miércoles, 30 de noviembre de 2011

Camino de las luciernagas. Luz del Camino.

           Luz del Camino

      Estaba profundamente dormido cuando una llamada a su teléfono móvil le hizo volver en sí; contestó: era un compañero del Camino para darle su dirección y recordarle que volverían a verse el año próximo de nuevo caminando hacia Compostela. Una vez despierto decidió ir al bar del tren para tomar algo y comer un bocadillo; aún le quedaban horas de viaje.
      En un rincón reconoció a otros dos peregrinos con los que había coincidido en algún albergue días atrás y pidió permiso para unirse a ellos y almorzar. Uno de ellos, italiano, era muy joven y estaba comentando sus vivencias pasadas con ardor y entusiasmo; el otro, un holandés muy alto, con cara de pocos amigos, escuchaba con respeto pero dejaba entrever una mueca de ironía respecto de lo que estaba escuchando; de lo mucho que el italiano había caminado cada día, que siempre había encontrado sitio en los albergues, el poco dinero que se había gastado; en fin, pensaba el holandés, el típico turista que se apunta al Camino bueno, bonito, y barato. Así que, entre bocado y bocado, decidió intervenir e intentar comunicar su personal manera de ser y de ver las cosas.
-       Desde hace diez años vuelvo al Camino en cuanto me dan las vacaciones; cada año hago un tramo o una ruta diferente, y he llegado a la conclusión que cada persona es diferente tanto en su visión de las cosas como la manera de asimilarlas. Con cada persona que hablo encuentro una idea distinta, su propia manera de entender las cosas. Y es difícil saber cuál puede ser la mejor.
-       ¿Por qué vuelves una y otra vez al Camino si ya lo has recorrido? Preguntó el holandés.
-     Supongo que lo he convertido en mi manera de ser; una manera propia de entender las cosas, mi forma de entender la vida, ligero de equipaje, agradeciendo cuanto de bueno encuentro en cualquier parte, y cuando vengo al Camino me fijo hasta en los mínimos detalles: un topillo en una pradera, el retablo de una parroquia perdida, un amanecer, el vaso de vino en buena compañía, y, sobretodo, la charla franca entre compañeros de vida. No miro si gasto o si ahorro, sino si duermo bien y con la conciencia tranquila.
-          Pero, dice el italiano, yo he venido a España con los días y los euros contados. No me puedo salir del programa fijado. En mi casa estudié cada etapa y cada gasto con mucha dedicación y me voy con la satisfacción de haber conseguido mi objetivo.
-       Bueno, por cierto, mi nombre es Dirk, yo comencé saliendo desde mi casa, sin plan ni objetivo diferente que marchar de casa y de los problemas que agobiaban. Me ha resultado muy duro ir desde Holanda hasta Compostela, pero ha merecido la pena. No sé cuánto habré gastado, ya haré cuantas en casa; comencé en bicicleta hasta que en un accidente la tuve que dejar por su mal estado. En vez de volver a casa decidí continuar, aunque fuera cojeando, hasta donde llegara, y, con ayuda de otras personas, conseguí llegar hasta donde me había propuesto. Aunque, eso sí, lo he pasado verdaderamente mal y me he encontrado a muchos que estaban igual o peor que yo. Prácticamente solo he encontrado gente sufriendo o desvariando.
-      Quizá porque ahora no te encuentras en tu mejor momento. Cuando pasen unos días recordarás esta experiencia con otro ánimo y encontrarás respuestas a muchas de las preguntas que te has hecho estos días. Me llamo Peio.
-     No entiendo eso de las experiencias interiores y toda esa cháchara del Camino solo sirve para escribir libros. Mi nombre es Flavio. Yo me lo planteé como un trekking por España y así lo he hecho. Llevo la cámara llena de fotos y vídeos para enseñar a los amigos, y esto me parece que es lo único que podré recordar cuando pasen unos años. Lo demás son sueños de románticos o de locos. De monumentos está repleta Italia y de montañas ¿por qué iba a tener España algo diferente? Esto es casi todo una ruta construida por las legiones romanas en busca del oro de Hispania; los peregrinos iban a Roma y Jerusalén mucho antes de que apareciera el Sepulcro de Santiago y no he encontrado magia alguna en ninguna parte. La mayor parte de los días una luz estupenda para fotografiar, y poco más.
-         Pues mira, Flavio, algo tendrá cuando más de cien mil como nosotros viene cada año a hacer esta peregrinación.
-      Comprendo que algo se debe encontrar caminando tantos días por tantas tierras diversas y entrando en contacto con tantas personas diferentes llegadas de cualquier lugar del mundo. Recuerdo un día que iba caminando solo, cojeando, ayudado con un par de palos, y no veía un alma en kilómetros y kilómetros a la redonda; entretenía mi ánimo mirando las nubes y las extrañas formas que ofrecían. Durante un buen rato, que se me hizo eterno, una forma femenina parecía estar sobre mi cabeza, como indicándome la dirección contraria, como empujándome a dejar de caminar y volver a casa. Y esa imagen nubosa no se me quita de la cabeza. Si no volví entonces a casa es porque no deseaba volver por nada del mundo.
-         Curioso, lo de los fenómenos ópticos. Un día, al entrar en un pueblo, llegaba totalmente agotado, había caminado cerca de 40 kilómetros, y me pareció ver, flotando sobre las casas, un objeto volador con forma de sombrero, (efectivamente era un sombrero, tengo la foto por si queréis verla) y me dio por pensar en cosas misteriosas. Incluso lo comenté con los compañeros de albergue mientras cenábamos y todos nos reímos mucho por mi manera, tan italiana de expresarme; cada uno contó la historia más espantosa que se le ocurría pero aquella noche me parece que todos tuvimos pesadillas horrorosas y, a la mañana siguiente, ni nos mirábamos a la cara desayunando. Pasaron horas, caminando y caminando, hasta que comenzamos de nuevo a hablarnos los unos a los otros. Y preferíamos hablar de la etapa, del tiempo, o de cualquier otra cosa. Antes de recordar lo soñado. Fue una noche muy agitada
-          A mí, también me sucedió alguna cosa curiosa este año; fue en un albergue, que prefiero no recordar, cuando al acostarme, casi no había cenado nada y con un par de chupitos de aguardiente en el estómago, apenas me meto en el saco y me quedé dormido; el caso es que tuve un sueño extraño: Caminaban presurosos, como asustados, hacia la luz del sol poniente un grupo de peregrinos llegados de los más lejanos rincones del orbe humano. Era el día del equinoccio cuando la luz del día y la noche se equilibran y, a lo lejos, surgió de pronto una intensa nube oscura que comenzó a cubrir todo el Occidente. Una masa espesa y lúgubre avanzaba sin remisión aplastándolo todo. Los peregrinos, asustados, comenzaron a correr hacia una antigua iglesia donde ocultarse. Uno de ellos gritaba: ¡son langostas!, y otro: ¡son enormes!, ¡vienen por nosotros! Aterrorizados corrían y chocaban, saltaban sobre los caídos. La nube ya ocultaba la mitad del cielo cuando ellos alcanzaron las puertas del templo. Mas, al entrar y refugiarse observaban cómo se producía a sus espaldas una intensa explosión de luz y color; los insectos se convertían, como por ensalmo, en inmensas mariposas batiendo sus alas brillantes y pasando por encima del templo a gran velocidad. Aún pudieron contemplar los últimos rayos del sol alumbrando el capitel de la Anunciación mientras entonaban himnos y canciones propias de cada una de sus tierras y confesiones religiosas. Al salir del templo, ya de noche, uno de ellos, casi una niña, les indicó un lugar del cielo donde se podía ver lejana una de aquellas fabulosas mariposas celestes como indicando: ¡No tengáis miedo!
      Desperté de sopetón y ya no pude pegar ojo en toda la noche. 

Principio del cuento Luz del Camino, de la colección Camino de las luciérnagas.