martes, 6 de septiembre de 2011

Cofradía del Bendito Cristo de Cabanillas está haciendo el Camino del Salvador

La cofradía del Santísimo Cristo de Cabanillas que tantas veces nos ha acogido a los peregrinos de León y de cualquier parte está realizando el Camino del Salvador uniéndose a sí a las muchas Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago que reivindican la declaración de este Camino como Patrimonio de la Humanidad por parte de la ONU.
Noticia en un periódico de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/provincia/cabanillas-reivindica-ruta-de-san-salvador_630241.html

El Español y las briquetas


Un regalo de cumpleaños

 Áureas lenguas de fuego ascendían de las tierras y las vidas aquella sofocante tarde de verano hacia un sol en extremo aciago. Eran del color de las flores del almendro los sentimientos de aquel niño, rubito y regordete, que caminaba pegado a las piernas de un enorme, a su lado, maquinista ferroviario.
;        ¡Español!, ¡Eh! ¿Dónde vas con el nieto?; ¿no pensaras subirle a la máquina, verdad?
;        ¡Desde luego!. Lo vas a ver en un minuto; pero no se lo digas a nadie.
Hay que irle forjando; que éste es de “la casa”. Ferroviario cien por cien. Que pise balasto como su padre, su abuelo, y el bisabuelo. Verdad que sí, rubiales. ¿A que de mayor vas a ser maquinista?
¡Pues claro, abuelo!, ¡claro que sí! Contestaba el nieto entusiasmado; absorto en el trajín de las máquinas y alelado por los fuertes pitidos que soltaban antes de iniciar sus movimientos. Iban saltando por las vías de una enorme playa de clasificación. Estaban todas llenas de vagones de todo tipo y tamaño; tolvas, cisternas, vagones metálicos y de madera, abiertos y cerrados; portando carbón o troncos de árbol; otros legumbres, cítricos, cemento. Y, sobretodo, estaban aquellas inquietantes máquinas negras; semejantes a dragones de acero, expulsando vapor y alborotando con sus pitidos y el retumbo de sus pistones la quietud, la solitud de una calurosa y algo plomiza tarde de verano. Y el humo, ascendiendo en volutas progresivas; el humo negro, muy negro, contra el azul celeste del firmamento.
Como feroces dragones, enormes monstruos de acero que podían hacerle picadillo sin esfuerzo, imaginaba las máquinas de vapor, las locomotoras, aquel niño que por primera vez en su vida visitaba tan extraña “playa”. Y ahora iba a subirse a una de ellas. ¡Sí!. Cabalgaré, caballero, en un dragón de acero; como mi abuelo.

En compañía de aquel tiarrón noblote y serio, de tupidos cabellos rubios y ojos atentos, de mejillas siempre coloradas, no por el vino, por el viento; de manos de acero tierno, siempre abiertas para su nieto, pero de acero. Había caminado una interminable media hora hasta llegar a la estación de Clasificación; por una carretera recta y estrecha, bordeada de altas tapias y más altos chopos que se mecían con las olas de una brisa espesa y cálida que corría a ras de suelo; levantando hojas muertas, polvo y restos de papeles, plásticos, brozas; lo viejo. Caminaba como en un sueño; o un cuento. Una luna al alcance de su mano, su mayor deseo. Preparando su ánimo para enfrentarse a la máquina; al monstruo, un dragón de aquellos. Y se agarraba muy fuerte, se adhería, a la mano de su abuelo.

;        ¿Cuál es tu máquina, abuelo? ¿Cuál es la tuya?
;        Aquella, hijo, la 2346; ¿qué te parece mi tractor?
;        Bien, sí; pero, eso no es un tractor; los tractores van por la tierra.
;        Estos no, estos no son de “esos”. Replicó, seco, el abuelo.
No, aquellos tractores negros abrían siempre los mismos surcos, de acero, sobre balasto, sucio, negro; y lanzaban columnas de vapor, y otras, mayores, soberbias, de humo opaco y denso.
;        ¡Qué cantidad de pájaros negros!, ¡eh!, abuelo.
;        Son cuervos; los hay a cientos. Vienen por los granos que caen de los vagones, por entre las rendijas y agujeros. Un pájaro muy sabio, el cuervo; siempre emparejado, viaja en bandadas, y ni el milano se atreve con ellos.
;        Bueno, pero, ¿te gusta mi tractor, sí o no?
;        Sí, ya lo creo; ¡es muy grande, abuelo!
           Excitado, el niño contemplaba las enormes ruedas pintadas de rojo y negro; y la chimenea, y el silbato, y todo el conjunto que así, a un par de metros, le parecía más atractivo y misterioso que en sus más deliciosos sueños.
;        Vamos, ¡arriba!, ¡campeón! ¡Agárrate bien!
     Y ya estaban en la cabina, nieto y abuelo. Detrás el tender de carbón cubierto.
  Abriendo los ojos como se descubren las flores a la luz, glauca, de la mañana; como se inician los corazones infantiles en el misterio. El niño fue observando; con cautela, sin soltar palabra ni hacer un mínimo gesto, todas y cada una de las manivelas y volantes; y abajo, en el centro, un portillo de acero que, a duras penas, contenía el paso de un calor intenso.
;        ¡Venga, Rata!; tronó el abuelo. ¿Dónde andabas?
;        ¡Vale, vale ya!, Español; fui a cagar un momento.
Era el fogonero que venía a la carrera saltando entre rail y rail; sujetando en una mano el tabaco y en la otra una gorra sucia y vieja; de un color ya ceniciento.
;        ¡Hombre!, Rata, ¡siempre estás plantando tiestos! Todo el santo día comiendo legumbre y matanza; y, claro, cada vez que vez que vas a plantar una flor sueltas un cagallón como el sombrero de un picador; y eso... eso lleva su tiempo. Toda la vida ahorrando, ahorrando; a guardar, apañando, ahuchando, arañando... un día se te va a venir la viga abajo, de tanto como en ella escondes, Rata.
;        ¡Vale!, ¡vale ya! Español. Atiende un poco a razones; que los hijos van creciendo y hay que ahorrar para el día de mañana; por si salen estudiosos y con talento.
;        Pero qué coime de estudiar, estudiar, vaya cuento; en cuanto cumplan la edad les coges de la oreja y les traes aquí; les pones una funda y, ¡a trabajar! Como siempre se ha hecho.
;        Que no, que no, Español; que yo quiero que estudien. Que no lleven esta perra vida que ha llevado su padre siempre. A ver si me sale uno... yo qué sé, ingeniero, o médico, o...
;        ¡O filibustero! Pero, ¿tú para quien vives tu vida?, ¿para tus hijos o para ti? ¿A qué son te estás matando venga atizar el fuego con la garrocha como un esclavo? Pasando tantas miserias y sacrificios. Días y noches yendo de un sitio para otro; durmiendo en cuartuchos desangelados; comiendo en tascas de mala muerte; o tirado en la máquina horas y horas cada vez que nos apartan en cualquier apeadero por cualquier incidencia. ¿Qué saben de lo que es pasar un puerto con el corazón en un puño? Las represalias por cualquier nimiedad.
;        Mira, déjalo ya; Manuel. Que no es éste momento. Venga, que ya viene un enganchador; vamos a pasar la composición a la vía 5.
El abuelo, suspirando, renunció a seguir discutiendo; con un suspiro largo y sonoro, como una locomotora soltando un chorro de vapor ardiendo. Y es que el abuelo suspiraba así; una locomotora expulsando vapor sobrante; energía de acerado cíclope acumulada en exceso. A continuación giró sobre sus talones y asomando a la vía medio cuerpo gritó al enganchador:    ¡Qué!, Pata. ¿Estamos o no estamos? ¡Vale, Español, cuando quieras!; contestó el que llamaban Pata, el enganchador,
al tiempo que daba un salto y se subía al estribo de un vagón agarrándose con fuerza al pasamanos. ¡Vamos, empuja de una vez!, que me duermo; volvió a gritar el enganchador.
¡Pues vamos yendo, tormento! Replicó el abuelo, y tirando de una polea que recorría el tejadillo de la cabina hizo sonar un pitido tal que al niño le vibraron los huesecillos de los pies a la cabeza y regreso.
;        ¡Agárrate fuerte, hijo, que allá vamos!

 Lentamente; con un compás cada vez más corto fue la máquina avanzando hasta alcanzar un rugido atronador; atrapando en su cabina ráfagas de aire seco que abrasaban la cara del niño y alborotaban sus rubios cabellos. Lentamente fue pasando la tarde; lentas, pero qué intensas, fueron aquellas cuatro horas. Cansinas. Por un lado el fragor de las máquinas y por otro el estrépito del entrechocar las composiciones entre sí o contra vagones sueltos.
¡Dale cortado!, ¡que es pa la Renfe! Gritaba el capataz a los enganchadores; a lo que éstos contestaban con las más sonoras y obscenas exclamaciones mientras saltaban de un vagón a otro, cambiaban una aguja, ponían un calce, o apretaban un freno; y entre todos, capataz y enganchadores, maquinistas, fogoneros, factores, y alguno más que se ha extraviado en el recuerdo, máquinas y vagones, el dédalo de vías, las señales... los cuervos; formaban una singular orquesta interpretando una disarmónica y atonal sinfonía llena de golpes de efecto.
(Poco queda ya, o nada, de la inocencia y la ilusión de aquel niño; pero en sus oídos aún resuena, y seguirá sonando, aquel original concierto.)


;        ¿Porqué te llaman Español, abuelo?
;        Pues; por que, a pesar de que nací en un pueblecito de Asturias donde no recibí apenas instrucción ni otro fundamento que salir adelante en la vida por mis propios medios, de joven viajé mucho por toda España; por muchos pueblos. Conocí gente culta, con estudios, con conocimiento; y aprendí a hablar, a expresarme de modo correcto, para un obrero; no obstante los tacos y el acento. Esto me ha permitido, entre los compañeros, ganarme un respeto; aunque yo les ponga motes y les gaste bromas sin cuento. Y por mi aspecto; de chicarrón del norte, de esos que hubo en otro tiempo. Por todo ello me llaman Español; pienso.
;        ¿Y tú, cómo te llamas?; rubiales... preguntó el fogonero al niño.
;        Javi, ¿y usted?
;        Rigoberto, hijo, Rigoberto.
;        ¿Y por qué le llaman Rata?
;        Eso, pregúntaselo a tu abuelo; le contestó sonriendo. Con una sonrisa maliciosa, de diablillo picarón y trapichero; y continuó con su labor de atizar el fuego, con una barra larga, removiendo.
Con sus piernas cortas, respecto al cuerpo, y aquel cabezón inmenso; con el mono y la gorra sucios, de negro, y, bueno, todo el cuerpo, él creía ver, le parecía... ¡Pedro Botero! Sí, así le soñaría desde aquel momento, con aquella sonrisa, y aquellos ojos, astutos; y los cabellos, pardos; de tan sucios casi negros. Sí, el Rata sería Pedro Botero; pero entonces, el abuelo, como jefe de la máquina tendría que ser... ¡ah!, no; no y no, eso no lo acepto. El abuelo es bueno. Siempre ha sido bueno.

Lentamente, en sincopadas pausas, a medida que las máquinas reducían su marcha, y frenaban; y los trenes quedaban completos, listos para partir en cualquier momento, unas mujerucas, pequeñas, escuálidas, vestidas de negro y con grandes pañuelos en la cabeza, negros, que apenas dejaban ver sus rostros, cetrinos, y sus ojos, negros, muy  negros, muy negros, se iban acercando, invadiendo las vías, cada una la suya, como si ya estuvieran de acuerdo; y en unos sacos viejos iban recogiendo las piedras de carbón desperdigadas entre los raíles, sobre el balasto, ya casi negro.
;        ¿Quiénes son esas mujeres, abuelo?
;        ¿Qué sé yo? Viudas; son viudas de unos pobres desgraciados que murieron fusilados hace algún tiempo.
;        ¿Y por qué vienen a recoger carbón de las vías? Las podría pillar una máquina o un vagón que empujáis sueltos.
;        ¡Hijo!; es mucha la pobreza que hay como para andar mirando lo que otros van recogiendo.
¡Cada uno a lo suyo! ¿Eh, Español? Le gritó el fogonero que estaba agachado, escarbando el carbón, su rescoldo, con una pala; y parecía... ¡Pedro Botero!

Anda, Español, toma un par de briquetas. Y le lanzó un par de trozos prismáticos y alargados de carbón aglomerado; de unos 30cm de largo que iba cortando con singular maestría y acierto de una barra de metro y pico de largo; a las que denominaban, entre ellos, briquetas.
Un montón de ellas sobresalía del remolque de la locomotora donde se almacenaban como combustible a consumir por aquel brillante, vibrante, imparable, dragón de acero. El abuelo tomó los dos bloques de carbón y los envolvió con un papel de periódico; metiéndolos a continuación en el fondo de su cesta de mimbre; donde siempre llevaba el almuerzo. Entraban justas, ¡que ni hechas a medida, vaya! Los cubrió con una bayeta azul, algo sucia, y después con servilletas, y la tartera, y la bota de vino; del que tantas veces pisara, de su cosecha, de sus viñedos. Y le guiñó un ojo al nieto; ¡por si vienen los de la brigadilla!, ¡por si husmean!


Ahora comprendía el niño el origen de aquellos extraños trozos de carbón que a veces veía en casa del abuelo; junto a la cocina, apilados como maderos.
¡Bueno, hasta la vista, Rata! Hasta más vernos, Español. Y cuida del nieto; ¡que estudie! Que no tenga que venir a parar a este infierno... Y se despidió con la mano, de un gesto, seco; continuando con su tarea de cortar en trozos iguales las largas barras de carbón con un golpe de su pala; certero. Así, agachado, sentado sobre un montón de briquetas, con la larga pala en las manos parecía un diablillo casi, casi, de los buenos; pero, que va; con aquella sonrisa y la cara tiznada y la barra de acero tendría que ser... ¡Pedro Botero! No hay más remedio.

Unos gritos llamaron entonces su atención: era el capataz que increpaba con los peores insultos a las pobres mujeres de los sacos viejos. Las insultaba y amenazaba, haciendo aspavientos, con llamar a la brigadilla para hicieran con ellas un escarmiento. Pero ellas, tranquilas, sin aminalarse un solo momento; sin perder el centro, de su vía, de su vida, le devolvían los insultos multiplicados por ciento; y con piedras en la mano, de balasto grasiento, alzándolas, con amaneramiento, pero firmes y seguras, hacían al capataz las más crueles interrogantes sobre su virilidad y la pureza y castidad de toda su parentela y antepasados más directos. A lo que el capataz, acobardado, respondió con un mutis apresurado; no sin antes jurar sobre sus muertos, bueno, sus restos, que algún día les haría pagar tamaño escarnio y atrevimiento.
Y así, aún más tranquilas, continuaron las pequeñas mujeres de negro recogiendo trocitos de carbón esparcido sobre traviesas y balasto; bajo los raíles, y entre el polvo, sucio, espeso, negro. Solo los cuervos, saltando entre rail y rail, elevándose al cielo y cayendo de nuevo, continuaban su tarea, impasibles, al paso de las mujeres vestidas de negro; pisando, sobrevolando, aquel singular timanfaya de piedras y acero, todo sucio, polvoriento. Donde hasta los charcos, de haberlos, serían negros, grasientos.

Pausadamente, con precaución, fueron bajando de la máquina abuelo y nieto para comenzar a desandar el largo camino que, en plena solana, habían recorrido horas antes. Lentamente declinaba el sol veraniego; cansinamente cambiaba su color del amarillo a rojo y de éste al escarlata más intenso.
;        ¡Qué!, ¿te ha gustado mi regalo de cumpleaños?; “ayudante”.
;        ¡Mucho, abuelo, muchísimo! Ha sido... ha sido...
No, no encontraba palabras para describirlo, y quizá nunca llegue a hacerlo. Solo en sueños. Cómo explicar al abuelo, al mundo entero, las mil y una sensaciones distintas, de ruidos, de olores, colores, las voces, los choques, pitidos, el viento... Cómo decir, con su corto vocabulario y escasos conocimientos, aferrado en el asiento del fogonero o de pie asomando la cabeza por la ventanilla había experimentado emociones que le habían llevado el estómago a los pies y el corazón a un alegre infierno. Momentos hubo en que temió no poder resistir otro pitido, topetazo, o ráfaga de viento, cálido, el fuego. Y que, inexorable, el choque se producía y el alma, dual en su deseo, intentaba escapar de su cuerpo y, al mismo tiempo, le forzaba a no dejar evadir, perder, nada, nada; gritos, golpes, estrépitos; nada de lo que allí sucedía en aquellos momentos. Cómo confesarle, al abuelo, al cielo, que era el mejor regalo de cumpleaños que podían haberle hecho. Nunca, ni un libro, ni una bici, ni un balón de reglamento... nunca; nada como aquello.
Hay que hacer horas extra, hijo; cogiéndole de la mano ya saliendo de la estación, por una calle estrecha, de vuelta a casa, una larga carretera a la puesta de sol. Hay que hacer horas extra, si no la paga no alcanza para casi nada. Pero, ¿te ha gustado?; ¿estás contento? ¡A que sí, pillastre!
¡Que sí, abuelo!, ¡que sí!; que lo he pasado muy bien. Estoy muy contento.
¡Hasta la noche, Español! Gritó el fogonero, Rigoberto, al pasar, dando pedaladas casi sin esfuerzo en una destartalada bicicleta llena de cables y cuerdas sueltos. ¡Hasta la noche, Rata! ¡Y cuidado, que pierdes las briquetas!; señalando con el dedo un sospechoso y rectangular paquete envuelto en papel de periódicos y sujeto con unas correas de goma al portabultos de la bicicleta. ¡La hecatombe, Español! ¡Me mata la parienta!
¡Ya lo creo! Y el Español estalló en una explosiva carcajada como estampido de trueno. Y es que el abuelo reía como reirían las locomotoras si pudieran; el abuelo reía a lo grande. A lo grande reía y hablaba, daba manotazos en la espalda y gesticulaba, miraba, siempre con nobleza; así era él; franco, fuerte, y sin trampas. Como aquellas máquinas; grandes y sucias por fuera, quizá frías; pero con un ardiente corazón en su interior que las impulsaba imparables hacia lo lejano, muy lejos. Que no existe estación-término cuando se lleva tanto fuego en los adentros.


Paulatinamente y con tiento, al paso de niño de cinco años recién cumplidos; comentando la agitación y el alboroto, maniobras y sucesos, de las horas pasadas, fueron acercándose a la ciudad; iluminados por esa rosada luminiscencia con que nos baña el impasible sol cuando emprende la recta final del verano y cede la canícula y se levanta un cierto airillo fresco. A esa hora, mágica, en que el día se resiste. A irse, morirse; y la noche, o la luna, pugna por ser la nueva dueña y señora del firmamento; desplazando al día viejo y todos sus reflejos, problemas, esfuerzos.

Esta es la primera parte de un cuento que escribí dedicado a los ferroviarios titulado El Español y las briquetas.
Confío que os guste.