lunes, 30 de julio de 2012

Maniobras orquestales en el Monte Aragón. Cuento fantástico.

Gracias a este blog puedo compartir con vosotros otro cuento fantástico que he terminado de escribir. De temática castrense y situado en el Geino Numeral del simpático guey cazador.
Como siempre indico: cualquier parecido con la realidad será una completa serendípia, casualidad entre infinidad de casualidades.
El afán es ilustrativo-cómico-festivo, que estamos en verano; con la caló, y la vida está mu achuchá.
Si consigo alguna sonrisa en el respetable lector me doy por mas que satisfecho.
Y sin mas preámbulos, ahí os va el cuento.
Disfrutarlo.

Maniobras orquestales en el Monte Aragón
(Esto va de la guerra; advierto)


De madrugada llega un largo tren a una pequeña estación manchega y es estacionado a la par de otros trenes similares. Son trenes militares; compuestos por coches de viajeros, repletos de soldados, y vagones destapados en los cuales han sido transportados vehículos de transporte, cañones, carros de combate, y todo tipo de material de guerra.
Durante horas el movimiento será intenso con el descargue de personas y materiales bélicos. Poco a poco la estación va quedando despejada según los convoyes van partiendo hacia La Mancha. No, no es el Sáhara,  pues las arenas son blancas; los escasos pinares que había por los montes han ardido casi todos en los meses anteriores. El sol luce implacable sin que una sola nube aparezca por el firmamento cuando los convoyes militares rugen espantando a las lagartijas por las cañadas manchegas (es una vuelta de reconocimiento para ir entrando en sazón; ¡hay que quemar gasolina!¡cómo rugen los tanques entre los viñedos!¡ qué estampa telúrica: los cañones bajo los molinos de viento!) y al fin, llegamos, tras ocho horas de viaje, a los resecos valles del Monte Aragón.
Los helicópteros sobrevuelan la zona recogiendo datos en tiempo real y transmitiéndolos al Centro Nacional de Seguridad Nacional del Geino. Los equipos de transmisiones operan a toda potencia, aviones espías, comunicaciones por satélite, los paracas ya llegaron hace horas asegurando la posición, los aviones mirage dan pasada tras pasada asustando a los pueblerinos y sus cabras. Valle tras valle se van estacionando las diferentes agrupaciones que forman la división patriótica motorizable y demás cuerpos auxiliares que han venido en su ayuda.
La tarde veraniega, con sus últimas luces, permite a los soldaditos montar docenas y centenares de tiendas de campaña en los rincones mas insospechados; y, lo mas importante, cenar adecuadamente.
Toque de retreta y lectura de las últimas disposiciones generales: ¡Felicitaciones, muchachos! Ha sido contenido el avance enemigo con nuestro despliegue incontenible y podemos irnos a sobar. Mañana os vais a enterar.
La primera claridad del alba es recibida en los campamentos al toque de corneta. Pronto comienzan las voces y los primeros espasmos musculares.
¡Comienzan las maniobras!
Dejemos a un lado la febril actividad del Puesto de Mando, olvidemos por un tiempo a los oficiales y suboficiales, tan campechanos como sabemos, y la tropa, que se afana en sus labores (O sea, limpiarles las botas y arreglarles las tiendas a los anteriormente nombrados) y busquemos a los auténticos protagonistas de esta epopeya inmortal, de esta barbarie humana, ¡el pelotón de comunicaciones!


Cargados como burros podemos verles subir y bajar montes y lomas escondiendo en la arena el tendido genefónico. La defensa de la patria pende sobre sus chepas y depende de sus empalmes.
− ¡Cabo genefónico, cabo genefónico! ¿Cinco minutos de descanso?
− ¡Callad, borricos godedores! Y seguir tirando cables. Como nos vea parar el sargento iremos todos a descansar a un castillo lo que nos quede de vida. ¡Seguimos adelante!
Mas montes, mas arena, más calor; avispas y alacranes son los únicos seres vivos que encuentran en su avance. Pinares resecos, abrasados, churruscados; más dunas. Calor.
−Esto parece Venus ¿una cervecita mi cabo? Acaban de traernos los bocatas.
−Hace; pero escondidos entre los chaparrales.

A medio día llegan nuestros héroes inagotables hasta el Puesto de Mando de la brigada arrastrando cables y haciendo empalmes.
− ¡Premio para mis ardorosos guerreros! Comeréis el mismo rancho que los oficiales. ¡Cómo os cuida vuestro sargento! Sois mis angelotes.
−Esto si que es un sargento rumboso, rumbero, y poderoso; agradecidos y a sus órdenes.
−Eso sí; después del manduque os quedáis en la cocina y limpiáis todos los cacharros; que andan faltos de gente
− ¿Y que mas ordena su santidad  marcial y guerrera?
− ¿Qué mas? A sí, casi se me olvidaba, cargáis con otros cinco kilómetros de cable y me tiráis otro tendido siguiendo este plano. Que os aproveche.


Esa noche nuestros muchachos acarreadores se van todo lo rápido que pueden a sus guaridas (quiero decir tiendas de campaña) apenas el sol se pone. Duermen como troncos y roncan como serruchos hasta que el infame turuta osa (¡sí, osa!) arrancarles de sus ensueños favoritos con su estruendoso toque de corneta. Aparece el sargento.
− ¡Atender, cencerros! Hoy toca maniobras de compañía. Os proporcionaran unos bocadillos muy livianos y digestivos y me llenáis las cantimploras. No quiero ver a nadie boqueando a media mañana.
−O sea, que nos toca supervivencia en la montaña
−Correcto, marica. El enemigo (los boinas verdes) os putearan de lo lindo y a todas horas. A si que os quiero despiertos y activos
− ¡Guau! Supervivencia, camuflaje, ¡como los indios!
− ¿Cómo los indios? ¿Americanos? Maricones todos. Me vais reptando desde aquí hasta el quinto pino y de regreso. Ya veréis que camuflados empezáis el día. ¡Cuerpo a tierra! ¡Me repten! ¡Ar!.

El día transcurre plácido en las montañas lunares del Monte Aragón. La infantería pinrelera y los guerrilleros pasaran horas jugando al gato y el ratón.
− ¡Pum! Disparo a bocajarro
− ¡Goder, tío! ¡Que me has matao!
−De eso va la movida. Ni me vistes llegar; estaba bajo tierra. Ahora te pones la señal de muerto y circula. ¡No hay quien pueda con los guerrilleros!
− ¡Que me has godido, cabrón! Me has pegao el tiro en toda la cara
−Pero si son balas de fogueo. ¡No matan a nadie! Se enfada porque le he chamuscado un poco la cara.
− ¡Mira tú el sabiondo de la gorrina! Y esta culata es de goma (¡Pommm! El cetme en todas las napias y tío al suelo KO total)
− ¡Hay pelea, hay pelea! Gritan los pedruscos y matorrales.
 De los arbustos, de los pinos, de las arenas, de todas partes, surgen musculosos guerrilleros con el machete entre los dientes; pero, ¡ay amigo!, se enfrentan al mejor pelotón de fusileros que el mundo ha conocido: ¡los genefonistas!
Media hora más tarde las ambulancias militares recogen los restos de la batalla mientras el polvo recubre la sangre derramada por nuestro honor militar y patrio (y por nuestros cogones). Esa noche, en la retreta, su sargento favorito, henchido el pecho de satisfacción castrense les encomia y realza el sacrificio en defensa de su banderín cuartelero.


− ¡Soldados! Gilipichis. Esta noche os la pasareis de guardia. Esto viene a cuento por dejar que cuatro guerrillas puteros pudieran marcharse por sus propios pies y no en ambulancia como los otros. El capitán está que trina y no pagaré yo los platos rotos (Estaba comiendo a esas horas en un restaurante de Albacete con sus compinches. ¡Perdón! Compañeros caballeros suboficiales) ¡Y como pille a uno sobando me lo emplumo! Recoger las armas y a vuestras posiciones.

Noche estrellada y prodigiosa, noche calurosa, mirando la luna pasar sobre nuestras cabezas y escuchando el ulular de las lechuzas o el rumor del viento agitando las agujas de los pinos. Noche de paz; noche de guardia. (¡Dios, que sueño! ¿Qué hacemos aquí? ¿De dónde somos? ¿De donde venimos? ¿A dónde vamos? Bueno, las bobadas de siempre)
Quinto levanta, tira de la manta, quinto levanta…
Asola de nuevo el turuta nuestros refinados oídos apenas el día despunta y la noche se aclara.
−Alegrar esa cara, muchachos. Hoy toca: ¡Maniobras de batallón! Venga, mis gusanitos, en posición, ¡reptar! ¡Reptar! Así, así me gusta a mí veros menear el culito. ¿Quién quiere a sus niños?
− ¡El sargento!
− ¿Quién va a llevarles a un sitio de privilegio para contemplar las maniobras?
− ¡El sargento!
− ¿Quién va a montar a estos mariquitas en un gran licotero?
− ¿El sargento? ¡¡Hurra!! ¡Como en Apocalipsis Now!
Reptar, gusanitos, reptar, que no sabéis lo que hoy os espera.

¡Tuc, tuc, tuc! o algo así es como suenan las palas del licotero; pero lo que nos resulta irreproducible es el sonido de las tripas humanas con los constantes cambios de presión que se producen en el vehículo aéreo. Un sube y baja constante y tremendo. Cuando el aparato se aproxima al fin a un claro del monte el sargento comienza a gritar de nuevo:
− ¡Saltando! ¡En círculo! ¡Asegurar la posición! Etc., etc. Saltan y corren los chavales como gamuzas para alejarse de las palas del licotero.
Apenas el pájaro ha volado reúne a sus muchachos en una zona de altos pinos que, milagrosamente suponemos, se han librado de los últimos incendios.
−Pelotón; procedan a colocarse las máscaras antigás tal y como les he enseñando y tanto han practicado.
− ¿Alerta química, mi sargento?
− ¿Bacteriológica?
− ¿Radioactiva?
−Todo eso y más. Aquí el que no se ha cagao ha devuelto y no hay quien soporte el tufo que echáis. Todos con la careta ya mismo y me vais subiendo a esos pinos para establecer un puesto objetivo de observación militar; camuflado por supuesto.
− ¡Pero si no hay mas árboles en cien kilómetros a la redonda! ¿Ahí subidos?
− ¿Y que sabe el enemigo? Nos acecha con saña y vosotros tenéis que descubrirlos
− ¿Y cómo nos subimos a lo alto?
− ¿Mi cabo escalador-genefonista?
− ¡A sus órdenes, mi sargento!
−Vete sacando las cuerdas y mosquetones de esas sacas y me los vas subiendo a los pinos que yo te vaya diciendo. Pondremos un monito aullador en cada uno. (Esperemos que no salten de rama en rama)
−A sus órdenes, mi sargento. ¿Puedo quitarme la máscara para escalar?
− ¡Por los cojones te la vas a quitar! Si se la pone tu sargento se la pone todo dios. Venga, que no tenemos todo el día y el enemigo avanza por esas cañadas cercanas.
Así se pasaran el día, colgados como macacos, con sus aparatos de radio-telefonía y atentos a la jugada. O sea, a no caerse. Asegurados.
Llega la noche, ya están de vuelta los alegres comunicadores; retreta y saludos de su sargento. ¡A las tiendas, gansos, que mañana tendréis tarea de veras! Ya esta bien de hacer el vago. Conmigo, terminareis la mili como unos auténticos hombres de pelo en pecho. ¡Imberbes! A la piltra  mis hombres nato (Es que ya eramos de la NEITO).


¡Tararí! Ya está otra vez el turuta con la corneta despertando a nuestros chotacabras.
−Preparaos, panolis: ¡Hoy toca maniobras de regimiento! En este día si que os proporcionaré goce y placer intensos. Ir preparando los equipos.
− ¿Hoy no empezamos reptando como siempre, mi sargento?
−Que dios os libre como os vea el coronel (¡Petete!) con alguna mancha en el traje de faena. Hoy os quiero impolutos y saludables.

Hoy va a ser un buen día, si. Les tocará subir y bajar montes, desplegarse, reagruparse, combatirse, atacarse, replegarse; en fin, divertirse, que para eso les mandan sus padres al ejército. Las ocho compañías de fusileros peliculeros bullen de actividad hasta la caída de la tarde. Orden y contraorden. Refriegas por los bancales, errores mayúsculos; ataques relámpago se suceden hora tras hora.
En esto que un BMR pincha una rueda al pasar por un barranco y el coronel brama por las radios del regimiento.
− ¿Cómo es eso que ha pinchado un BMR? ¿Pero si llevan ruedas impinchables?
−Pues ha pinchado y se ha atollado al cruzar un arroyo, mi coronel. Contesta con voz de pipiolo el alférez universitario al mando del vehículo por la radio.
−Pues ya lo estáis sacando ahora mismo.
−Hará falta un gran helicóptero de transporte para sacarlo por el aire, mi coronel. El lugar donde estamos es inaccesible.
− ¿Un Chinook? ¿Pero tú donde te crees que estas haciendo la mili, pardal? ¿En los marines americanos? Me lo sacáis a pico y pala, con cuerdas, o como os salga de los cogones; pero a la hora de la cena quiero ese vehículo delante de mi puesto de mando para evaluar personalmente los daños causados.
Ya, ya sabemos lo que nos queda a toda la compañía; tracción animal de la mejor escuela de nuestra gloriosa infantería.
Exhaustos escuchan esa noche la retreta y cogen carrera para irse a la piltra a toda pastilla. Pero apenas alguno ha tenido tiempo de meterse en la tienda de campaña comienzan a oírse unos alaridos espantosos resonando por todo el valle.
− ¡Mi cabo, mi cabo! ¿Está acostado el aspirino?
−Si, ya estamos en el sobre. ¿Quién es el majara que está aullando a estas horas?
−Es nuestro teniente genefónico; que al meterse en el saco no vio un alacrán que había dentro y le ha picado en los güevos. ¡Que vengáis corriendo! ¡Que se nos muere!
−Vale, turuta, ya vamos. No, si todavía nos van a dar la noche con tanta pijada ¡un alacrán! Pero si son pequeñines. Eso no mata a nadie.
Segundos escasos mas tarde ya tenemos al cabo genefónico y al aspirino (un estudiante de tercero de farmacia, ¡Señor, señor! ¿Por qué no pediría otra prorroga?) Haciendo una gran intervención terapéutica. Entre cabo y turuta sujetan como pueden al teniente mientras el farmacéutico intenta inyectarle algún calmante de los que lleva en el zurrón. Algún alivio consigue pues el teniente, al poco rato, baja el volumen de sus alaridos y deja de dar patadas a todo lo se le pone a tiro. Al fin cae desplomado.
Afortunadamente, aparece enseguida el capitán brioso con un jeep y su conductor mayestático (es lo que corresponde a un capitán mayúsculo) y se llevan al infortunado teniente al hospital mas cercano
− ¡Sargento!
− ¡Sí, señor!
−Queda usted al mando de la sección. Que nos se desmanden en mi ausencia que mañana tendremos jaleo del bueno.
− ¡Sus órdenes, mi capitán! (Taconazo tremendo) Redoblare la guardia por causa del enemigo tremendo que tenemos a las puertas de hundir nuestra grandiosa civilización y procuraré que los muchachos estén espabilados. (O sea, el doble de chavales incautos pasando la noche en vela, vigilando a los peligrosos alacranes que se deslizan bajo sus piernas. ¡Qué sin vivir! Esos monstruos venenosos caminando bajo mis pies; y el sargento a la caza de incautos)

−Escucha, aspirino (serán como las tres de la mañana) ¿Tú viste como tenía los  güevos el teniente? Parecían cocos recién caídos de un cocotero. Ese no camina en un mes.
−Con la inyección que le he puesto bajará la hinchazón en pocas horas.
− ¿Qué le inyectaste?
Urbason militar ©, cincuenta miligramos en vena. Vivirá.
−¡Cojonudo!. Pasado mañana lo tenemos otra vez encima de nuestro cogotes. (Es el sargento pistolero que no puede pegar ojo, ¡putos bichos! Y está de ronda en botas y calzoncillos) Vas a estar poniendo inyecciones a todos los culitos maricas del regimiento hasta que te licencies. Me encargaré personalmente de que no tengas una tarde libre.
− ¡A sus órdenes, mi sargento! Pero es que mi misión…
−¡¡¡Tu misión es servir a tu sargento y salvar tu culo todavía inmaculado!!! Con estas cabezas humanas no llegaremos a viejos. Salvarme al teniente; salvarme al teniente..., ¡este chivo va a hacer mas cocinas!

Otra noche mirando a las estrellas y vigilando que no te pique un alacrán. Noches guerreras en el geino numeral.


¡Tararííí! Bueno, como suene, el caso es que hoy tendremos un día guapo y entretenido.
− ¡Pelotón! Hoy quiero que estéis a tope; al cien por ciento. Hoy tenemos: ¡Maniobras de brigada! Enseñaremos a esos chivos del primer regimiento lo que es auténtico ardor guerrero. Hoy estaréis a las órdenes directas del teniente comandante. El capitán estará en el Puesto de Mando vigilando vuestra actuación. Yo me encargaré de que deis el do de pecho.
Por ahí cerca llega nuestro teniente comandante relinchando como un pura sangre. La gorra militar con la visera perfectamente deshilachada, un bigote a lo Salvador Dalí, la camisa vieja y raída, sin botones, enseñando el pecholata, para recordarnos su pasado legionario (¿hoy no se ha traído el paracaídas? Milagro) un pistolón, reglamentario por supuesto, al cinto (es único oficial de la división que carga con un hierro semejante) y fumando camel sin filtro antes de desayunar (¡esto sí que es un macho auténtico!) y las botas con las suelas ya bien gastadas de tanto patear los culos de sus soldados.
− ¡Compañía! ¡¡Fir-es!!  (Purrummmm. Taconazo mayúsculo; temblando todos como velas y alguno ya se habrá hecho pi-pi.) Hoy, hoy, vamos a ser los mejores, les vamos a superar en todo, les vamos a pasar por encima y mear en el cogote a esos maricones del primer regimiento. Es verdad, es verdad, que nos barrieron del mapa en el Maestrazgo, debido a su superior tecnología telemática; pero, hoy, hoy, ¡¡es el día de la venganza!! Cantaran los trovadores durante siglos nuestras hazañas. Hoy, ¡correrán ríos de sangre en el Monte Aragón!
− ¡Guau! Entonces tendremos marcha auténtica y enrollada. Se le escapa a un insignificante soldado de la última fila.
−Exacto, porretas, hoy haréis una marcha de las buenas. Ir por vuestros equipos. Rompan filas.

Y sí, efectivamente, caminaran y caminaran, durante horas y horas caminaran y seguirán caminando; hasta salirse del mapamundi. En esto que, al traspasar una loma, el cabo genefónico para y se queda mirando a lo lejos.
−Mi teniente comandante, ¿Puedo hacerle una pregunta?
−Inquiera, joven cabo, inquiera.
− ¿Aquello que vemos a lo lejos no será por un casual la ciudad de Murcia? ¿Y la línea azul del fondo el mar?
−Dame un segundo el radioteléfono que consulto con el Puesto de Mando.
Efectúa varias llamadas, consulta planos y mapas, reúne  a los oficiales, suboficiales y cabos chusqueros, mira y remira con sus catalejos militares la ciudad lejana; da media vuelta y se acerca al cabo genefónico.
− ¡Un pequeño despiste! Tendíamos que estar viendo Jumilla. Pasaríamos de largo y no la encontramos. ¡Otro error de telematía!
− ¿De telepatía, mi teniente?
−De telematía, ignorante. ¿Qué sabrás tú de los engendros inmensamente telemáticos que nosotros utilizamos secretamente? Es top secret. (¡Ya, pero teníamos que estar atacando Jumilla!)

Venga, venga, no enfadarse; ya solo queda esperar tumbados en los arcenes de la carretera comarcal a que vengan los camiones militares para llevar a nuestros soldaditos de vuelta al campamento.
Cena y retreta. Charleta del teniente comandante: Un día tranquilo y descansado el que hemos tenido. ¿Cuanto andaríamos? ¿50, 60 kilómetros? Eso que es para nosotros. Si hubiéramos salido un par de horas antes hubiéramos llegado hasta el cuartel de los paracas y os habría enseñado a saltar. Mañana sí que tendremos acción de la buena; así que todos a la piltra ya mismito. A ronronear chivitos.


Último día de maniobras orquestales. La corneta sonará triunfal y gloriosa; el desayuno será espléndido. El brioso capitán se muestra jovial y esplendoroso.
− ¡Soldados! ¡Hoy es el gran día! ¡¡Maniobras de división!! ¡A camuflarse! ¡Os quiero a todos camuflados!
Ya estamos todos vibrando de los pies a la cabeza de tanta emoción incontenible, ya estamos exultantes; rebosantes de ardor guerrero. Las pulsaciones a 150. Sin freno está nuestro corazón guerrero.
En minutos toda la compañía carga sus cachivaches y armamento en los camiones y jeeps partiendo triunfales hacia los lejanos valles del Monte Aragón. En una hora están desplegados por los pinares. Altivos, brutales, nuestros soldados, los defensores de la patria; en fin los numerales.
Y llega la orden de avanzar. El enemigo se tiene que acogonar directamente con solo oírles resoplar. Suben y bajan montes y montañas, atraviesan arroyos y reptan por los bancales. Al fin tienen a la vista el gran valle donde tendrá lugar la batalla final.
Enemigo a la vista, ¡avanzar! ¡Avanzar!
Bajan al valle donde están terminando de instalar las piezas de artillería y pasan entre ellas enseñando los dientes a los esos pusilánimes de bomberos. Unos metros mas adelante se encuentran ya formados los carros de combate y se van colocando detrás de ellos.
¡Qué mogollón de movida! Miles de soldaditos bajando de las montañas para atravesar el valle y reconquistar la montaña. ¡Avanzar! ¡Avanzar!


− ¿Tú has  visto que cañonazos tenemos?
−Esos mariquitas no sabían ni asegurarlos. Solo los ponen para las fotos. A mi me dan mas miedo los tanques.
−Ya; y tenemos que andar detrás suyo con el tufo que sueltan. Estate muy atento, aspirino, que hoy aquí puede haber muertos.
−Y tú al loro con el capitán.
− ¡Pero si van haciéndose fotos! Aquí no pasa nada.
Y de repente: ¡¡¡CAPÚMMMMM!!!

Todo dios cuerpo a tierra; alguno entierra la cabeza en la arena del susto.
− ¿Qué ha sido eso, mi capitán?
−Los cabrones de artilleros; que dispararon sin avisar. ¡Quietos todos hasta que dejen de soltar pepinos!
¡¡Capúmmm!! ¡¡Capúmmm!! Casi media hora tirados panza arriba viendo como tiran pepinazos a la montaña de enfrente. Apenas termina el festival artillero nos quedan los fuegos artificiales. Se ponen de nuevo en marcha tras los carros de combate y no han caminado trescientos metros y, ala, todos al suelo de nuevo. ¡¡Pumba!! ¡¡Pumba!! ¡¡Pumba!! Ahora son los tanques, los morteros, los cañones sin retroceso, todo lo que tenemos, zumbando la montaña enemiga. La tropa aúlla enloquecida entre los estampidos cercanos y más de uno sale corriendo en dirección contraria. Pero para eso están los sargentos a cola y de un mamporro hacerlos dar la vuelta. Y venga a correr.
¡Avanzar, perros, avanzar! ¡A la victoria!
Al llegar a los pies de la montaña los carros se detienen lanzando la descarga final hacia la cima.
− ¡Tercera compañía! ¡Los primeros! ¡Corriendo hasta la cima! ¡Nuestro banderín ondeará el primero! ¡Los pumas! ¡Los pumas! Grita el vibrante capitán; y salen todos zumbando montaña arriba gritando como locos.
− ¡Mi capitán, mi capitán! ¡Que paren, que paren!
− ¿Qué dice mi cabo? ¿Qué pare a mis pumas negros? Al que se frene le disparo.
− ¡Que dice el TeCo por la radio que todavía faltan por tirar los aviones! ¡Qué llegan con retraso!
− ¿Pero es que vienen en tren? Tendrían que haber soltado los pepinos hace una hora. ¡Ahí llegan!
Y vemos aparecer dos medias docenas de flechas aéreas y una tras otra lanzan sus misiles en dirección nuestra.
El acogono es impresionante, el estrépito increíble, caen piedras por todas partes; arden los chaparrales. Más de uno y más de dos sacan el zapapico de la mochila y se pone a escavar a toda prisa un hoyo en el suelo ¡para meterse dentro! Tras el paso en instantes de las flechas aéreas queda media montaña ardiendo y peñascos cayendo por todas partes; pero, ¡Ay amigo!, sobre todo este estruendo, se escuchan las voces de oficiales y sargentos: ¡Correr! ¡Saltar mis pumas! ¡A la cima los primeros! Y van soltando patadas y leñazos a todo el que pillan a mano. ¡Los negros! ¡Los negros!
¡Si, señor! Con dos cogones: en la cima los primeros.
A los demás soldaditos les quedará la tarea de apagar los fuegos y nosotros de cachondeo.

De vuelta al campamento la emoción contenida brevemente al recibir la felicitación del general se desborda como un torrente. (¡Quince días de permiso por llegar los primeros!) Hay gran trasiego de vino y cerveza, incluso para la tropa; y el sargento primero cocinillas y su pinche guipuchi preparan la mejor cena de campaña de la historia militar. Y tras la cena: ¡cubatas! Cubatas y más cubatas. ¡Hay que fundir el presupuesto! Para vosotros calimocho, escoria de chivos; que os tuvimos que subir a patadas. ¡Campeones, campeones, oe, oe, oe; campeones…!
Cerremos los ojos ante las animaladas que se producirán en este campamento militar cuando pasen de la sexta ronda de cubatas marciales y solamente escuchemos las canciones militares resonando en las montañas lunares. Poco a poco irán cayendo todos como sapos; tropa y oficiales. Pasaran ya de las dos de la mañana cuando el silencio reina en el valle.

Noche de luna llena, noche de cogorza tremenda.  Ronquidos intensos por todas partes. ¡Al fin terminaron las maniobras! ¡Quince días de permiso nos concedió el general! ¿Cuándo volveré a ver a la Rosy? Cosas de este tipo sueñan estos infelices roncadores.
No saben lo que les espera.


¡Ñam, Ñam! ¡Ñam, Ñam! ¡Ñam, Ñam!
¿Qué ruido es ese? ¡Ñam, Ñam! Goder, el genéfono. ¿Quién será el tocagüevos  que está haciendo putadas a estas horas? Le voy a meter un puro que se va a acordar de mí toda la mili. Va a saber ese cachorro quien es el cabo chungo.
−A ver ¿Quién se está ganando una patada en los cogones?
− ¿Cabo de transmisiones?
− ¡Si! El mismo. El que te va a poner a limpiar letrinas en cuanto lleguemos al cuartel.
−Escucha chaval: despierta inmediatamente al corneta y que toque Alarma sin cesar.
− ¿Pero quien cogones eres tú para mandar tocar Alarma a estas horas? ¿Estás cogorza? cabrón del Puesto de Mando.
−¡¡¡Soy el cabrón de tu Teniente Coronel!!! Y nunca bebo estando de guerra. En media hora estaré en vuestro campamento y os quiero ver a todos formados y equipados. ¡Quiero escuchar ya mismo el toque de Alarma por este puto genéfono!
− ¡Sus órdenes, mi TeCo! Ya mismo.
−Pero tú, ¡para! ¿Qué pasa? Si no son las cinco de la mañana; ¿quién te daba esas voces?
−El mismísimo TeCo. Que despierte a toda la compañía a toque de Alarma. ¡Estamos en guerra!
− ¿Mundial? ¿Con los marcianos? Pero si están todos groguis. Se habrán bebido un camión de cubatas
−Ya lo echaran enseguida. Voy a despertar al turuta. ¡Verás tú el capitán! Le va a hacer una gracia…

¡Tom, tom; tom-tom, tom, tom, tom-tom! Suena ya en pocos minutos. el toque de Alarma ¡Más fuerte! ¡A pleno pulmón! ¡¡Que viene el TeCo, turuta!!
El toque de Alarma va sonando in crescendo, el monótono sonido de guerra suena más y más alto, y poco a poco van asomando las cabezas de los soldados de sus tiendas alumbrando con sus linternas al corneta y el cabo genefónico, mirándoles como alucinados. ¿Qué pasa? ¿A qué estáis jugando?
− ¡Estamos en guerra! Despertar a los oficiales que yo me encargo del capitán. Rápido, ¡Qué viene el TeCo corriendo para acá!
El pobre cabo no tiene mas remedio que informar sumariamente al cogonudo capitán y después ir extrayendo con él, uno por uno, a los sargentos, con saco y todo, de sus tiendas. ¡A éstos no hay corneta que los despierte! Habría que tirar bombas. ¡El aspirino! Rápido, que venga con su zurrón.
− ¿Qué pasa? ¿Qué ordena mi capitán?
−Que hagas ocho milagros rápidamente. ¡Tienes que resucitar a los sargentos! No me falles, aspirino.¡Órdenes de tu capitan!
Con suma destreza el abrumado estudiante va inyectando cantidades masivas de complejo vitamínico militar B6© a uno tras otro de los suboficiales; y aún tendrá que dar una segunda vuelta haciendoles beber, uno por uno, una ampolla de complejo vitamínico militar B1-B6-B12© antes de llegar a percibir alguna seña vital en los confiados durmientes.
− ¿Pero qué cogones?
− ¡Estamos en guerra, mi sargento primero! ¡En guerra!
− ¿Pero con quien cogones vamos a estar…?
− ¡Qué viene el TeCo!
− ¡Arggg! (Cristo bendito, ¡vaya potas empiezan a echar!)


Será milagro o no (me da igual lo que crea la gente o deje de creer) pero para cuando el TeCo acogonante aparece por el campamento con su comitiva nupcial (¡perdón! Militar) ya está toda la compañía perfectamente formada y equipada completamente.
− ¡Atención! ¡El Teniente Coronel! (¡¡TAC!! El taconazo ha debido oírse en Cartagena) todos tiesos como velas y presentando armas.
−Descansen. ¿Mis oficiales? ¡Todos al rabo mío!
Y se aleja hacia un rincón donde no pueda ser escuchado por suboficiales, chusqueros, tropa, y demás chusma presente
−Simplificando. (Su presencia es impresionante. El pelo blanco y cortado a cepillo, la gorra ¡americana! Luce dos estrellas magníficas ¿Qué digo dos estrellas? Son dos supernovas. Viste de impecable ropa de faena y sus botas podrían servir de espejos para afeitarse. Su voz de bajo siberiano atruena las orejas oficiales) He recibido hace una hora escasa un fax del Centro Nacional para la Seguridad Nacional del Estado Nacional asegurándome que el enemigo ha desembarcado esta misma noche en las costas marcianas. ¡Perdón!, nacionales. Media división está ya de camino a sus cuarteles y los vagos del primer batallón están todavía durmiendo la mona. Así que: ¡seremos los primeros en entrar en acción! ¡¡La gloria será nuestra!! Según mis cálculos entraremos en combate al caer la tarde (sus adláteres despliegan mapas y más mapas con las rutas marcadas que habrán de seguir las compañías)
−Pero, mi TeCo, con permiso ¿porqué tenemos que atravesar las montañas hasta la costa? Iríamos mas rápido usando las carreteras.
−Eso espera el enemigo. Confía en mi olfato, hijo. ¡Caeremos a degüello sobre sus cuellos peludos! Mañana, cuando amanezca, no quedará un Charlie vivo. ¡Les tiraremos con todo! ¡Les pasaremos a cuchillo! (Joder, es un genio el tío. ¿Se nota mucho que hace menos de seis meses todavía estaba en Vietnam matando chinos? Es un auténtico corta cabezas. Estos sí que son capitanes.¡Cómo cavilan!) Llegaremos antes incluso que los godidos paracas y nos llevaremos toda la puta colección de medallas patrias. ¡Batallón! (¡Prouun!, taconazo marcial) En marcha; hoy haremos historia.
A la hora escasa el batallón avanza, impávido y terrible, como un solo guerrero gonádico con el cuchillo entre los dientes. (Bueno, eso no. Porque tienen que llevar puestas las caretas antigás debido al polvo que levantan los convoyes por las pistas forestales de las montañas lunares del Monte Aragón.
Los primeros rayos del sol naciente alumbran y se asustan ante el avance imparable de los camiones, los vehículos acorazados, y demás componentes del despliegue militar que se abate hacia la costa numeral.
En esto que nuestro cabo genefónico, con la radio entre las piernas, escucha una sorprendente conversación entre el TeCo y un misterioso vehículo aéreo.


− ¡Alto batallón! ¡Alto batallón! Frene su avance y espere órdenes inmediatas. ¡Alto batallón!
− ¿Pero quien es el mierda que me quiere dar a mí órdenes? ¡Identifícate, picha floja! ¡Yo soy el puto teniente coronel al mando de esta tropa!
−Y Yo soy tu GEMAD GEMAD.
− ¿Quién cogones?
−El GEMAD.
− ¿Güanito?
−El mismo. Páralo todo.
− ¡Atención, atención! rojo, verde, amarillo, y violeta pálido. ¡Parar la marcha inmediatamente! ¡Orden superior y directa! Frenar ahora y aquí mismo.
− ¿Qué pasa, que pasa, cabo?
−Mi capitán, orden directa y suprema. ¡Que paremos aquí mismo! ¡Ya!
− ¿Y quien le ha dado la orden de parar la guerra al fusilero mayor del gueino?
−Ha dicho que era el GEMAD GEMAD. Un tal Güanito.
− ¿Güanito? ¿El Rey Cazador? ¿Aquí? Esta va a ser gorda y yo no me lo pierdo. ¡Parar todos ya mismo! ¡Qué hostias le van a caer al TeCo! ¡¡Parar cogones!!
En cuestión de segundos el convoy se ha detenido interceptando por completo una estrecha carretera comarcal y se quedan todos mirando a un grupo de tres potentes helicópteros que pasan por encima suyo y se posan en un descampado cercano. El capitán sale detrás del  TeCo y el cabo tras su capitán. Se aproximan cautelosos a los aparatos aéreos y al abrirse los portones laterales ven descender de ellos a un grupo de gente vestida de fiesta con aspecto de estar pasándose de lo lindo. Uno de ellos, el más alto de todos, se dirige directamente a los militares que se cuadran al instante.
− ¡A sus órdenes, mi GEMAD!
−Descanse mi TeCo, descanse. ¿Qué día tan bonito hace hoy verdad? Dan ganas de pasear por el campo y tomar el aire. Te felicito; has preparado una bien gorda en cuestión de minutos. Sigues siendo uno de mis oficiales preferidos. ¡Vaya leñazos me soltabas en la Academia! Ha sido espectacular veros salir de las montañas en dirección a la costa. Estupendo. Los inversores han disfrutado de lo lindo.
−Señor, ¿puedo preguntar quien es toda esa gente y que hace aquí? Estamos en guerra.
−Unas amistades provechosas. Estábamos ayer cazando ciervos en una finca cercana y nos aburríamos soberanamente. Y nunca mejor dicho. Así que anoche, entre copa y copa, se me ocurrió algo para que mis invitados, son casi todos extranjeros, pudieran ver acción autentica. Que vean como se las gastan y defienden mis chicos numerales.
− ¿Numerales?
−Has estado mucho tiempo en el Extremo Oriente y has perdido algo de perspectiva. Ahora somos todos numerales. Yo soy el primero y después venís todos los demás. Pregunté al Centro (Ya sabes) y me dijeron que tú estabas de maniobras. Así que pensé: ¿quién mejor para liarla parda?  Anda, regresa al cuartel con mis felicitaciones. ¡Ah! Y dales a todos, oficiales incluidos, una semana de permiso para que tengan un buen recuerdo de mí.
(¡Una semana más de permiso! Unidos a los quince días que nos prometió el general, y los quince de verano. ¡Cuarenta días sin tener que vestir de romano!)

Los helicópteros remontan el vuelo antes sus llorosos ojos iluminados de intensa satisfacción patriótica y los convoyes reciben de inmediato la orden de regresar a los campamentos y recoger sus cosas. Mañana estarán de nuevo en su cuartel y al día siguiente de permiso. Todos de vuelta a casa, con sus familias y amigos.

¿Todos? Bueno, a fuer de ser sinceros todos no.
Al pelotón genefónico y su afamado sargento y el teniente telemático aún les quedará una semana por delante de recoger los cables que se habían enterrado por los montes.
Con  lo caro que esta el cobre como para dejarlo por ahí tirado.


(Esta sería la mejor semana de maniobras que pasarían durante todo su servicio militar. ¡Qué borracheras! ¡Hubo toros y mozas del pueblo! Pero bueno; eso ya es otra historia)

Este pequeño cuento es un sentido homenaje al estupendo escritor estadounidense Harry Harrison, Gran Maestro de la Ciencia Ficción, y a su estupenda novela Bill, Héroe Galáctico.
http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00098.htm















viernes, 27 de julio de 2012

Un aussie en Castilla. El cuento completo.

Un aussie en Castilla es un cuento para las luciérnagas que terminé hace poco tiempo. A veces ocurre ésto: empiezas un cuento y parece que nunca lo vas a terminar; otros nuevos aparecen y éste se queda en un rincón, olvidado, hasta que algo te hace recordar el tema y decides continuar.
El tema del relato es simple; el choque de culturas que de continuo se produce en nuestro mundo. Un norteafricano, un australiano (el aussie), y dos europeos debaten durante un rato sobre intereses comunes, historias paralelas, el sentido de la vida, y si hay un mas allá.
Simple y lineal. Su fácil lectura espero que os llegue a agradar.
Por cierto, el pueblo es Ledigos, provincia de Palencia. Por si alguno iba a preguntar.


              Un  Aussie en Castilla

           Es una tarde calurosa en una tierra hermosa y casi tan seca como aquella de la que provengo. Hay aperos de labranza abandonados en la colina como en una especie de exposición al aire libre ¿Y qué más hay para ver en este pueblo? ¿La puesta de sol?


Se entretiene el peregrino dibujando con una varilla en la tierra  junto  a unos viejos arados. Son formas extrañas y poco claras. Ensimismado con sus trazos en el duro suelo no ve lo que se le viene encima hasta que siente un golpe en las piernas. Al mirar detrás suyo encuentra a su lado un par de enormes mastines que parece que quisieran jugar con él. ¿De dónde han salido? Se pregunta mirando hacia el pueblo.
−Disculpe, señor, a mis perros; no le harán ningún daño.
Es un pastor trashumante que se acerca caminando con tranquilidad. Le sigue un rebaño de ovejas y le acompaña un pequeño y lanudo perrillo que no deja de correr tras las ovejas. Lleva una gorra de beisbol en la cabeza, una mochila grande y vieja, tipo militar, y una manta de lana enroscada al torso.
Tiene una piel muy oscura y rasgos norteafricanos; con una larga vara va dirigiendo a perros y ganado sin apenas levantar la voz. Aparece el carnero con su gran esquila y el pastor lo pone en cabeza del rebaño con los mastines flanqueándolo para que las ovejas paren de caminar y aprovechen a comer un poco de las trincheras del camino sin bajar a la carretera comarcal.
− ¿Qué estás dibujando, amigo rubio? ¿Hablas español?
−No tan bien como tú, amigo. Un par de cursos en DVD de español para extranjeros y muchos vídeos en esta lengua preparándome para esta aventura.
− ¿De qué aventura me hablas?
−Estoy recorriendo el Camino de Santiago con los peregrinos. ¿De dónde eres? ¿De qué país?
−De Argelia; de una región del suroeste. ¿Qué dibujas en el suelo?
−Es la serpiente del arco iris. La madre del mundo.
− ¿Eso es cristiano? Nunca oí hablar de ello.
−No, son imágenes de los aborígenes australianos; el país del que provengo. Pintaban estos símbolos hace miles de años por cualquier rincón del desierto. Mucho antes de que llegaran los europeos y su Cristo.
− ¡Ah! Ya entiendo. También en mi país hay dibujos muy antiguos pintados en las grandes piedras del desierto; son anteriores a la llegada de los árabes y su Mohamed. También hay cosas similares en otros lugares del mundo.
−Pareces un chico muy culto para ser un pastor.
−Estudiaba ingeniería industrial en Argel pero no pude pagar la matrícula del curso pasado; tampoco podía con los demás gastos. Ni mi familia. Así que vine a España para ganar el dinero suficiente.
− ¿Pagan bien?
−Pagan, pero poco.
−Entonces tendrías que ir a Australia. Deberías saber  hablar inglés, conducir autos y motos,…
−Aprendo rápido, amigo. Pero debo dejarte con tus dibujos; el rebaño no espera.
− ¿Vas a atravesar el pueblo?
−El pueblo y la carretera nacional para pasar la noche en los trigales del otro lado. Es donde me han dado permiso para pasar la noche.
− ¡Vaya! Pues vas a estar muy cerca del albergue. Te acompaño. No tengo pinturas coloreadas para continuar con los dibujos.
− ¿Por qué pintas monstruos? Eso ofende a Dios.
−Son los dibujos de la gente primitiva. Es así como explican la creación del mundo y del hombre. El tiempo de los sueños.
−Ya, ya; también en Tassili, en mi tierra, hay cosas de esas tan antiguas. Las he visto en fotos y un tío mío los ha visitado alguna vez.


− ¿Qué es tu tío?
−Comerciante. Atraviesa el desierto con sus camellos; muchos camellos. Somos beduinos.
− ¿Y qué opina de esos dibujos?
−Dice que son escenas de caza que hicieron los ancestrales. Cazando animales y adorando a monstruos desconocidos
− ¿Por qué los llama monstruos?
−Mi tío dice que son grabados de los principios de los tiempos; de cuando El Señor ¡Sea siempre loado! infundió su hálito de sabiduría en los seres humanos. Pero no eran nada inteligentes y siguieron adorando a la naturaleza y soñando monstruos. Perdona, tengo que atravesar las calles del pueblo. He de ir con cuidado o sufriré un atropello en el rebaño.
− ¿No pensarás igual que tu tío, verdad? No son más que supersticiones.
−Mi tío y yo somos tan solo un par de beduinos en lo alto de la cárcava mirando a las águilas; a nuestros pies se extiende, enorme y lejano, el río de la vida marchando al futuro.
−No te entiendo. Si estás por ahí cerca tal vez te vea después de la cena
−Sería un regalo del Señor que un peregrino cenase conmigo
−Gracias, amigo. Solo soy un turista y ya tengo la cena encargada. La comparto con un grupo de compañeros; pagamos a escote. ¡Podrías cenar con nosotros! Donde cenan siete cenan ocho.
−Gracias mil, hombre rubio; pero no puedo perder de vista al rebaño. Tal vez nos veamos cuando salgan las estrellas
−Seguro; iré a verte cuando termine de cenar. Iré cuando se vaya el sol.
−Vendrás con las estrellas; el sol brilla en tu corazón.
− ¿Esto? Es un teléfono celular de última generación. Míralo.
−Si miras las máquinas no conocerás las gentes; ni entenderás a los de antes ni los de ahora.
−Gracias a este aparato tengo cientos de amigos y seguidores
− ¿Y a cuantos les has dado la mano e invitado a cenar bajo las estrellas?
−Vale; a tres o cuatro. Joder con el ingeniero; llevas mucho tiempo con el ganado por el monte para saber cómo nos relacionamos ahora. Con este aparato hago amigos por todo el mundo.
− ¿Sientes sus emociones como noto yo las de las ovejas?
−La mayoría de ellos tienen buenos estudios y muy desarrollada su inteligencia emocional.
− ¿Inteligencia?... ¿emocional? No será mayor que la de mis perros que se emocionan constantemente. Y muerden.
−Bueno, vale, no lo entiendes; te lo explicaré mas tarde. Nos vemos.


El pastor ha cruzado la carretera nacional y sale del pueblo por una pista forestal silbando a los perros. El peregrino marcha meditando para el albergue donde le esperan para cenar mientras el sol se acuesta por el poniente mesetario.
Una hora mas tarde el sol se ha puesto sobre las montañas de León y tres peregrinos chispeantes abandonan el albergue y atraviesan charlando la carretera para salir a campo y reunirse con el pastor. Es una noche sin luna, estrellada  y oscura como pocas se han visto, calurosa, amigable. Ni un coche cruza la carretera, ni un alma se oye por el pueblo. El australiano va jugando con su móvil o leyendo mensajes de sus amigos en la red. Cada poco para y les comenta alguna noticia o chascarrillo de algún lugar del planeta.
−En este pueblo están muy atrasados. No hay más que verlos.
−Mira, aussie, se te ha subido el vino a la cabeza y no sé si no harás un disparate. Contrólate. Esta gente es igual que la de tu país y comarca.
−De acuerdo; no me muestro muy racional con tanto vino. No estoy acostumbrado. ¡Podríamos haber traído una botella para el pastor!
−Pero no nos has dicho que es argelino; te podría dar con ella en la cabeza. Por ahí se escuchan las ovejas ¿Y dices que estudiaba ingeniería?
−Sí, pero el tío se cisca en tanta tecnología como utilizamos. Dice que no tenemos inteligencia para tanta maquinaria.
−Estoy de acuerdo con el moro. Tú y Carl no sois más que críos jugando y divirtiéndose con cuarenta trastos a la vez y cualquier día iniciáis la tercera guerra mundial como si fuera un juego virtual. No habéis visto la muerte cara a cara y no sabes lo que es matar; ni lo que implica.
−En eso, Marcial, tú eres el experto. Yo solo os acompaño para oír hablar de las estrellas y los pueblos antiquísimos. De la edad de piedra.
−Pues a buen sitio has ido a parar. España. Si hubieras entrado, al pasar, en el museo de Atapuerca verías las cosas mas claras. Somos una raza de cazadores y nos escasean las presas. Nos volvemos los unos contra los otros. Para ver eso no hace falta tener ni televisión ni redes informáticas en el teléfono. Lo llevábamos en la sangre. Ahí delante está el rebaño. ¿Qué son, churras o merinas? aussie.
−Son churras, español. Las merinas están todas en Australia. Un gran regalo de Castilla que nos hizo ricos a los australianos.
−Pues ahora llevaros unos cuantos toros bravos y seréis tan millonarios como los toreros. Lo tenéis fácil. Con lo que os gusta hacer surf entre tiburones saldríais grandes matadores.
−Tal vez sea buena idea. Buscaré inversores.
− ¡Pero para ya con la tecla! A ver si te anima el moro y sueltas el cacharro.
− ¿Por qué le llamas moro? ¿No es despectivo?
−Pues imagínate si le llamo mahometano; me saca las criadillas y se las da de comer a los perros. Tú no sabes nada. Nuestros respectivos pueblos estuvieron en guerra constante y continua durante siglos y siglos, y siglos y siglos; bueno, desde Anibal o antes, y casi hasta nuestros días. Aún recuerdo bien lo que me contaba mi padre de la guerra de África.
−Guerra imperialista, colonial, de los españoles.
−Y si no nos imperaban y colonizaban ellos a nosotros; como en siglos anteriores. A ti te falta un hervor. Tendría que haber traído una escopeta.
−Bueno, callaros los dos; que no paráis de chincharos. Ahí delante está la tienda de campaña del pastor. Ya nos ha visto.
−Siempre pensáis en guerras los europeos. Y después que vengan otros a sacaros las castañas del fuego.
−Mira, muchacho; unos kilómetros mas adelante, mañana pasaremos por allí, después de una gran batalla con los moros en la que mis antepasados salieron victoriosos, los soldados recibieron la orden de plantar las lanzas a la orilla del río antes de volver a su casa. Al poco tiempo habían crecido chopos; ya verás cuantos. La sed de guerra con una gota de sangre se aplaca y después vienen las lágrimas y el clamar el perdón del cielo. Mejor que crezcan los abedules que no llagas en el alma. Aún no has visto nada. Bueno, ahí está el moro; a ver qué cuenta.
−Anda aussie, preséntanos a tu amigo pastor ¿no tiene miedo durmiendo él solo por campos y montañas?
−No, señor; tengo dos buenos ángeles protectores.
− ¿Y por dónde andan que no se les ve? ¡Estarán de ronda por el pueblo!
− Están aquí señor; sobre cada uno de mis hombros.
− ¡Ah, bueno! Son de los pequeños. ¡Cuánto sabe este moro! ¿Y te han salido buenos o rebeldes?
−Mis ángeles son del Señor, ¡Así sea por siempre! ¿Tomarán té los peregrinos? Soy muy honrado con su presencia. Usted es español.
−Y este otro alemán. Pon algo de té.
− ¿Les gusta esta música o apago el radiocasete?
−Deja la música que suene y gracias por el té. Son dos compañeros del Camino con los que he cenado: Carl y Marcial. Les dije que hablaríamos de estrellas e inteligencia.
−Observemos las estrellas tomando este té que yo mismo recogí en las peñas de dónde vengo. La inteligencia no la encontraremos miremos donde miremos. Ahí de frente, en lo más alto, tenemos la Polar y tres dedos mas abajo Kochab, la estrella roja.
− ¿Kochab?
−Es la estrella roja de la osa menor. Durante milenios guío las caravanas por los desiertos del mundo. Pero ahora es la que llamáis Polar la que está en el centro del firmamento. A vuestra derecha, hacia el naciente, veréis Arcturus, y al poniente podéis admirar Aldebaran. Sobre vuestras cabezas está el gran cinturón de estrellas que guía vuestro peregrinaje.
−El Camino de Santiago con sus millones de estrellas.
−Es la Vía Láctea, Marcial. Los españoles siempre renombrando todas las cosas del mundo
−Es el antiguo Camino de Hércules que devino, con la cristiandad, Camino de Santiago; nuestro Heracles nacional. No tenéis cultura. No me extraña que el moro no encuentre inteligencia por ninguna parte.


−Mi amigo pastor es un profundo ignorante. Hay una profunda inteligencia en todas las cosas que nos rodean y nosotros podemos acceder a ella a través de las emociones.
−Si, claro, claro que sí, mi amigo rubio; no tengo mas que entrar en un gran campo de futbol, de tu país o del mío, y esperar a que la gente se emocione y comience a insultar y a pelearse con los rivales. Esa es tu inteligencia emocional en plena ebullición. Sensaciones que se vuelven deseos que generan temores y terminan en odios que nos comen las entrañas como cangrejos y pican nuestras vísceras como escorpiones. ¡Qué inteligencia!
−Bueno, fallaremos en grandes grupos; pero cada persona puede desarrollar una gran inteligencia explorando sus emociones y aprendiendo a utilizarlas.
− ¡Ya, ya!  Con esa astucia animal que tanto aprendéis me robaran a mí el queso y a cualquier otro incauto todos sus caudales. ¡Yo también he leído unos cuantos libros, rubio!
− ¿Y eso no es muestra de inteligencia? Si te dejas embaucar es tu problema.
− ¡Hacer daño a sabiendas a tu prójimo! ¡Aprovecharse del débil, del ignorante! ¿Eso es inteligencia? Tú no eres cristiano.
−Pues no. No sé ni lo que soy; por eso vine a España.
−Ya estás en el buen camino, aussie. Esta es la mejor tierra del mundo.
−Esto no es más que un cruce de caminos y civilizaciones. No tiene nada de especial. Mira a tu alrededor. Unos trigales. Ni industria ni nada.
− ¡Ya salió el alemán! Os contaré, ignorantes, que en este pueblo se cruzan el Camino de Santiago y una cañada real de la Mesta, la Cañada Leonesa. Durante siglos aquí mismo han coincidido pastores y peregrinos pasando las noches mirando a las estrellas y contándose cosas, novedades, conocimientos. Esa estrella que brilla tanto a nuestras espaldas es Sirio. Para que te enteres. ¡No ves que soy cazador! ¡Cuántas noches habré pasado al rececho subido a un árbol!
−Según tú todos lo somos pero andamos perdidos buscando presas.
−Con un lebrel como éste te saltarían las perdices como locas (haciéndole cosquillas al perrito del pastor)
−No he venido a España a cazar perdices
−El señor español te habla de auténtica caza mayor; te juegas la vida, quizás el alma, para conseguir la ansiada presa. A menudo no sabes si eres tú el que cazas o el cazado.
− ¡Sé por dónde vas, morenito, y tú sabes por dónde piso! Estos dos discutiendo de inteligencia. ¡Si no saben dónde tienen la mano derecha! Están mas perdidos…
− ¿Perdido yo? No tengo más que consultar el GPS del teléfono y sé exactamente dónde estoy.  ¡Tú si que andas perdido! ¡Buscando las flechas amarillas! Ja, ja, ja.
−De mucho no te sirve ese trasto cuando se ponen las cosas feas y te dan esos aberruntos tremendos. Que te llevo observando ya diez días. Das cada espantada que mas pareces un bisonte que…
−Los australianos tenemos un carácter muy diferente al vuestro y yo estoy aquí de walkabout. No tengo que rendiros cuentas.
−Sí, tienes el carácter de los canguros. ¿Cómo es esa leyenda que os cuentan los negritos de tu tierra? ¿Que aprendieron a dar saltos para huir de los cazadores? Tú haces igual en cuanto sientes los tiros.
−Vale ya, Marcial; deja de meterte con el aussie. También a mí me estas molestando con que no tenemos inteligencia ni sabemos orientarnos.
−Perdonar que interrumpa en vuestra discusión, peregrinos ¿otro poco de té? El español quiere daros a entender que no tenéis sabiduría alguna y os perdéis constantemente en las trampas de la vida diaria.
− ¿Y tú sí? Entonces ¿dónde estamos, argelino?
−Vosotros solo veis, ahí delante, un cruce de caminos y un pueblo en el campo castellano; yo observo un inmenso laberinto, amigo alemán, donde ya nadie sabe ni por dónde viene ni a dónde va. ¿Os gusta esta música? Subiré el volumen
−No está mal el cantante. ¿Quién es? ¿El Porrina de Marrakech?
− ¡O no!, es Nusrat Fateh Ali Khan. Un gran cantante paquistaní que falleció hace unos años
−Pues sube el volumen y miremos hacia Kochab brindando con tu té de la peña. Este mundo ni es un laberinto ni es nada. Todo lo que nos contaron nuestros padres y abuelos no vale una higa. Unos ignorantes; y peor eran los de antes, nuestros lejanos antepasados. Los pobres buscaban algo de orden en el caos; señales en las tierras y en las estrellas. Nunca hubo nada. Se lo imaginaban. Tan solo un tiempo de vida y después la muerte. Les pasa lo mismo a las estrellas.
−Pero los humanos tenemos algo especial, esencial; algo de Dios.
−También las amapolas tendrán algo. Si lo tuyo es especial cuídalo como jamás cuidó el mejor de los amantes de su amada y pídele al Señor que no se extinga cuando tu corazón falle.
−Deja ya al abuelo cazador; chochea. Se está muy bien aquí, mirando al cielo. Creo que me voy a quedar a pasar la noche aquí echado en la hierba con los perros.
−Puedes usar mi tienda si quieres pero cuando se te pase la embriaguez volverás con tus compañeros y seguirás sus pasos al infinito. Aún te aguarda una gran sorpresa: ¡encontrarás una sirena al final de este camino! Entonces harás caso a lo que te digo ahora: ¡dejarás el vino y cualquier otra bebida alcohólica! Tú todavía estás para la leche; como los niños. Buenas noches, buena fe, y buen Camino tengan los peregrinos. Voy a vigilar las ovejas, algo he sentido.

 Al día siguiente nuestros intrepidos peregrinos pasaran por Sahagún de Campos y  veran crecer centenares de chopos donde un día clavaron sus lanzas los cristianos.
Son historias antíguas, que a casi nadie hoy día interesan, pero que nos hablan del auténtico espíritu humano.
Eso tan dificil de percibir para algunos.

miércoles, 25 de julio de 2012

Canto Beneventano. Rito Ambrosiano.


   Estoy escribiendo el que pienso será el último cuento del Camino de las luciérnagas, y para ello tengo que investigar y rebuscar en Internet.
Una de las joyas que he encontrado es el Canto Beneventano, varios siglos anterior al Canto Gregoriano y antecesor suyo.
En este vídeo os adelanto una primicia.
Son maravillas musicales de la mas auténtica historia de Europa.
El rito Ambrosiano venía del siglo V en Italia y de ahí nació el Canto Beneventano.
Eran tiempos en que la península itálica, tras la caída del Imperio Romano, era disputada entre Los Lombardos, un pueblo germánico, y el Imperio Ortodoxo de Bizancio.
En medio de esta trifulca de siglos nació esta maravilla de cánticos.
Disfrutarlos.

Festividad de Santiago en el albergue de León.

Un año más, el día del Apóstol, nos reunimos en el albergue de Las Carvajalas para celebrar el día del Patrón de Las Españas. Santiago.

Después de la misa en la iglesia de Las Carvajalas preparamos una sencilla colación para hacer un pequeño convite tanto para los miembros de la Asociación Leonesa de Amigos del Camino de Santiago como para los peregrinos que este día llenar a rebosar el albergue de peregrinos.

Charlamos un rato de los temas del Camino y los peregrinos tanto entre nosotros como con los peregrinos.
Gentes llegadas de cualquier lugar del planeta vienen a conocer España y su cultura gracias a la llamada de Santiago Peregrino.

Por mas que llenábamos y llenábamos las mesas de cosas alimenticias, en cuestión de minutos parecía que había pasado la marabunta y no quedaba nada.
Para eso lo ponemos. Para convidar y compartir entre peregrinos.
Unos de paso y otros deseando partir y pasar.

¡Feliz día del Apóstol!
Y recordar aquello de:¡Yo fui peregrino en tierra extraña y el que me recibió... !

domingo, 22 de julio de 2012

Canciones para el Camino XIII: Djangology de Django Rienhardt. El rey de la guitarra.

Los domingos aprovecho para escuchar alguno de esos viejos discos que hay por casa; en esta ocasión me he topado con una auténtica joya: una edición en cd de los grandes éxitos del mejor guitarrista de la historia. Dhango Reinhardt.
Una edición del sello Disques Pathé, en su colección Jazz Time, nos regala 25 éxitos musicales de Django Reinhardt, el rey gitano, inconfundible en su modo de tocar la guitarra. Acompañado en casi todos los temas por su gran amigo Stephane Grappelli al violín.
Aunque esta entrada debería haber ido mi blog http://ladmis.blogspot.com.es/ que es donde comento mis aficiones, no importa; es una música tan encantadora la hacía este hombre que es de la que me llevo al campo para caminar.



Y en este vídeo una interpretación del conocido tema Djangology que el propio Django escribió al terminar la Segunda Guerra Mundial. Gran música y el mejorcito de los jazz que jamás se hizo.

sábado, 21 de julio de 2012

Noche en la estación del Norte. Cuento completo.

Para los amantes de la lectura digital pongo otro cuento de lectura fácil y temática simple: Noche en la estación del Norte; que hace unos minutos terminé de escribir.
Espero que disfrutéis con su lectura y os lleve a sonreír su tono jocoso y natural.

         Noche en la estación del norte
         (Terrorífica, les adelanto)


   Es una noche cualquiera, un verano de los de antaño, en una olvidada y semidesértica ciudad de un reino olvidado. Y dilapidado. Cercana al centro capitalino y al otro lado del rio se encuentra su paleolítica estación ferroviaria.
   No hace mucho callaron las últimas locomotoras de vapor y su runrún característico, sus inmensas volutas de humo, y el silbato, que sonaba a sirena de barco trasatlántico. Pero, acerquémonos, miremos más de cerca. Así podrán asistir conmigo a una serie de sucesivas catástrofes; metafóricamente hablando.
   Apenas pasan unos minutos de las diez de la noche, el sol ya se ha puesto, pero el calor no cesa.        Vamos a ver desfilar el turno nocturno que ya andan de ronda.
   Sale la pareja de policías armados del infame cubil donde les mantienen condenados noche tras noche, pared con pared de los urinarios, ajustándose bien las pistolas (entre las sombras nocturnas horrores insospechados aguardan a los inconscientes, pero no hay que temer; estamos bien guardados)
−Estos nuevos pantalones que nos han dao tienen el tiro tan alto que por el precio que nos han cobrao nos podrían haber cambiao los guevos por ovarios.
− ¡Uy, corazón! Tú no notarias la diferencia. Nadie sabe para que tienes ese pistolón tan gordo como no sea para visitar constantemente el urinario.
−Por que lo tengo al lao. Y un día de estos se la puedo meter a un marica como tu por las orejas y ya no vuelve a pisar por el otorrino.
− ¡Respeta a tu cabo, eh! Respeto a los galones y continuemos la ronda.


   Pero, bueno, bueno, dejemos a este par de gorilas simplicisimus y busquemos a otros monos que si que se rescuelgan. Pasamos por delante de un pequeño almacén donde tan solo se escucha una especie de sonido metálico, un cuarteto de martillos y xilofón, que sale del cuarto de los visitadores. Continuemos adelante; aquí ya hay algo gordo: El gran edificio de correos urbanos, suburbanos e internacionales. ¡Ahí tenemos a nuestra brigadilla de carteros tirándose las sacas a la cabeza! Eso es currar. De las carretillas a la estafeta, de aquí al primer piso, y por las ventanas salen volando directamente a la cabeza de los conductores de los camiones que las apalean al interior de remolque. ¡Esta va con rosca! Grita un carterista desde una ventana y le atiza directamente en el coco a uno de los conductores que se desploma. ¡Toma ya!, matasellao y encalomao directamente para la central.
− ¿Pero tú que haces, criminal, que podías haberle matado?
−Pues llama a una ambulancia y despeja pronto el patio que atufáis el ambiente con los camiones. ¡Pa la central echando leches!
− ¿Qué pasa, que pasa? le grita otro cartero veterano asomando a otra ventana.
−Aquí los eventuales, que son unos flojos y no han currao en su puta vida. ¡Y se me quejan!
−Anda vamos pa dentro y a lo nuestro que esta noche toca brisca primero y después a la putada.

   ¡Bah, bah! Pelillos a la mar; aún no se ha muerto nadie. Dejemos a estos iletrados que firman con la yema del dedo y solo usan la lengua para pegar sellos y lamber helados. Síganme, síganme, busquemos gente parlanchina y sandunguera.
   El anden esta lleno de turistas variopintos esperando la llegada del expreso hacia Barcelona. Marquesonas y funcionarios esperando impacientes la llegada del relumbrante tren anunciado y que llega pitando.
   Dejemos, dejemos, a esta gente parásita y transeúnte que se piren a la costa dorada y vallamos al meollo del cogollo. La gente ululante.
   Al final del andén, cercanos al edificio de la estación, y semiocultos entre los setos de un jardincillo, fuera de los focos que alumbran el tren brillante, encontramos a nuestros héroes: ¡la brigada del removido! Subidos a los carros que sirven para transportar maletas y mercancías encontramos a nuestros cuatro currantes agarrados a las barandillas, botando al unísono, y aullando enlobecidos a la luna menguante.


   Arranca el tren nocturno cargado de mentiras humanas y miserias generales hacia su destino luminoso cuando surge de la última de las puertas del edificio un auténtico gigante.
(¡Es Pim! Conductor de carretillas eléctricas y alma mater de la empresa nacional ferroviaria)
−A ver, salvajes, dejar de aullar como lobas preñadas y os contaré cómo va a ir la noche
− ¿No nos iras a hacer currar esta noche, -le dice El Boca-, que son las fiestas de la anunciata?
−Tranquilidad, tranquilidad, no agitarse antes de tiempo no sea que alguno explote. (y guardar las cervezas debajo de los paquetes) tenemos cuatro cosas para pasar la noche. Unas cuantas maletas, cuatro cajas de flores, unas truchas y algo de tornillería. Cosa chupada. En cuanto desaparezca el expreso nos vamos a paquetería a cargar las carras. Si lo hacemos bien a las doce de la noche ya lo tenemos todo bien enfilado y programado gerencialmente. O como se diga ahora. Que nos están cambiando hasta el idioma.
   Y se sube impávido e impoluto a su carretilla eléctrica. ¡Rubio, coge la otra y detrás mio! Arranca con la carrada en dirección al muelle de paquetería atravesando principescamente por todo el andén primero. Cuando están a punto de subir hacia el muelle ven venir la maniobra del tren paquetero a toda leche entrando por la vía OO.
− ¡Pero dónde van a toda máquina!
− ¡Hacerles señales! ¡Llamarles por el walkie! ¡que se tragan la topera!
   Capataz y enganchadores brincan y saltan como los peces en el rio haciendo señales a los maquinistas para que reduzcan y frenen la composición. Como si llamaran a unos astronautas.
El tren paquetero sigue su curso hasta dar con la topera y sigue avanzando; el último furgón salta por encima  y se pina en un ángulo de 45 grados. Se cortan las mangas de aire y se queda colgando.
−¡¡¡Frena!!! Grita media humanidad.

−Bueno, muchachos, les dice Pim cuando el estrépito ha cesado. Me parece que esta noche tenemos chollo del bueno ¿cómo están mis cholladores?
(Cagándose y meándose en todo lo animado e inanimado)
Segundos más tarde salen las alegres y divertidas chicas de paquetería tras el bufo y rebufo de su factora suprema
−Pero, pero, ¡qué tenemos aquíiiiiii…! Exclama ella con su excelsa voz de soprano siberiana y pastora ubérrima.

   Pim y sus muchachos están sentados en un tren de carretillas paqueteras y no levantan la mirada del suelo. El capataz de maniobras ha dejado de desgañitarse mientras pisotea maníacamente el walkie talkie; y sus enganchadores corren andén arriba y abajo despavoridos y vociferantes. Pero, (¡alto! observen con atención) en esto que vemos llegar al señor factor encargado del turno de noche (permanezcan atentos) acompañado de la brigada de visitadores.
− ¿Pronostico, señor visitador jefe?
−Cortamos la composición y que se pire el tren en cuanto lo transborden. Llame a una grúa grande y si viene pronto esta misma noche encarrilamos el tema (el gran furgón paquetero tiene dos ruedas al aire suspendidas sobre la topera)
−Señor jefe paquetero ¿Qué induce su afilado olfato sobre este tema?
−Que en cuanto corten la composición y se separen y este furgón se nivele un poco tendremos que  transbordar toda la paquetería a los otros furgones.
−Muy bien, procedan con las operaciones y cumplamos fielmente con lo previsto y programado previamente.
   Y girando sobre sus talones comienza a caminar, impasible el ademan, alejándose del frente de batalla de vuelta a su oficina. Graves e incomprensibles  problemas le reclaman (¿Cuáles? ¿Sabéis algo vosotros?)
Pero bueno, dejemos que trabajen estas mulas de carga a la mayor gloria y prosperidad de esta nación inacabada e inagotable y vayamos de nuevo con gente verdaderamente experta en catástrofes: los carteros.
   Encontraremos a nuestros ínclitos golfos apandadores ¡y fumadores de Farías! Amarrados firmemente a la barra del bar de la estación dispuestos a soportar cualquier marejada.
− ¡Anda que si llegan a poner en cola el furgón de correos nos dan las uvas y estamos trasbordando sacas!
−Si es que no saben beber esos conductores de ahora. Tú, celemín, ¡ponme otro sol y sombra!
−Que no hay ya seguridad y nos jugamos el cuello currando. Pon otra ronda de cervezas al círculo mágico de comunicadores interplanetarios y guarda la porra que te vamos a pagar. ¡Qué no marcharemos sin pagar!
− ¡Será mal pensao el tío! Todavía queda media hora hasta que pase el expreso de Hendaya. Nos da tiempo a tomar cuatro rondas.

   Dejemos, dejemos, por un rato a nuestra alegre muchachada postal y volvamos con los paqueteros. Al oír anunciar por megafonía la entrada del expreso abandonan el interminable transbordo y nuestra amada y sentida brigada nocturna se divide en dos equipos. Se cruzaran al mismo tiempo dos trenes nocturnos por diferentes andenes: en el primero el proveniente de las oscuras cavernas de la Jalicia Caníbal y en el segundo andén el que ha conseguido regresar del Espanto Vasco (Una noche más, ¡hurra!)
   Valle y el Rubio toman una carretilla eléctrica y las sucesivas rodantes con las mercancías que les han colocado nuestras chicas picantes y se van para el segundo andén a toda mecha. Pim capitanea, en triangulo amoroso, su cercenada brigada, con San Juan (no, no es el que sacan en las procesiones de Semana Santa; este ya nació ferroviario, y tiene los cojones negros de cien batallas ferroviarias. Le quedan cuatro días para jubilarse. Bueno, es lo que dice siempre) y El Boca, que aprovecha el impasse mientras Pim engancha carretillas para hacerse un peta como dios manda. Y se marchan cantarines atravesando el andén primero (¡Como son los de la montaña! Llevan casi cuatro horas cargando paquetes y aún cantan)
“No hay quien pueda, no hay quien pueda, con la gente marinera; marinera, pescadora, no hay quien pueda por ahora”
   Llegan los trenes, viajeros, maletas, maleantes, ¡mantecadas de Astorga! ¡mantecadas! Gente arriba y abajo por todos los andenes. Pim se acerca a la oficina de paquetería para recoger unas maletas y el factor le recibe abriendo una boca que asustaría a un oso grizzli:
− ¿A qué estáis jugando? ¡no os he visto en toda la noche!
−Acarreando. Nos llevamos las maletas y las flores. Y salen prestos hacia el furgón de cola.
Durante veinte minutos asistimos a un gran tejemaneje de gentes y mercancías. Los paqueteros van de un furgón a otro, de cabeza a cola, descargando y cargando sucesivamente. El tren de Jalicia está a punto de partir pero el factor espera a que los paqueteros le hagan la seña
− ¿Qué pasa? ¿No acabáis? ¡Os vais a cargar el tren!
−Espera un minuto que Valle se está peleando con un par de bonitos
− ¿Son guapos esos amantes que nos retrasan?
−Son hermosos y acaramelados; le suelta Valle apareciendo en la puerta del furgón con un gran bonito en cada mano. Se rompió la caja al cargarlos y vamos a tener que llevarlos a mano.
−Bueno, baja de un salto que pito y esto sale zumbando. Ya lleva casi cinco minutos de retraso.
−Que arranque, que arranque, que ya me bajo.

   Marchan los trenes expresos a sus inciertos destinos mientras la vida sigue en nuestra estación de transito. Trenes de mercancías pasan por las vías exteriores y se detienen para ser revisados por los visitadores mientras los enganchadores hacen sus maniobras. Los guardagujas aprovechan para ir a tomar un café al bar y echarles un vistazo a las putas del Siroco que siempre paran por allí a esas horas, vigiladas por sus chulos que no paran de meter monedas en las tragaperras, mientras el jefe de camareros está de pugilato con un borracho en el aparcamiento exterior. Cuando ya paran de sangrarse mutuamente, por puro agotamiento, comienza una trifulca aún mayor entre los policías nacionales, de gorra azul, y los municipales, de gorra bermeja. Nadie sabe que pasa, solo se ven las gorras volando entre aquella ensalada de hostias y porrazos.
− ¿Qué tengo yo que hacer el atestado? Esto es el aparcamiento de coches; el muerto es vuestro, ¡municipales!
−Nosotros solo intervenimos por fuera del aparcamiento; en la calle. Esto es terreno de la estación y os corresponde a vosotros ¡los nacionales!
Mas puñetazos, zurriagazos, y mamporros hasta que por una puerta aparecen los guardas jurados de Renfe.
−No, si digo yo que habrá que llamar a la división acorazada para separarlos
−Calla, calla, que llegan refuerzos de ambas partes.
   Por cada lado de la calle que bordea la estación aparecen coches, furgonetas, acorazados sobre ruedas, y se escucha el vuelo cercano de los helicópteros de la Guardia Civil vigilando por si la cosa va a más y tienen oportunidad de meter mano en el asunto. Y en esto que asoma por la puerta de equipajes el factor nocturno y encarando al jefe de camareros le grita:
−Pero vamos a ver ¿a qué viene todo este folklore? ¿Me lo puedes decir?
−Este, que se piraba sin pagarme el café. Un jeta… ¡si no me paran lo mato!
−Pues mira, toma veinte duros y haces como que le convido y mandas de seguido a todos los de las boinas a desfilar por el Paseo de Salamanca; que está a estas horas todo lleno de chicas vestidas de ciclistas. (No, si no se va poder dar una cabezada en esta estación ni a las tres de la mañana)
   Resuelto el problema dejemos a los gorrinas abandonados a su barbarie mientras se las piran a la orilla del rio a saludar a las hermosas ciclopedistas que hacen su carrera por entre las alamedas y volvamos al andén primero.
Valle y el Rubio han aprovechado la refriega para tomar unas cañas y se dirigen con sus carretillas al muelle de paquetería.
− ¡Vaya noche mas rollo, eh, rubio! Casi las tres y no hemos parado
−Bueno, venimos de tomar una caña
− ¿Una caña? ¿una caña? Con este calor habré sudado cinco litros. Subimos, les dejamos los paquetes a las chicas y volvemos a bajar para hidratarnos.
−Eso, eso, hidratarnos, hidratarnos. Oye, oye, para, para Valle, ¡¡para!!
− ¿Pero qué te pasa, espantao? ¿para que quieres que pare si no hay nadie en el andén?
−En el anden no, pero sí en las vías. Y se tira en marcha de las carras.

   En el primer andén, semioculto entre las sombras, hay una persona tendida perpendicularmente a las vías.
− ¿Qué pasa, Rubio? ¿Un borracho que se ha caído?
−Borracho, borracho, estaría hace un rato pero seguro que a este ya no le duele la cabeza. Y recoge la cabeza del suicida, perfectamente seccionada por las ruedas del tren que partió minutos antes y se la muestra. Valle, que apenas había parado, sale a toda marcha hacia paquetería mientras le grita:
− ¡Deja eso en el suelo y avisa al factor jefe! ¡que lo dejes en el suelo! ¡a mi no te acerques!
−Pues no sé que daño te podría hacer con este aspecto. Bueno, avisaré al factor jefe. A ver que es lo que procede. Tú sigue con los bonitos que yo me quedo con el fiambre.

   Tranquilos, tranquilos, ya sale el señor factor jefe del turno nocturno.
− ¿Habrá que llamar a alguien? Acariciándose el mentón como si pensara
−A la policía ni se le ocurra que están muy ocupados en el aparcamiento de coches. Envíe un mandao a los juzgados a buscar al juez de guardia
− ¡Ah, claro, problema solucionado! Vale, deja esa cabeza donde estaba que no quiero follones
−Yo tampoco; que es la hora del bocadillo.


   Y se va el tío tan pancho al muelle de paquetería. Apenas entra por la puerta le asaltan nuestras encomiables chicas paqueteras.
− ¿Qué es lo que nos ha contado Valle?
− ¿De verdad encontraste un muerto en las vías con la cabeza cortada?
− ¿No tendrás el cuajo de sentarte a comer el bocadillo? ¿Pero si tienes sangre en las manos?
−Ahora me las lavo; y el bocadillo no lo voy a tirar con el hambre que tengo. No hemos parado en toda la noche.
−Bueno, pues no paréis mucho; que tenéis que descargar un vagón de pescado en la vía 14. Y viene hasta arriba
−Pues os nos regalas unos zancos o les dices a los de la maniobra que pongan el vagón en una vía con andén.
−Decírselo vosotros, y mirar bien la hora; que a las cinco están aquí los pescaderos a recoger las cajas. ¡Y no quiero follones!
(Chissss, ¡Callaos todos! Habla Pim)
−Boca, tú y Valle os vais de pescateros
−Y vosotros dos conmigo a terminar el transbordo del paquetero, que quieren sacarlo antes de las cinco.
− Pero ¿habrá tiempo para tomar unas cañas?
−Que sí, San Juanín, que sí; cuando terminéis el chollo os tomáis todas las cañas que procedan orgánicamente según lo estipulado en la consigna 4P3C2, apartado 565433, anexo ASERO, recién revisada.

   Entonces, entonces, dejemos unos minutos a estos incansables tragaldabas, estos sencillos menesterosos para que alimenten sus insaciables tragaderas (escucha Valle, ¿seguro que la factora encargada contó bien todos los bonitos? ¡Porque este me mira con unos ojos!) mientras tanto nuestras chicas picantes y picaruelas discuten con la juez de guardia de servicio nocturno.
− ¿Pero cómo dejan tanto tiempo ahí tirado a ese pobre hombre una noche como esta? En cualquier momento pasará otro mercancías.
−Hay que realizar el atestado correctamente
−Pero podrían subirlo al andén y limpiarlo un poco
−Hay que hacer las fotos tal y como lo encontraron
−Pues yo no pienso tocarlo, ¡con lo muerto, muertísimo, que está!
−Pues tendréis que ayudar a subirlo a la ambulancia porque el conductor no puede él solo
− ¿¡¡Nosotras!!?
− ¿Señor factor encargado?
−Disculpe, señorita magistrada, a mis pupilas. Procedan, señoritas operarias, al levantamiento del cadáver ¡Y cuidado con la cabeza! No la dañen.

   Pero dejemos, dejemos, a estas industriosas y afables muchachas que realicen su compasiva tarea y sigamos al Boca y Valle en su afán por descargar un vagón cargado de cajas de pescado en la vía no sé cuantos mientras los operarios enganchadores y su señor capataz se cachondean de ellos sentaditos en la terraza del bar tomándose unas cañas.
Pasan diez minutos, pasa media hora, y siguen sacando cajas de madera repletas de pescados y saltando de vía en vía para llevarlas a las carras
− ¡Oye, Boca, tú harás lo que quieras! Pero yo, cuando pasemos por el bar paro a tomarme algo. Estoy sudando como un caballo.
− ¡Vale, tomaremos algo! Para qué valen las prisas.

   Se las prometen muy felices estos inconscientes pero al irse acercando al bar con su pestífero cargamento Valle nota algo inusual al pasar frente a la cabina de teléfonos. Frena de súbito la carrada y de cuatro saltos ya está abriendo la puerta de la cabina telefónica. Hay un tipo intentando forzar a una cría, de las muchas que deambulan estas noches por el vestíbulo de la estación, huidas de sus hogares, expulsadas o rechazadas de este mundo infame y bestial con la gente sencilla y sensible, o solitaria. Y Valle lo saca de un tirón de la cabina y comienza a soltarle una somanta de hostias de inmediato. Cuando ya le ha puesto la cara como un marmitaco se le escucha decir al hijoputa de turno: ¡Pero si iba a pagarle! ¡Iba a pagarle!
−Pues tú ya has cobrao; le suelta El Boca pisándole la cabeza. Déjalo Valle que ya vienen los guardas jurados, que se encarguen ellos de este cabrón.

   Entonces, entonces, sigamos de turné pasando por el bar donde carteros y chuloputas disfrutan mirando un combate de boxeo que dan por la tele (¡otra ronda!) (¡Vaya hostias!) (¿Quién paga esta ronda?)(¡Que guardes la porra!) ¡Bah! El bar está aburrido, lo mismo de todas las noches. Un poco mas allá, paseando por el andén encontramos a los visitadores, martillo en mano, discutiendo con los enganchadores
− ¡El próximo mercante lo metéis por una vía con andén!
− ¡El próximo te lo vamos a meter a ti por los cojones! Compraros linternas. ¡Y unos zancos!

   ¿Pero qué pasa?, ¿qué ocurre? ¿Y ese estrépito? Estamos escuchando en vivo y en directo, señoras y señores, el inconfundible sonido de un tren descarrilando.
−Pero ese qué iba ¿pa Remolcao?
− ¿Y yo que sé? Habrá que mirar en el ordenador
−Se ha debido de llevar por delante la garita del guardagujas. ¿Quién estaba de noche? (¡Ya tenemos otra misa de difuntos!) (¡¡Vaya racha!!)(tenemos el cuarto lleno de esquelas)
−Ala, venga, ¡tos p´ allá! Grita el capataz y que no oiga a uno rechistando. ¡A la carrera!

   Bueno, bah, bah, no ha habido muertos y se hace un caseto nuevo y con hilo musical (Cosas que pasan; al que no trabaja esto no le ocurre) Volvamos con los del removido. Valle y El Boca ya están entrando de nuevo al muelle con los pescados y se encuentran a un Pim nada pinturero y vociferando:
−Faltan diez minutos para que pase el Costa Verde y vosotros sin aparecer. ¿A que estabais durmiendo? Venga, rápidamente, poneros a remover cajas de flores que nos vamos a cargar el tren.
−Pero, Pim, ¡si para vente minutos! Para qué las prisas.
−Cuanto antes terminemos antes descansaremos

   Y en minutos ya salen pitando hacia el andén con sus carretillas eléctricas y su carga florida. Ya se oye anunciar el tren expreso. Ya están en posición los carteros, los primeros, los mas raudos, veloces, el pony exprés. Y apenas el tren se ha detenido comienzan a volar las sacas.
¡Pumba! Una en toda la cabeza del conductor de la carretilla. Adiós cartero. ¡Parar, parar, que os lo habéis cargao!
− ¡Flojos, flojeras, que sois unos blandengues! ¡Tendríais que currar en la línea como nosotros! ¡Todas las sacas al suelo y que las recojan cuando puedan! No vamos a quedarnos sin tomar unas cañas por causa de estos jubiletas.
−Primero tendréis que recoger las vuestras. Y el furgón postal recibe un auténtico bombardeo de sacas postales.

   ¿Se ha roto algo? ¿Inconsciente?¡Bah! Total por una cabeza de chorlito y unas cuantas bolsas de valores. Lo de todas las noches. Vallamos a ver cómo les va a los paqueteros que puede estar entretenido; aunque parece que ya han concluido.
−Bueno, Pim, me firmas aquí la entrega de los equipajes y me las piro.
− Quieto, ¡Quieto!, quieto, Perlín, ¿dónde vas tú tan deprisa y corriendo?
−Hombre, es que ya hemos terminado y me da tiempo a tomar una cañita en el bar; si no te parece mal. Le dice el agente del furgón paquetero.
−Tú no te bajas del furgón, que aún te queda por acomodar el envío más importante de la noche. Y les guiña un ojo a los subalternos de removido. Estos, ni cortos ni perezosos echan mano de un gran abeto que el día antes habían arrancado del jardincillo de enfrente, y entre los cinco machotes consiguen meter en el furgón, después de un cuarto de hora, el abeto completamente.
−Pero, pero, ¡PIM! ¿Estas seguro que debo llevarme esto para Asturias? ¿Está facturado?
−Joder, mira la etiqueta. Envío especial de la gerencia. ¡Pa los de Asturias! Y vosotros, venga, vamos; entregamos esto en Paquexpres y os dejo libres que son las cinco y media
−Boca, vete encargando unas cuantas jarras de cerveza que ahora mismo bajamos.
−Las pides cuando bajemos; y si ya no hay nada podéis ir a cambiaros hasta que llegue el relevo.
− ¡Eso es un jefe carretillero!

   Incautos, inconscientes, ignorantes, en fin, currantes. No saben lo que les espera. Cuando ya están de regreso al departamento de equipajes, sito justo al lado del bar donde les esperan las doradas cervezas, una presencia insospechada les sale al paso. El jefe de estación que ha madrugado más de la cuenta
−¡Gruaggg! ¡Urggg! ¿Dónde van estos galanes tan raudos y altaneros? (¡uf! Darth Vader es un gañan al lado suyo; éste si que da miedo)
−Va, venga, jefe, deja a los mozos que se vayan a cambiar que ya hemos terminado.
−De terminar nada que todavía no son las seis. Os cogéis las carras y me vais descargando el furgón postal hasta que llegue el relevo
−¿El postal?¿el de las revistas?
−¡Que lo hagan los carteros!
−Ellos no pueden, que les ha sobrevenido un accidente laboral y han tenido que llevar a un compañero al hospital
−¿Y han ido todos para llevar a un tío?
−Son carteros; vosotros haber estudiao. Ala, caminito y para el furgón postal que en media hora comienzan a llegar los camioneros.
−¡Pero se tardan horas en descargar ese furgón!
−Mejor, así queda algo de trabajo para los que entran de mañana. Y tú, Pim, deja los mozos que me tienes que informar de los removidos nocturnos.
−Pero, ¿será tomando un café?
−¡Hombre! ¿No vamos a ponernos a tomar cañas a estas horas?. Con este calor lo mejor es el café; me lo dice el medico.
−Será por la tensión
−¡Grajjjjj! A tres mil voltios me tiene la parienta. No me hables, no me hables de tensión.

   Y bueno, dejamos la estación del Norte, de una ciudad insospechada, casi tal cual nos la encontramos, para ir a contemplar la salida del sol y escuchar el dulce trino de los pájaros.
Total, no ha pasado nada digno de reseña. Una noche como todas. Lo que siempre pasa; que nos ponemos a hablar y se exagera. No era para tanto. Al fin de cuentas, cada día llegaban a su destino cartas y paquetes y nadie preguntaba cómo lo habían conseguido.


   El cuento está escrito de un tirón, basado en recuerdos de las muchas noches que me pasé trabajando en la antigua Estación del Norte. Espero que nadie de moleste por este pequeño relato escrito con todo el cariño del mundo y un poco de sano sentido del humor.


viernes, 20 de julio de 2012

Corre, Flora, corre. Cuento completo.

El primer cuento que escribí para el Camino de las luciérnagas fue precisamente éste, Corre, Flora, corre.
Intentaba comunicar a mi novia las sensaciones y recuerdos que me habían quedado de sucesivos recorridos por el Camino de Santiago, y como hablando no debo de ser muy bueno, decidí escribir un cuento. Y tuve éxito, le gustó a ella y a mucha más gente.
Así que seguí escribiendo cuentos para las luciérnagas, para su conciencia interior. De hecho aún estoy escribiendo el cuento final, y que por falta de tiempo y capacidad no pudo ir en la edición impresa. Confío haberlo terminado antes de las navidades.
Pero ahora, disfrutar de este relato alado y las peripecias de sus personajes.
Feliz fin de semana.

            Corre, Flora, corre.



      Las flores que recoge por las cuestas del sendero colocando va en su sombrero en forma de tallos entrelazados y pétalos engarzados cuya fragancia alfombra el empedrado camino que tantos miles de bienaventurados recorrieron antes que ella.
     Es una vieja senda encharcada entre altas sebes encajonada por árboles y prados; manzanos rebosantes de frutos acaramelados. ¡Y ella tiene sed! ¡Tanta sed! que estaría dispuesta a robarlos. Con su bordón intenta hacer caer alguno; pero están muy altos. No alcanza; sigue andando y, en el suelo, junto a un canalillo alcanza a ver algunas manzanas caídas, las toma con cuidado y las lava; aparta lo más podrido con los dedos y come agradeciendo al cielo un sabor tan exquisito.
      El calor. Calor húmedo y espeso, tan lejano y tan distinto al de días atrás ¿o fueron siglos? Atravesando Castilla; cuando encontró ese tipo tan raro que ahora va un par de cientos de metros delante de ella. Caminando.
     Las tierras blancas; los trigales dorados; y un sol tremendo recorriendo el cielo más claro que jamás había contemplado. Hija de la gran ciudad. Las grandes avenidas llenas de gente y autos. Los enormes edificios acristalados. Los símbolos del que fue el mayor de los imperios. Sus monumentos. La plaza del almirante.
      La tierra blanca; el polvo blanco; las casas viejas; la miseria y el abandono. Castilla derrotada.
      Al entrar en un pueblo encuentra una bonita iglesia en lo alto, y en las escaleras, sentado, un hombre con un sombrero de fieltro, barbas ya entrecanas, camiseta raída, pantalones cortados a navaja por encima de las rodillas y un zurrón de piel curtida al hombro por equipaje que parece aguardarla. Unos pies delgados y largos ennegrecidos por el sol y el camino casi se confunden con unas sandalias de piel hechas a mano. Seguramente por él mismo.


    ¡Qué bien hueles!, peregrina. Le dice al pasar mirándola de soslayo.
    Será porque no me lavo. Y se le escapa una carcajada. Los dos últimos albergues por los que he pasado estaban completos y el agua helada. Con este calor y el viento puedo coger un resfriado. La temperatura baja 15 o 20 grados en cuestión de pocas horas; ¡vaya verano español!
    Debiste quedarte en Frómista. Los albergues de Carrión ya estarán completos a esta hora; se hará pronto de noche y no podrás seguir caminando. Va a hacer frío esta noche; bastante frío en campo abierto.
    ¿Y tú? ¿por qué andas solo? ¿qué haces ahí sentado?
    Soy como el camino. Veo pasar muchas cosas, mucha gente; acepto lo que necesito y dejo lo que me sobra a quien lo quiera; y así voy tirando ¿puedo acompañarte?
    Bueno, el templo está cerrado y ya leí sobre su historia en la guía. Los templarios comulgando sin bajarse del caballo; siempre de vigilancia.
    Sería necesario actuar así en aquellos tiempos. Dejemos el pueblo atrás y salgamos al campo.

      Siguen dos horas sin cruzar palabra con la vista perdida en lo lejano. Un atardecer de colores extraordinarios. Una extraña danza de lenguas de fuego y sombras que batallan entre nubes de tormenta en el poniente lejano. Su asombro es tan grande que no puede apartar la vista del cielo y caminan como trompicándose. Como alelados. La vista extraviada, el cuerpo zarandeado por las rachas de viento, percibiendo cosas inexpresables.

      La oscuridad les envuelve antes de que se quieran dar cuenta y el cielo está cubierto de oscuras nubes; pero ella deja de experimentar el prodigioso crepúsculo, las imágenes y formas que pasaban a través suyo, como si caminasen entre las nubes y los rayos, las estrellas a la mano, y este tipo inmutable que camina a su lado. Sus ojos de águila que la observan de manera esquiva.
    Tenemos la tormenta encima, peregrina; y queda mucho para el siguiente pueblo. Habrá que buscar resguardo.



      Una casita semiderruida es lo primero que encuentran y una gran charca detrás suyo.
    Si quieres asearte ya sabes dónde puedes hacerlo; noia. Le dice mientras se va desnudando y camina hacia la charca con tan solo la cantimplora en las manos.

      Pero ella está tan cansada, y sedienta, sin fuerzas, que solo acierta a buscar un rincón a resguardo bajo techado; pues ya está chispeando y comienza a tener frío. Extiende la colchoneta y el saco y busca algo que llevar a la boca; algo que le haya quedado. Unas galletas y una manzana son todo lo que tiene ¿y este hombre? ¿En ese pequeño zurrón llevará algo? no tendrá ni saco de dormir ¿qué hago? me siento sucia, sudada, agotada, ¿qué hago?
      Vuelve el hombre, chorreando, y le ofrece la cantimplora.
    ¿Quieres que beba agua de la charca? ¿y después de haberte bañado?
    Es del manantial que surte la laguna y es agua buena, bebe, iré por más. Bébela toda.

      Abre el zurrón y saca un trozo de cecina y una navaja. Corta pequeñas lonchas y le ofrece. Toma. Come. Entrarás en calor. Saca una bayeta de cocina del zurrón y comienza a secarse con gran aplomo. Después la cuelga del bordón para que seque al aire que por todos lados se cuela entre cuatro paredes desvencijadas y un tejado a medio derrumbar.
    Bebe, come, descansa. Su voz es firme y profunda; pero en absoluto autoritaria.
    Yo tengo unas galletas y una manzana ¿si gusta?
    Pues sí, gracias, aprovechemos; y corta media manzana.

      Llueve cada vez con más fuerza y se oye el retumbar de truenos cercanos.
    Pasará por encima pero será mejor que durmamos.

      Recoge unas cuantas hierbas secas del rincón donde la lluvia aún no ha llegado; limpia el suelo con el pie y se acuesta a su lado. Se pone calcetines de lana con el dedo gordo del pie asomando, los pantalones deshilachados, la camiseta, y un jersey de lana morado, el zurrón bajo la nuca; y a los diez minutos está roncando.
      No es un verdadero roncar; es el ruido que producen unos pulmones muy gastados. Pero duerme plácido. Ella también se va quedando dormida mientras siente entrar un extraño y hermoso perfume por el orificio del saco que posa en su rostro y en su pecho y en sus brazos. Proviene de él. Son mil flores diferentes en un diluido extracto combinado con el olor del hombre y le va embriagando.
      Sueña. Se baña en una laguna poco profunda rodeada de patitos, pajarillos, ranas, renacuajos, y mil y una flores diferentes que tapizan las orillas entre carrizos y nidos de pájaros. Hace el muerto en el agua plácida; y el sol se funde con el agua límpida para lavar su rostro y de cualquier mancha no dejar ni rastro.


      Despierta al oír voces y pasos. Sale del saco vistiéndose rauda y asoma la cara por la puerta para ver algo. Son peregrinos que han madrugado y van por el camino como demostrándose quién es el más rápido. Sale de la casita y se dirige a la charca ¡hay va! ¡Si es la laguna! La laguna con la que estuve soñando.
      Media hora más tarde va caminando; con sus sandalias deportivas medio destrozadas y sus pies hechos un asco; llenos de ampollas, tiritas, y esparadrapos. Qué distintos de los de aquel tipo tan raro. No se le veían ni durezas en los talones. No me dijo ni su nombre.
      Un grupo le da alcance y tras los saludos de rigor ella pregunta: ¿cuánto queda para el pueblo más cercano?
    Menos de una hora para el Burgo Ranero. Le responde un chico moreno y muy simpático; con un fuerte acento francés.
    ¡El Burgo Ranero! ¡pero si yo pensaba llegar a Carrión! Por favor; vosotros, ¿de dónde venís?
    De Sahagún. ¿y tú? ¿dónde has dormido con el tormentón que cayó anoche?
    No tengo ni idea. Recuerdo haber salido de Castrogeriz y caminar durante todo el día; y que se hizo de noche. Y seguía caminando.
    Pues habrás venido volando; porque una distancia como esa no se recorre en una noche.

      ¿Dónde estará el tipo de las barbas?; tan extraño. Su olor se me ha pegado y me acompaña a todos lados. ¿Qué ocurrió ayer? ¿Un milagro?
      Y ahora le veo; inconfundible el aspecto y el caminar. Como si fuera alado. ¿Es de este mundo acaso?
      Debería asegurarme alcanzándolo. Su bastón. Llevaba un bordón labrado. Como si una serpiente subiese enroscada y él la tuviese por el cuello sujeta firmemente; obligándola a caminar y servirle de apoyo. Castigada.
      Va ahí delante y estamos llegando a Compostela. Tengo que alcanzarlo. Aprieto el paso; pero es inútil. Él va más rápido. Se va alejando. Desde aquella noche intentando alcanzarlo. Buscando por albergues y pueblos. Soñando con sucesos horrorosos o prodigiosos. Un sol inmenso descendiendo sobre la catedral de San Pablo. Mi Londres amado.
      El sol declina y nuestra peregrina alcanza la urbanización del Monte del Gozo. Baja las escaleras casi llorando; con las rodillas de goma y los pies destrozados. En los últimos escalones al llegar a la gran plaza se sienta pegada a la pared con la cabeza gacha. ¡Ya buscaré cama! Seguro que habrá sitio. No puedo con el alma.
      Alguien se acerca con una cantimplora y una bayeta de cocina; se agacha a sus pies y comienza a lavarlos.
      ¡Es el peregrino de ojos de águila!
      Él sonríe.
    ¿De qué te asombras? ¿de los calzoncillos? me los han regalado. (no lleva otra cosa encima) tengo la ropa en una lavadora aquí al lado. ¿qué tal? ¿cómo te va? ¿me regalas una flor? llevas el sombrero más bonito que he visto en mi vida.


      Ella apenas acierta a tomar una florecilla de su cabeza y ponérsela en su oreja derecha mientras él lava sus pies con sumo cuidado.
      Quiere decir un millón de palabras. Hacer un millón de preguntas. Y tan solo acierta a decir: ¡I love you!
      El sigue sonriendo; se levanta y con la cabeza le indica el albergue cercano.
    Ya nos veremos más tarde. Es hora de que descanses.

      Y se va tan grácil y rápido como apareció.
      Más tarde le busca por todos los rincones del Monte y por todas las habitaciones del albergue. Y no le encuentra. Tan solo queda en ella ese perfume de mil flores silvestres en uno solo enjoyado.
      La mañana del último día. Las calles de Compostela. La Compostela con su nombre en latín. La misa del peregrino. El botafumeiro. Los abrazos y fotos con sus compañeros de camino, ¡ha hecho tantos amigos!
      Uno le propone: ¡vayamos a abrazar al santo! la larga cola, los escalones, su turno; y al besarlo... algo que reconoce. Un perfume de mil flores unido a sudor humano que le embriaga y consume y le llega a lo más profundo del alma.
      Han de separarla del santo pues ella no puede soltarse; lágrimas amargas riegan su rostro y no tiene fuerzas ni para bajar los escalones. Sus amigos la llevan en volandas. El Pórtico de la Gloria; la gran escalinata. Y sentada en el suelo sobre las piedras de la plaza se lleva la camiseta a la nariz comprobando que está impregnada de ese olor tan especial que siempre le acompaña.
      Escucha una voz interior: “¡qué bien hueles, peregrina!”.
      Y ella se siente sonreír y flotar como si estuviese de nuevo nadando en la pequeña laguna sin tiempo ni espacio bajo un cielo intensamente dorado.


Personalmente me parece un cuento, fantástico si pero muy claro y de fácil lectura, corto y directo al corazón. Lo que sientas al leerlo es lo que tienes dentro.
Es como el Camino, las trochas y veredas por el que trancurre son las mismas para todos, pero cada uno lo vive de una manera diferente. Y eso es precisamente lo bonito y maravilloso.
Las fotos solamente las pongo a modo de orientación de los lugares por los que transcurre este corto relato. Son como los recuerdos que me vinieron a la cabeza a la hora de escribirlo.
Cosas muy simples y sencillas.