domingo, 11 de marzo de 2012

Las dos orillas del río Iso. Segunda parte.

Un buen rato mas tarde yace Nastia plácidamente dormida bajo los dulces rayos solares de una tarde de verano apenas arrullada por la corriente del río cercano. Despierta sobresaltada al sentir que alguien la está sobando;  suelta un fuerte golpe con su mano derecha sin apenas mirar y de un salto se pone en pie gritando, en ruso, a su asaltante.
− ¡Tranquila, tranquila! ¡No quería hacerle daño! Responde mientras se incorpora el hombre. Parece un campesino, por sus ropas viejas y ajadas, un sombrero chubasquero, y pantalones de pana que lleva por dentro de unas botas de agua que le llegan a la rodilla. En su mano derecha  porta una larga vara de negrillo y con ella intenta protegerse de las acometidas de Nastia que le suelta patadas y puñetazos.
− ¿Que no quería hacerme daño? ¿Y qué quería hacerme sobándome el pecho agachado encima de mí?
−Le estaba tomando el pulso. Es usted tan blanca que parecía muerta. Ni se la sentía respirar.
−El pulso se toma en la muñeca o el cuello. ¡Me quería violar!
−Disculpe mis modales pueblerinos; me habré dejado llevar por los instintos. No se enfade más y perdone que ya me marcho.
− ¡Usted no se va! ¡Voy a llamar a la Guardia Civil! Enseguida vendrán mis compañeros del albergue.
−Perdone usted señorita; no grite más. Me he portado mal. No soy mejor que esos grajos que hay por todas partes. Un pobre ignorante.
− ¡Un malvado y un cochino! Eso es lo que es. ¿Cómo se llama?
−Mi nombre ya no importa; soy un don nadie. Perdone y acepte esta joya como reparación del susto que se ha llevado. Ya me voy. Perdone.

Nastia se despista unos instantes al oír voces en la otra orilla de alguien que grita su nombre. Asoma entre los arbustos y ve a Jan al otro lado.
− ¡Ven rápido, Jan! ¡Ayúdame! Le grita.
Jan se lanza al río y en cuatro brazadas ya esta saliendo del agua para llegar a su lado.
−Estaba tumbado en la hierba, por ahí cerca, y comencé a oír gritos. Enseguida comprendí que eras tú (no hay muchas rusas guapas por aquí cerca) así que he venido corriendo. ¿Qué pasa?
−Este tipejo, que ha querido abusar de mí.
− ¿Qué tipo?
−Pero si ha desparecido. Saldría corriendo el muy ruin. Estaba tan tranquila tumbada en mi toalla…
−Y claro, el tío, al verte en cueros, y con el tipazo que tienes, se fue a por ti como un toro.
−Bueno, perdona, no me daba cuenta. Ahora me visto, ¿qué es esto?
−Pues parece un anillo de oro, y bien grande.
−Ya, ya; me quería dar algo como compensación. ¡Como si yo fuera una…!
−Pues no está nada mal, y es de oro de 24 quilates si no me equivoco. Y lleva tres piedras que si no son falsas costará un dineral. Pruébatelo.
− ¿Que me lo pruebe? ¡Tú estás loco!
−Perdona, perdona. Además, no te valdrá. Es de hombre. Muy grande y pesado. Me lo probaré yo.
−Ya estoy vestida. Bueno, en bragas; es igual ¿vienes conmigo a llamar a la Guardia Civil?
−Haz lo que quieras pero no lograrás nada. Ni siquiera puedo servirte de testigo. No vi a nadie y ni hay huellas o marcas en la hierba cercana. Perdona y olvida. Estás haciendo el Camino.
− ¡Que perdone! ¡Que perdone! Se va a enterar ese abusón de a quien ha estado tocando. Antes  me comerían los peces de ese arroyo que aguantarme esta rabia.
−Mejor te iría perdonado y olvidando, que estás en tierra extraña. Esta vida está llena de abusos y éste no habrá sido ni el primero ni el último. Anda, siéntate aquí conmigo un rato hasta que te calmes. Yo voy a esperar hasta que se me seque el bañador.
−Pues ahí te quedas; con el anillo del tío cabrón. Te dejo mi toalla. Ya me la darás mas tarde.

Es ahora Jan el que queda en la otra orilla del río tumbado en la blanca toalla de Nastia tomando el sol de una hermosa tarde de verano.

Esta es la segunda parte del cuento Las dos orillas del rio Iso; un nuevo cuento para Camino de las luciérnagas. Mañana llegará la tercera, que es la mas interesante.