viernes, 30 de septiembre de 2011

El Español y las briquetas. Final.



                       Guarda una cerilla

  
   No pasan en balde los días. El nieto creció; su cerrada barba muestra apuntes blancos, la frente luce entradas, y la coronilla reluciente calva. No, no pasa en balde la vida. Ni de gorra salen las cajetillas que fuma mientras trabaja y recapacita.

Ingresó en la compañía ferroviaria, tal y como sus ancestros seguramente desearían. La situación laboral era difícil en aquellas fechas y aprovechó la oportunidad surgida. Había estudiado y vagueado, obligado por las chicas; y recorrido muchas millas de su país y algún otro cercano; por ver que había. Trabajó en lo que pudo; desde talleres hasta oficinas; desempeñando labores tan diferentes como camarero o instalador de líneas telefónicas, - monte arriba, monte abajo -; e incluso vocalista de un grupo musical rocanrolero.
Pero fue el ferrocarril, herencia y penitencia, consignación y expiación; el tren, su casa, su familia; que le atrajo de una forma casual e inadvertida; casi, casi, como topando con él en una esquina. Y ya son varios años de ocupación diaria; de turnos, noches, tardes, y amanecidas. Vacaciones en cualquier fecha del año; huelgas, expedientes; y eso que los compañeros llaman una actitud “combativa”.
Como premio, una garita, - la misma garita -; su hogar doce horas al día. Una triste caseta de paredes enmohecidas, una barrera, y un par de vías. Y ver pasar la vida. Pasar los trenes; entrever en sus ventanillas fugaces retazos de otros seres, imágenes oníricas, reflejos fantasmas, siluetas embozadas tras las cortinillas.

Y aquí sigue; sentado en su casita. Los trenes zumbando pasan llenos, ajenos, de vidas. Él, junto a la barrera, saludando con la gorrita; viendo pasar convoyes... de ánimas, benditas.
Allá se fueron los abuelos; eran de madera los vagones; la máquina: una chocolaterita. Allá se fue el padre, plácidamente dormido; en un ferrobús plateado, brillante, casi de amanecida. Y cómo llovía, Dios mío, cómo llovía. Parecía que el diluvio se nos venía encima. Allá la madre en una unidad tranvía azul casi al mediodía. Mañana de escarcha; la atmósfera relucía de cristales de hielo que flotaban en el airecillo y formaban como una escalera que al cielo subía.
Allá se fueron amores y caras desconocidas. Cuanta gente transportan esos trenes; y él solo los mira. Apoyando en la barrera la barriga; y en la mano una banderita; que a veces agita. Tímido reclamo que solicita: una atención, un gesto, un guiño; por favor... una sonrisa.
Vosotros que vais al final de las vías/vidas, líneas que han sido preescritas, acordaos del guardabarrera, el hombre de la banderita. Apoyado en la barrera o sentado en la garita espera, espera, su día, su cita, para subirse a un tren y largarse; ¡aunque sea en un mercancías!

Displicente y deprimido, un día encontró, en el fondo del arcón que hay en la garita, bajo un buen montón de viejas revistas, un ajado calendario; fotografía en bañador de una chica realmente bonita. Y, sobre ella, con plumilla, escrito, con letra pequeña, fina, una cita: “Como un Elías en el desierto, abandonado, y solo por cuervos alimentado, recuerdos desdibujados, mi afanosa vida se marchita; ya las mujeres de negro me andan buscando”.
Era la letra del abuelo; su abuelo, aquel Español de otrora. Como sus predecesores conjugaba esfuerzo callado y diario, renuncias, y una extraña fuerza mística que nadie sabe si daba la raza o la tierra misma. Una fe que les impulsaba, incluso, a poner en peligro sus vidas a poco que la ocasión lo requiriese. A trabajar sin desmayo, horas y horas, días y días.
Como premio un bocado y trago de la bota; ¡está tan rica!
Una paz interior tenía aquel hombre que se reflejaba sobretodo en su risa; franca, abierta, atronadora e invitadora... a disfrutar de la vida. Que no importa lo que ocurra, todos tenemos plaza reservada en ese tren que sale todos los días. Podremos tomarlo cuando Dios nos diga. El billete está en la mano, y en el corazón el factor que dará la señal de salida.


Que largos se hacen los días; sentado en una garita; y las noches infinitas. Se ha acostumbrado a observar las estrellas; a reconocerlas con un golpe de vista. Ya distingue en el poblado firmamento docenas de constelaciones, la banda del Zodíaco, los planetas, ciertas estrellas; y de la Luna sus fases sucesivas. Su ajado encanto. Su luz amiga.
A veces se imagina en una cápsula, perdida; flotando al albur de los vientos solares o de la gravedad; esa gran desconocida. Encerrado en su cápsula observa, a través de una pequeña ventanilla, las estrellas y el planeta absurdo que habita. Intenta desentrañar dirección y sentido, ascendente o motivo, de su marcha cansina, lenta, aburrida. ¿Cuál es nuestro destino, meta, puerto de arribada y final de travesía íntima? ¿Qué sentido tienen nuestras vidas? Emplear la mayor parte de nuestro tiempo en una labor deshumanizada, mecánica, nada creativa. Es que esta sociedad idólatra, alienante y represiva, no puede concebir que cualquier hombre o mujer, aún de una capacidad intelectual bajísima, sea capaz de crear, sí, crear nuevas formas, bellas, humanas, equilibradas; - de realizar su vida -; muy alejadas de la pura versión productiva, monetaria, mercantilista. Es trabajo, servicio a los demás, entrega activa, de tu inteligencia, de tu vida, estar pendiente de una máquina, un impreso, un ticket, que abran o cierren una tienda, taller, oficina...
¿Tantos esclavos necesita el Imperio de nuestros días? Donde la opulencia desmedida, y el poder que representa, la maldad que está detrás, escondida, disfrazada con suntuosos disfraces propios de carnestolendas elitistas, se busca ahora, se anhela, se reza, se lucha ciegamente, para tocar, si acaso, con las yemas de los dedos como antaño, en procesión, las imágenes benditas.
Estúpida fe; ídola maldita... el dinero, el poder, popularidad, dominio o fama sobre los demás. Dominio de su mente, de su voluntad, hasta del aire que respiran y cuando pueden respirar. El ánima vendida al qué dirán, qué pensaran; yo estoy por encima. Signo seguro y fiel de una debilidad del alma que la vuelve loca encerrada en su fortín mental, gruesos muros de autocomplacencia. Y no hay ya hospitales suficientes, ni enfermeras, ni remedio posible por médicos inexistentes para atender tanta mente enferma; tanto alma voraz y sumisa.
No es bueno pensar y reflexionar sobre el sentido y móvil inicial o final de nuestras vidas... tan pasivas, de esclavos consumistas y señoritos hedonistas.
Apostar. Órdago a la grande y a la chica; con una actitud claramente combativa, a favor de una nueva espiritualidad más rica y creativa; activa poética que riega y fertiliza cada acto consciente e inconsciente de nuestro hacer. Una revolución definitiva. Tan alejada de la violencia y la dominación humanas como la noche del día. Donde las personas se consideren, respeten, admiren, por su sabiduría y creatividad; por su capacidad para hacer más humana, equilibrada y bella, la existencia, el hogar, ciudad, patria, mundo común, interior y exterior, de sí mismo y de sus semejantes, hermanos, compañeros de fatigas. ¿Está tan lejos esa aurora?

Una noche de tormenta, encerrado en la garita, algún rayo cayó cerca; las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el tejado de Uralita, y el viento amenazaba con arrancar la caseta de cuajo y llevarla rodando por las vías; por desesperación o maravilla comenzó a recordar el guardabarrera, Javier, aquella tarde de su quinto cumpleaños; cenando con su abuelo y cómo éste le reprendía.
;        No. No nos llevamos las briquetas por robar o porque en casa pasemos ahora tanta carestía. Es por rebeldía. Por no admitir que nos dominan. Son dos trozos de carbón pero importa lo que significan: si en nuestra propia casa, el trabajo, la patria, nos tratan como escoria; y nuestras luchas y renuncias resultaron baldías aún nos queda como amparo la rebeldía. Nunca te des por vencido; aun que mil veces caigas al abismo mil y una saldrás. Ni olvides este día. Que si cada uno de nosotros, esclavos, pone de su parte una piedra en esta vía pronto podrá partir, al fin, el tren que cambie por entero esta comedia de vida. Hasta entonces te habrás de conformar con llevar a casa, cuando sea posible, un par de briquetas y una sonrisa; la del esclavo que confía en el día que ha de llegar.
    El día en el que arderá en la pira este imperio de la mentira, del fasto y la soberbia desmedida. Tú ve llevando a casa briquetas y espera la señal. Para entonces, toma: guarda una cerilla.

Y nuestro guardabarrera aguarda; sentado en su garita. Recechando auroras. De un sol glorioso. Seguirá aguardando. La mente calma, el pulso firme. Restañando heridas. Del Alma. Confiado.

Fin.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Tres luciernagas IV y final.

¡Un zorro! Un zorrillo va justo delante. ¡Quieto un momento! Se oyen los cascos de caballos. Segundos más tarde un caballista le alcanza en la bajada montado en un gran caballo que guía una ristra de mulas; al pasar a su lado nota el olor intenso a pan recién horneado. ¡Tenga cuidado y ande ligero que se le echa la niebla y la noche encima! No pare por nada hasta llegar a la carretera. ¡Gracias!, amigo, seguiré su consejo. Sigue caminando apurando el paso cansino que lleva y al poco vuelve a ver de nuevo al zorro que parece seguir el mismo rumbo asturiano.
Al llegar a la carretera encuentra el bar cerrado y el pueblo abandonado. Va hasta la Colegiata y encuentra la puerta abierta. Entra. ¡Qué abandonado está esto! Un viento gélido del sur se ha levantado y se agradece estar entre cuatro paredes. Es un edificio antiguo que amenaza ruina realizado con grandes piedras hace siglos. En un rincón encuentra una pequeña habitación pintada de blanco y una mesa en el centro. Decide quedarse aquí y pasar la noche. Deja sus cosas y sale fuera a aliviar sus necesidades. En un rincón encuentra,  justo donde iba a agacharse, una gran cantidad de acederas. Tras terminar sus cosas vuelve a la Colegiata por el zurrón y lo llena de tan preciadas yerbas; sobre todo por el ganado que él guardó de zagal. ¡Ya tiene la cena! Un buen trozo de pan, algo de chorizo que no se comió el mastín, la calabaza llena de vino; y las acederas. ¡De fiesta!
Se sienta sobre la mesa y se dispone a cenar tranquilo y recogido, contento. Fuera ya es noche cerrada y hace frío. A la luz de una bombilla cena pausado y tranquilo. ¡Está bueno el vino! Y mata la acidez de las yerbas en la boca. Va a dormir seguro y tranquilo. Apaga la bombilla y se estira sobre la mesa; mucho mejor así que sobre el frío suelo.
Intenta dormir pero se nota revuelto; cuando, de improviso,  se ve como transportado a una mansio romana. Las habitaciones están divididas por hermosas telas blancas, en la cocina está el fuego encendido y en la gran mesa hay alimentos de todo tipo; en los baños encuentra una piscina de agua caliente y acogedora. Hay una mujer joven en el agua, va vestida con una largo traje blanco, empapada y hermosa, se notan sus sugerentes formas; porta una pequeña lámpara de aceite en su mano derecha y una manzana en la izquierda. Le hace un gesto para que entre en el agua; al entrar se da cuenta de que va desnudo. Y se queda mirando fijamente a la belleza morena. ¿Eres estoico o epicúreo? Siente decir. Soy cristiano viejo, señorita, y esto no lo entiendo. Es simplemente un reflejo de tus más profundos deseos, tus más secretos anhelos. Lo que eres por dentro. Por toda  respuesta él se lleva la mano a la cara para mesarse la barba pero no tiene ni un pelo, ni cabello alguno en el cuerpo. Y es joven y fuerte como nunca se vio en el espejo. Da unos pasos más hacia ella y comienza remojarse con las manos hasta sumergirse por completo. Al sacar la cabeza se encuentra a dos pasos de ella. ¿Qué eliges? Vuelve a sentir decir. Gracias por la lámpara; me hará falta para volver a mi casa de nuevo. Se gira y comienza a salir del agua.  Sale de la mansio, sale del tiempo. Al poco se nota caminando por una oscuridad completa manteniendo en su mano la pequeña lámpara de aceite. El más oscuro universo. Ni principio ni final; tan solo un caminar incierto. Una ínfima luz y un desconocimiento completo. ¡Al fin he vuelto!
Vuelve a ser un abuelo con el cabello largo y revuelto. ¡Es usted muy rubio! Como los mozos de estos pueblos. Le había dicho la abuelita del pueblo. Se levanta de la mesa y se calza en pocos movimientos; se dirige a una ventana y asoma la cabeza mirando al cielo. Apenas se vislumbran las montañas y una mina cercana. La noche es serena y el viento está quieto. No hay niebla y se queda mirando las estrellas. Nota pasos cercanos y al mirar fijamente descubre al zorro compañero rebuscando en un prado cercano al edificio.
Algo llama la atención del raposo y le hace salir corriendo. ¿Son luciérnagas? Un gran grupo de lucecitas parecen venir del pinar cercano y se dirigen a la pradera que hay tras la Colegiata. Y comienzan a dar vueltas y vueltas en un desmañado remolino pero intenso. ¡Son extrañas esas luces! Brillan demasiado y las hay de diferentes colores. ¡Aquí pasa algo raro!
Como si hubieran escuchado sus pensamientos algunas luces dejan de rotar y hacia su ventana se dirigen veloces. Le entra el miedo, cierra la ventana deprisa y corriendo, pero tres de ellas se han colado en el edificio tan viejo.
Son tres luces rojas del tamaño de un céntimo y se mueven raudas de continuo. Siente una extraña prevención y alerta interior que le deja perplejo. Pero ellas se lanzan hacia él como si le atacasen y le hacen salir corriendo; se va al pequeño comedor y se mete debajo de la mesa pero las luces le siguen y lanzan contra su cuerpo. Siente los golpes e intenta alejarlas a manotazos pero no ceden; gateando termina en un rincón cubriéndose como puede. Es, es, es como si quisieran meterse dentro de su cuerpo. Es algo tremendo, le golpean en el pecho, en la espalda; una de ellas intenta meterse por su recto. Salta, brinca, le entra el miedo. Toma el zurrón e intenta usarlo como arma y sacudirlas con eso. Es inútil. Le están sacudiendo una buena paliza y se va al suelo cayendo de rodillas tapándose con el zurrón de cuero la cabeza y el cuello. Solo acierta a decir: ¡qué es esto, Dios Bendito! ¡Qué es esto! Rendido por completo se va al suelo. Oye al momento golpes en la puerta y a continuación ladridos; se levanta corriendo, pensando “hay alguien fuera, necesito su ayuda”, pero al abrir el portón se encuentra con un perro pequeño que se cuela dentro. Fuera no se ve un alma ni luz alguna y al mirar hacia la puerta de nuevo ve salir las tres luces como una exhalación y desaparecer sobre el tejado de la Colegiata. Entra y cierra la puerta. Escucha al perro rebullir en el comedor y al dar la luz le ve comiendo el mendrugo de pan que había en el suelo. Se acerca y nota que no le tiene miedo. Se agacha para acariciarle y descubre que es perra, de alguna raza pequeña y bastante mezclada; de los muchos chuchos que hay por los pueblos. ¡Caray con la perruca! Espantó los luceros. Nunca habrá habido león tan fiero. Tú sí que eres buen compañero para bajar el puerto y caminar hasta el Salvador. ¡Si quieres te llevo! El animal le mira un instante y menea el rabo en señal de asentimiento.
Se queda así de agotado el viejo peregrino, sentado en un rincón, sereno, acariciando al perro con una mano y apoyando contra su pecho una estampita de la Virgen de Celada que un jubilado le regaló al parar en La Robla. Ya estoy viejo. Es la ignorancia, lo que los hombres tenemos, y hay que esperar que la aurora brote de nuevo. Son solo sueños. Que suerte tengo.

Final del cuento Tres luciérnagas, dedicado al Camino de San Salvador.

martes, 27 de septiembre de 2011

Camino de las luciérnagas

Tengo disponibles unos cuantos ejemplares de Camino de las luciérnagas para vender yo mismo.
El que quiera un ejemplar no tiene más que mandarme un correo web a cuassia@gmail.com. Le enviaría un ejemplar a su hogar, (firmado y dedicado especialmente), por tan solo 15 euros.
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Camino de las luciernagas. Donde siempre es ahora.

       
   Donde siempre es ahora


          La niebla. La niebla me retrotrae a mi infancia. Los largos inviernos del este de Alemania. Los soldados. Los nazis. Sus desfiles triunfales. Los altos estandartes cruzando el puente que comunica los dos barrios del pueblo.
          Un puente. He de encontrar un puente. En la guía viene que he de pasar un puente y tras él encontraré una fuente.
          El puente. El puente por el que vinieron los rusos. La ferocidad con que destrozaron el puente y la fuente central. A cañonazos derribaron el templo parroquial. La niebla y la escarcha de aquella jornada. Comenzaba un invierno que duró más de cincuenta años.
          El camino. Estos montes y senderos se parecen a los que conocí de niña. Allá en mi tierra. Gélidas mañanas de verano yendo al monte por leña. Y, ahora, estos montes donde no se ve un alma. ¿Por qué no iría por la carretera como todos los demás? Necesitaba estar sola. Pensar en mí misma. Tantos años pensando en la familia, la comunidad, el estado; no he tenido tiempo apenas para mí misma.
          El primer viaje de mi vida; lejos de mi familia, de mi país. Una tierra extraña y fascinante. Una gente locuaz y simpática. No entiendo casi nada de lo que dicen pero ¡cuánto me hacen reír con lo que gesticulan! Tienen un talento natural para el mimo y la improvisación. Niños que a todo juegan con todos; como si no tuviesen maldad alguna o no les importase lo más mínimo si la tienen.
          Eres simple; Catherine. Una mujer simple en un mundo de niños que juegan y bailan. Y te has perdido. Niebla y escarcha.
          Debería encontrar un puente. En alguna parte ha de haber un pequeño puente, y, o bien lo encuentro o estoy perdida en estas intrincadas montañas en un país lejano.
          Ahí delante parece haber algo en el muro de piedra: una imagen de piedra. ¡Es un ángel!
          No encuentro un sencillo puentecillo y aparece el Ángel Protector del Camino. Ahora estoy segura alguien vendrá y me conducirá a Sarriá. Ahora lo tengo claro: llegaré hasta mi Señor Santiago. Pisaré Compostela.
    Siempre hay un “ángel” que cuida de las personas de buen corazón.

Inicio del cuento Donde siempre es ahora, de Camino de las luciérnagas.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Canciones para el Camino IX. La vie en rose.


Una estupenda canción para acompañar tus pasos peregrinos hacia el Más Allá.
Ladmis Pan Special Recommendation. La vie en rose en "hindú" por Pascal de Bollywood.

Pascal de Bollywood grabando el tema con la cantante Shreya Ghoshal.

Y ser todo lo felices que podáis, todo lo que podáis, y más allá.

Tres luciérnagas III. Cuento de peregrinos.

Y sigue andando el peregrino, ahora es cuesta arriba de nuevo. Es una peña caliza y hay piedras por todas partes; camina con tiento de no resbalar e irse al suelo. Va mirando, de tanto en tanto, las afiladas cumbres cercanas, el hermoso valle, y se acerca a un rebaño de ovejas que pastan cercanas. Recuerdos de su infancia, de sus padres, de su pueblo. Las ovejas. El hambre. ¿Cómo sería en aquellos tiempos medievales con cientos de rebaños cruzando España de parte a parte? Desde estas peñas hasta las montañas de Andalucía; caminando día tras día, mes a mes, año con año. ¿Serían las mismas merinas o habrán cambiado? ¿Cambian los hombres? Hoy día salen los chavales tan altos, pero igual de rebecos. Alza la vista a unas peñas cercana y ve con asombro, como un gran águila se viene hacia el rebaño, en un vuelo perfecto. Intenta espantarlo con voces y gestos, dando saltos, pero todo es inútil; se lleva un macaco antes de que le dé tiempo a salir del sendero. Escucha ahora los ladridos tremendos de un perro enorme que llega corriendo; al no poder con el águila se gira y viene a por él con una furia tremenda. Le hace retroceder, subirse a una peña, ponerse a salvo hasta que se calme. Es enorme este perro. Un mastín de estas tierras, ¿cuál será su peso? Es inmenso. Le ladra como si fuera el cancerbero. Al fin se calma y se sienta en el suelo. Saca el peregrino el chorizo del zurrón y le tira una buena porción que al instante se la come el perro. Ya está más tranquilo. Puede bajar del peñasco y parar a su lado. Tiene cara de bonachón este perro, ¡pero había que verlo hace un momento! Los que tenía mi padre eran más pequeños y no tan fieros.
El águila, la vida que despega anhelando el cielo. Y yo aquí, sentado en el suelo, mirando este perro. La vida, la vida, ¿cuál es su secreto? ¿Discurriendo de nuevo?  Es el águila, soy yo, es el perro. Es todo. Vienes caminando hacia Mí y ni sabes lo que eres ni desde cuándo lo llevas haciendo. No soy un perro. Sí, eres algo mejor; míralo: Me veo a mí mismo sentado al lado de un gran perro y un rebaño de ovejas, veo las praderas del valle y detrás mío las peñas, veo (¡O Dios mío!) veo hombres  velludos caminando encorvados jugando con palos caminando por campos inmensos, veo monos saltando entre las ramas de los árboles de una selva intrincable y espesa, ahora son pequeños animalillos como tejones escondiéndose en sus madrigueras en algún desierto, (¡O Señor!) veo los enormes dinosaurios y árboles inmensos, monstruosos cocodrilos a la orilla de un mar ignoto, (su extraño color) algo me lleva a ese mar verde veneno, (¿estoy buceando?) ¡Hay tiburones! Son enormes, sus fauces terroríficas, hay cangrejos y escorpiones marinos de todas partes surgiendo; ya tan solo quedan pececitos y extrañas formas de plancton, algas y formas extrañas de vida, ¡tan pequeñas! ¡tan luminosas! Las algas, las algas y las formas luminosas, se van; el mar, siempre ha sido el mar. Estoy flotando como un corcho insensible y enfermo.  Los volcanes; por todos lados volcanes; una lluvia prodigiosa de estrellas, fuegos por todas partes. No hay nadie. ¿Así empezó todo? Aquí sí. Con los restos de otros mundos lejanos que cumplieron su ciclo y desaparecieron. ¿También nos tocará a nosotros? Es posible; la pena es que no os enteráis de nada y casi prefiero hablar con el perro. Sigue caminando.
Vida que mira la vida, la encuentra monstruosa, y se horroriza; pero con esto no se llega muy lejos. Gracias por la información. Seguiré andando y mirando las flores, aquí el pendenciero; ya se ve cerca el collado que dicen de los romeros. A ver si es fácil la bajada. Adiós, mastín, adiós, merinas. Adiós al águila, y a los que vuelan y de esto se pueden separar y verlo de lejos. Vida que asciende hacia las estrellas. Solo es caminar, subir cuestas, y después bajarlas; esto es lo mío. El alto collado con vistas al norte. Solo queda el descenso. ¡Anda!, ¡pero si abajo se ve un pueblo! Pero la senda gira hacia al norte, ¡claro, claro! Ya se ve el puerto. Solo hay que seguir por entre los matorrales; lo del fondo negro ya será Asturias.  Viene la niebla de esa parte pero aquí la tarde es luminosa y fresca. Los colores del cielo; quedará una hora de sol, no hay por qué correr. El aire más limpio y saludable que jamás respiré. Son cuatro cuestas con matorrales, seguro que hay fuentes. Los cuervos; hay cuervos por todas partes. Siguiendo las trochas, saltando alambradas, buscando senderos entre urces y escobas. ¡Hay cientos de abejas! Y cuervos. El sol ya está bajo las montañas, el atardecer es de unos rojos intensos, y se ve la niebla como va entrando por el puerto, ocultándolo todo. El olor a yerba y los pitidos de un tren lejano lo llenan todo de misterio.

Tercera parte del cuento Tres luciérnagas; dedicado al Camino de San Salvador.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El Español y las briquetas. Segunda parte.


Justo premio a tus desvelos 


Manuel, ¿dónde estabas?... ¿Dónde está el niño? ¡Ah, truhán, estás aquí! Manolo, ¿no veías que está anocheciendo y es la hora de la cena? Anda su madre como loca buscándole por todas partes; pensábamos que estabais en la huerta. Pero, ¿dónde habéis estado? ¡Ay!, ¡pero si está todo tiznado! ¡¡Manuel!!. ¿No le habrás subido a una máquina?
;         ¡Sí, abuela! ; ¡y hemos estado haciendo maniobras!
;         ¡Ay, Dios!; ¡para haberse matado! ¡Vamos!; a lavarte y cambiarte de ropa, ¡rápido!; antes de que venga tu madre y te vea así. ¡Vamos!. Y tú, Manuel, no te escabullas que ya te arreglaré yo las cuentas. Llevar el niño a la maniobra... ¡inconsciente!, ¡majadero!
   
Una hora después cenaban nieto y abuelo; en silencio, guiñándose el ojo uno a otro y conteniendo a duras penas una risa cómplice; como de golfillos que hubieran cometido alguna de sus hazañas, de sus entuertos.
;         Tráeme el porrón del vino que está en la cocina; anda hijo, el que está encima de la mesa. El niño, servicial y raudo, bajó de su silla y se dirigió hacia la puerta. Al abrir descubrió a su abuela en la dura tarea de deshacer las briquetas; sobre una tabla, en el suelo, con una piqueta.
;         ¿Dónde vas tú, pirata? Preguntó inquisidora y seria, algo disgustada; no con el niño, consigo mismo y con su esposo. Bien conocía a su marido y le creía capaz de hacer cualquier locura; y más por su nieto. ¿Dónde vas, travieso?; ya más relajada.
;         ¡Por el porrón del vino, abuela!
;         Espera; espera que lo enfríe un poco. Y tomando el porrón en su mano derecha lo acercó al grifo y lo bautizó generosamente; con agua de la traída no del botijo que era artesiana y estaba al fresco. Generosamente, con tiento, rellenó de agua la mitad del porrón que de vino faltaba hasta que estuvo completo y la disolución confirmada.
   ¿Cuántos años llevaría la abuela oficiando aquel milagro seglar? Conversor del agua corriente en vino; vino fresco, joven, un clarete extraordinario de aguja y raza. ¿En cuantas ocasiones, familiarizado, habría fingido el abuelo, que recogía la uva de sus propios viñedos, la cargaba en los cestos, pisaba, obtenía el dulce mosto, regalo otoñal de la lluvia y el sol y el tiempo, no darse cuenta del inocente sacramento a que sus tintos se hallaban siempre expuestos?. Después de tantos sudores y esfuerzos como premio recibía un caldo aguado; de taninos clorados y madera calcárea.
Y aún, seguramente, de tanto en tanto, para sus adentros, rezaría que no le echase polvos Coza en la tartera. Dichoso vino; maldito espirituoso, que del barro hace vida y del Alma sueño. Hombre y sombra al mismo tiempo.
;         ¡Español!, ¡Español!; ¡sales a las 23.35 por la vía 7 con el velero de Ponferrada! ¡Español!. Se oía gritar desde las vías; bajo las ventanas de la galería.
;         ¡Vamos, Manuel, termina!; que ya está ahí el avisador con tu llamada.
El abuelo se levantó; y saliendo a la ventana gritó con voz de galerna desatada: ¡oída, coño, oída!; ¡no le dejáis a uno que haga la cena como Dios manda!
Volviendo a la mesa se sentó a dar por concluida la pitanza. Con calma; como si tiempo, sobretodo tiempo, le sobrara. Mientras, diligente, amorosa, la abuela comenzaba a colocar en la cesta de mimbre una marmita con bacalao reciente, humeante, cubierto de huevos y salsa roja al pimentón picante. Y pan, fruta, la bota del vino, -convertido a la fe católica -; y servilletas a cuadros, limpias y recién planchadas; un juego de sábanas; un jersey, y calcetines de lana. Por si se quedaban tirados en la rampa de Brañuelas. Que aunque sea verano, allí, de noche, te calienta la helada el cuerpo que da miedo y se te hielan hasta las ideas si no vas abrigado.
Al poco tiempo ya afeitado y peinado recogía el abuelo su cesta, y el chaquetón oscuro de grueso paño, y la gorra. Dando un beso a la abuela y un coscorrón, cariñoso, al nieto, se despedía: ¡hasta el viernes!, si no pasa nada malo.
Con un salto ya estaba bajando las escaleras. Allá bajaba; alegre, silbando; por las escaleras brincando, y saliendo a la calle con su cesta y su tabardo, su gorra azul con una fina banda roja, silbando. Alegre al subirse otra vez a la máquina, -al burro, como le llamaban -; alegre; siempre alegre marchaba... ¡a trabajar!
¡Jesús, qué tiempos!




Pocos años más tarde el abuelo alcanzó la edad de la jubilación. Esa tercera estación de nuestras vidas que, aunque figura en todos los itinerarios, parece que nadie quisiera alcanzar si no seguir por más tiempo rodando a toda marcha sin frenos ni cortapisas.
Y tuvo que retirarse; dejar de conducir “SUS” máquinas: aquellas locomotoras negras, brillantes, vibrantes, que tanto quería. Construyó una casa en una pequeña finca; con huerta y bodega, junto a un paso a nivel con barreras en la línea de Asturias. Y todas las mañanas y tardes, como si de una promesa se tratase, puntual, - un minuto antes de la hora programada -, iba a contemplar el paso de los trenes: el rápido, el velero, el tren del oro. Los de carbón y acero que de Asturias bajaban; los demás subiendo, hacia las montañas, al Puerto. Hasta el paso a nivel se acercaba, como un niño, a ver pasar los trenes con los que tantas veces había remontado y descendido las rampas del Puerto; y sus túneles. Los 69 túneles que tiene el trayecto. Donde nunca se sabía si era el frío del Norte que se enquistaba en lo más negro, el calor intenso del hogar que por la rejilla abierta escapaba, o el asfixiante humo espeso, lo que causaba mayor sufrimiento. Siempre puntual, a las horas programadas, allí estaba el Español; saludando con su garra azul y roja el paso de los convoyes.
;         ¡Adiós, Español!; ¿cómo van las patatas? Le gritaban los maquinistas al pasar.
;         ¿Cómo te van a ti las almorranas? ¡No asomes la cabeza que no libras gálibo por los túneles! Les contestaba.
Siempre lanzándose puyas e improperios; sin malicia; entre compañeros.



Esforzadamente; a ritmo de “Mikado”, “Confederación”, “Santa Fe”, “Mastodonte”, “Pacific”, “Montaña”, fueron pasando los años; y aquellas hermosas maquinarias, hijas del talento y del esfuerzo, fueron sustituidas por otras, eléctricas, importadas de La Gran Bretaña: las setecientas, las inglesas; las llamaban y las llamamos los que las queremos y apreciamos.
Qué raudas, qué potentes y bonitas eran estas nuevas máquinas; cuanto daría el Español por llevar en sus manos una de ellas. Puerto arriba, puerto abajo; hacia Oviedo, hacia Gijón, hacia la playa... hasta mar adentro.
Cuanto daría él, ahora que tenía la libertad y el acumulo de tiempo, para aprender, que da el estar jubilado, y una paga, y unas cuantas tierras, unas heredadas, otras con sus ahorros compradas, y una casa con huerto y bodega, y los hijos crecidos, casados, y... y no tenía nada. Solo un sueño: ¡Conducir una locomotora eléctrica hasta el mar Cantábrico!

Tren a tren, cita tras cita, fue haciendo amistad con el guardabarrera, Julián; al que apodaban el Negro. Pasados los cincuenta; los hijos estudiando lejos y la mujer dueña y señora del hogar hasta sus cimientos, encontraba fundamento y un nuevo sentido a su vida en aquella garita. Doce horas, de la mañana a la noche, en verano y en invierno, viendo pasar el sol, los trenes, automóviles y peatones, niños, viejos, mulos y caballos, ovejas con sus perros y pastores... el tiempo. Las visitas del Español y sus recuerdos le ayudaban a sobrellevar aquella ingente cantidad de horas de trabajo. Aguantando en un viejo chamizo; con una mesa, una silla, y un arcón; que debía ser de cuando reinaba Carolo.
;         ¡Caray, Español, mira que te tenía yo miedo! Cada vez que iba a avisarte nunca sabía si me lanzarías una maldición o un tiesto. ¡Eras tremendo!
 Julián había trabajado muchos años como peón de Movimiento; y comúnmente hacía funciones de avisador. Esto es; ir a las casas de los maquinistas y fogoneros para darles aviso de su próximo servicio: destino, hora de salida, vía y tipo de tren, rápido, expreso, velero... La mayor parte de los maquinistas vivían cerca de la estación; en bloques de casas que daban por su parte posterior a las vías de la estación.
Así que Julián, como los demás, se limitaba a vocear desde las vías, frente a las galerías, (pobladas de tiestos y cacharrería, ropa tendida, y una docena o más de gatitos maullando noche y día. Y un perro: Chester; el perro del Español.) empleado en el servicio para el cual se le requería. Y eran sus mujeres, normalmente, quienes le respondían, pues sus maridos estarían en el bar jugando la partida; o si en casa, durmiendo.
Cuánto se agradece una siestecica cuando se trabaja a turnos.
;         ¡Cómo pasa el tiempo, Manuel, quien lo diría!, parece que fue ayer cuando empecé a trabajar por tres perronas al día. ¡Cuánta necesidad pasamos en aquella época! Pasó la era del carbón y ahora los trenes son más rápidos, más limpios. ¡Qué de adelantos en una sola vida!

Pero el Español una y otra vez disentía; arguyendo: el cambio automatización/esfuerzo, rendimiento/competencia, y una paga siempre insuficiente como regalía, el trabajador siempre saldrá perdiendo. Pierde el amor al trabajo y la satisfacción por un buen servicio realizado. Y el estímulo por la superación rápida de una incidencia también se pierde.
;        Ya no encuentra el hombre justificación al esfuerzo diario. Todo es hoy día correr y correr; pelearse como fieras por un objetivo siempre inalcanzado, solo mentalmente imaginado. Saltan todas las vallas, precauciones, viejas normas del vivir humano que tras tantos siglos se habían alcanzado. Fama y dinero, la atención ajena, el fruto de su trabajo, se roban o se obtienen vendiendo el Alma; esclavizando la ajena. Es una carrera inmensa, millones de esforzados; sacando las riquezas de la tierra no las del espíritu esclarecido. Encadenado la vida se sienten libres, superiores; y tan solo son unos pobres niños solitarios, indefensos. Se sienten abandonados.
Buscando un hogar donde sentir el calor del Amor y la compañía de la Dicha. Vagan por calles y caminos encharcados, embarrados; corriendo, peleando.
Cuando las tormentas estallan y los aguaceros descargan se refugian en los recovecos de una civilización gastada, huera. Sin estrella que les guíe.
Pues la abandonaron.
Todo son artefactos, artificios, parques de atracciones para niños inculturizados. Y desfiles; muchos desfiles donde exhibir la estupidez absoluta que han alcanzado.
Ya no encuentra un hombre justo justificación. Nadie paga el desvelo; la presteza, la entrega desinteresada o la perfección con que lograste cumplir el servicio asignado. Nadie lo paga, nadie lo ha pagado ni lo pagará nunca; pero ¿y quien lo pedía? A lo sumo el jefe te lo agradecía con una sonrisa o un manotazo en los hombros, y tomábamos juntos un vaso de vino en la cantina; calentando las manos agarrados a la barra y la cabeza con habladurías.
Todos sabíamos cómo era uno y cómo era otro. Y si se tenía un mal día entre todos se le cubría. Ahora no se trabaja: se produce. Y tan solo te valoran por tu fuerza productiva. Y se supone que has de sentirte satisfecho con las cosas que compras con la paga a cambio recibida. Y un hombre jamás estará contento, gozoso, satisfecho, por más y más que gaste y compre en toda su vida.
Mira nuestros nietos, que estudian y estudian cuarenta materias distintas; ¿qué es, en realidad, lo que aprenden de la vida? ¿Cómo se divierte la juventud de nuestros días? ¿Tantos desvelos por alcanzar una “posición”?. Comprarse un gran coche, un piso, y juguetes; muchos juguetes. ¿Es que merece la pena?; Julián.

De este tipo eran más o menos el tono y duración de las charlas que sostenían; hasta que el tren pasaba y cada uno, el Español a su finca, el huerto y los conejos, que le absorbía. O, al menos, eso decía. Y el Negro, Julián, a su garita; esquivando picaduras de mosquitos entre largas meditaciones que no le trascenderían. Cada uno en sus reflexiones se envolvía y esperaba a la siguiente cita. Parecía una extraña partida de ajedrez que entre gámbitos y enroques nunca se acabaría.

Fue así, al fin, un lento atardecer otoñal, enfrascados en su partida, - el dominio de blancas y negras se sucedía -, que no cayeron en la cuenta que la vida es un reflejo, dorado o plateado, según los días, del sol, que se escapa, declina, se apaga. Se desearon buena suerte y hasta la vista. Que cielo e infierno tras los pasos del hombre caminan como luna y estrellas tras el carro triunfal procesionan. Su última vista.
A la mañana, a esa hora en que la neblina de la ribera aún no se levanta, y el sol no aprieta, está ligero, y hay una quietud espesa, un silencio anómalo, casi da miedo; al paso del rápido el Español no estaba; no acudía.
El guardabarrera miró una y otra vez, saltando incluso, forzando la vista mientras bajaba las barreras; vigilando el camino que el Español siempre recorría. Extrañado.
Un oscuro presentimiento endureció sus facciones y veló su mirada y su sonrisa. Algo, no se sabe, él dice no saber, no recordar..., los pájaros que no oía, un repelús, una brisa, tenue, que surgió, inesperada, aquella mañana. Sí, algo, (un milano, decía, los primeros días) le avisó que el Español ni entonces ni nunca comparecería. Que nunca más volvería a contemplar el paso de las locomotoras que tanto apreciaba y quería.
Se escuchó el pitido de la locomotora anunciando su inminente llegada,  y el agudo creciente recorrió los campos de lúpulo y verduras; de flores silvestres entre muros de zarzamoras ennegrecidas; de álamos jóvenes que con las ráfagas de brisa fría repartían sus hojas como cartas en una partida; la postrer partida. El pitido continuó, se expandió, recorriendo las tierras y penetrando en las casas de labraza como una llamada; una desgarradora, suplicante, llamada hacia aquél que tanto las quería.
¡Español!, ¡Español! Parecía que surgía el grito de las entrañas mismas de la moderna maquinaria ferroviaria. ¡Español!. Sentimos que decía.
Pero el Español no estaba, ya nunca estaría, para responder a su llamada; como todos los días, puntual, a la hora prevista; saludando con su gorra; su gorra azul y una banda roja. Roja como una etérea llamarada; como de carbón que arde, ilumina, y se apaga. Como la vida.

Segunda parte del cuento El Español y las briquetas. 

viernes, 23 de septiembre de 2011

Recuerdos para los asturianos del encuentro en el camino del Salvador

Un recuerdo para los compañeros asturianos con quienes compartí el Encuentro en el Camino del Salvador celebrado en Oviedo dias pasados.
A ver si es posible que el año próximo pueda ir a recorrer algún tramo del Camino del Norte. Especialmente esta zona hasta Soto de Luiña.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Superando las 2.000 visitas mensuales

Inesperadamente, y gracias a vuestro apoyo incondicional, este sencillo blog dedicado al Camino de Santiago, y en el que he ido incluyendo mis cuentos, poemas, y dibujos, ha superado ya ámpliamente las 2.000 visitas mensuales. Más de 60 diarias.
Intentaré hacerlo mejor aún en cada entrada; y sigo proponiedoos que no solo dejeis comentarios sino cualquier otro tipo de idea o colaboración. Si quereis que algún tipo de noticia, o foto, o alguna otra cosa no teneis más que mandarme un correo o dejar un aviso.
Gracias a todos.

La realidad puede superar a la fantasía, pero le cuesta.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Tres luciérnagas II. Dedicado al Camino del Salvador.

Camina el viejo peregrino entre las casas del pueblo. No hay nadie. No ve ni oye a nadie. El pueblo está en un silencio sepulcral. No hay ni perros que vengan a saludarle. Cuando ya se encuentra a punto de abandonarlo por una cuesta en dirección al monte escucha la llamada de una mujer casi anciana, vestida de negro, negra pañoleta a la cabeza, negros sus ojos y cejas, la voz agradable, el tono cantarín y contento, que le grita: ¡Espere, espere ahí, peregrino, no se vaya así! Como sin alma de mi pueblo.
Para el abuelo y mira hacia una ventana de la última casa, es una mujeruca que por ella asoma. Desanda unos pasos y camina mirando no pisar alguna boñiga de vaca o de oveja que alfombran el suelo del pueblo.
                        Espere ahí un momentín que enseguida estoy con usted, peregrino.
                        No se preocupe, señora, que estoy de paso y no voy con prisa alguna.
Sale la mujeruca por la puerta de casa con un gran pedazo de pan de hogaza y un buen trozo de chorizo.
                         Ande pa dentro. Coma algo el peregrino que no se pueden pasar los puertos de Arbás con el estómago vacío y tan viejo. ¿Viene de muy lejos?
                        Soy de Murcia y tanto tiempo llevo caminando que por amigas tengo las estrellas y los vientos de compañeros.
                        Deme la calabaza; se la llenaré del vino que tengo. Es del que tomamos cuando podemos; Toro y tierra, como le decimos. No es tan fuerte como el que tienen en su pueblo, pero es sano.
                        Con mil amores, señora. Su casa es un castillo encantador y eso de fuera no es estiércol sino polen con el aroma de mil flores diferentes que cien mil abejas liban y sorben para darle a usted la mejor de las jaleas que reina alguna tomó en ningún tiempo. Así se la ve de guapetona.
                        Es muy galán para su edad, y zalamero. ¿No le pesan los años?
                        Más bien soy pendenciero aunque me pesen los siglos. ¿Dónde está su marido?
                        Por la collada de Aralla, con los hijos, con los rebaños que tenemos.
                        ¡Será rabadán por lo menos! Lo digo por el estupendo chorizo que tienen y el vino ¡mira que está bueno!
                        ¡Qué más hubiésemos querido! Pero cada vez hay menos rebaños y más pequeños. ¿Va al Salvador el peregrino entonces?
                        Al Señor voy, y después al servidor supremo; si no hay contratiempo.
                        Ya está usted mayor para esas aventuras. ¿No está casado? ¿No tiene hijos?
                        Nada soy y ser humano me siento y penando iré por los siglos de los siglos. Por ni ver ni oír ni querer contar lo mejor que hasta este mundo jamás vino, regalo de Dios Eterno. El mal que le hicimos. Todos los nuestros. Voy a Oviedo por ver Su Santa Faz, y el perdón suplicar arrepentido y viejo. No ya por mí, que sé a dónde voy y lo tengo asumido, es por los sobrinos que tengo.
                        No llegará tan lejos sino come otro poquito. Tengo algo de sangre, como aquí le decimos, y unas cuantas manzanas que de Asturias nos trajimos; la semana pasada fuimos a Pajares de romería.
                        ¿Y no trajeron sidra?
                        Toda nos la bebimos pero queda vino. Y la calabaza se la lleva llena pues si no no pasa el alto del romero y se lo comen las fieras de esta tierra. No sabe lo que es esto y va solo. ¡Bendito!.
                        Alguna he visto, y algo asustan.
                        Vaya con tiento y ande fino. Que nada le engañe. El camino es esa vereda fina que sube hacia esas calizas que están llenas de merinas (¡son del alcalde!) Cuando pase el alto no siga a derecho hacia los altos Celleros sino que baje hacia la derecha, al norte siempre, dando vueltas y revueltas por los piornos y matorrales, y no descienda hasta que no vea  la Colegiata. Hay mucho caminín que le mete al monte y ahí nunca lo encontrarían. Al norte y para abajo.
                        Muchas gracias
                        Ni gracias ni nada y empiece a caminar no se le vaya a hacer de noche y se nos pierda. No abandone el sendero milenario pase lo que pase, y camine sin parar mucho tiempo. Aquí el tiempo cambia de hora en hora y la niebla se mete de Asturias visto y no visto y le hará ciego. Siga la senda marcada.
                        Por la ruta trazada caminaré y no me saldré por nada
                        ¡Que el Señor le oiga! Buen camino tenga el peregrino
                        Con usted queden mis preces y perdones.
                        Y contigo el futuro de los hijos. No pare ni escuche la estupidez que perseguimos. Buen camino, peregrino, que le suban los vientos.
                        Buena vida.

Continuación del cuento Tres luciérnagas que escribí dedicado al Camino del Salvador.