que yo le doy permiso. Es bonito este lugar con este viejo puente sobre el arroyo. Me hace recordar alguna de mis fincas.
− ¿Usa fusta o un buen látigo al recorrerlas?
−Voy en un todoterreno cuatro por cuatro. Tú podrías trabajar en mis cuadras; si no tienes empleo.
−Gracias por la oferta, pero me quedó una buena paga y no es trabajo lo que busco
−Ya; intentas recobrar tu alma destrozada caminando bajo las estrellas. Musculitos, invéntate algo mejor. Estás tan canino como el chucho. ¿Qué buscas aquí?.
−Tan solo ganar una última partida. Ya sabe; cosas de militar. Tampoco está nada mal el anillo que lleva usted.
−Por su causa estuve mas muerta que viva hace un par de años. Es un gran rubí.
− ¿Regalo de un amante?
−De mi marido; pero te acercas bastante. Inquisidor.
− ¿Y le parece bien este albergue a la señora marquesa? La recepción está en un edificio interior. Puedo acompañarlas.
−Tan solo si hay una peluquería decente por aquí cerca. Que no lo parece.
−Solo tendría que subir hasta Arzúa. Allá en lo alto.
−Es lo que había calculado. Quiero reservar hora, muy temprano, en el mejor sitio que haya. No puedo llegar a Compostela con este aspecto de campesina.
−Ya la peinarán en Santiago a su llegada. ¿No prefiere un poco de compañía? Somos un buen grupo de peregrinos de cualquier rincón del mundo. Hoy haremos cena comunitaria. ¡Venga y se los presentaré!
−Prefiero la peluquería, ¡adiós, patán!
− ¡Adiós, princesa! (Otra reverencia)
−Condesa, golfo. Soy condesa de pura sangre magiar.
−Quedo a sus pies con el corazón destrozado.
−Recupera tu alma de soldado y déjate de ñoñeces. Pronto vendrá la muerte a buscarte.
−Pues la esperaré bien acompañado.

Y se agacha para tomar al perrito en sus brazos. Se queda mirándola; mirándola y observando. Acariciando al chucho y meditando. Siente algo que le entristece profundamente mientras ella se va alejando. Algo que le produce un dolor en el pecho y una sensación de angustia tremenda. Mucho peor que cuando estaba en el frente y caían pepinazos por todas partes.
Tal vez la muerte ha pasado hoy a mi lado. Pero seguiré caminando.

Y así termina el cuento de Las dos orillas del río Iso.
Confío que pronto podré compartir otro nuevo cuento para el Camino de las luciernagas; y que os guste.