viernes, 5 de agosto de 2011

Tres luciérnagas. Un nuevo cuento para Camino de las luciérnagas.

Va subiendo el antiguo collado de San Antón un viejo peregrino, vestido a la antigua, cargado de cruces y esperanzas. Un largo bordón y calabaza, un zurrón de cuero y vieira en el sombrero de fieltro viejo y negro, es lo que porta a su paso, cansino y cojo, por las montañas de León; le sonríen las flores y le cantan los álamos. Va con hambre. Va muy lento.
Al llegar a un pinar sombrío escucha ruidos extraños entre unas matas cercanas; se detiene un instante y observa; sigue caminando, escuchando, mirando. Un par de cuestas más y se detiene para recobrar el aliento y, al girar la vista al valle, ve, con estupor y espanto, que un gran lobo le va siguiendo los pasos.
Un miedo instantáneo paraliza sus piernas y su vientre parece haber recibido un navajazo pero, apoyado en su bordón, se mantiene firme y erguido mirando el horrible asesino. Un frío intenso e inexplicable le cala hasta la médula y un sudor pestífero exhala sin querer su cuerpo. El lobo, sintiendo el miedo humano, enseña sus fauces e inicia una arremetida mortal. Da un paso atrás el peregrino y a punto está de irse al suelo, más, quizá por rabia quizá por orgullo, vuelve a su posición erguida y clava el bordón en el suelo con un fuerte ademán. Mirando fijamente los ojos del lobo, refrenado por su gesto, siente un fuerte calor que le surge del pecho y rechaza el frío externo y el miedo interior. Aspirando una gran bocanada sopla el peregrino con fuerza sobre el hocico fiero, a menos de un metro de sus viejas carnes; a lo que el lobo responde tomando impulso para saltar hacia su cuello enseñando sus dientes pavorosos; le responde el romero extendiendo su brazo derecho, enseñándole la palma de su mano. Al instante, un fuerte destello luminoso surge del cuerpo peregrino y ahuyenta al lobo. Corre la fiera con el rabo entre las piernas y el peregrino, siguiéndole los pasos con la mirada, musita una oración interior sin hacer el más mínimo gesto.
Apenas un minuto de descanso, gira sobre sí mismo y continúa su ascenso. Siente el peso de cada fibra de su cuerpo, el esfuerzo de cada paso, el dolor de cada músculo. ¡Cuanto sacrificio! Algo le ocurre en ese momento de quejarse: ve salir su ser de su cuerpo agostado y marcharse de este mundo. Atrás quedan las montañas y océanos, atrás el mundo azul que habitamos, el sol se va viendo reducido a una lucecita minúscula, ya solo ve estrellas y más estrellas que se alejan por instantes. Una gran nube con forma de lenteja es lo que se le muestra y abandona; a un puntito queda reducida la blanca lenteja ¡hay millones como ella! Y se alejan. Se aleja todo y de todo hasta verse reducido a un lugar oscuro. ¿Qué esto que siento, Dios bendito? ¿Qué siento?, ¿frío? Es el miedo, es por estar vivo. Y ahora vuelve y sigue en el Camino. Al punto sale de la oscuridad y se ve haciendo el recorrido inverso. Una alegría inexplicable le invade al ver de nuevo luces, las nubes luminosas, las estrellas de colores, la blanca y liviana lenteja, el astro conocido, ¡casi puede sentir su calor inmenso! Y hacia un punto ínfimo se ve dirigido: ¡es el mundo azul, verde y seco, tan conocido! Como un pajarito se siente volviendo a su nido; unos instantes más y ya está de nuevo en si mismo. Como si nada hubiese sucedido.
Va cansino y cojo el anciano peregrino al sol y las nubes sonriendo; va hambriento. Al coronar el collado y comenzar el descenso ve, a lo lejos, unos pueblos, ¡Quizá tenga suerte!¡Quizás le den algo que le sirva de sustento! Sus tripas crujientes le impulsan a caminar de nuevo; son apenas unos pasos cuesta abajo. Llegará pronto. Es su deseo.
Al pasar un recodo del sendero se encuentra unos matorrales que le resultan conocidos ¡son arándanos! Y se relame antes de cogerlos. Camina tranquilo, de matojo en matojo, comiendo los ricos frutos del monte, cuando, de improviso, siente que algo tremendo se le viene encima. Alza la vista hacia lo alto del monte y ve un oso inmenso que se dirige directo hacia él.
Apenas tiene tiempo de reaccionar tomando el largo bordón y clavarlo en el suelo apuntando el herrado regatón hacia la bestia cuando el oso se frena a unos metros y, abriendo sus fauces, le suelta un gruñido inmenso. Le tiempla hasta la última de sus células, pierde la noción del tiempo, nota un olor intenso, extraño, horrendo, que le golpea como una ola de viento fétido. Pero se mantiene recio, agarrando con fuerza su improvisada lanza apuntando al corazón del monstruo. El sol ciega sus ojos, las piedras menudas ceden bajo sus sandalias, y un terror insoportable le petrifica por completo. Ceden sus rodillas, se va al suelo, el oso le ruge de nuevo, él cierra los ojos. A punto está de soltar el bordón y darse por muerto cuando un calor intenso le recorre de la cabeza a los pies y le reanima al momento; abre sus ojos de nuevo y mirando al oso tremendo coge una piedra del suelo, y se la muestra al fiero. Se yergue. Toma aire. Siente que vuelve a ser él mismo de nuevo. Se gira y camina volviendo al sendero. Se va el oso; y el olor del infierno.
Tira la piedra al suelo y se queda mirando la palma de su mano por un fugaz momento. Ve las líneas en ella trazadas, ve las células, y sigue mirando dentro, los gusanitos que componen su carne vieja, y éstos a su vez de células menores están hechos, escaleras retorcidas componen intrincadas redes luminosas, y sigue hacia adentro, esferas dentro de esferas, esferas luminosas dentro de todo, cada vez más pequeño, todo vibrando, todo en movimiento constante; ahora son lucecitas que se me clavan como alfileres saliendo de todas partes en todo momento, y me estoy moviendo, como haciendo un surco en todo ello. Al fin me quedo quieto. ¿Calor? Estoy como ardiendo, ¿qué es esto? Estoy quieto y moverme no puedo, ¿qué me ocurre? Es el terror que sientes; sigue viviendo.

Ve abajo los pueblos. Ve los ríos y senderos; los prados y los fuegos. Ve gente a lo lejos.
Camina despacio el viejo peregrino. Va lento. Le duelen los pies, las rodillas, el cuerpo. Incluso el zurrón le parece un gran peso. No vuelve la mirada. Se ha ido el olor y terror inmenso. Va serio. Va lento. La humildad le calienta por dentro. Ya no importa el tiempo. Cuando llegue al pueblo habrá llegado y dará gracias al Altísimo por no estar muerto.

Es el comienzo de otro cuento que estoy escribiendo para Camino de las luciérnagas. Confío en que guste a algunos de vosotros. Está dedicado al Camino del Salvador; el que va de la catedral de León a la de Oviedo.
Sube el viejo peregrino las escaleras de la compasión
deja atrás las cruces, mochila y bordón,
para entrar en la Ciudad Oculta
y recobrar la verdadera amistad.