viernes, 30 de septiembre de 2011

El Español y las briquetas. Final.



                       Guarda una cerilla

  
   No pasan en balde los días. El nieto creció; su cerrada barba muestra apuntes blancos, la frente luce entradas, y la coronilla reluciente calva. No, no pasa en balde la vida. Ni de gorra salen las cajetillas que fuma mientras trabaja y recapacita.

Ingresó en la compañía ferroviaria, tal y como sus ancestros seguramente desearían. La situación laboral era difícil en aquellas fechas y aprovechó la oportunidad surgida. Había estudiado y vagueado, obligado por las chicas; y recorrido muchas millas de su país y algún otro cercano; por ver que había. Trabajó en lo que pudo; desde talleres hasta oficinas; desempeñando labores tan diferentes como camarero o instalador de líneas telefónicas, - monte arriba, monte abajo -; e incluso vocalista de un grupo musical rocanrolero.
Pero fue el ferrocarril, herencia y penitencia, consignación y expiación; el tren, su casa, su familia; que le atrajo de una forma casual e inadvertida; casi, casi, como topando con él en una esquina. Y ya son varios años de ocupación diaria; de turnos, noches, tardes, y amanecidas. Vacaciones en cualquier fecha del año; huelgas, expedientes; y eso que los compañeros llaman una actitud “combativa”.
Como premio, una garita, - la misma garita -; su hogar doce horas al día. Una triste caseta de paredes enmohecidas, una barrera, y un par de vías. Y ver pasar la vida. Pasar los trenes; entrever en sus ventanillas fugaces retazos de otros seres, imágenes oníricas, reflejos fantasmas, siluetas embozadas tras las cortinillas.

Y aquí sigue; sentado en su casita. Los trenes zumbando pasan llenos, ajenos, de vidas. Él, junto a la barrera, saludando con la gorrita; viendo pasar convoyes... de ánimas, benditas.
Allá se fueron los abuelos; eran de madera los vagones; la máquina: una chocolaterita. Allá se fue el padre, plácidamente dormido; en un ferrobús plateado, brillante, casi de amanecida. Y cómo llovía, Dios mío, cómo llovía. Parecía que el diluvio se nos venía encima. Allá la madre en una unidad tranvía azul casi al mediodía. Mañana de escarcha; la atmósfera relucía de cristales de hielo que flotaban en el airecillo y formaban como una escalera que al cielo subía.
Allá se fueron amores y caras desconocidas. Cuanta gente transportan esos trenes; y él solo los mira. Apoyando en la barrera la barriga; y en la mano una banderita; que a veces agita. Tímido reclamo que solicita: una atención, un gesto, un guiño; por favor... una sonrisa.
Vosotros que vais al final de las vías/vidas, líneas que han sido preescritas, acordaos del guardabarrera, el hombre de la banderita. Apoyado en la barrera o sentado en la garita espera, espera, su día, su cita, para subirse a un tren y largarse; ¡aunque sea en un mercancías!

Displicente y deprimido, un día encontró, en el fondo del arcón que hay en la garita, bajo un buen montón de viejas revistas, un ajado calendario; fotografía en bañador de una chica realmente bonita. Y, sobre ella, con plumilla, escrito, con letra pequeña, fina, una cita: “Como un Elías en el desierto, abandonado, y solo por cuervos alimentado, recuerdos desdibujados, mi afanosa vida se marchita; ya las mujeres de negro me andan buscando”.
Era la letra del abuelo; su abuelo, aquel Español de otrora. Como sus predecesores conjugaba esfuerzo callado y diario, renuncias, y una extraña fuerza mística que nadie sabe si daba la raza o la tierra misma. Una fe que les impulsaba, incluso, a poner en peligro sus vidas a poco que la ocasión lo requiriese. A trabajar sin desmayo, horas y horas, días y días.
Como premio un bocado y trago de la bota; ¡está tan rica!
Una paz interior tenía aquel hombre que se reflejaba sobretodo en su risa; franca, abierta, atronadora e invitadora... a disfrutar de la vida. Que no importa lo que ocurra, todos tenemos plaza reservada en ese tren que sale todos los días. Podremos tomarlo cuando Dios nos diga. El billete está en la mano, y en el corazón el factor que dará la señal de salida.


Que largos se hacen los días; sentado en una garita; y las noches infinitas. Se ha acostumbrado a observar las estrellas; a reconocerlas con un golpe de vista. Ya distingue en el poblado firmamento docenas de constelaciones, la banda del Zodíaco, los planetas, ciertas estrellas; y de la Luna sus fases sucesivas. Su ajado encanto. Su luz amiga.
A veces se imagina en una cápsula, perdida; flotando al albur de los vientos solares o de la gravedad; esa gran desconocida. Encerrado en su cápsula observa, a través de una pequeña ventanilla, las estrellas y el planeta absurdo que habita. Intenta desentrañar dirección y sentido, ascendente o motivo, de su marcha cansina, lenta, aburrida. ¿Cuál es nuestro destino, meta, puerto de arribada y final de travesía íntima? ¿Qué sentido tienen nuestras vidas? Emplear la mayor parte de nuestro tiempo en una labor deshumanizada, mecánica, nada creativa. Es que esta sociedad idólatra, alienante y represiva, no puede concebir que cualquier hombre o mujer, aún de una capacidad intelectual bajísima, sea capaz de crear, sí, crear nuevas formas, bellas, humanas, equilibradas; - de realizar su vida -; muy alejadas de la pura versión productiva, monetaria, mercantilista. Es trabajo, servicio a los demás, entrega activa, de tu inteligencia, de tu vida, estar pendiente de una máquina, un impreso, un ticket, que abran o cierren una tienda, taller, oficina...
¿Tantos esclavos necesita el Imperio de nuestros días? Donde la opulencia desmedida, y el poder que representa, la maldad que está detrás, escondida, disfrazada con suntuosos disfraces propios de carnestolendas elitistas, se busca ahora, se anhela, se reza, se lucha ciegamente, para tocar, si acaso, con las yemas de los dedos como antaño, en procesión, las imágenes benditas.
Estúpida fe; ídola maldita... el dinero, el poder, popularidad, dominio o fama sobre los demás. Dominio de su mente, de su voluntad, hasta del aire que respiran y cuando pueden respirar. El ánima vendida al qué dirán, qué pensaran; yo estoy por encima. Signo seguro y fiel de una debilidad del alma que la vuelve loca encerrada en su fortín mental, gruesos muros de autocomplacencia. Y no hay ya hospitales suficientes, ni enfermeras, ni remedio posible por médicos inexistentes para atender tanta mente enferma; tanto alma voraz y sumisa.
No es bueno pensar y reflexionar sobre el sentido y móvil inicial o final de nuestras vidas... tan pasivas, de esclavos consumistas y señoritos hedonistas.
Apostar. Órdago a la grande y a la chica; con una actitud claramente combativa, a favor de una nueva espiritualidad más rica y creativa; activa poética que riega y fertiliza cada acto consciente e inconsciente de nuestro hacer. Una revolución definitiva. Tan alejada de la violencia y la dominación humanas como la noche del día. Donde las personas se consideren, respeten, admiren, por su sabiduría y creatividad; por su capacidad para hacer más humana, equilibrada y bella, la existencia, el hogar, ciudad, patria, mundo común, interior y exterior, de sí mismo y de sus semejantes, hermanos, compañeros de fatigas. ¿Está tan lejos esa aurora?

Una noche de tormenta, encerrado en la garita, algún rayo cayó cerca; las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el tejado de Uralita, y el viento amenazaba con arrancar la caseta de cuajo y llevarla rodando por las vías; por desesperación o maravilla comenzó a recordar el guardabarrera, Javier, aquella tarde de su quinto cumpleaños; cenando con su abuelo y cómo éste le reprendía.
;        No. No nos llevamos las briquetas por robar o porque en casa pasemos ahora tanta carestía. Es por rebeldía. Por no admitir que nos dominan. Son dos trozos de carbón pero importa lo que significan: si en nuestra propia casa, el trabajo, la patria, nos tratan como escoria; y nuestras luchas y renuncias resultaron baldías aún nos queda como amparo la rebeldía. Nunca te des por vencido; aun que mil veces caigas al abismo mil y una saldrás. Ni olvides este día. Que si cada uno de nosotros, esclavos, pone de su parte una piedra en esta vía pronto podrá partir, al fin, el tren que cambie por entero esta comedia de vida. Hasta entonces te habrás de conformar con llevar a casa, cuando sea posible, un par de briquetas y una sonrisa; la del esclavo que confía en el día que ha de llegar.
    El día en el que arderá en la pira este imperio de la mentira, del fasto y la soberbia desmedida. Tú ve llevando a casa briquetas y espera la señal. Para entonces, toma: guarda una cerilla.

Y nuestro guardabarrera aguarda; sentado en su garita. Recechando auroras. De un sol glorioso. Seguirá aguardando. La mente calma, el pulso firme. Restañando heridas. Del Alma. Confiado.

Fin.