jueves, 13 de octubre de 2011

Camino de las luciernagas. Gaston degollado.

                 GASTÓN DEGOLLADO


       ¿Qué hago yo aquí?
Un corazón de piedra en una ciudad de piedra. Donde cobran por respirar. Llueve. Llueve un agua cálida y fina que me cala hasta el tuétano. Y tengo ganas de llorar. Gente variopinta sube y baja las escaleras hablando lenguas extrañas y alguna otra familiar.
¿Y la fuente? ¿Dónde está la fuente? Se la habrán llevado por no tener de qué cobrar. Necesito lavarme. He vomitado todo encima y huelo a demonios. La fuente de los muertos. Justo lo que yo necesito. No oigo nada. He debido quedarme sordo.

Madre.
La madre. Mi madre. La gran señora sobre cuyos hombros reposa la empresa y tradición familiar. Los apellidos. Su enorme peso artificial. La abuela. Siempre a la caza del menor gesto de humanidad, de familiaridad. Para cortarlo en seco. Siempre con el blasón en el corazón y los balances bancarios en la cabeza.
El castillo.
La gran fortaleza familiar. Donde antaño pastaron vacas y cerdos, y se recogían almendras y algarrofas dando gracias a Dios; campesinos que trabajaron como bestias, más brutos que sus acémilas, esclavos de la tierra y las inclemencias metereológicas, hoy podan viñedos como si fuesen bonsáis y se pasean en Ferrari.
Mis hermanos. Los hermanos del hereu.
La hipocresía.
El blindaje.
He construido un castillo en mi interior. Inaccesible mi corazón. Impenetrables mis pensamientos; incognoscibles mis sentimientos. ¡Incluso para mí! Castellano de mis soledades desde mi alto baluarte disparo contra todos cuantos me rodean; y me aíslo más y más en mi laberinto interior. Detestando Castilla como solo puede hacer alguien como yo; he recorrido sus tierras admirables rodeado de gentuza (como diría mi abuela) insobornable. He compartido lecho y mesa con patanes a los que mis empleados no admitirían ni para lavar las cubas; he confraternizado con una panda de pirados, borrachines y drogatas. Me he regodeado en mi abyección. Y me asombrado ante la cantidad de gente de buena fe que me encontrado por todas partes.
Caminando por León he sido cazurro al por mayor, más encerrado aún en mis enigmas; pero a la par que recorría sus extensos páramos me iba haciendo consciente de la dificultad de escapar de mí mismo y de mi propia complejidad mental. Demasiada literatura y escapismo, y pocas realidades personales. Todo heredado y nada propio. Todo por hacer. Mucho que ganar y mucho que perder.
He estado en un templo, asistiendo a un rito, comulgando con un culto, en el que ni creo, ni acepto, ni soporto, en modo alguno.
Y aquí estoy; caminando de noche, borracho perdido, por calles de piedra, mojado, aterido: intentando vomitar toda mi rabia interior. Compostela. ¡El Camino!
¡Vaya mierda! Un engaño fenomenal. Siempre lo fue. Siempre lo será. La religión: una fina red atrapabobos enredado en la cual se llega a perder la última ilusión. Compostela; la ciudad del Patrón de Las Españas. Tomada al asalto por los mercaderes.
No lo será de la mía. Que ni es España ni es su Patrón. Una patria: la de mi madre, la de mi abuela. La de los mitos herrumbrosos; de históricos pasajes, la mayor parte fraudulentos o inventados por pesebreros bien comidos.
Cuyo autentico Patrón no es el que mató al dragón sino el que se rindió a San Dinero Constante i Sonante. El próximo que me venga con el cuento de la gran patria oprimida le doy unas fabas que le pongo la cara...

Este es el comienzo del cuento Gastón degollado, de Camino de las luciérnagas.